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OPINIÓN Economía del deseo masculino según La Cihuanaba
Rafael Lara-Martínez |
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Caracterizadas por la desigualdad, las relaciones entre géneros no las marca el entendimiento mutuo ni el intercambio intelectual o emocional entre participantes. Las distingue la violencia del polo activo y viril hacia la pasividad femenina. Entre las “Leyendas sobre mi abuelo” sobresale el uso de la “sabiduría” ancestral para fines sexuales vampirescos, sin consentimiento de la mujer seducida. En alarde de su hombría, un Drácula campesino hace desplante de su capacidad por poseer féminas inertes.
“Cuando le gustaba una hembra, él [mi abuelo] iba de noche a buscarla y la dejaba toda besada y en el día la muchacha aparecía toda morada […] aquella muchacha, muy bonita […] aquí voy a pegar un chupete y aquí otro, y no se va a dar cuenta. El siguiente día la vi morada y le vi los chupetes”.
En “El duende” de San Juan Opico el enamorado declara que “si no querés por bien te gua agarrar a la juerza”. Los relatos “de animales” confirman la sumisión femenina al deseo imperioso del hombre. No sólo la mujer es el objeto al cual el varón “le vuela ojo” y “se la apodera […] hasta que conviene que se casen”. Ella se vuelve también valor de cambio en transacciones comerciales y de poder entre hombres situados jerárquicamente en una estructura social bastante desigual.
El acaudalado, un gigante, intenta acaparar la hembra del pobre, ya que mantener monopolio de mujeres es atributo de poder. “Si me prestas la mujer para treinta días, sí te dejo ir; si no me la traés te voy a matar”. “Un talnetero (periquero) al que el Sisimite le había quitado la mujer, estaba triste”. Lo contrario —que mujeres negocien el intercambio comercial y político de hombres— resulta una fantasía narrativa. De operar la Cihuanaba como mecanismo universal que regula las relaciones de pareja —la que sanciona el adulterio y el pillaje sexual masculino— los casos de fuerza bruta viril no quedarían en la impunidad. Parecería que sus acciones punitivas son bastante selectivas y no las ejerce necesariamente contra toda violencia sexual masculina e indiscriminada. La conciencia feminista de la Cihuanaba nos resulta demasiado exigua.
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No obstante, en los dos relatos iniciales la acción narrativa, se desvía hacia temáticas diversas e inéditas. Por una parte, se trata de una religiosidad que no se rige por la figura patriarcal del “Señor Yavé, Dios”, por la otra, de una orfandad y violencia doméstica como facetas sociales que afectan el hogar a diario. El cuento inaugural ofrece un mito mestizo de creación que expone el origen bíblico de la Cihuanaba. Relata la existencia de una religiosidad alternativa a la oficial —“magia, brujería”— la cual surge luego del diluvio.
Esta espiritualidad paralela se relaciona con la tierra por las cuevas, “concavidades” o “excavaciones adentro” donde habitan los “espíritus malignos”. Su presencia activa la autoriza el mismo “Dios” quien “no les permitió que se murieran” sino que, paradójicamente, consintió la diseminación terrenal de sortilegios e ideas contrarios a sus enseñanzas. La Cihuanaba emerge como maestra de lo mágico, de una religión alterna a la que preside la imagen imperativa de un Dios patriarcal.
Conjeturalmente, podría describirse como ligada a lo femenino por la tierra y sus hendeduras. Así surgiría en toda su naturalidad la última figura de la Cihuanaba —la de Juan de Opico— quien actúa de madre protectora de huérfanos y niños menores acosados por la violencia doméstica. La Cihuanaba es una celosa guardiana —“linda” y amorosa— que defiende a jóvenes desamparados y castiga a madrastras ofensivas.
En contraposición a su celo de custodia, la madre adoptiva ejerce la violencia doméstica contra los menores, a la vez que desatiende los oficios culinarios del hogar, “no molía”. En las antípodas de la seductora, su dinámica afectuosa se emparentaría con la imagen de la Virgen cuidando al niño, acaso doble cristiano del mismo Cipitío.
