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Elecciones contra negociación

Ricardo Ribera
cartas@elfaro.net

Publicada en enero 2002- El Faro
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Puesto un punto final al régimen político salvadoreño - el de la dictadura militar que se había mantenido por casi cinco décadas- el golpe del 15 de octubre de 1979 también había roto con la institucionalidad del Estado. Se debilitaba con ello la legitimidad en el ejercicio del poder. Las sucesivas Juntas Revolucionarias de Gobierno gobernaban por decreto. Y los alzados en armas aprovechaban esa debilidad para legitimar sus propuestas de diálogo y negociación que acompañaban su esfuerzo militar por derribar un gobierno al que acusaban de genocida. Estados Unidos comprendió que se necesitaba diseñar una política capaz de contrarrestar y ser alternativa a las ofertas negociadoras del bando insurgente.

La política de elecciones y democratización pasó a ser la vía para recuperar la institucionalidad y legitimación del Estado. Al mismo tiempo se constituía en la política gubernamental a oponer a la política de los Frentes de diálogo-negociación. El llamado a elecciones, en lugar y en contra de la negociación. El proceso bélico abría este segundo escenario, en la esfera política y diplomática, para acompañar el esfuerzo de guerra. Eran las políticas de guerra de cada bando, diseñadas como un medio más para coadyuvar a un fin indiscutido en ambas partes en conflicto: ganar militarmente la guerra.

El proceso histórico desarrollaría su propia evolución en este plano de la lucha. Una relación dialéctica establecida entre ambas políticas, la de diálogo-negociación y la de elecciones -democratización, que inició con la oposición máxima, con la mutua exclusión una de otra. Se vislumbraba que el proceso salvadoreño debería tomar uno u otro camino, que eran dos vías excluyentes una de la otra. Pero un momento posterior las combinó: se abrió el diálogo cuando justamente la vía de las elecciones se había asimismo reforzado. Al final como ya todos sabemos se impuso la solución negociada. Pero ésta incluía la democratización y la organización de elecciones. La exclusión había quedado superada y se daba la fusión de ambas políticas, su reconciliación mutua. Efectivamente, el proceso de paz culminaría con las elecciones de 1994, las primeras realmente democráticas en la historia nacional -con participación de todas las fuerzas políticas, incluidas las que fueron insurgentes- garantizadas internacionalmente.

En la posguerra era aceptado por todos que la paz requería la democracia. Si la negociación se había impuesto como la vía para resolver la guerra, la democratización real aparecía como el único camino para resolver el problema de crisis del régimen político que abocó al país al conflicto. El paréntesis de doce años de guerra se cerraba fundando las bases para la democracia, para hacer que la paz pudiera ser estable y duradera. Negociación y democratización aparecían ahora como las dos caras de una misma moneda. Los acuerdos de paz como el resultado de un proceso de acumulación, en el marco del doloroso parto de la guerra, tanto en el terreno del diálogo y la negociación, como en la esfera electoral y de democratización. Ambos bandos habían contribuido, aunque a menudo inconscientemente, a su acumulación respectiva y podían con satisfacción contemplar en los acuerdos finales el fruto de su propia contribución al proceso histórico.

Esta perspectiva resulta indispensable a la hora de revisar el significado de los hechos históricos durante los ochenta. Los avances en uno y otro terreno, como parte de una lógica del proceso que se va imponiendo y que frecuentemente resulta opaca para sus propios protagonistas. Tal como reflexionaba Hegel, cierto grado de ignorancia es imprescindible para que la historia se realice: "Si los hombres lo supieran todo, no harían nada". Nuestra guerra civil generó un desenlace no previsto, no deseado durante largo tiempo, por sus actores. El proceso presenta una lógica que se hace transparente al cerrarse el círculo con el que concluye el período.

Presionada y convencida por la potencia estadounidense, la ultraderecha acepta desmontar sus estructuras paramilitares y escuadroneras, para reorganizarse como partido electoral. Surge así ARENA, a fines de septiembre de 1981, con el fin de estar presente a la cita electoral de 1982. Será ésa la vía para dotar al país de una nueva Constitución y de superar la jefatura colegiada que suponían las Juntas Revolucionarias de Gobierno. Las elecciones dan un resultado paradójico: el PDC, favorito de Estados Unidos, es el partido con mayor cantidad de votos, pero lo superan los diputados conjuntos de PCN y ARENA. Ésta exige llevar al Mayor d´Aubuisson a la Presidencia de la República. El imperio considera, con razón, que la imagen gubernamental, lejos de mejorar, se va a deteriorar aún más si el acusado públicamente de ser responsable por el asesinato del obispo mártir asciende a Presidente. La democratización empezaba con mal pie: para que fuera exitosa era imperativo irrespetar los resultados.

