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El nacimiento de una marginal

Las comunidades “Bendición de Dios” y “Las Victorias” son el nuevo atractivo del paisaje variopinto que se dibuja sobre el bulevar del Ejército, entre Soyapango y San Salvador. Durante cuatro meses, un millar de casas de cartón, plástico y lámina crecieron en lo que fuera una vez un botadero al aire libre. Lo único que no ha cambiado es la incertidumbre de más de mil 500 familias engañadas por la Asociación Gerardo Barrios y que se tomaron el terreno en busca de un lugar “digno” donde vivir.

Rodrigo Baires Quezada / Fotos: Mauro Arias
cartas@elfaro.net
Publicada el 31 de marzo de 2008 - El Faro

Enviar Imprimir Vea fotogalería: Sacrificándose por un techo

Una señora baja la ventanilla de su automóvil y acerca su teléfono celular para tomar una fotografía del paisaje a las 7:00 a.m. Frente a ella, varios letreros pintados recuerdan a las miles de personas que transitan sobre el bulevar del Ejército la realidad de las familias que se tomaron un ex basuero buscando el sueño de un lugar digno donde vivir.

El predio, en el kilómetro 31/2 del bulevar, dista mucho de ser un lugar digno. El agua potable es un regalo tomado casi a la fuerza y brota de dos chorros dispuestos sobre la calle principal; los inusuales vientos de marzo rompieron los plásticos con que se construyeron las primeras casas; un polvo blanquecino que asfixia se levanta a cada paso; y las lluvias de febrero, en su búsqueda por un camino hacia el vecino río Acelhuate, han dejado grietas sobre un suelo inestable y quebradizo. Pero nada de eso importa.

Las comunidades tomaron forma el 1 de diciembre del año pasado. Los primeros moradores llegaron con machetes, cumas y varas para chapodar el terreno y dejarlo “habitable”; el siguiente paso lo dieron los “organizadores” –la Asociación de ex combatientes Gerardo Barrios-, delimitando los lotes de ocho por 15 metros. Siete días después, cuando la toma se había convertido en noticia, los periodistas encontraron una “lotificación” más o menos planificada con tres calles de acceso, sendas marcadas y cercos de varas y lazos de retazos de tela dividiendo las nuevas propiedades.

Aunque abandondano durante años, el terreno tenía dueño y las autoridades -desde la gobernación de San Salvador hasta la Alcaldía de Soyapango- se apresuraron a decir que no se podría “legalizar” esas tierras bajo ningún concepto.

“Pero a falta de algo propio, esto no está tan mal”, dice Manuel Ramos, desde el mostrador de su minitienda, frente a una de las tres calles con acceso vehicular que dividen la comunidad en igual número de partes. “Nada mal… son terrenos de tamaño regular… Está lo de ese gas, pero no creo porque ya pasaron más de 20 años”, sostiene, da un suspiro largo y mira a su alrededor.

Ramos habla del metano, un gas altamente infamable que en bajas concentraciones no es dañino para la salud. En grandes cantidades, puede producir asfixia, inconsciencia, pérdida de movilidad y la coordinación, vértigos, somnolencia, dolor de cabeza, nauseas, lesiones cerebrales o ataques cardíacos. En la zona, según expertos, habría grandes concentraciones.

En condiciones naturales, el metano se produce por la descomposición de plantas. En el caso del terreno, fue el deposito para toneladas de basura doméstica e industrial durante años. En presencia de altas cantidades de óxigeno, la descomposición de los desperdicios producen bióxido de carbono, agua y amoniaco. Con grandes cantidades de basura y sin ningún control para su disposición, el proceso pasa a una segunda etapa en la que la solución para la basura se convierte en un problema serio de salud.

Ramos lo sabe, pero al igual que sus vecinos, sostiene que “el tiempo ya se encargó de limpiar toda esa basura”. ¿Toda la basura? No, las capas de tierra que sirvieron para rellenar el viejo basurero aceleran la segunda parte de la descomposición de los desperdicios, reduciendo la cantidad de oxígeno y aumentó el calor y la humedad. Bajo estas nuevas condiciones, las toneladas de basura producen dióxido de carbono y metano, además de etano, propano, ácido sulfhídrico, nitrógeno y óxido nitroso. Todas estas sustancias, peligrosas para la salud.

