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El 11 de noviembre de 1989 había transcurrido igual a cualquier otro sábado en San Salvador, una ciudad que pocas veces había sentido la guerra en sus entrañas. Sin embargo, tras la retirada del día, la bomba le estalló en la cara a la metrópolis. La insurgencia penetraba la capital.
Inocentes bodas, velorios y quince años sirvieron de fachada para esconder rebeldes. Manuel, combatiente del FMLN, recuerda que una de sus estrategias se concentró en ocultar los fusiles dentro de los féretros y los regalos y esperar el momento justo para que los invitados se quitaran las máscaras. Y así lo hicieron.
Ese día significó el quiebre de una normalidad que le facilitaba a los citadinos disfrutar de las "bondades" de Hollywood. "Los Cazafantasmas 2" y "Batman" estaban en la cúspide. Si usted quería ver la secuela de una película cuyo argumento narraba las aventuras de un grupo de individuos que atrapaban espantos, el precio a pagar era de 8 colones.
Por aquel tiempo, los estudiantes de primaria disfrutaban de sus vacaciones. Los pequeñines mojaban sus galletas matutinas viendo en la t.v. los saltos y las peripecias de un detective despistado,"El inspector Gadget". Pero para gustos hay programas. Los canales exhibían desde series policiales norteamericanas como "Jake y el Gordo" hasta comedias familiares que retrataban la vida peculiar de una familia mexicana que carecía de madre y que era comandada por un "Papá Soltero". Zapatillas, colores fosforescentes y pelos parados formaban parte de la moda de los adolescentes que aparecían en el programa azteca. Vivíamos en los ochentas.
Olía también a fútbol. El mundial de Italia estaba a las puertas. Pelé anunciaba que el campeonato sería defensivo, perspectiva que le importaba poco a los hinchas salvadoreños. La selección no saldría viva de las eliminatorias. Tampoco 6 jesuitas y dos colaboradoras saldrían vivos de las manos del Batallón Atlacatl que los asesinó el 16 de noviembre de 1989.
No obstante, la ofensiva guerrillera cambiaría muchos aspectos de la vida nacional: trajo la paz y le permitió a muchos guerrilleros convertirse en políticos de oficio.
Para mala suerte del fútbol y de los jesuitas , muchas cosas no fueron resueltas con base en sus aspiraciones: El Salvador sigue sin ir a un mundial y los sacerdotes de la Compañía todavía reclaman que los autores intelectuales de la muerte de sus hermanos enfrenten cargos en la justicia.
Pero aquel 11 de noviembre de 1989, la guerrilla fue la incómoda invitada que entró a la capital sorprendiendo a sus ciudadanos. La guerra había llegado a la ciudad.
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