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La caída del halcón

Carlos Dada
cartas@elfaro.net
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Richard Perle, uno de los mayores impulsores de la guerra contra Irak, presentó su renuncia como asesor del Pentágono tras revelarse sus negocios con uno de los mayores comerciantes de armas del mundo.

Richard N. Perle estaba jugando a dos bandas. Por un lado, como director del Consejo de Políticas de Defensa, impulsaba desde hace tiempo la guerra contra Irak y avalaba la política de ataques preventivos iniciada por George W. Bush. Convertido en uno de los asesores más influyentes de la actual administración estadounidense y considerado entre los principales halcones del círculo presidencial, insistía desde hace años en la necesidad de derrocar a Sadam Husein y ejercer el poderío militar estadounidense.

Pero por otro lado, cuando su plan sobre Irak ya estaba a toda marcha, Perle decidió en enero pasado sostener una singular reunión de negocios en París. Sus compañeros de mesa: el comerciante de armas saudí Adnan Kashoggi, un multimillonario que obtuvo buena parte de su fortuna en los años setenta negociando contratos de seguridad para la corte saudí; y un fuerte empresario del país árabe, Harb Saleh al Zuhair, industrial de gran fortuna ansioso por tener acceso a la Casa Blanca para presentar opciones que pudieran evitar una guerra contra Bagdad.

Perle no asistió ahí como asesor del Pentágono, sino como socio de Trireme, una empresa dedicada, según él mismo describió en una carta a Kashoggi, a invertir en tecnologías y servicios valiosos para defensa y seguridad interna.

La revista New Yorker hizo público el almuerzo hace dos semanas, y de paso provocó la renuncia de halcón. Perle, reveló la revista, había advertido a Kashoggi que el miedo al terrorismo aumentaría la demanda por servicios de seguridad en toda Europa, en Arabia Saudita y Singapur.

Buscaba inversionistas para su empresa, que ya había recaudado $45 millones ($20 millones de la empresa Boeing), y, de paso, que Kashoggi consiguiera un contrato con el gobierno árabe para que Trireme proporcionara toda la seguridad interna del país. El mismo Kashoggi, después, le resumió la conversación al periodista Seymour Hersh: “Si no hay guerra, ¿qué necesidad hay de seguridad? Si hay guerra, desde luego, miles de millones de dólares serán gastados”.

El halcón se convirtió en uno de los principales abogados de la guerra, y pronto descubrió la manera de lucrarse con ella.

No fue la única vez en que negocios y función pública se mezclaron en la vida de Perle. En realidad, el asesor de seguridad aduce haber renunciado no por el caso Kashoggi, sino por una denuncia hecha por la compañía de telecomunicaciones Global Crossings. La empresa mostró en los tribunales unos documentos, en los que se comprometía a pagarle a Perle 725 mil dólares si éste conseguía el permiso del Pentágono para buscar inversionistas en Asia.

Pero es difícil creer que los negocios fueran el único móvil para que Perle apoyara una guerra sin respaldo internacional.

El proyecto para el nuevo siglo

Richard N. Perle tiene un apodo: “El Señor de las Tinieblas”. Se lo ganó en la década de los setenta, siendo un estrecho colaborador del senador republicano Henry Jackson, uno de los más reaccionarios y férreos enemigos de la Unión Soviética, a la que Perle bautizó como “El Poder de las Tinieblas”. Cuando Reagan llegó al poder, fue nombrado jefe de gabinete del Pentágono, y pronto se identificó como una de las voces más fuertes a favor de la carrera armamentista y del proyecto denominado “guerra de las galaxias”.

Hace siete años, comisionado por Benjamín Netanyahu, participó en un estudio sobre políticas israelíes, en el que determinaba que los árabes deben entender el legítimo derecho israelí sobre todo el territorio palestino, y planteaba las políticas ahora aplicadas por Ariel Sharon. Pero su proyecto incluía un cambio de orden en Oriente Medio, que pasaba por deshacerse de Saddam Hussein.

Desde hace varios años, Perle estuvo cruzando ideas con un grupo de expertos en defensa que a la postre se convirtieron en el círculo íntimo de George W. Bush: el vicepresidente Dick Cheney, el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld y el subsecretario Paul Wolfowitz, considerados los creadores del pensamiento neorrepublicano, una combinación de política empresarial con la religión como principal móvil, que además sustenta la tesis de la supremacía americana, basada en la imposición de su modelo a través del poderío militar. En la práctica, el modelo de ataques preventivos inaugurado por Bush.

