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¡Qué elecciones aquellas! Formaban parte de una fórmula contradictoria: votos y balas. A la par de los votos estaban las estrategias de guerra. De esa manera, esas elecciones fueron una combinación extraña, guerrera y antidemocrática.
En primer lugar estaba la guerra. Nada ni nadie se podía igualar al peso definitivo que tenía la guerra. Pero hasta la guerra más cruda necesita otros componentes de compañía. Así pasaba en El Salvador desde 1982. En un lado estaba la propuesta de diálogo; en el otro, la oferta electoral.
Las elecciones y el diálogo no eran excluyentes. Sin embargo, así aparecían en los discursos políticos. Para el Frente, el diálogo era primero; de ahí se podía avanzar hacia las elecciones. Para Estados Unidos, la Fuerza Armada y el PDC, las elecciones eran lo primero. El diálogo podía darse, pero en torno a la participación electoral y al desarme. Para la joven y recién formada ARENA, en cambio, sólo había guerra y elecciones. Todo lo demás equivalía a la traición.
En realidad, la vida de la gente y la economía se regían por la guerra. Todo lo fundamental pasaba por la guerra. Y, también, por el conflicto centroamericano. Para no variar, el curso de este conflicto también se dirimía en el campo de batalla. El Salvador y Centroamérica se habían convertido en uno de los escenarios del gran conflicto, del que libraban los Estados Unidos reaganianos y la Unión Soviética ya tambaleante.
Pero las elecciones de 1984 eran algo más que un eje secundario de la guerra. Eran una novedad histórica. Para comenzar ninguno de los partidos desempeñaba el lugar del histórico partido oficial. La tradición que se había enseñoreado a lo largo del siglo quedaba interrumpida. El viejo partido liberal, la liga de la dinastía, el Pro Patria de Hernández Martínez, el PRUD de Osorio y Lemus y el PCN no tenían el típico heredero.
A la falta del típico partido oficial se sumaba otra ausencia notable. El papel de la Fuerza Armada como gran árbitro político ya no era el mismo. Desde los años treinta del general Hernández Martínez la Fuerza Armada se desempeñaba como el verdadero partido. La función del partido oficial era secundaria. Esta vez, en 1984, los militares dieron otro paso de separación del ejercicio político. El primero lo habían dado dos años antes, en las elecciones de 1982. Los dos pasos nacieron de las necesidades de la guerra y del pensamiento reinante en la Casa Blanca. Los exigía la estrategia de contrainsurgencia.
Con esas dos novedades se abrió la contienda de 1984. Fue una lucha entre dos de los grandes líderes políticos del momento: el demócrata cristiano José Napoleón Duarte y el arenero Roberto D´Aubuisson. El reparto del poder salvadoreño era distinto al tradicional. En 1984, Duarte triunfó con el apoyo de Estados Unidos. En cambio, 12 años antes, en 1972, le habían robado una victoria electoral que había conquistado junto a la izquierda, incluyendo a los comunistas.
¡Qué vueltas las de la historia! La guerra abrió el camino a la competencia electoral que la derecha había cerrado durante tanto tiempo. Más tarde, las elecciones de 1984 sirvieron poco para aumentar las oportunidades políticas. Parecía que las iban a favorecer y a multiplicar. En especial, después que el presidente Duarte anunció que estaba dispuesto a reunirse con los comandantes del FMLN. En octubre de 1984 se celebró la primera ronda de diálogo. Aunque hubo otro encuentro, las posibilidades de encontrar una salida política a la guerra se bloquearon. Al final quedaba el señorío de la guerra, sin opciones para buscar una salida política.
Después de las elecciones de 1984 quedó el señorío de la guerra, solo, sin rivales. También quedaban las novedades políticas y, aunque mostraban una partida de nacimiento militar y contrainsurgente, tenían una importancia decisiva. Esas novedades formaban parte de una realidad política distinta al viejo autoritarismo. Viejo y caduco, pero todavía vivo: en la guerra se manifestaba con fuerza y se renovaba.
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