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La nueva vida de El Tanque

Los habitantes del sector dos de la comunidad marginal El Tanque dejaron sus precarias casas en los alrededores del centro comercial Multiplaza y hoy viven en Ciudad Arce. Muchos de los mudados tienen un conflicto: una mejor vivienda, pero multiplicación de gastos porque tenían su vida hecha en Antiguo Cuscatlán y alrededores. A otros, sencillamente, les duele el desarraigo, dejar atrás más de 30 años de historia personal ligada a esas tierras a orillas de la quebrada El Piro.

Rodrigo Baires Quezada
Fotos por Mauro Arias

cartas@elfaro.net
Publicada el 12 de mayo de 2008 - El Faro

Enviar Imprimir Vea fotogalería: Desarraigo para bien y para mal

María Elena tiene una mirada penetrante y triste. Es una mirada que incomoda y que hace casi imposible romper el silencio con una pregunta. “Lo que uno cree seguro… nunca lo es”, dice y dirige su mirada hacia un árbol de pepeto de río en el centro del campo despoblado donde hasta el 10 de abril pasado estuvo el sector 2 de la comunidad El Tanque, en Antiguo Cuscatlán. “Ahí quedaba mi casa… la esquina del cuarto daba a ese palito”.

De su casa no queda nada visible. Tal vez un trozo de plástico azul que protegía del azote del viento y de la lluvia un resquicio entre el techo y la pared de su dormitorio. Y son ese plástico azul -semienterrado en un pequeño talud de tierra y escombros tras el paso de un tractor- y el pepeto de río lo que ahora le recuerdan una vida que le cambió totalmente. “Quizás porque a alguien de los grandes, de los de arriba, no le gustaba ver el champerío… quién sabe, pero ahí estaba mi casita y a alguien no le gustaba que estuviera ahí”, sostiene, y mira hacia los centros comerciales del otro lado de la calle.

Junto a María Elena está Catalino Martínez. Es alegre y ve la vida con optimismo. “Por algo serán las cosas”, sostiene. Su vida la resume en una frase: “Nací en Apaneca, Ahuachapán, y vivo para el trabajo”. De Apaneca viajó a Sonsonate, Acajutla, La Libertad, Soyapango, Mejicanos, San Salvador, Santa Tecla... Durante 52 años, este hombre ha viajado constantemente por la zona occidental y central del país buscando trabajo, encontrándolo y “echando riata”. “Ahí donde necesiten una cuma, ahí estoy. Ahí donde necesiten un albañil, ahí voy”, dice, y muestra sus manos. Son manos pequeñas y gruesas cubiertas de cayos ásperos, que certifican sus palabras. “Son manos fuertes que no les da miedo el trabajo. Trabajo hay, sólo hay que buscarlo”.

Ese viernes, como lo ha hecho durante seis días a la semana desde el 10 de abril, cuando optó por sacar sus cosas y aceptar vivir en Ciudad Obrera, en Ciudad Arce, se levantó temprano y viajó hasta La Cima, en San Salvador, para una nueva jornada de trabajo. “Siempre temprano, eso es importante”, sostiene. Cuatro horas de trabajo, el almuerzo de siempre –“ocho tortillas con frijoles y un trozo de queso de ‘cora’ bajados con fresco de tamarindo”, dice- y luego se reunió con María Elena en el desvío que lleva de la carretera a Santa Tecla hacia Santa Elena. “Ella siempre viene para acá… aquí nos reunimos para irnos para la casa”, resume.

María Elena y Catalino se conocieron 17 años atrás. Ella vendía fruta en el Plan de La Laguna. Él trabajaba en una construcción de la zona. De las miradas al romance y luego a “vivir arrejuntados”. “Me vine para El Tanque, a la casita que ella tenía. Era algo modesta… Usted sabe, así son las casas de los pobres…”, relata y habla de sus tres “críos” y los planes que tenía a futuro. “Cuando ganaba buena plata hasta pensé en hacer algo mixto, meterle a la casa. Pero como este terreno no es propio, mejor era gastarlo en la comida. Ya ve, ahora me estaría lamentando porque la casita igual la hubieran botado”, asegura.