Ya en septiembre de 2000 este grupo, autodenominado “Proyecto para el Nuevo Siglo Americano”, planteaba en un reporte que lo que se necesitaba para asegurar el poderío global estadounidense era “un evento catastrófico y catalizador, como un nuevo Pearl Harbor”. Un año después vino el atentado contra las Torres Gemelas. El documento planteaba que “aunque el conflicto irresuelto con Irak provee justificación inmediata para la intervención, la necesidad de una presencia americana substancial en el Golfo (Pérsico) trasciende el asunto del régimen de Saddam Hussein”.

Una vez que Bush llegó al poder, los viejos ideólogos, todos ellos exmiembros de los gobiernos de Ronald Reagan y de Goerge Bush padre, tomaron el control, con el único contrapeso del Secretario de Estado, Colin Powell, la “paloma” del gabinete.

En un principio, Bush optó por hacer de la Casa Blanca una extensión de su rancho en Texas. Advirtió que no intervendría en el conflicto del Medio Oriente y, de preferencia, en ningún otro. El 11 de septiembre cambió todo y, en busca de respuestas inmediatas, los halcones le proporcionaron el proyecto para el Nuevo Siglo.

En junio del año pasado, Bush confirmó la política de los halcones como la doctrina oficial. “Estados Unidos tiene, y pretende conservar, una fuerza militar sin rival”, dijo.
Había iniciado la era de los halcones neorrepublicanos, la que postula que la mejor defensa es el ataque. Entonces vinieron los negocios.

Más allá de la guerra

No es Perle el único de los asesores del Pentágono con conflictos de interés. Según el grupo independiente Centro de Integridad Pública, nueve de los 30 asesores del centro militar estadounidense tienen vínculos con empresas que en los últimos dos años recibieron contratos del Departamento de Estado por $72 mil millones de dólares.

La organización cita a los exSecretarios de Defensa Harold Brown y James Schlessinger y el exjefe de la CIA, James Woolsey, entre los nueve. Los funcionarios estarían vinculados a empresas como Boeing, Northrop, Grumman, Lockheed Martin y TRW, proveedores del Ejército estadounidense.

Pero el últtimo escándalo involucró directamente al vicepresidente Dick Cheney, que presidió durante cinco años, hasta que ocupó su puesto en la Casa Blanca, la empresa Haliburton. Hace una semana, el ejército estadounidense anunció un contrato con una de las empresas de Haliburton para apagar y mantener todos los pozos petroleros que se están incendiando en Irak. No hay un monto establecido, porque aún no se sabe a cuántos pozos habrá que dar mantenimiento ni cuál será el nivel de los daños cuando la guerra haya terminado. Lo establecido es una cobertura total de los gastos de la empresa más una comisión. El contrato fue otorgado sin licitación, bajo el argumento de que ya se había encargado a esta empresa un estudio sobre la situación de los pozos. El contrato se concluyó el 8 de marzo, dos semanas antes de la guerra. El senador demócrata Henry Waxman, jefe de su partido en la Comisión de Reformas Gubernamentales, envió una carta al Cuerpo de Ingenieros Militares cuestionando el contrato a Haliburton, que “parece estructurado para estimular al contratante a aumentar sus costos”, asegura, y ha dado como plazo hasta el 4 de abril para que el Ejército responda a sus cuestionamientos.

Hace dos semanas, el periódico londinense The Observer reveló que Estados Unidos preparaba un contrato por $900 millones para reconstruir Irak, y entre las compañías que habían remitido propuestas, según la Agencia Para el Desarrollo Internacional (AID), se encontraba Haliburton y otras con estrechos vínculos con la Casa Blanca, según el rotativo. The Observer cita fuentes diplomáticas europeas, indignadas al revelarse esta información, sosteniendo que “esto confirmará a los críticos sus peores sospechas. En un momento en que parece poco probable que el Consejo de Seguridad acuerde el uso de la fuerza, es perverso estar hablando de la posguerra”.

Perle se ha convertido en el primer halcón caído, pero para garantizar la puesta en marcha del Nuevo Siglo Americano, y los sueños de supremacía estadounidense, aún permanecen en el seno del poder estadounidense Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz. También está Condoleeza Rice, que, al igual que Bush, tiene experiencia como ejecutiva de empresas petroleras. En Irak, según parece, están matando dos pájaros de un tiro.


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