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Cuaderno de Bitácora

La segunda junta: el arranque de la transición

David Escobar Galindo
cartas@elfaro.net
Publicada en enero 2002- El Faro
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El l5 de octubre de l979 se produjo en El Salvador un Golpe de Estado que no era uno más de los que periódicamente ocurrían desde l931. En esa oportunidad, las condiciones internacionales, regionales y nacionales daban pie para experimentos políticos inusitados.

La Guerra Fría parecía estar en un momento de auge, y el Presidente Carter, cuya herencia de desaciertos inspirados en un puritanismo militante aún padecemos, les estaba "serruchando el piso" a regímenes que Estados Unidos había fomentado y sostenido tradicionalmente.

El l9 de julio de aquel año, los sandinistas se alzaron con el poder en Nicaragua, en un triunfo revolucionario que auguraba otro régimen al estilo castrista, esta vez en tierra continental. En nuestro país, el desastroso régimen impuesto del General Romero hacía agua por los cuatro costados, sin posibilidad de mantenerse a flote. Y las fuerzas guerrilleras, alentadas por la victoria sandinista, se preparaban para su propio asalto.

En tales condiciones, algo dramático tenía que ocurrir. Y ocurrió durante aquel largo día del l5 de octubre. En contraste con Golpes anteriores, las cosas no se decidieron al amanecer. Hubo forcejeos y resistencias, y no en defensa del General depuesto, que era prácticamente indefendible, sino entre los distintos grupos de presuntos golpistas. Esta vez, no sólo estaba en juego la suerte del aparato gubernamental, sino de la Fuerza Armada y del poder establecido mismo. No olvidemos que a esas alturas, ya el trípode tradicional del poder –formado por las cúpulas del poder militar, económico y eclesiástico-- había sufrido su primera baja irreparable cuando el nuevo Arzobispo, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, se pasó de manera fulminante "al bando del pueblo".

Del l5 de octubre surgió la Proclama de la Fuerza Armada, en la cual dicha institución –que era en aquel entonces el corazón del poder político —se distanciaba no sólo de los regímenes militares anteriores sino –lo verdaderamente novedoso— de su alianza histórica con la cúpula del capital. Y surgió también la que después fue llamada Primera Junta. Un curioso experimento de cogobierno entre los militares golpistas y los políticos del llamado Foro Popular, con intelectuales provenientes del núcleo aglutinado en la Universidad "José Simeón Cañas" UCA.

Tal experimento, organizado sobre la marcha, carecía de un tejido real de sostén. Aunque en aquel momento no parecía una mala idea, la verdad es que no pasaba de ser un ejercicio de ansiedades muy diversas, que nunca tuvo capacidad de supervivencia. Aquel gobierno nunca lo fue, en el estricto sentido del término. Los militares, por muy de avanzada que se pronunciaran en la Proclama, desconfiaban fundamentalmente de los políticos, que representaban toda una gama de la izquierda. Los políticos eran un Foro sin cohesión ni disciplina, apenas con el vínculo de haber sido oposición al régimen establecido. Y los intelectuales sólo expresaban un ideario de anhelos democráticos, que tampoco era definible entre la turbulencia del momento. Al acecho, las fuerzas guerrilleras aguardaban su turno, sin la menor intención de dejarle algún espacio a aquella Junta hilvanada entre gallos y medianoche.

La Primera Junta duró técnicamente un poco más de dos meses. En el interior de la confusa estructura gubernamental, había dos partícipes que sí sabían lo que querían –al menos, sus principales cabezas lo sabían--: el Partido Comunista y el Partido Demócrata Cristiano. El primero ya estaba en tratos para incorporarse al movimiento armado, que se veía como la salida revolucionaria de la crisis. El segundo nunca estuvo cómodo en el papel secundario que las circunstancias le asignaran el l5 de octubre, y hacía movimientos para entenderse por su parte con los militares. No sería casual que inmediatamente después de que cayera la Primera Junta pudiera surgir la Segunda, en la que sólo estaban presentes la Democracia Cristiana y la Fuerza Armada.

