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El golpe

Roberto Turcios
cartas@elfaro.net
Publicada en enero 2002- El Faro

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Entonces, nadie sabía lo que estaba comenzando. Nada menos que la primera parte de la guerra. Pero había más, mucho más. Las novedades fueron tantas y tan variadas que se formó un gran cambio.

A simple vista parecía la repetición de un cuento conocido. Un cuartelazo, la proclama rebelde, un nuevo grupo militar en el mando y la invitación a varios civiles para sumarse al gobierno. El guión de los golpes se cumplía con fidelidad. Poco a poco aparecieron las variantes.

El del 15 de octubre de 1979 era el sexto golpe de Estado que tenía éxito en el siglo XX. El primero se había registrado cuarenta y ocho años antes, el 2 de diciembre de 1931.

El primer golpe comenzó como un movimiento de la juventud militar y terminó como la simple antesala de una dictadura. De ahí salió una figura legendaria: el general Maximiliano Hernández Martínez. Con el primer golpe y con Hernández Martínez se inauguró una forma militar de gobierno. Esa se convirtió en la base de todo el sistema político salvadoreño. Mucho de lo que había comenzado en 1931 estaba agonizando en 1979. Pero lo que nació fue débil, raquítico y ambiguo.

Octubre de 1979 sólo fue un tránsito. Primero dio lugar a la esperanza: la crisis dictatorial podía tener una salida política. Después vino el escepticismo: ¿cómo lograr una salida política, si el Gobierno no hacía una apuesta clara en esa dirección? Más tarde llegó el formato instrumental de la contrainsurgencia: la salida política, la reforma agraria y las elecciones no importaban como acciones estratégicas, valían porque le quitaban agua al pez guerrillero. Y, al final, se impuso la guerra.

Cuando estalló el golpe, en 1979, soplaban vientos de cambio. La demanda de políticas nuevas aparecía en la derecha y en la izquierda. Frente a todos estaban las señales de la crisis terminal de la dominación derechista. Esa larga dominación, ya en su variante pecenista, estaba en su ocaso. El ocaso, sin embargo, fue terrible.

La forma militar de gobierno había entrado en crisis desde hacía varios años. En 1979 ya le había dado varias vueltas a un círculo vicioso. Se vio en 1972. Las formas tradicionales del fraude electoral no pudieron esconder el triunfo de los opositores. Aun así, el mando del PCN se aferró al poder. Y el costo fue altísimo. Lo pagó el país entero con la guerra.

La obstinación del grupo cívico militar que estaba al frente del PCN y del Gobierno moldeó la magnitud de la crisis nacional. Ésta fue profunda, casi total, porque los civiles y militares pecenistas prefirieron el fraude y la represión, a pesar de todas las protestas. También a pesar de la mayoría de propuestas. Intentaron un viraje en busca de acuerdos políticos, pero lo hicieron con timidez y cuando ya era demasiado tarde. El conflicto ganaba y ganaba terreno cada día. Una manifestación aquí, un secuestro allá, un combate en el norte y una represión masiva en el centro.

Llega el golpe de octubre y da lugar a un intento de salida política al conflicto. Es un intento reformista y pluralista. La composición del Gobierno es tan amplia e inédita que produce ambigüedad.

Después del 15 de octubre, el proceso político se acelera. La marcha es incontenible hacia la guerra. El Gobierno de octubre se consume entre la parálisis, las contradicciones y las emboscadas que le tienden sus enemigos. Hasta en sus propias filas tiene enemigos. Además, la vieja derecha vive con furia su desplazamiento del poder; mientras gran parte de la izquierda vive con radicalismo su cercanía del poder.

En menos de tres meses se consumió el espíritu del 15 de octubre. Con el fin de año también llega el final de la alianza amplia que integró el Gobierno. La izquierda y el centro se van. Queda la derecha de los golpistas. Y queda la crisis, ahora más grave y más profunda. Queda sin salidas, sólo con la ruta de la guerra. La guerra que más víctimas produce en toda la historia salvadoreña.

 

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