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José Napoleón Duarte había anunciado que sería el Presidente de la paz. Hizo por serlo. Pero no pudo. La historia le negó incluso el privilegio de iniciar el proceso de negociación. Sólo pudo lanzar una etapa de diálogo, el cual se agotó a sí mismo durante los 5 años de su presidencia. Saltar a la siguiente etapa, a la verdadera negociación, iba a requerir superar y negar la anterior. Negación dialéctica. No por simple acumulación, sino mediante el rechazo a lo que había sido esencial durante el diálogo.
Por ello mismo, el recambio partidario en el poder vino a facilitar las cosas. ARENA criticaba todo lo que había hecho el PDC en el gobierno, incluida su política de diálogo. La reformulación de tal política, en vez de la simple continuidad, parecía lógica en 1988 y 1989. Pero escondía una lógica más profunda: la que llevaría el proceso a una etapa superior y definitoria. De tal modo, insospechadamente para todo el mundo, incluido su propio protagonista, quien resultó ungido por la historia como Presidente de la Paz fue Alfredo Cristiani.
Desde un inicio anunció que no iba a desgastarse involucrándose personalmente en las pláticas. Como Presidente de la República tenía otros importantes asuntos que atender. A tal efecto, iba a nombrar una Comisión que tendría poderes para negociar, que le informaría directamente y recibiría de la Presidencia instrucciones pertinentes. Justificaba la evidente disminución del perfil de las rondas de diálogo con el argumento que éstas tenían que dejar de ser un "show" propagandístico y adquirir seriedad. Por ello mismo, exigió que las conversaciones dejaran de darse al interior del país y que tuvieran estricto carácter confidencial. Retó a la insurgencia a demostrar su voluntad de paz aceptando dichas condiciones, las que impedirían sacar "raja política" a cualquiera de las dos partes.
De hecho estas medidas sacaban al proceso de las limitaciones a que la etapa de diálogo lo sometían, pues dejaba de ser la propia legitimación y el desgaste del adversario el objetivo central y pasaba a ser la exploración de los contenidos concretos, posibles coincidencias y desavenencias de fondo la nueva razón de ser.
El proceso entraba a una fase de pre-negociación. Le faltaban cosas esenciales para ser ya negociación: un mediador con la suficiente capacidad política y poder para presionar, una agenda definida de común acuerdo y, sobre todo, la voluntad inequívoca de las partes de avanzar por esta senda en forma ininterrumpida hasta lograr acuerdos sustanciales que significasen una salida al conflicto. Por eso el salto a la etapa de negociación no se dio sino tras la gran ofensiva del FMLN. Seguía el empate. Urgía terminar la partida, y no había tiempo para jugar prórrogas. El final sería a penaltis.
Si se mira superficialmente, la instalación de la mesa negociadora a principios de abril de 1990 en la subsede de la ONU en Ginebra se daba paradójicamente en el menos previsible de los momentos cuando la guerra había recrudecido, Estados Unidos acababa de demostrar la determinación de su injerencia en el área al invadir en diciembre Panamá, capturar a su Presidente para ser juzgado por narcotráfico y disolver su Fuerza Armada. Asimismo, después de la inesperada derrota electoral de los sandinistas.
La ofensiva de noviembre del FMLN podía ser interpretada como una gran provocación que podía obstaculizar el arranque de la negociación, así como provocadora había sido de la otra parte el asesinato del dirigente de la Comisión de Derechos Humanos o la bomba contra la sindical FENASTRAS, que en su momento motivó la ruptura unilateral del diálogo por parte de la insurgencia.
El crimen contra los jesuitas marcaba un hito en la brutalidad e inhumanidad del conflicto, que recordaba el nefasto momento del magnicidio en 1980 del arzobispo mártir. Sin embargo, en el nuevo momento de maduración del proceso, todos estos elementos venían a impulsar la negociación como única vía para racionalizar y buscarle punto final al conflicto. Ambas partes tenían tareas pendientes.