En realidad, las piezas se iban ordenando para la guerra, que era un movimiento con todos los visos de ser imparable e irresistible. La derecha con angustia y la izquierda con ilusión, desde ambos bandos el conflicto bélico se veía en el horizonte, y, a la luz del ejemplo sandinista, todo hacía creer que el desenlace sería rápido a favor de "la Revolución". Algún tiempo después, en la revista ECA, de la Universidad "José Simeón Cañas", se decía que las fuerzas gubernamentales deberían dejar de resistir el avance revolucionario, que de todas maneras tomaría el poder...

La Segunda Junta duró poco en su configuración inicial, porque todo derivaba a que al final se incorporara a la jefatura del Gobierno quien era, por aquel tiempo, el líder más visible de la Democracia Cristiana: José Napoleón Duarte. Algunos datos indican que no fue él quien forjó la alianza que dio lugar a la Segunda Junta, pero en definitiva él se convirtió en el líder civil de aquel Gobierno, al que le tocó presidir la frágil institucionalidad establecida entre l980 y l982.

Vistas las cosas en perspectiva, se puede advertir fácilmente que los dos partidos políticos democráticos que formaron parte del esfuerzo antigubernamental desde los tiempos de la Unión Nacional Opositora: la Democracia Cristiana y Movimiento Nacional Revolucionario (expresión minúscula pero muy activa de la Social Democracia), cumplieron un decisivo papel político en la consolidación de los dos bandos de la guerra. Sin la Democracia Cristiana, la Fuerza Armada habría estado en un asfixiante aislamiento. Sin la Social Democracia, el Frente Farbabundo Martí para la Liberación Nacional habría sido, a los ojos del mundo, un grupo estrictamente guerrillero, difícilmente apoyable en el plano internacional.

Eso indica que las alianzas no son simples movimientos voluntaristas: dependen, en buena medida, de las condiciones objetivas, que las van empujando según las circunstancias. Hay una energía histórica que se desarrolla más allá de los cálculos inmediatistas. El Golpe del l5 de octubre de l979 rompió un esquema, sin tener capacidad de sustituirlo por otro. La Primera Junta dio fe de que no había esquema sustitutivo. El país entraba en una larga transición, que sería dominada por la guerra. El primer capítulo de esa transición lo protagonizaron la Democracia Cristiana y la Social Democracia, al darles soporte político internacional a las fuerzas que pronto estarían batiéndose con las armas. Alguna vez habrá que investigar qué hilos y qué palancas se movieron para posibilitar tales reacomodos.

No es que yo tenga inclinación al determinismo, que es una forma de ceguera predeterminada. Es que los hechos tienen una lógica acumulativa que, con el tiempo, se va haciendo más perceptible. La guerra salvadoreña fue un fenómeno que los salvadoreños vinimos construyendo –con no poco esfuerzo— desde muchos decenios antes de los años ochenta. El factor divisivo se instaló en el país prácticamente desde la Independencia. Los salvadoreños nunca hicimos esfuerzos consistentes para tejer la democracia en ninguno de sus niveles. Al no haber democracia, tenía que haber autoritarismo; y el autoritarismo divide, excluye, fractura irremisiblemente. Eso nos pasó.

En l980, ya había avanzado demasiado ese proceso de división irreconciliable –política, social, económica, cultural— para ser reversible por un golpe de mano, o por un giro audaz, o por alguna maniobra providencial. La guerra venía rodando. La ladera de nuestra historia no admitía salientes. Teníamos que llegar al fondo. Y llegamos.

Tal vez en l972 hubo una última oportunidad. Tal vez. Pero en l980 ya no era posible. El imán de la guerra estaba en acción. La Primera Junta, la Segunda Junta, y todas sus derivaciones, sólo fueron pasos en el camino hacia la confrontación final, que no duró diez días, como pensó el FMLN en enero de l981, ni unas pocas semanas como creyó la ECA y soñaron muchos ilusionados. Duró casi doce años, hasta que –desahogados todos los fuegos—no quedaba más que soplar sobre las cenizas, en un gesto que fue el impulso de partida de esta otra acumulación histórica. Deo gratias.

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