| |||
![]() |
|||
|
|
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
Paralela a la historia de la guerra iba gestándose en el país la historia de la paz. No como algo posterior sino prácticamente simultáneo. La guerra civil lo abarcaba todo a lo largo de los años ochenta. Así aparecía el período. Pero tras esa apariencia se desarrollaba lo que el proceso traía en su entraña y se revelará al final como su verdadera esencia. El conflicto culminó en acuerdos políticos; lo que se estaba gestando durante la guerra era la paz. Por tanto, hay que des-cubrir la secuencia del proceso que permite tal desenlace.
Es la historia de la paz, con su propia periodización, con su lógica racional que se impone finalmente sobre la racionalidad bélica. Como contraposición, pero también como fundamento; menos visible pero más decisiva. Oculta al ojo, como las raíces del árbol, que se expanden simétricamente a las ramas superiores sin exponerse a la luz, sino buscando en lo hondo el sustento para el conjunto. El árbol que vemos presupone esas raíces, que alimentan y sostienen, y que crecen en dirección contraria al de la planta. Habría que decir más bien que ésta se desarrolla en ambas direcciones a la vez, hacia arriba y hacia abajo simultáneamente. De manera similar, nuestro proceso histórico avanza en sentidos contrarios: en dirección a más guerra, - o sea, más intensa, prolongada y sofisticada -, pero también hacia la paz. Es el impulso de la primera el que empuja la segunda.
Los momentos principales que entrañan el salto cualitativo son el diálogo y la negociación. El primero, de naturaleza meramente táctica, lo que de veras pretende es ser un instrumento que ayude a ganar la guerra. Legitimar las propias posiciones deslegitimando las razones del contrario. Minar el apoyo de sus aliados y neutralizar a sus amigos políticos, al tiempo que procura atraerse a los neutrales y conseguir que los amigos se conviertan en aliados. El diálogo es parte esencial de la lucha política y está al servicio del objetivo supremo que sigue siendo la victoria militar. No hay coincidencia entre medio y fin: el medio es político pero el fin está situado en una esfera distinta.
En cambio, en la negociación el medio y el fin coinciden: lo que se busca es una solución política por medios asimismo políticos. Ya no se trata de ganar la guerra sino de "ganar la paz". Ambas partes están ahora conscientes de que para poder tener ganancia tendrán asimismo que ceder. Ya no es vista la guerra como un fin en sí mismo, sino que ha pasado a percibirse como un medio para lograr fines que son de naturaleza política. Si pueden obtenerse por otra vía diferente a la militar, procede abandonar el esfuerzo bélico y ver de avanzar por el camino de la negociación. Concebida ésta al inicio como mal menor, pronto será percibida como una mejor solución que la que podía ofrecer el mero triunfo militar. Transformar el escenario político ha requerido de la transformación de los actores: surge una nueva voluntad política.
Si la voluntad de los protagonistas ha cambiado es porque cambió asimismo su percepción y comprensión del proceso histórico. Éste ha realizado una propedéutica, una pedagogía, educando a sujetos y actores en lo que era y lo que no era posible, en lo que es y no deseable, en cuál es el ideal realista y realizable, y en cuáles pretensiones debían abandonarse por irrealistas y no verificables. En su culminación, los actores políticos conocen mucho más del proceso y también se conocen mejor a sí mismos. Depuran entonces sus apreciaciones reafirmándose en su razón de ser fundamental, al tiempo que aceptan la reconsideración y modificación de sus tácticas y estrategias, de sus fundamentos doctrinarios, teóricos e ideológicos. En su empeño por transformar el país (lo han logrado aunque según un diseño insospechado y diferente) se han transformado también a sí mismos. La historia de la paz ha incubado a su interior otro nivel del desarrollo histórico: es la historia de la democracia, determinada a iniciarse desde este nivel elemental como lo es la democratización del pensamiento y de la determinación de los actores.
