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OPINIÓN

¿Maestro?

Alberto Valiente Thoresen
cartas@elfaro.net
Publicada el 12 de noviembre de 2007 - El Faro

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Gran parte de mi formación académica es en ciencias económicas, y debo admitirlo, a pesar que no he estudiado o trabajado formalmente con economía por varios años, sigue siendo un tema que me fascina. Por ello, hace unos días tomé con mucho entusiasmo la recién publicada autobiografía de uno de los economistas más conocidos e influyentes de nuestros tiempos: Alan Greenspan. El título del libro es “Alan Greenspan. The Age of Turbulence” (Alan Greenspan. La Era de la Turbulencia).

La primera parte es sin duda lo más fascinante del libro. Cuando Greenspan el intelectual cuenta de su infancia; sus estudios; sus mentores (muchos de ellos famosos); sus primeros pasos como economista en su firma Townsend-Greenspan; sus inicios como servidor público a través del partido republicano y la administración presidencial de Richard Nixon; la culminación de su carrera como presidente de la directiva de la Reserva Federal de los Estados Unidos; y su fructífera cooperación con los economistas estrella de la administración del presidente Bill Clinton, Robert Rubin y Larry Summers.

Ocasionalmente durante toda esta parte del libro, se percibe en Greenspan un tono arrogante, que no me da muchos problemas, porque acabo más o menos de acuerdo con Greenspan. Esta arrogancia es la actitud de un intelectual que se ha dado cuenta que no hay respuestas prefabricadas para responder a problemas complejos. Por ello, Greenspan el intelectual se presenta como una persona hambrienta por información actualizada, lo cual explica su obsesión por las estadísticas. Además, demuestra como utilizar esta información para retar convenciones y creencias establecidas, y creativamente responder a los problemas con los que se encuentra en su trabajo como economista. Algo que en más de una ocasión lo llevó a tomar decisiones basadas en la intuición bien informada, en vez de las prescripciones mecánicas de sofisticados modelos econométricos. Esta actitud lo lleva en repetidas veces a referirse a los políticos que no están de acuerdo con él, como populistas que no comprenden nada de economía. Haciendo una común pero errónea separación entre política y economía. Sin duda, un producto del marco ideológico con el que opera.

En la segunda parte del libro, nos encontramos con Greenspan el ideólogo. En esta parte, Greenspan intenta presentar sus opiniones sobre el rumbo de la economía mundial, dedicándole capítulos a China, los tigres asiáticos, India, Rusia, y América Latina. Greenspan sugiere en el capítulo tres del libro, que nunca se ha sentido cómodo con la certeza de las predicciones económicas a gran escala. Creo que hace esta aclaración para tomar distancia ideológica del keynesianismo. El problema es que no es coherente proclamar no querer hacer una cosa, al mismo tiempo que se hace. Esta falta de coherencia también es evidente al comprobar la manera populista e ideologizada con la cual el inicialmente riguroso intelectual trata los temas de la economía global. Populista, porque presenta al libre mercado como la solución a los problemas de las grandes mayorías, de acuerdo a él, oprimidas por élites políticas que abogan por demasiada burocracia en vez de más mercado.

Nótese que el mismo Greenspan define al populismo económico como una ideología “que imagina un mundo simple, en donde los marcos conceptuales son una distracción de necesidades acuciantes. Sus principios son simples”. Exactamente como la ideología por la que aboga Greenspan, que reduce la solución de problemas complejos a más mercado y no presenta suficiente evidencia para corroborar muchos de sus argumentos controversiales.

Greenspan, el ideólogo, concluye muy temprano en el libro que la economía de libre mercado es la mejor opción para mejorar la calidad de vida de los seres humanos, oprimidos por élites políticas que regulan sus vidas. Esta es una creencia ideológica que Greenspan no trata con rigurosidad. Más bien, parece aceptarla como resultado de sus encuentros más o menos religiosos con Ayn Rand en su juventud y la defiende a capa y espada a lo largo del libro, ignorando información o argumentos que cuestionen tal conclusión. De igual forma, acepta religiosamente a Margareth Thatcher, después que ésta le hace una pregunta sobre el M3, una herramienta de los economistas seguidores de Milton Friedman.

Greenspan, el ideólogo, observa por ejemplo que Alemania Occidental es la economía europea que creció más después de la Segunda Guerra Mundial, atribuyéndolo a su liberalización de mercados, pero sin evidencia, resta importancia a la masiva ayuda económica estadounidense y el Plan Marshall, e ignora otros posibles explicadores del Wirtschaftswunder (el milagro económico alemán), como: la reforma monetaria alemana de 1948, el aumento de la demanda mundial de productos alemanes debido a la Guerra de Corea en 1950, la mano de obra barata alemana de posguerra, los Gastarbeiter (trabajadores visitantes del resto de Europa) y el capital social que ya había en Alemania antes de la reconstrucción. Greenspan, el ideólogo, habla de calidad de vida y a lo largo del libro, usa el ingreso per cápita como indicador, a pesar que desde hace años la comunidad de investigadores que trabajan con desarrollo económico, opera con indicadores más completos que el ingreso per cápita.

Es curioso que en una ocasión, Greenspan cite a Amartya Sen para justificar su ideología de libre mercado. Pero parece no haberse enterado del argumento central de Sen, quien nos dice en sus libros que al tratarse de calidad de vida, hay cosas más fundamentales que el ingreso per cápita no puede medir. De igual forma, Greenspan, el ideólogo, está obsesionado con el crecimiento económico como objetivo humano, y presenta como un éxito el hecho que la vieja «economía de las bicicletas» en China, sea ahora una de las mayores economías productoras de automóviles. Una vez más, Greenspan, el ideólogo, venció a Greenspan, el intelectual, que quizá hubiera al menos mencionado los efectos de la motorización China en el efecto invernadero, entre otros problemas, antes de llamar un éxito este tipo de crecimiento en China.

