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Red interminable

Historia vieja, historia nueva

Roberto Turcios
cartas@elfaro.net
Publicada en enero 2002- El Faro
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¡Qué año! Fue intenso, dramático y violento. La historia se condensó en doce meses: la vieja y la nueva.

Fue inolvidable. 1989 tuvo de todo: elecciones, combates, asesinatos y promesas de diálogo. Al final, quedó un balance desolador. El humo de los fusiles flotaba en el ambiente. También la esperanza de paz. El fin de la guerra se veía lejano, casi inaccesible. ¡Qué increíble: se veía lejano y estaba a la vuelta de la esquina!

Cuando Alfredo Cristiani se puso la banda presidencial, en junio de 1989, era difícil imaginarlo como un político comprometido con las negociaciones. Pero, en su primer día como gobernante, aseguró que buscaría el diálogo con el FMLN. Qué tiempos aquellos: la mención del Frente por su nombre era un acontecimiento.

Otra vez se repetía la historia. El mundo caminaba en una dirección; y nosotros, en otra. El Muro de Berlín se desmoronaba, pero aquí seguían los viejos demonios imponiendo sus reglas.

Ignacio Ellacuría era un tipo con una inteligencia extraordinaria. En las clases, durante aquel año, hacía gala de su agudeza. Andaba más interesado en las condiciones nacionales para el diálogo que en los grandes problemas filosóficos. Lo admitía sonriendo. Y se notaba en los problemas que abordaba. "Hoy cometí un lapsus", dijo un día en clase. Se refería a la entrevista que le habían hecho en la mañana por televisión, donde había comentado el asesinato de Antonio Rodríguez Porth. En aquel ambiente y en contra de muchas opiniones, él descubría puntos a favor del diálogo. Que los había, los había, pero era difícil verlos en medio de las amenazas veladas y abiertas, en medio del imperio de la violencia y de los asesinatos.

Hoy, los momentos dramáticos de 1989 parecen formar parte de un planeta remoto. Un planeta entrañable y asqueroso. Entonces estaba la historia vieja. Es decir, la exclusión, la violencia como señora implacable. Su dedo apuntaba a alguien, y caía el balazo certero. A pesar de todo, también estaba la historia nueva. El presidente Cristiani resumía a las dos. Él tenía la bandera de la concentración económica en una mano, y la mirada en los bancos; él tenía la bandera de la negociación en otra mano, y la mirada en la paz.

Cristiani tenía entre manos un triunfo inédito. Ninguna persona conoció eso en el pasado. Una victoria ante el partido de gobierno era un sueño imposible. Siempre ganaba el candidato oficial. Apenas en 1964 había cambiado la historia, en cuanto a diputaciones y alcaldías. En cuanto a la presidencia no había vuelta de hoja: "ganaba" el candidato de los coroneles. Por las buenas o las malas, el candidato oficial tenía que triunfar. Nadie lo supo como Napoleón Duarte, precisamente quien le entregó la banda presidencial a Cristiani. Precisamente a quien le robaron un triunfo presidencial, en 1972. Y se lo robaron sin contemplaciones, con las peores mañas.

Con el cáncer metido en el cuerpo, flaco y débil, Duarte le entregó la presidencia a un opositor. Nadie había hecho eso antes. Era la nueva historia. La derecha ganaba la presidencia en elecciones, compitiendo como opositora. También era la vieja historia: La derecha obsesionada por un poder que le había pertenecido siempre. Durante el siglo XX, la izquierda estuvo fuera de ese círculo.

Una bomba estalló y pulverizó las pocas expectativas de paz. La casa de un sindicato, la de FENASTRAS, se convirtió en salón macabro. Febe Elizabeth Velásquez era joven y dirigente sindical. No lo fue más. Su nombre integró la lista de asesinados. Y la nueva etapa de diálogo, apenas abierta, se cerró. Sólo quedaba espacio para el combate, para que los fusiles hicieran una última prueba de fuerza.

Así era 1989. Entonces, Alfredo Cristiani comenzaba el primero de sus cinco años como Presidente. El tiempo era inclemente y despiadado. Lo increíble es que de ahí, de un año errático y violento, salieron los Acuerdos de Paz.

 

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