A las 6 p.m. del viernes 2 de mayo, María Elena y Catalino han vuelto a lo que era el sector 2 de la comunidad. Él, comiendo una tortilla para engañar el estómago. Ella, con una bolsa de mercado negra entre sus piernas, viendo al campo despoblado. “Ahí estaba la casa”, insiste, y señala al plástico azul. Catalino la consuela colocando una de sus manos sobre la pierna de su señora. “Sí, ahí estaba la casa… y al lado, la de don Roberto. Y, más allá, la de don Francisco... pero ahora todos están en Ciudad Obrera, viendo cómo se le hace para seguir viviendo”.

133 familias dejaron la comunidad el 10 de abril pasado y se dirigieron a Ciudad Obrera. La reubicación era un plan que se venía posponiendo desde el 30 de septiembre de 2007, la fecha tope que había dado la alcaldesa de Antiguo Cuscatlán, Milagro Navas, a los habitantes del sector norte de El Tanque. Entonces, el censo de la comuna hablaba de 140 familias y las negociaciones incluían brindar un bono de 5 mil dólares que sería utilizado para comprar casas recuperadas por el Fondo Social para la Vivienda. Las reparaciones que fueran precisas –techos, puertas, sistema eléctrico y ventanas- correrían por cuenta de la alcaldía. Sin que los habitantes estuvieran muy convencidos, el plan se pospuso durante seis meses mientras se hacían las reparaciones de las viviendas.

Una vida diferente

Mirna Guardado sonríe desde la puerta de su nueva casa en Ciudad Obrera. El sonido de un taladro perfora los tímpanos y ella se excusa por el desorden. “¡Vivimos mejor!”, celebra, y empieza a hablar de las bondades del proyecto: “Es un lugar seguro… casitas bien hechitas, con su baño, con su agua, con su electricidad, escuela y todo… La comunidad está contenta porque ya no vive como antes”.

Su nuevo hogar es la urbanización Ciudad Obrera 26 de enero, un proyecto de vivienda mínima que se empezó a construir en 1998. Realizado por Conexas de Construcción sobre el kilómetro 37 ½ de la carretera Panamericana hacia occidente, en Ciudad Arce, su propietaria era la empresa Trinidad S.A. de C.V y su cercanía con la Zona Franca American Park la hizo atractiva en un primer momento y los compradores pudieron adquirirlas con financiamiento de la banca nacional y del FSV. El precio de venta: entre 5 mil 800 y 9 mil 600 dólares.

La urbanización es un entramado de pasajes peatonales con hileras de casas pequeñas -dos dormitorios, un baño y un cuarto central que hace de cocina, sala y comedor de entre 25 y 30 metros cuadrados de construcción- y con un patio en forma de “L” que los rodea; y que para 2007 estaba lleno de casas abandonadas, otras desmanteladas y algunas más usurpadas. “Son casas bonitas, más cuando uno viene de vivir en champas, que no las pudieron seguir pagando… pero ahora, son nuestras”, remarca Mirna.

Mirna fue la promotora de intercambiar el bono del FSV por casas en Ciudad Obrera, un proyecto que le costó a la comuna 2 millones 100 mil dólares. “Yo no soy del partido (Arena) ni de ningún lado, soy cristiana y ante la necesidad armé un listado con la gente. Nos vinimos para acá. ¡Viera la cantidad de gente que venía en pick ups a buscar casa!”, relata. Para entonces, ya habían visitado otros proyectos en Toncatepeque y Lourdes. “Nos pedían los marosos, de entrada, 25 dólares mensuales solo por vivir… mejor aquí, es más tranquilo y no nos falta nada”.

Ana Miriam Erazo lavaba y planchaba “de ajeno” para subsistir cuando vivía en El Tanque. “Entre siete y ocho dólares por el día de lavada y planchada, según el cliente”, dice. Así, a sus 65 años se aseguraba unos 40 dólares semanales. “Quizás un poco más, porque a veces ayudaba con la limpieza y me daban otros cuatro o cinco dólares”, hace cuentas, y habla de sus clientes. Todos vivían en Ciudad Merliot, Santa Tecla o Santa Elena. “Ahora, sólo para llegar hasta El Tanque son 96 centavos de dólar… si es que a uno no le cobran el dólar cabaleado”, lamenta. Las cuentas no le salen con 12 dólares menos a la semana.

Las quejas por el costo del transporte son recurrentes: “Libre del pasaje, que en mi caso, para llegar al trabajo tengo que pagar 2.50 dólares, tengo que ver lo de la comida. Fácil son cuatro dólares diarios”, calcula un habitante; “A mí me toca ir hasta San Bartolo, hasta allá gasto 3.50 ida y vuelta”, sostiene otro.