Es así porque el proceso de diálogo y negociación presuponía la concepción programática, donde se exponían objetivos y visión general del problema del poder. En una primera fase de la historia de la paz, previa a la apertura real del diálogo, la que llamaremos fase de pre-diálogo, FDR-FMLN resumían en la Plataforma programática del Gobierno Democrático Revolucionario, GDR, sus concepciones y estrategia fundamental. Corresponden a una concepción de toma del poder y de victoria total. Aunque, paradójicamente, aparece ese maximalismo en una etapa en la que esa posibilidad está más lejos de ser alcanzable. Los Frentes se reservan el derecho de decidir qué oficiales de la Fuerza Armada podrán permanecer en la institución, recuperada como brazo armado del pueblo desde su propio ejército insurgente, así como las fuerzas políticas autorizadas a seguir funcionando. El respeto a la propiedad privada condicionado también a la conducta que los propietarios y los empresarios concretos hayan tenido durante el conflicto. Se entiende pues que las ofertas de diálogo, además de ser una forma de propaganda, se han diseñado como la negociación de la derrota y rendición del bando gubernamental.
Madurado el proceso histórico se abre la fase del diálogo, antes incluso de que el Presidente Duarte lo convoque. Efectivamente, en enero de 1984 los Frentes presentan un nuevo Programa: la propuesta para conformar un Gobierno provisional de Amplia Participación, GAP. Presupone que parte del espectro político legal acepte esa base de negociación excluyendo a otra parte – los fascistas, la extrema derecha, los escuadroneros – lo que explica la mayor flexibilidad del planteamiento. El nuevo ejército nacional ya no sería estructurado tomando como eje al FMLN sino como el resultado de la fusión de ambos ejércitos, previamente depurados; el espectro legal de partidos va a abarcar todas las fuerzas democráticas – lo que las define es la aceptación del GAP – excluyendo sólo a las antidemocráticas y militaristas. En realidad, se ofrece acortar la guerra por este procedimiento, antes de su derrota total, y ante las bases propias se presenta como una victoria parcial, antesala de la victoria total a completar posteriormente por medios políticos.
Agotada tempranamente la fase del diálogo, porque la contraparte también ofrece una variante de su propia victoria parcial, queda claro que esta vía del diálogo no avanza si no hay progresos en la correlación militar de fuerzas. Es la guerra la que puede acercar la paz, a condición de que sea superada la situación de equilibrio estratégico o empate militar. La intensificación del esfuerzo bélico se mira como única vía para acercar la posibilidad de la paz. La relación dialéctica entre guerra y paz se hace más transparente. De ahí que a partir de 1986-1987 se entre a una fase de pre-negociación en la que hay claridad de la impotencia del diálogo, al tiempo que se entiende que falta correlación para forzar la apertura de la negociación. Romper el empate será la meta inmediata, para generar uno de los dos escenarios: o el de un triunfo militar que vuelva innecesaria la negociación, o el de la imposibilidad de tal triunfo – para ambos bandos – que vuelva innecesaria la guerra y por ende posibilite la mesa negociadora. Preparar la contraofensiva estratégica resulta la conclusión lógica y el resto de iniciativas se proyectan como auxiliares de tal estrategia central.
La valoración de la ofensiva de noviembre de 1989 resulta diferente: lejos de haberse roto el equilibrio estratégico, lo que se ha consolidado es el empate militar. La verdadera negociación se va a fundamentar en esta constatación. No hay vencedor y no va a haberlo. La prolongación de la guerra no conduce a su desenlace. Es imperativa una fórmula que se constituya en alternativa a la misma. La solución negociada no puede ser equivalente al triunfo militar, pero puede ser equiparable: puede ser una variante de la victoria. Siempre que se precisen y redefinan los objetivos esenciales. Los acuerdos deben ser satisfactorios para ambas partes o se corre el riesgo de que la paz sea una simple pausa, preludio a un relanzamiento de la guerra. La negociación pondrá punto final a la misma sólo si se negocia sin trampa y los acuerdos resultan beneficiosos para todos.