Miltón Reyes, presidente de la Asociación Salvadoreña de Ingenieros y Arquitectos (ASIA), lo dijo a la Revista Contrapunto: “Esa zona es de alto riesgo. Ahí hubo un relleno sanitario y no es apto para la construcción de vivienda porque ahí hay emisiones de gas metano”. Las mismas conclusiones a las que llegaron los técnicos de la Oficina de Planificación del Área Metropolitana de San Salvador (OPAMSS) cuando denegó los permisos de construcción de una residencial una década atrás.

Pero el metano no tiene olor o color. Al no verse y al no sentirse, los “colonos” del ex basurero no se preocupan por ello. “No está aquí… y si hubiera ese veneno aquí ni las plantas se dieran.. Y mire, ahí está retoñando un palo de jocotes”, sostiene doña María López, sonríe y señala a las hojas verdes que nacen en una de las estacas que sirven de cerco para su lote. “¡Ya ve, si es bueno para la planta es bueno para toda criatura de Dios!”, dice con convicción. “Además está la necesidad”, remata.

Las promesas de la Gerardo Barrios

La señora aprieta el botón del obturador y toma la foto. ¿A caso será un simple suvenir o la imagen de la historia cotidina de más de las 570 mil personas que, según datos oficiales, carecen de vivienda en el país?

La historia de todos, por lo menos de la mayoría en el predio, parece ser la misma: falta de oportunidades y esa “necesidad” que no se paga sola. Ramos vio cómo el río Acelhuate inundaba su champa de lata y perdía sus pocas posesiones en cada invierno; doña Santos Flores, cómo los 80 dólares que sus hijos le daban cada mes se le escapaban de las manos pagando 70 dólares de renta mensual; don Carlos Martínez, un sexagenario de brazos fuertes y pelo poblado de canas, cómo su trabajo de obrero ocasional en construcciones no alcanzaba ni para pagar un cuarto en un mesón.

La necesidad es el mismo sustantivo que utilizan para “hogar digno” o “casa propia”. Y la necesidad, al contrario que el metano, sí se palpa todos los días y aprieta más los bolsillos cuando el dinero escasea, el mes está por terminar y “la colcha no alcanza ni para la comida”. Fue esa necesidad la que hizo que la gente creyera en las promesas de la Asociación Gerardo Barrios, se tomaran el terreno y, cuatro meses después, mantuvieran una vigilia permanente para no ser desalojados mientras la comunidad sigue creciendo.

Y el terreno es eso: la suma de “la necesidad” de miles de personas de Ilobasco, Usulután, Cojutepeque, Ilopango, San Salvador y Soyapango y una mentira que en el papel sonaba muy bien. Jorge Castillo tiene bien presente lo que le ofrecieron casi a cambio de nada casi un año atrás. “Era un sueño”, sostiene y muestra una fotocopia arrugada en la que se destacan los nombres de los responsables de la Gerardo Barrios: Juan Clinio, presidente, y Francisca Martínez.

“Se darán solares; sona (Sic) San Salvador, Ilobasco y Cojutepeque”, reza la propaganda. “Si husted no tiene donde vivirr hagregese (sic) con nosotros y nosotros le bamos (sic) a entregar un solar que mide 10 metros de ancho por 30 metros de largo”. Las promesas no eran solo el terreno, sino también legalidad de mano del Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria (ISTA), quien proporcionaría los “solares”; y del Fondo Nacional de Vivienda Popular (FONAVIPO), con una donación de un mil 500 dólares “para la casita” de cada beneficiario.

Los requisitos a cumplir eran mínimos: copias de DUI y NIT del propietario y sus beneficiarios; y 12 dólares por el proceso de inscripción a la Asociación. “Solo se ba a cancelar 46 dólares por la escrituración… Hojo (sic), la escritura sera cancelada cuando se haya recibido el solar… Y será cancelada según el alcance de su bolsa”, cerraba.

“Eran como 48 dólares”, dijo doña Santos, quien hizo sus propios números. En 2000, cuando todavía podía valerse por sí misma, su venta de leche poleada y arroz en leche le dejaba lo suficiente para pagar los 60 dólares de renta en una casa de la comunidad El Paraíso, al oriente de San Salvador, su transporte, sus cuentas y su comida. Meses después, le detectaron insuficencia renal. Desde entonces, dejó de trabajar y sus cuatro hijos le ayudaron con 20 dólares semanales.

