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OPINIÓN Boom de Bombo y Platillo de la literatura Salvadoreña
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“¿Verdad que vos escribiste esas babosadas de los tales Poemas Clandestinos, y los mandaste a repartir para que todo el mundo supiera que eran tuyos y que estabas en la guerrilla? ¡No lo negués, pendejo! ¡Ah y no sólo eso, te tenemos una listita de mierdas tuyas que ya vas a ver cabrón!”, dijo uno de los jóvenes guerrilleros del ERP que lo interrogaban, al tiempo que le pegaba una patada. (Interrogatorio a Roque Dalton, tomado de Memorias de un guerrillero, libro testimonio escrito por el ex comandante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), “Balta”, Juan Ramón Medrano, exdiputado de la Asamblea Legislativa).
Antecedentes.- Por lo general, la producción literaria, artística o imaginativa, se ha relacionado con ocio (el ocio griego). Desde la antigüedad, al griego le interesaba, la ética, la filosofía, el encuentro con uno mismo, el ser, la existencia. El romano, por otra parte apostaba por consolidar su imperio y el as, su moneda, ambas tendencia no tendrían que ser contrapuestas; inclusive en esa época, porque sin el trabajo esclavo no podía existir la el ocio ni la “negación del ocio” (de donde proviene el concepto romano, neg-ocio). Además, depende de la dimensión que le demos al concepto. Para el romano el ocio era el circo, el espectáculo. Para Aristóteles el ocio era un ideal de vida, cuya antítesis es el trabajo, sin lo cual no hay políticos ni ciudadanos. Claro, en medio de explicaciones filosóficas estaban los esclavos, de ninguna manera ociosos, ni su existencia negaba el ocio (neg-ocio). En la edad media, el catolicismo condenaba a los ociosos a favor de los caballeros y amos de siervos al servicio de sus plantaciones y sus castillos. Aunque también el ocio, gracias al trabajo esclavo, permitía hacer filosofía.
Los conceptos de Ocio y neg-ocio, crearon un prejuicio universal, que no tendrían por qué ser extremos: Nueva York es cuna multicultural y gran centro de arte; pero ahí también se apuesta por la moneda global, en lucha ante el euro o un yen cada vez más fuertes.
Exacto, no hay contraposición, pero lo que no se debe permitir es el prejuicio anti ideas y menos entre los que las producen. A propósito, hay una conocida anécdota sobre el escritor inglés Bernard Shaw. Está sentado en el porche de su casa, pasa un vecino Perico de los Palotes, lo saluda y le dice: Mr. Shaw, ¿descansando? El humanista le responde: No, trabajando. Otro día pasa el mismo vecino mientras Shaw poda su jardín. Le pregunta ¿Mr. Shaw, trabajando? Shaw la responde. No, descansando. Para Perico de los Palotes, Shaw o estaba loco o era un inmenso huevón. Y Perico de los Palotes hay millones.
2. EL SALTO DEL SIGLO EN EL SALVADOR
La pregunta boba que podemos hacernos ahora, en la modernidad, es ¿son los escritores ociosos, aprovechados del trabajo de los demás? ¿Sirve de algo escribir un libro que nadie va a leer? Preguntas del millón. Como “interesado” directo, diría que sirve para ganar honores y gloria. ¿Y los otros, los del neg-ocio acaso no tienen derecho a disfrutar de esas mismas calificaciones de honor y gloria? Por ahí provienen las divergencias desde la antigüedad. Pero ni uno ni otro pueden existir por sí mismos.
Claro, según como respondamos estas preguntas, podemos meternos en atolladeros sin respuestas. Pero las reflexiones sólo son el medio para preguntarme si acaso la literatura joven de El Salvador sirve para algo, y digo la joven porque se involucran en un momento en que la mundialidad podría estar pidiendo a gritos otro tipo de oficio.
A medida que avanzaron los tiempos, el ocio se volvió productivo, surgió el humanismo, la literatura, la imprenta revolucionó al mundo. El libro, de acceso solo para los religiosos, rompió las ataduras de la edad oscura hasta culminar con la amplia divulgación de ideas gracias a Gutenberg, el gran trastocador de una sociedad en apariencia inamovible que iba bien sin imprenta, sin libros… y sin Gutemberg.
Preguntémonos por igual, ¿Qué pasará con nuestra narrativa del segundo mitad del siglo XX? ¿Los iremos borrando con la prisa de los nuevos tiempos? ¿Somos capaces de olvidar a Cristóbal Humberto Ibarra, a Rodríguez Ruiz, a Salarrué, a Hugo Lindo? La pregunta pareciera boba pero recordemos que a Francisco Gavidia lo tenemos en el clóset. Masferrer casi saca la cabeza, aunque a ninguno de los dos se les niega su valor, por el contrario se les rinde homenajes. No menciono a Claudia Lars ni a Alfredo Espino porque mi marco de reflexión son los narradores; pero estamos seguros que los niños no olvidarán a ninguno de los dos. Conste: los escritores no estamos para que no se nos olvide pues en la tarea de escribir apenas podemos recordarnos de nosotros mismos. Sí creo que las nuevas generaciones de narradores de alguna manera se regeneran y hacen despertar a los fantasmas olvidados. Independientemente que lo deseen o no lo deseen o que les sean indiferentes. La obra actual es una contrapropuesta de la obra pasada. Desde ese punto de vista vive y respira por ella, sin depender de voluntades egocentristas de quienes escribimos literatura (el oficio más solitario del mundo; el ego se explica).
