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Los dos formaron el gran fenómeno político del siglo XX. Cambiaron a la derecha y a la izquierda. Más que eso: cambiaron la historia salvadoreña. ARENA y el FMLN se parecen en eso. También se parece el cansancio que hoy muestran los dos.
Antes de los años ochenta era el reinado de los partidos oficiales. La Liga de los Meléndez y los Quiñónez, Pro-Patria de Hernández Martínez, el PRUD de Osorio y Lemus y el PCN de los coroneles. Frente a los partidos oficiales siempre estaba el coraje y la valentía opositora.
ARENA nació con un fervor derechista insuperable. A todo y a todos los veía como parte del peligro comunista. "El mejor comunista es el comunista muerto", decían muchos de sus seguidores.
El rechazo de ARENA a las reformas y a la izquierda fue su partida de nacimiento. De aquel tiempo son las abundantes denuncias sobre la vinculación de su fundador con los "escuadrones de la muerte".
También había otro ingrediente en la partida de nacimiento arenera. El partido era una opción de derecha que crecía como espuma estando en el lado opositor. 1979 fue el último año de un bloque histórico de derecha. Ahí había profesionales, empresarios y terratenientes, pero los dirigentes del bloque eran militares. En 1979, con el golpe de octubre, ese bloque perdió y se desarticuló. Entonces se formó ARENA, afuera del Gobierno pero con muchos hilos en la Fuerza Armada.
El FMLN nació cuando el país estaba a las puertas de la guerra. El Gobierno ejecutaba un plan reformista que tenía todo el apoyo de Estados Unidos. Bajo ese esquema, las reformas valían en la medida que contribuían a quitarle apoyo a la izquierda. Tal era la fuerza que mostraba la izquierda. Además, para quien tuviera dudas del avance revolucionario, ahí estaba Nicaragua y la victoria sandinista. En medio de ese panorama nació el FMLN.
Varias agrupaciones sectoriales, estudiantiles y políticas formaban cada una de las cinco organizaciones del FMLN. Durante toda la guerra, esas organizaciones mantuvieron vida propia. Todas tenían algo en común: estaban convencidas de que su triunfo llegaría en unos cuantos meses.
Las cinco organizaciones tenían otra cosa en común: ejecutaban estrategias políticas y militares. La violencia no se escondía. Al contrario, se proclamaba su necesidad política. Frente a todos estaban los fraudes electorales, las imposiciones, las arbitrariedades y las violaciones a los derechos humanos de los gobiernos militares.
Cuando comenzaba la década de los ochenta, la violencia era la dueña de la vida nacional. La lucha política estaba en el centro de todo, pero la violencia le daba forma a todo.
Tanto ARENA como el FMLN fueron vigorosas fuerzas de cambio. Tenían objetivos bien definidos y formas de organización exitosas. Cada uno en su campo, los dos se convirtieron en partidos emblemáticos en América Latina.
Hoy la situación de los dos partidos es distinta. Ambos tienen problemas con sus ideas programáticas y con su gente. No se les ven las propuestas nuevas para una situación nacional y regional que es cambiante. Tampoco se les ve apertura ni receptividad ante la molestia de la gente.
Con todo lo que el siglo XXI está significando, los dos partidos principales no se ven bien. Les hacen falta propuestas estratégicas bien definidas y respuestas creativas al malestar de la gente. También les hace falta vocación democrática. Con regularidad aparecen como abanderados de la intolerancia y la intransigencia. Con todo, ellos siguen siendo los grandes de la política salvadoreña. Y todavía lo seguirán siendo durante unos años. Ellos serán, por tanto, los autores principales del próximo bienestar político. O del malestar.
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