Para 2007, los costos de vivir sola eran asfixiantes para doña Santos. Le aumentaron la renta a 70 dólares y con los 10 restantes poco podía hacer para vivir. Vi el cartelito –“Todo lo que prometían”- y se fue para la oficina de la Gerardo Barrios en Cojutepeque -“ Fabor (sic) entenderce con Francisca Martínez… frente a la iglesia San Jose pegado al molino y una zapatería”, indicaba la publicidad. Pagó los 12 dólares, dejó una fotografía tamaño cédula, se trasladó a la casa de uno de sus hijos y se puso a esperar.

“Todos lo hicimos igual… empujados por la necesidad”, dice Castillo y, cuatro meses después, mira a su alrededor con desdén. Según algunos pobladores, en noviembre del año pasado les avisaron que se tomarían las tierras en el bulevar del Ejército. ¿Serían en propiedad? No, pero al ser un predio del Estado y a la víspera del proceso electoral de 2009, el gobierno central no tendría más opciones que dejarlos ahí. El resto se iría dando poco a poco. “Y claro que les creímos… son una Asociación conformada, algún respaldo tendrían que tener para estar funcionando así y que nadie les dijera nada”, sostiene Castillo.

Los mismos periodistas dieron las malas noticias a los nuevos “colonos”: El terreno era privado, primero; y luego, la existencia de emisiones metano por ser un basurero clausurado. Al ser un terreno privado, el ISTA no tenía porque otorgar ningún “solar” y, sin legalidad sobre los lotes, FONAVIPO no puede dar ningún tipo de ayuda económica para la construcción de casas. “Nos mintieron”, dice Castillo.

¿Un año de espera?

La señora cierra la ventanilla y continúa su camino en medio del tráfico de las 7:00 a.m. Tres horas después “el sol ya pica” en la piel y al medio día obligará quedarse fuera para evitar el “vaporón” de las láminas y el plástico. En la noche, “porque este verano está medio loco”, podría hacer frío y viento o un calor insoportable.

Aun con esas incomodidades, la gente espera que definan un precio para los lotes y que se los vendan. “De aquí no nos sacan”, dice Castillo. El tono de su voz no es amenazante, sino que muestra una mezcla de esperanza y tristeza. “No tenemos donde ir”, sostiene. Todos sienten lo mismo y se lo hacen saber a la gente que pasa por el bulevar del Ejército a través de leyendas pintadas en los cartones y plásticos que conforman las paredes de las casas cercanas a la acera. “Urgimos de una vivienda digna para nuestros niños y niñas”, se lee en una de ellas y el autor es el mismo Castillo. “Queremos que no se olviden que en estas champas hay personas con necesidades”, sostiene.

Así, la consigna de los habitantes parece ser “resistir” y reclamar a los pasantes “no olvidar”, pero sin ese tono confrontativo de las concentraciones populares de los años 80. Ese es tono de “esperanza” de que algo que se podrá hacer al final; de que viviendo ahí no le hacen daño a nadie; de que le van dando vida a un espacio que durante año sirvió para que las maras de la zona “brincaran” –el rito de iniciación en las pandillas- nuevos miembros, violaran a alguna muchacha o abandonaran cadávares.

El engaño de la Asociación derivó en la división de los “beneficiarios”, que poco o nada saben de la Gerardo Barrios. La Asociación reunió a ex patrulleros de la Fuerza Armada de Cabañas y forma parte de la Coordinadora Nacional de Asociaciones de Desmovilizados del Servicio Territorial “Domingo Monterrosa”. Tras varias tomas de tierras y paros, mostrar apoyo abierto por el diputado Orlando Arévalo, entonces con ARENA, y “pelear por lo que era justo”, decayó su perfil tras el asesinato de su presidente, Daniel Arías, en Ilobasco el 24 de diciembre de de 2000.

A mediados del año pasado, la Federación de Cooperativas de El Salvador (FEDECOES), que ofrecía terrenos en Ilobasco, Quezaltepeque, Suchitoto y Soyapango a sus miembros por 17 dólares mensuales, se sumó a la Asociación. Tanto a ellos como a otros nuevos socios, la Asociación dio la buena noticia en octubre de 2007: Se tenía un terreno. Más de 600 familias fueron llevadas por la Gerardo Barrios para la toma inicial.

