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OPINIÓN / LA BUHARDILLA ¿Y el amor?Federico Hernández Aguilar* El 17 de febrero de 1854, cierto ilustre personaje se sentó delante de una página en blanco de su diario personal y anotó lo siguiente: “Todo empeño intelectual cae bajo el popular estigma de ser insensible. Esto es, en parte, la expresión del mero prejuicio vulgar contra la impasividad que es propia de la investigación estrictamente racional; pero en cierta medida es algo que está bien fundado: en primer lugar, porque las personas de mucho sentimiento prefieren por lo común empeñarse en afanes que no son científicos; y en segundo lugar, porque las ocupaciones esencialmente solitarias —como suele serlo la especulación científica— hasta cierto punto tienden a disminuir los sentimientos de simpatía. Por esto, entre otras razones, la especulación nunca debería ser la sola y exclusiva ocupación de nadie”. No es de extrañar que esta importante reflexión naciera en la cabeza de uno de los hombres más lúcidos de la Inglaterra victoriana: John Stuart Mill (1806-1873), quien, no obstante su notoria capacidad intelectual, amó hasta rozar la idolatría a su esposa Harriet Taylor, fallecida prematuramente de tuberculosis. Leer el “Diario” del célebre pensador británico puede escandalizar a más de alguno, y no por razones comunes. Hay allí párrafos enteros consagrados al absolutismo amoroso, en un intento volcánico, no exento de visos patéticos, de invitar al lector —es decir, al propio Mill— a recordar que el espíritu, por muy elevado que sea, reclama la cercanía de otro espíritu. Y hemos de compartir, por nuestro bien, la intuición de John Stuart Mill, que se toleraba a sí mismo el cansancio intelectual y no ocultaba su pasmo ante esas realidades íntimas que van agotando, poco a poco, el interés del ser humano ante los forcejeos excesivamente racionales. Tal vez sea esta la clave que ayude a comprender por qué el autor de “Sobre la libertad”, apasionado anticlerical, resumiera el peso moral del utilitarismo con una frase de Jesucristo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Antes que confusa, la sumisión que en sus últimos ensayos exhibe Mill ante al poder del propio sentimiento es un argumento a favor del interés que el filósofo tenía por identificar las verdaderas y más profundas dimensiones de la felicidad humana. Es casi la razón dando gracias por el regalo de no ser absoluta. *Escritor
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