Esta tesis la confirma la versión de Schultze-Jena en cuyo ciclo mitológico el menor de los hermanos de la lluvia representa la revancha de los pequeños contra el poder político opresor que ejercen los mayores. Acaso como leyenda válida en sociedades con alta influencia cristiana, la diligente maternidad de la Cihuanaba y su defensa de menores huérfanos debería relacionarse con figuras femeninas sacrosantas —entre ellas la de la Virgen— en lugar de establecer dos esferas sin comunicación: indígena y colonial.
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Con esta recopilación, Melgar Brizuela resuelve la exigencia de entablar un diálogo entre ciudad y campo salvadoreños. Rompe con la jactancia urbana de excluir toda correspondencia con la tradición oral e indígena al construir un canon citadino y monolingüe exclusivo. Su antología nos convida a revisar las interpretaciones consagradas de las figuras más insignes de la mitología nacional. La Cihuanaba se nos presenta bajo una imagen compleja, que difícilmente se unificaría alrededor de un núcleo de sentido único.
Más que “demoníaco femenino que se vuelve contra el infractor de las leyes de la familia”, la economía del deseo nos enseña que su figura diabólica emerge paralelamente al apetito sexual masculino —al enamoramiento de una novia— al igual que a la autonomía de un erotismo femenino insumiso. El amor en sí sería infracción, o bien síntoma de una sexualidad malsana que visualiza el rostro nefasto de su pareja. Acaso la unidad familiar ideal significaría la extinción de todo deseo sexual, el cual se orientaría hacia la procreación puntual de la especie, al igual que hacia el trabajo estrictamente parcializado según el género.
La acción penal de la Cihuanaba resulta bastante arbitraria, ya que no la ejerce necesariamente contra gigantes poderosos, violadores vampirescos ni contra los que usan la fuerza bruta como medio de seducción. En la antología todos esos abusadores quedan impunes. La defensa del orden familiar y castigo al adulterio la Cihuanaba los practica de manera caprichosa y selectiva.
Su silueta surge también como hermosa, santa protectora de menores y niños huérfanos que sufren una violencia doméstica desmesurada por parte de mujeres que reniegan de su labor hogareña. Por último, sobresale como “espíritu maligno” que disemina una religiosidad vinculada a las concavidades terrestres como alternativa femenina al “Señor Yavé”.
Esta amplia gama de valores —amada, seductora, represora selectiva de adúlteros, madre guardiana, sacerdotisa— nos incita a rechazar el folclorismo oficial. Interpretaciones más actuales deben refutar toda ingenuidad para iniciar lecturas que vinculen los mitos a la estructura socio-política, a la jerarquía económica de las sociedades campesinas salvadoreñas, indígenas y mestizas.
La mujer funciona como valor de cambio en una economía del poder entre agentes viriles. En su producción y consumo, la unidad familiar distribuye tareas estrictas de género que el menor apetito amenaza desintegrar. Se anhela la supresión de todo deseo —de todo “andar enamorado”— ya que la faz sexual del amor corporal provoca la irrupción de lo demoníaco y destructor. Como figura femenina diabólica, la Cihuanaba nos sugiere percibir en la sexualidad un espanto.
Dentro del imaginario patriarcal que rige la teología campesina, lo diabólico se encarna en el cuerpo femenino. Sintomático del régimen masculino que rige la nacionalidad salvadoreña es toda inadvertencia sobre la escisión del cuerpo de la fémina. En un mundo sin sanción por la violencia doméstica contra los menores, al indefenso la Cihuanaba se le aparece hermosa y resplandeciente.
Más que valores universales, la ética de la Cihuanaba ofrece dilemas de perspectiva. Lo que la mirada adulta, violenta y opresiva visualiza horrendo y diabólico, el Cipitío lo percibe hermoso, cuerpo sublime de bondad y protección. En síntesis, la Cihuanaba nos confronta a una doble escisión del cuerpo femenino. La economía del deseo viril hace de la amada un demonio, y en su versión infantil, de la seductora, bruja pagana, una madre protectora.
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