“Mire, nos vinimos porque ni modo. Pero las cosas aquí no son tan fáciles”, agrega Ana Miriam, y sus palabras son como la válvula que abre las voces de varios vecinos que la rodean y que lamentan el deficiente alumbrado público, la necesidad de una pasarela para cruzarse la Panamericana de noche, el espacio reducido en la escuela y la mala calidad del agua domiciliar.

De todas las quejas, el agua y la escuela preocupan más. De los chorros de las casas sale un agua amarillenta y con mal olor que los mismos habitantes dicen tener asco hasta para bañarse. Y tampoco la beben. La solución que tienen es caminar hasta un nacimiento de agua en la orilla del río Agua Caliente, detrás de la planta de tratamiento de aguas negras de la urbanización. Ahí, todas las mañanas, la gente espera para llenar cántaros y botellas con el agua que destinarán para consumo humano.

En la escuela, la matrícula creció de 485 alumnos “a casi 800”, dice su director David Oswaldo Sandoval. En enero, el Ministerio de Educación aprobó tres nuevas plazas y la semana pasada Navas donó 120 pupitres. “Todo eso es como una curita para lo que venía porque no se tomó en cuenta que se necesitaban más aulas”, dice Sandoval. Para abril, el crecimiento de estudiantes obligó a dar clases a tres secciones en el patio y saturar los salones. “Sólo en primer grado tenemos 80 alumnos en un aula de 49 metros cuadrados… No es pedagógico. Ahora hablan de que se harán tres aulas más, pero nos preocupa porque viene la época lluviosa”.

Mirna prefiere ver las cosas con ojos bonitos. “Hay molestias pero el punto es que nos iban a quitar de todos modos… ahí dicen que van a hacer un parque o que lo van a dejar de área verde”, sostiene. “Pero todos los que nos vinimos estamos contentos… allá se quedaron los del Sector 1 de El Tanque, ellos dicen que han pedido terrenos para cultivo… todos se van, ahí no va a quedar nadie”.

“Una hembra de palabra”

Santiago Ramírez es un hombre corpulento y con un tatuaje en su brazo izquierdo que hace más de una década atrás era guardaespaldas de gente “importante”. “Soy decidido”, dice al abrir su puerta. Se acerca con su silla de ruedas y continúa: “Yo estoy totalmente de acuerdo en irme, pero ahorita no me voy de aquí porque no hay seguridad de nada en los proyectos que ha vendido la alcaldía”. El techo de su casa apenas se ve si uno pasa en vehículo sobre el retorno hacia Santa Elena. Al acercarse a ella, por un camino encementado, se ve una champa de dos cuartos de adobe y lata pintada de verde, blanco y rojo, asemejando la bandera italiana. “Esta casa la hice hará unos 22 años, cuando aquí había más cafetales que gente”.

Él, junto a su señora y sus dos hijas, es el único que ha decidido quedarse en el Sector 2 de El Tanque. “Usted dirá que soy necio… tal vez, pero no me mueven porque allá yo no podría vivir”, sostiene, y acomoda su silla de ruedas. Para Santiago las cosas son blancas o negras, nada de medias tintas. Su champa se ha modificado con el tiempo para que él pueda movilizarse sin problemas. La puerta de entrada tiene más de 1.50 metros de ancho y el baño, junto a su cuarto, tiene un espacio similar para que él pueda dejar su silla de ruedas a un lado mientras se baña. “Es una cosa de comodidad, economía y seguridad legal”, dice.

La parte de “economía y seguridad legal” es lo que más le preocupa. 12 años atrás sufrió un “accidente”, un disparo en la columna vertebral que lo dejó sin movilidad en ambas piernas, perdió su trabajo y se aferró a la vida como pudo. En El Tanque mandó construir un camino encementado para poder entrar hasta su vivienda, modificó su champa poco a poco y ahora es autosuficiente en ella. “Pero si me voy, tengo que hacer todo ese montón de cosas allá… y, según me cuentan, no han dado papeles, certificados o escrituras, y no me veo gastando pisto en una casa donde me pueden decir que soy un usurpador y luego echarme”, analiza. “¿Pudiera ser una mentira o pudiera ser una verdad? No hay seguridad legal, pues… ¿O usted cómo lo ve, licenciado?”, dice y se tira una carcajada.