Es así cómo, a propuesta de la Fuerza Armada, se instaló al Dr. Álvaro Magaña en la Presidencia. A d´Aubuisson se le ofreció presidir la Asamblea Constituyente. Ésta culminaría su labor en diciembre de 1983, pasando a ser desde ese momento Asamblea Legislativa hasta concluir su mandato en 1985. De tal modo, pudieron encararse las presidenciales de 1984 con una recién estrenada Constitución. Esta vez sí Estados Unidos conseguiría lo que quería: la victoria, por gran margen, de Napoleón Duarte. El PDC repetiría al año siguiente su triunfo electoral, obteniendo mayoría absoluta en el parlamento, con lo que se presagiaba una muy cómoda situación gubernamental, a condición de que la insurgencia fuera mantenida a raya.

El PDC había ya realizado en gran medida su programa de reformas en 1980 y ARENA se había encargado de ponerle candado constitucional a la reforma agraria. Su Fase II, la más decisiva porque debía afectar las fincas cafetaleras más numerosas y productivas, las de tamaño medio, quedaba de hecho fuera de la agenda. Pero Duarte hallaría la forma de dinamizar su período presidencial. Prometió en su campaña ser el Presidente de la Paz y sorprendió a todo el mundo al retar a los Frentes a una reunión de diálogo en La Palma. La propuesta, hecha sorpresivamente, más buscaba el rechazo de su contraparte y reforzarse así propagandísticamente. No obstante, la reunión se realizó y fue seguida de una segunda el mes siguiente. Apenas instalada la fase del diálogo ésta se agotaba sin ofrecer frutos concretos. Cada bando quería demostrar la falta de voluntad de su adversario, cediendo en lo mínimo en sus propias posiciones. El diálogo mostraba ser algo muy diferente a la negociación.

Para llegar a ésta la guerra debería primero agotar todas sus potencialidades. Con la democracia cristiana en el gobierno, Estados Unidos se jugó todas sus cartas. La estrategia "de baja intensidad" se implementó a plenitud forzando al FMLN a reconsiderar la suya. Éste retornó a las tácticas irregulares y tuvo éxito en extender sus operaciones a casi todo el país. El conflicto se había convertido en guerra de desgaste. Pero en su esfuerzo por desgastar al adversario ambos bandos se debilitaban a sí mismos y perjudicaban su apoyo popular. El cansancio de la guerra se extendía entre la población y, con él, el rechazo a los contendientes. La gente se resentía con el gobierno cristiano-demócrata que imponía su esquema de economía de guerra, casi tanto como con la guerrilla que por su parte impulsaba su respuesta de guerra a la economía.

No es de extrañar que en la coyuntura eleccionaria de 1988-1989 se haya dado el desplome electoral del PDC, frente al ascenso incontenible de su principal rival, ARENA. Desde el punto de vista del proceso de democratización constituía un segundo hito: con Duarte había llegado democráticamente al poder el primer civil en medio siglo, con el gane de Cristiani se daba ahora el recambio pacífico en el gobierno, ascendía la oposición y el "partido oficial" reconocía el resultado y los cuarteles permanecían tranquilos y sin inquietudes golpistas.

Visto superficialmente podría pensarse que llegaba el partido más contrario a la solución negociada. Sin embargo, por ser éste justamente el que representaba al poder económico, y no haber fuerza política más a su derecha, era en verdad la única que podía abrir la verdadera negociación. La historia le haría un guiño irónico a todos los actores, demostrando su fuerza de imposición, cuando forzó que el partido que había nacido gritando "negociación es traición" se viera arrastrado a instalarla, tras los acontecimientos de la ofensiva del 89 y la muerte de los jesuitas. Al final sería Alfredo Cristiani quien recibiera el título de "Presidente de la Paz", inconcebible un tiempo atrás, pero determinado por la madurez del proceso.

Tampoco el perfil de los acuerdos de paz en su perspectiva electoral, de legalización y de desarme, podía ser previsto ni hubiera sido aceptado a mediados de la década por el FMLN y sin embargo será aceptado en el transcurso del desarrollo de la negociación. No sin forzar profundos cambios políticos e ideológicos en su dirigencia. De manera que tanto ARENA como el FMLN son profundamente transformados, la historia los ha moldeado. "Es verdad que la historia la hacen los hombres – advertía Hegel -, pero no es menos cierto que ella hace a los hombres." Las dos fuerzas políticas más inflexibles y más guerreristas, terminaron siendo los paladines de la paz. Los dos partidos más verticalistas y disciplinados, los más autoritarios e ideológicos, impulsaron el proceso de la transición a la democracia. No sin traumas. Sí con la convicción de no estar traicionando sus orígenes ni sus ideales, sino tratando de estar a la altura de los tiempos y de las exigencias que su pueblo les reclamaba. Ha de ser la base de la reconciliación histórica, ésa que precisa día a día ser reavivada, pese a los roces cotidianos. El país cuenta hoy con una izquierda y una derecha. Conviven las dos. Y se atacan. Pero en el fondo saben que mutuamente se necesitan. La democracia los necesita. Y todos nosotros.

 

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