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La contrainsurgencia ocupó todos los mecanismos posibles para enfrentar la pesadilla roja. El Coronel Domingo Monterrosa lideró, en San Miguel, la formación del Batallón de Infantería Femenino "Tigre" en 1982. El Diario de Hoy informó, el 3 de septiembre de ese año, que las chicas fueron "capacitadas unas para radio operadoras, otras para acciones especiales de infiltración en las áreas de retaguardia de los terroristas y otro grupo adiestrado en artillería". Estas mujeres, con edades comprendidas entre los 18 y 22, años dejaron atrás sus bachilleratos y sus "diplomados en corte y confección" para engrosar las filas del Ejército.
Ese mismo mes, el Batallón Atlacatl cumplió un año de vida. Según fuentes militares, la tropa era eficiente para combatir a los "sediciosos", término ocupado por la prensa de esos días para referirse a los alzados en armas. El Atlacatl, para celebrar la ocasión, inauguró una Plaza de Armas donde destacaba la escultura de un indio con su fusil G-3 en una de sus manos. Los símbolos eran importantes para mantener la fe en la lucha.
Los números también se convirtieron en símbolos. José Napoleón Duarte calculó, en 1984, que la guerrilla contaba con entre "8 o 7 por ciento de cohesión popular" y cerca de 8,000 combatientes. Además se mostró favorable a negociar con Fidel Castro para finalizar el conflicto salvadoreño.
Pero los números de Duarte contrastaban con los datos que en diciembre de1987 el Jefe del Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada, General Adolfo Blandón, le dio a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Blandón informó, según el informe del CIDH, que los frentes insurgentes ese año "habían tenido 1,004 muertos, 670 heridos, 847 capturados y 65 desertores, todo lo cual hacía un total de 2,586 bajas". Es decir que, de acuerdo a lo que las cifras de Duarte y los militares publicaron por separado, en 1987 se aniquiló a un octavo de las fuerzas guerrilleras, y tomando en cuenta las demás bajas (heridos, capturados y desertores), el daño superaba la cuarta parte del supuesto tamaño del ejército rebelde. Los augurios estatales convertían en impensable una ofensiva de la envergadura de la que aconteció en 1989.
Sin embargo, la retórica del Presidente estadounidense Ronald Reagan preservó la ayuda militar norteamericana y por ende la contrainsurgencia. En plena época de elecciones presidenciales, Reagan expresó su miedo a que ciertos sectores perjudicaran "nuestros intereses de ayudar a El Salvador" en el interior de su país.
A pesar de ello, los niños de la clase media se divertían. Las películas chinas ocupaban parte importante de la entonces extensa red de cines. Los Transformers, G.I. Joe y los Thundercats se posesionaron de los ratings infantiles de finales de la década dejando en el olvido a Mazzinger Z, y el Nintendo comenzaba a ser el nuevo furor de las mentes infantiles. Los críos nacidos durante la guerra crecían y los tiempos cambiaban.
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