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Contrainsurgencia

Sergio Arauz
cartas@elfaro.net
Publicada en enero 2002- El Faro

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Las masacres, el diálogo y el mundo bipolar

"Una acción militar solidaria con su pueblo, recuperando el orden, la tranquilidad y la seguridad perdidos, posibilitando la acción resolutiva del gobierno, y cooperando cívicamente con él, en la implantación de todas las medidas necesarias para eliminar el peligro y evitar las causas de su reincidencia" era uno de los propósitos que la Fuerza Armada de El Salvador (FAES) tenía en teoría en sus lineamientos institucionales.

En el campo de batalla, se encarnaban las imágenes más crudas que un conflicto armado puede producir. Con la ayuda de Norteamérica en el ejército se adiestraron 8 batallones: paracaidistas, comandos marinos y comandos de contrasubversión hicieron frente a la guerrilla.

Masacres de poblaciones enteras, intentos de diálogo frustrados y caos social son algunos de los elementos que caracterizaron la guerra. Escenas como la de El Mozote, que dejó centenares de muertos, entre mujeres, niños y hombres, estremecieron a la comunidad internacional. Según la FAES, los insurgentes eran un pez alimentado por la masa popular, "el agua". "Pacificación" era la palabra usada por el gobierno de Duarte.

En el mismo contexto, Oscar Arias, Ex-Presidente de Costa Rica, promovía un plan de integración para el área Centroamericana. El plan Arias, como se le llamó, reunió a los mandatarios de Guatemala, Costa Rica, El Salvador y Honduras. El documento de agosto de 1987, Esquipulas II, era un convenio que anunciaba un cese al fuego y un fin a la ayuda de Estados Unidos al Estado Salvadoreño. Y por el lado insurgente, un cese a la ayuda de la Unión Soviética y Cuba a las fuerzas de izquierda.

Por su parte, la guerrilla se daba cuenta de las pocas posibilidades que tenía de ganar de un porrazo la guerra.

Sólo entre 1980 y 1984, la Fuerza Armada engrosó sus tropas de 12,000 a 42,000 integrantes. La guerrilla manejaba cifras de hasta 9,000 combatientes, sin embargo, también había otros grupos de personas que colaboraban desde afuera. En ese sentido, los números varían.

En Estados Unidos, Ronald Reagan calificaba el conflicto como "una guerra de baja intensidad" donde ciudadanos norteamericanos no participarían de lleno. Por ello, su estrategia fue invertir en educación militar a oficiales y suboficiales del ejército salvadoreño. 2,000,000 de dólares invirtió Reagan en el programa de educación militar internacional (International Military Education and Training). Los planes incluían entrenamiento en la Escuela de las Américas en Panamá y, dutrante algunos años, cuando E.U.A. se negaba a aparecer involucrado directamente, se pactó con el regimen militar argentino para que los oficiales de ese país entrenaran a salvadoreños en territorio hondureño.

La guerra bailaba a un ritmo interno, con estrategias propias, masacres, violaciones a los derechos humanos y una población civil diezmada por las partes en conflicto. Y, de la mano, bailaba también al ritmo de una Guerra Fría a la que agarró en su apogeo al inicio de los años ochenta, y que vio morir al final de la década. Morían también entonces las posibilidades de continuar un conflicto aislado. Congruente como todo su desarrollo, el conflicto interno moría cuando terminaba el mundo bipolar. El último conflicto de la Guerra Fría llegaría a su fin sólo cuando muriera también el gran escenario que dominó la mayor parte del Siglo XX. Después de El Salvador, las guerras serían distintas.  Y las que ya estaban y decidieron continuar se volvieron obsoletas.

  

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