Por ello, tan decisivo como la fecha del 16 de enero de 1992, cuyo décimo aniversario celebramos esta semana, será la fase posterior de cumplimiento de los acuerdos. Es la última de la historia de la paz: la pos-negociación, que se corresponde temporalmente con la pos-guerra. Como ella culmina con las elecciones de 1994, fecha clave para la democratización verdadera del país y a partir de la cual el tema de los acuerdos pierde su centralidad en la vida política nacional, independientemente del incumplimiento o retraso en ciertos temas. En ese evento electoral, definido acertadamente por la ONU como culminación del proceso de paz, se entrelazan y combinan las dos políticas de la guerra: la de diálogo-negociación y la de elecciones-democratización. En su reconciliación se expresa la de las partes beligerantes.
Es la dialéctica síntesis de tres décadas consecutivas: la confrontación se ha trocado en su opuesto, la concertación. Pero aquélla sostenía la unificación a derecha e izquierda. Asistimos ahora a la dialéctica inversa: concertan los adversarios y surge la confrontación al interior de cada uno de ellos. Son las claves del tiempo actual, que de nuevo escapan al control de los actores.
Del lado de la izquierda la base de los disensos está en la nueva redefinición programática, la tercera en su historia, que se da a conocer durante la fase de negociación, en octubre de 1990. En la Proclama a la Nación difundida ese mes se expone el concepto "revolución democrática" que sustituye los programas anteriores. Justifica la salida negociada al tiempo que expone el recorte de las aspiraciones insurgentes: han desaparecido las dimensiones anti-oligárquica y anti-imperialista de las definiciones programáticas del GDR y del GAP.
Es congruente con el reagrupamiento de fuerzas que la negociación provoca a favor y en contra del proceso. Pero ese realismo político condena al FMLN a integrarse al sistema como un partido más del mismo y promueve que sus límites sean aceptados como el horizonte de lo posible. Automoderación que impulsa su transformación en una izquierda reformista. La revolución como vía y objetivo histórico desaparece del pensamiento aunque se conserve en el lenguaje, sustituida por la reforma. Ésta muestra su eficacia y viabilidad, tanto en la remodelación de la Constitución como en el alumbramiento de las nuevas instituciones democráticas surgidas de los acuerdos. Abandono de la radicalidad que se refleja en el abandono de que son objeto militantes y bases sociales, ante la nueva prioridad concedida a la competencia electoral y la lucha municipal y parlamentaria.
Divorciada en gran medida de su base social popular, el FMLN ha tendido en la transición a convertirse en el partido de las clases medias urbanas. Nueva izquierda con respecto a la historia política del país, es vieja con respecto a las tradiciones socialdemócratas internacionales. La ideología no puede así ser cemento de unidad, solamente los intereses políticos. Pero éstos, en su diversidad y particularidad, desunen y confrontan. Lo mismo le ocurre a sus adversarios de la derecha. ARENA pierde cohesión en la medida que aquel cemento ideológico del anticomunismo y la salvación de la patria ya no están sobre el tapete. El neoliberalismo vino a reemplazar y a "modernizar" su ideario y agenda política, abriendo espacio a las confrontaciones internas.
Como país y en el marco del proceso histórico más general, los tiempos de revolución (y contrarrevolución) han sido superados y sustituidos por estos tiempos de reforma, la cual amenaza siempre ser desbordada por la revuelta ante la falta de alternativas radicales a los radicales problemas no resueltos. El espectro de la oleada de saqueos y protestas espontáneas en Argentina flotará en nuestro ambiente mientras persista en la clase política la actual tendencia "light", que no corresponde con la dureza de la realidad nacional.
A diez años de la firma del Acuerdo de Paz la valoración será muy distinta si nuestra mirada se dirige hacia atrás, al camino recorrido y al lugar de donde veníamos, o si se enfoca hacia delante, a lo que nos espera en el inmediato futuro. Hoy por hoy, se advierten más motivos para la preocupación que para congratularnos con la misión cumplida. Como en tiempos de Noé, la paloma de la paz necesita tierra firme, donde posarse y poder buscar ramas de olivo.
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Consulte el buscador de Google y encuentre las notas publicadas en El Faro |
| EL FARO.NET
(Apartado Postal 884 , San Salvador, El Salvador) |