A la vez, Greenspan, el ideólogo, parece estar fascinado con la expresión de Joseph Schumpeter, «creación destructiva», que Greenspan presenta como la base de la innovación y los saltos cualitativos en la calidad de vida. En resumen, esta expresión dice que para crear algo nuevo, hay que destruir lo viejo. Es algo así como el «no pain, no gain» (sin dolor no hay crecimiento) de los físico culturistas. Es incluso un poco cómico como un economista de tal reputación como Greenspan use este simple argumento heurístico una y otra vez, para explicar cosas tan complejas como las diferencias de vida entre Alemania Occidental y Alemania Oriental, Rusia y Estados Unidos, etcétera. De acuerdo a Greenspan, si no hay libertad para la destrucción de lo que no puede sobrevivir económicamente, que en su ideología es sinónimo de no ser efectivo y por lo tanto es malo para la sociedad, entonces no habrá creación de cosas nuevas y buenas para la sociedad.

Pero el problema de bienestar humano es mucho más complejo. El reducido mundo financiero se preocupa por resultados financieros y utilidades. Este enfoque es muy simple para decidir sobre el bienestar humano, que es un concepto relativo. En el mundo financiero legítimo, sobrevive/desaparece la producción de bienes que se pueden llamar malos/buenos para la gente, como cigarrillos, vitaminas, medicinas y maíz. Pero la supervivencia financiera no es sinónimo de bueno y necesario, de igual manera que la bancarrota financiera no es sinónimo de malo e innecesario. Además, en el mundo de los seres humanos, la destrucción no es la base de la creación. La creación se origina de cosas que ya existen y que se combinan, adaptan y modifican para originar algo nuevo.

Esto es incluso evidente en la analogía al físico culturista, quien no puede destruir sus músculos para hacerlos crecer. Al menos, no si el objetivo es el bienestar del ser humano. Pero quizá la economía que imagina Greenspan no tiene este objetivo. Precisamente por ello, Greenspan critica fuertemente a las economías de Europa Occidental, por su relativa falta de flexibilidad para destruir lo económicamente ineficiente para lograr más crecimiento. Una llamada falta de flexibilidad, que pretende dar garantías para proteger a los individuos de la destrucción. Este es un objetivo más noble que el objetivo destructivo de crecimiento sin límites, que como la experiencia sugiere, no tiene un rebalse equitativo suficiente para beneficiar a las mayorías. Si Greenspan usara los indicadores de bienestar más completos, se daría cuenta además que Estados Unidos ya no es el país con los mejores niveles de vida. Son los «inflexibles» países de Europa Occidental los que reciben mejor calificación en este respecto. La destrucción creativa de Greenspan, no tiene nada de creativa y no es más que destructiva.

Pero, hay que recordar de quién es la perspectiva que hace estas observaciones: una persona que ha pasado demasiado tiempo en el mundo financiero con banqueros y muy poco en el mundo real con gente trabajadora. Ciertamente, para los banqueros, lo importante es crecimiento económico, estabilidad de precios y tasas de interés convenientes. De ahí por qué los ajustes que suceden en el corto plazo, como contrataciones-despidos, son relativamente irrelevantes para Greenspan, siempre y cuando el crecimiento y la estabilidad macroeconómica en el largo plazo se mantenga.

Esta es la perspectiva de economistas conservadores para quienes la oferta de productos en una economía con variables macroeconómicas estables está relativamente dada, a menos que mejore la productividad. Cualquier aumento de la demanda y la calidad de vida que no venga de aumentos de la productividad, acaba en inestabilidad macroeconómica. En oposición a esto, John Maynard Keynes dijo una vez, “en el largo plazo estamos todos muertos”. Keynes tenía una perspectiva de corto plazo en la cual la oferta no estaba dada y era posible aumentar la producción y la calidad de vida, con aumentos de la demanda como gastos o inversión gubernamental, consumo o inversión privada, sin que esto necesariamente generara inestabilidad macroeconómica.

La experiencia histórica ha demostrado que ambos argumentos pueden ser ciertos. Cuál de los modelos se adapta más (nunca perfectamente) a la realidad, depende de la situación concreta y la perspectiva debe fluctuar con el nivel de utilización de la capacidad instalada. Si se trata de una economía con capacidad subutilizada, como en la depresión estadounidense de los treinta (o de la posguerra europea), el modelo keynesiano es más apropiado, porque hay espacio para aumentar la producción con intervención gubernamental dirigida por el lado de la demanda. Si se trata de una economía con riesgos de sobrecalentamiento, como la de los noventa en Estados Unidos, el monetarismo es probablemente el marco conceptual más apropiado, porque la producción tal vez no crezca más a pesar que se aumente la demanda, a menos que mejore la productividad o se generen incentivos para producir. Greenspan el intelectual, sabe esto. Greenspan el ideólogo, amigo de Ayn Rand y los banqueros, prefiere ignorarlo, abogando siempre por la visión conservadora del lado de la oferta.

Por ello, me parece que el título que Bob Woodward escogió para su biografía de Greenspan de 2000 es perfecto: “Maestro”. Un término que se puede usar para describir a un experto e incluso un genio en su propio oficio. A la vez, es un término que puede usarse para referirse a un líder espiritual o ideológico, como en el Nuevo Testamento o en los círculos ideológicos conservadores. Finalmente, en buen salvadoreño es un término que puede usarse para describir a cualquier persona común y corriente, que ya ha pasado cierta edad, y que como todos nosotros, también comete errores.

 

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