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José Napoleón Duarte

El Faro
cartas@elfaro.net
Publicada en enero 2002- El Faro

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Esperanza y frustración
Roberto Turcios

Entonces, todo daba vueltas. Nada permanecía tranquilo. El Salvador, Guatemala y Nicaragua parecían zonas en llamas. Mil ojos regados por el mundo tenían la mirada puesta en los sucesos violentos que sucedían cada día en Centroamérica.

En 1984, José Napoleón Duarte se convertía en presidente catorce años después de que le robaran un triunfo electoral. El tipo era un viejo zorro político. Veinte años antes, en 1964, había logrado su primera victoria electoral. Entonces era un joven ingeniero, graduado en Estados Unidos, que tenía 39 años de edad y buena presencia física.

La carrera política de Duarte era impresionante. Fue alcalde de San Salvador durante tres periodos consecutivos, desde 1964 hasta 1970. Si en la primera elección consiguió un triunfo estrecho, en las siguientes no tenía rival que se le acercara. En 1972 fue el candidato presidencial de una coalición amplia. Ahí estaban demócratas cristianos, socialdemócratas y comunistas; había conservadores y liberales en las filas de la Unión Nacional Opositora. Luchaban en las peores condiciones, con la maquinaria oficial en contra, y aun así triunfaron. Pero les robaron el triunfo.

Así que cuando José Napoleón Duarte se puso la banda presidencial, en 1984, parecía estar llegando a un lugar que había conquistado antes. En cierta forma así era. Ganó en 1972 y ganó en 1984. También había tenido el título de presidente de la junta de gobierno de 1980 a 1982. Pero los tiempos eran diferentes. Había un mundo de diferencia entre 1972 y 1984. Era la guerra, la mayor guerra desde la fundación de la república salvadoreña.

La victoria siempre tuvo una sombra. Una y otra vez, Roberto D’Aubuisson y sus seguidores acusaron a Duarte de haber triunfado gracias al apoyo abierto y encubierto de Estados Unidos. Que lo tenía, lo tenía. Pero, ¿esa fue la causa principal de la victoria de Duarte ante D’Aubuisson? Quién sabe.

Duarte y el Partido Demócrata Cristiano tenían una historia opositora indiscutible antes de la guerra. Luego se convierten en el gobierno que está al frente de la guerra. Algunos de sus camaradas durante la campaña de 1972 están en el otro bando de la guerra, en el FMLN. Quizás por eso Duarte y su gobierno representan una esperanza de solución política.

Primero es la victoria de 1984 en dos vueltas. Luego viene el remache: el triunfo electoral del PDC en 1985. Ese es el gran momento político de Duarte. Entre esos dos eventos, lleva la esperanza a su máxima expresión.

La Palma es la pequeña ciudad donde se celebra el primer encuentro de una delegación del Gobierno y la Fuerza Armada con otra de los comandantes guerrilleros y sus aliados, los dirigentes del Frente Democrático Revolucionario. Es el 15 de octubre de 1984. ARENA expresas sus dudas, incluso su rechazo. De todas maneras, aquel día se rompe el hielo. El acuerdo político parece posible.

Ayagualo es el lugar del segundo encuentro. Más bien, del desencuentro definitivo. Es el 30 de noviembre de 1984; es el fracaso.

Desde entonces quedan dos carriles: guerra y elecciones. Después de marzo de 1985, cuando se produce otro triunfo electoral del PDC, y durante los tres años siguientes, casi sólo queda el carril de la guerra. Y de los conflictos interminables entre el PDC y ARENA. Pero el primer lugar lo tiene la guerra.

Después del triunfo electoral viene la declinación. No se produce de una vez, es progresiva, pero inexorable. Comienza el mismo 1985, pues el secuestro de una hija del presidente Duarte, por parte de un comando del FMLN, se convierte en uno de los factores que desencadena la crisis del Gobierno.

A inicios de 1986, el Gobierno presenta un programa de estabilización y reactivación económica; más tarde, también propone una tercera ronda de diálogo. Nada, ni estabilización, ni reactivación, ni diálogo. Siempre la guerra. Además, se trata de una guerra regional. El escándalo Irán-Contras pone al descubierto que El Salvador ha tenido un lugar en la operación antisandinista.

En los primeros meses de 1987 crece la crisis de Duarte y del Gobierno. Defiende un "impuesto de guerra", porque debe sostener la guerra. Debe sostenerse, además, ante los adversarios. Ellos, en especial ARENA, ponen en práctica verdaderas rebeliones. Organizan un paro empresarial y, casi al mismo tiempo, una huelga de diputados. ¡Cuántos conflictos! Sin embargo, Duarte tiene el apoyo inconmovible de Estados Unidos.

En un lado está la caída gradual del Gobierno; en el otro, la guerra; por allá, el ascenso incontenible de ARENA; por ahí, la presencia política de los dirigentes del FDR. O sea, crisis, guerra y elecciones. Pero hay una novedad: comienza el lento ascenso de la solución política a la guerra. Eso se puede ver hoy, porque antes era difícil, casi imposible. Como producto de los acuerdos de Esquipulas II, se celebra otra ronda de diálogo en San Salvador, en la Nunciatura, en octubre de 1987.

Al año siguiente es el descalabro, la frustración. Todo se viene como alud en contra de Duarte y del Gobierno. Primero es la derrota electoral, en marzo; después, el cáncer del Presidente, que se conoce en junio; más tarde, el pleito entre los precandidatos presidenciales del PDC. Es el final. La derrota de 1989 sólo es el broche que cierra una cadena de infortunios.

José Napoleón Duarte fue, en varios sentidos, más que su gobierno. Sin lugar a dudas, fue un luchador contra las formas dictatoriales de los regímenes militares. Fue el primer presidente civil, electo en una competencia abierta. Pero él comprometió todos sus haberes políticos en una apuesta de guerra. No ganó la guerra ni condujo hacia la negociación. Sin embargo, conquistó un espacio decisivo para el proceso de construcción de la democracia.

  

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