Sería imperativo sujetar a las fuerzas más militaristas y radicales, para evitar nuevas provocaciones que dieran al traste con la vía negociadora que ahora se emprendía, bajo la fuerte presión de la comunidad internacional. El FMLN logró la unanimidad sin mayor problema, aunque involucrando directamente a la Comandancia General en las etapas más delicadas de la negociación y llevando a la comisión negociadora a diferentes jefes militares que ahí eran ganados por el espíritu pacificador y se apartaban de tentaciones "golpistas" contra la jefatura que negociaba la salida de la guerra.
De parte gubernamental el problema era más delicado. Coincidía el gane eleccionario de ARENA en la coyuntura 1988-1989 con el ascenso a la cúpula del ejército de los miembros de La Tandona. Compañeros de promoción de d´Aubuisson, estos coroneles eran considerados los más duros entre los duros. Todo hacía presagiar una escalada en la guerra en vez de voluntad de pacificación. Le tocaría al Presidente Cristiani lidiar con este problema. Paralela a la negociación con la contraparte se iba a desarrollar otra, igual o más importante, en el seno del bando gubernamental. De hecho, en varios momentos entre 1990 y 1991 hubo rumores golpistas en el seno del ejército. Las páginas de El Diario de Hoy daban cabida a ideólogos de extrema derecha que clamaban contra "la traición" a la Patria hecha por el Presidente en las concesiones otorgadas a la insurgencia en el transcurso de la negociación. En realidad, la contradicción entre el gobierno arenero y la cúpula del ejército no era nueva. Expresaba el creciente distanciamiento entre el sector privado y el estamento militar que se fue generando a lo largo del conflicto.
La clase dominante no dejaba de resentir que la Fuerza Armada, en su pacto con el PDC, hubiera respaldado y ayudado a ejecutar la reforma agraria y las nacionalizaciones del comercio exterior y del sistema financiero. Los militares, por su parte, criticaban a los grupos de poder económico el haber sacado del país sus fortunas y resistirse a traer de regreso sus capitales para contribuir a la recuperación económica. "Unos ponemos los muertos, mientras otros ni siquiera su dinero quieren poner", era el reproche habitual entre las filas castrenses.
Con el correr del tiempo esta queja era respondida con otra igualmente amarga: "los militares no ganan la guerra porque no quieren, pues no les interesa; han hecho de la guerra un negocio". Ciertamente el grado de corrupción de ciertos jefes militares era obvio y escandaloso. Se enriquecían a costa de las raciones de la tropa, no reportaban los muertos para seguir cobrando por las mismas, a menudo eludían el combate y daban falsas informaciones de sus coordenadas y posición. La guerrilla con frecuencia obtenía armas de algunos jefes militares corruptos. Hubo veces en que a la semana escasa de haber recibido nuevos suministros – fue el caso de los teleobjetivos de rayos infrarrojos para combate nocturno- ya éstos estaban en poder del FMLN: los había comprado a su enemigo.
El hecho es que la desconfianza mutua había llegado a su cenit a fines de la década de los ochenta. Influyó en la selección de Fredy Cristiani como pre-candidato presidencial, en lugar del coronel Sigifredo Ochoa Pérez. El propio d´Aubuisson se inclinó por optar contra su ex-compañero de armas para que un gobierno de ARENA no se viera sometido al dictado del poder militar. En el marco de la guerra los militares eran más poderosos que nunca. Pero al mismo tiempo nunca habían sido más débiles: dependían de la ayuda estadounidense para proseguir la guerra. Y para no perderla. El sólo anuncio de un corte podía generar un colapso.
Optar por Cristiani significaba elegir a un empresario, miembro de la oligarquía económica del país. También era aupar un nuevo pensamiento estratégico, el desarrollado por FUSADES, de la que Cristiani había sido uno de los sus primeros directores. La opción neoliberal se abriría paso con el ascenso del líder empresarial. Y con ello la paulatina unanimidad del sector privado, seducido por su visión de futuro, que aparecía superior a la visión de pasado que representaba la ideología del puro anticomunismo primitivo con que se fundó ARENA.
La historia pondría a prueba esas lealtades. Y también la estatura política de los protagonistas. Alfredo Cristiani supo dar su cuota. El proceso le hizo crecer. Aportó serenidad, no exenta de firmeza. Y soportó las presiones, sin perder imagen. Reconoció al final que la ausencia de democracia había sido la causa de la guerra. Supo estar a la altura del momento. Más allá y a pesar de sí mismo.
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