Mirna reconoce la falta de documentos, pero cree en la palabra de Milagro Navas. “Le digo que es una hembra de palabra. No nos ha dejado solos… como aquí hay gente que trabaja en la alcaldía, ella les dio permiso para que en días laborales trabajaran reconstruyendo las casas; nos trajo una jornada médica y hasta paga el ordenanza de la escuela. Ella no nos falla… ella, como nosotros, sabe que rehacer la vida de uno tiene sus costos, pero será una vida mejor… una vida digna, pues”.

Para otros es mucho más que los costos de rehacer la vida en Ciudad Arce. Para los que tenían más de 20 años de vivir en tierra prestada, hacer una nueva vida significa romper con el lugar donde enterraron su ombligo. “A ella todavía le afecta… ella es de las más antiguas en la zona”, dice Catalino. La familia de María Elena era de las “originales” dice su compañero de vida. “Su familia y otras tres vivían aquí antes que a nadie se le ocurriera hacer una champita… tenían casas de ladrillo y todo”, resume.

Los terrenos de El Tanque y La Cuchilla, entonces parte de la finca El Espino, pertenecían a la familia Dueñas a mediados del siglo pasado. La familia de María Elena, junto a otras tres más, eran colonos y empleados de la finca y “los patrones dispusieron a bien hacerles sus casitas en esta zona”, sabe Catalino. “Dos veces le demolieron la casita, siempre cuando ampliaron la Panamericana… después, la volvieron a hacer. Cuando me vine a El Tanque, ella ya tenía su pedacito de tierra propio”.

Para entonces, en 1993, la comunidad no tenía ni la mitad de casas que había en la actualidad y las amenazas de desalojo eran continuas. Santiago lo recuerda bien. “Todavía había cafetales por aquí. Pero la gente siguió viniendo. Sabe usted, es la pobreza y la necesidad. Aquí no más está el Plan de la Laguna y estaban construyendo Santa Elena…  Luego fue lo de Mitch, en 1998, y los terremotos de 2001… incluso, muchos trabajaron en la construcción de los centros comerciales”, dice.

Y, mientras tanto, Milagro Navas ayudó a la gente a tener mejores condiciones en El Tanque y en La Cuchilla. “Es que la licenciada se movió para que la gente tuviera agua potable”, recuerda Mirna. Y como se trabajó en las obras de mitigación de la quebrada El Piro, obras que hicieron que muchos creyeran que no tardaban en llegar las escrituras de sus terrenitos, incluso cuando se rumoraba que el Grupo Poma iba a desalojarlos para utilizar los terrenos como zona verde de los apartamentos que construye junto a Multiplaza.

Los documentos nunca llegaron y las amenazas de desalojo se hicieron más reales que nunca. “Vivir ahí era algo momentáneo, eso es lo que la gente no quiere entender”, sostiene Mirna. “Pero mire qué cabal es esta hembra que hasta se movió con las empresas para conseguir el dinero para comprar y luego para reparar las casitas”, afirma.

El dinero, en palabras de la alcaldesa, llegó del Ejecutivo –Ministerio de Obras Públicas y FISDL-, la Alcaldía y de “empresas chiquitas” de la zona. “Me está ayudando la Pizza Hut, el hotel Holiday Inn y otras empresas con materiales. Pero ese terreno no lo estoy vendiendo a los Poma, como anda diciendo la gente”, justificó la alcaldesa en septiembre pasado.
“Son casitas regaladas. Conseguí las casitas con el gobierno del presidente Saca. Con la Pizza Hut, con las empresas de abajo, me han ayudado con los materiales”, dijo.

María Elena no sabe qué ni a quién creerle. Para ello, “los grandes, los de arriba” a los que hace referencia son los centros comerciales y las empresas que rodean a la comunidad; y está convencida de que su vida cambió porque a los pobres hay que esconderlos. “Dice que fueron ellos los que han dado la tanatada de pisto para que nos vayamos… que es porque los turistas nos ven feo, que porque no es seguro para nosotros y esas cosas, que mejor van a hacer un parque para que los turistas vean bonita la zona y para que los cipotes no anden pidiendo en la gasolinera y en el parqueo de la pizza. Yo qué sé… sólo sé que duele dejar el lugar donde uno vivió tanto tiempo”.

 

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