Dada mi lucubración quiero referirme a un escritor que acaba de escribir su novena novela: Desmoronamiento, de Horacio Castellanos Moya.
3. HORACIO CASTELLANOS MOYA (1958)
Publica en España, es el escritor salvadoreño más prolífico con por lo menos nueve novelas escritas, siete de ellas editadas en España, México y Guatemala y traducidas algunas al francés y al alemán. Escritor de retos, no olvidemos La Diáspora, llenó de urticarias su aparente deslealtad de proponerse un tema que afectaba la doble moral política. Luego escribió una novela más benigna por su simbolismo metafórico: Baile con Serpientes, (1996). Hasta culminar con El Asco (Barcelona 2000), rechazada por lastimar sentimientos nacionales ante lo cual cualquiera sin distinción de ideologías se siente ofendido. Unos lo sienten de verdad, otros deben simular que lo sienten para dar muestra de un patriotismo irreversible. Y están los Vicentes que van donde va toda la gente.
Castellanos Moya, como su paradigmático escritor austriaco, Thomas Bernhard, cuyas huellas sigue, (en la primera edición de El asco agrega como subtítulo “Thomas Bernhard en El Salvador”), pareciera ofensivo en su concepción; quizás porque bordea ideas del escritor austriaco que como Moya “sólo quien se pudre en su tumba compone, pinta o escribe cosas buenas”, según señala Andreas Kurz. (La Jornada Semanal, México, diciembre 31 de 2005). Bernhard, falleció en 1989, luego de salir huyendo de su país Austria, es reconocido ahora como uno de los escritores más sobresalientes no solo de Austria, sino en idioma alemán, que se salvó por un pelito de ganar el Premio Nóbel, murió antes de tiempo. Se le reconoce, por las nuevas generaciones, como la mejor figura literaria de Austria, “conforma su mito de escritor nefasto, egocéntrico, pesimista, insociable y desalmado”. Sin embargo, una crítica podría hablar de méritos en vida; lo hizo aunque con retrasos después de muerto el escritor. Moya es Moya, pero al basarse en Berhard nos recuerda que la literatura es mito a defender a capa y espada.
En el 2004, Castellanos Moya no se sintió seguro y ante supuestas amenazas –a causa de desmitificación que el autor quiso hacer de valores nacionales- logro obtener refugio en Alemania; luego obtuvo refugio en Pittsburg, USA, (2007). Castellanos Moya tendrá a su disponibilidad un privilegiado asilo para beneficio de la literatura salvadoreña, pese a que en El Salvador no hay perseguidos ni presos políticos. Castellanos Moya merece ese espacio en tanto lo consagra con su trabajo. Porque si un escritor merece ser rechazado, no lo deben ser sus libros, donde la ideas adquieren certificación de nacionalidad, éstas quedan, el estilo permanece, la persona pasa, aunque no se le recuerde. A propósito, un conocido novelista chileno ya fallecido Roberto Bolaños afirma que Castellanos Moya “es un melancólico y escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país. Esta frase suena a realismo mágico. Sin embargo no hay nada mágico en sus libros. Es un sobreviviente pero no escribe como un sobreviviente”. ¿Importa que se tengan conceptos divergentes sobre un escritor o importa su obra? Me inclino por lo segundo.
La narrativa de Castellanos Moya, rompe con acritud los mitos que se relacionan con machismo, con el sicarismo, con el “vivo” o gracejo, contra el vándalo y el autoritarismo; y lo hace con sarcasmo frente a valores de carácter popular y por consiguiente, intocables, verdades creadas por las costumbres que por populares se revierten en altares populistas. Toca una temática que forma parte de violencia cotidiana, que no solo es la agresión física. La violencia como un “recurso (literario) sino como parte de nuestra identidad… es parte del ser salvadoreño”, como dice Moya en una entrevista que le hace Rafael Menjívar, publicada en La Prensa Literaria de Managua, 31 de mayo de 2003.
Varios críticos nacionales, y aun escritores jóvenes no lograron asimilar los aspectos referenciales e irónicos de Moya, y le restan méritos como obra literaria, afirman que no tiene personajes definidos, que es un monólogo, que no describe, etc. Por supuesto que en muchos de estos casos prevalece el prejuicio originado por actitudes de honor ofendido. También lo despertó entre políticos de izquierda con la novela La Diáspora(1988), donde se dan a conocer interioridades de los militantes, válido para el político, por razones intrínsecas a su profesión; pero no lo es para un escritor independiente.
Las confesiones de La Diáspora por no atentar contra valores nacionales, pudieron disimularse, por lo menos con la ley del silencio, y castigándolo con indiferencia y desconfianza. Lo que no sucedió con su novela El Asco (1997) que incluso para críticos cotidianos se tocaba las fibras de la Nación y subvaloraron la obra aduciendo calidades de la novela que no conserva El Asco, etc. Argumentos buenos para limpiar una ofensa patria que afecta a tirios y troyanos, pero ajenos a una valoración crítica objetiva.
Fuera de lo que puede ser anécdota, Castellanos Moya ha tenido reconocimiento internacional al publicarse sus libros de narrativa fuera de nuestro país. Significa reconocimiento literario que rompe fronteras, al igual que nuestros deportistas por fin, (Cristina López y el flechador Jiménez) y los miles de salvadoreños (los héroes contemporáneos) que les vale un sorbete el muro fronterizo y los Minuteman. O sea que cada vez el globo va siendo de todos, aunque cueste la vida en las tierras de nadie.
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