Días después y con las mentiras al descubierto, la unidad del grupo se rompió. Una parte, según ellos de más de 700 familias, se sumó al grupo de apoyo de la comunidad “La Victoria”, al oriente de la calle principal, la bautizada “calle El Triunfo”; el otro, se quedó trabajando con la Gerardo Barrios y tomaron el nombre de comunidad “Bendición de Dios”. Con el tiempo, y tras 120 días, hubieron nuevos sismas. En la actualidad, hay cinco grupos: Las Victorias, Bendición de Dios, los “bandera blanca” y los que están “con nadie”.

El último grupo se formó el miércoles pasado, cerca de 250 familias oriundas de Ilopango que aceptaron las promesas del candidato pedecista a la comuna por ese municipio, Mauricio Cristales, de darles un “terreno propio” en una propiedad gestionada personalmente en San Pedro Perulapán. Ese grupo participó en un mitín político a favor de Cristales ese miércoles; y, el viernes pasado, anunciaron que dajarían la zona porque tenían “su problema resuelto” y por miedo a un “desalojo”.

El resto sigue a la espera de que todo “salga bien”. “Una señora me contó que le dijeron que el dueño del terreno salió en la televisión diciendo que prefería que viviéramos aquí a que fuera un nido de maleantes”, dice Doña Santos. El rumor lo repiten otros pobladores y muestran en sus ojos esa esperanza de que el terreno podría convertirse en suyo. Otros rumores no son tan halagadores: la madrugada del 7 de marzo llegó Cristales, se presentó como diputado suplente del PDC y les dijo que elementos de la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO) de la PNC llegaría a desalojarlos en ese momento. La gente pasó en vela toda la madrugada, la siguiente y la posterior. Nada pasó, aunque la orden de desalojo ya está en manos de la policía.

“No van a venir a meterse de noche… van a negociar porque hay niños y somos miles. Un desalojo por la fuerza va a terminar mal y no por nosotros, sino porque todo lo que ve aquí es lo que tenemos y nadie lo va a dejar así por así”, dice un poblador. Ramos también lo cree así: “De aquí hasta las elecciones, no nos sacan. Nadie se va a echar ese trompo a la uña”. Ese “nadie”, según ellos, es el gobierno, la comuna soyapaneca o el mismo propietario, quien ya habrían interpuesto una demanda de desalojo a los tribunales correspondientes. La razón, según sus propias valoraciones, no es humanitaria sino política.

Esa relativa seguridad que dan los tiempos electorales ha hecho que la gente haga su vida como puede. Ramos instaló una “minitienda”. El negocio tiene poco que ofrecer. Pan dulce en una modesta vitrina de vidrio y madera; tiras de boquitas, una hielera con botellas de gaseosas; huevos, jabón de bola y detergente en un estante que divide la tienda de lo que es cuarto. “Pero hay que ver como se sale adelante”, dice y continúa: “Se hace lo que se puede”. Quita de la mesa a “Pancha”, una gata rallada y de ojos claros que busca algunas migajas de pan dulce, la misma que le hace compañía en la noches a él, su esposa y su suegra.

Doña Santos apeló a sus hijos para construir su casa, una ramada de varas de bambú forrada con lámina usada y plástico que cuida un perro esquelético que ladra a toda persona que pase frente a ella. Como buena ex comerciante informal sabe de números y lleva cuentas detalladas de lo gastado: 35 dólares por que le cavaran un foso de tres metros de profundidad que sirve de letrina; otros 17 dólares en concepto de mano de obra; lámina, 48 dólares; cuartones y varas de bambú, 6 dólares; y 3 dólares más la comida del jornal de los “muchachos que me han hecho el trabajito”. En total, más de 120 dólares invertidos en cuatro meses.

Todo los pobladores han hecho sus casas así “de a poquito” esperanzados a futuro incierto y “haciendo la vida como puede”. ¿Y la legalidad de las tierras? “Eso es lo que queda pendiente y nadie nos dice qué va a pasar”, sostiene. Ese nadie es la Asociación, los que los llevaron al terreno y que ahora les piden calma, “que nos quedemos aquí porque el que persevera alcanza”.

Calma. Desde la acera, cualquier fotografía mostraría un mar de estructuras de bambú y champas en calma absoluta. Si uno se adentra, la gente aparece bajo la sombra de los techos de cartón, lavando ropa o barriendo el polvo. Los niños a su lado, ayudando en los quehaceres de “su hogar” o jugando con un trozo de espuma azul como si fuera una capa de Supermán. Si uno pregunta por la situación legal del terreno, la gente se muestra desconfiada, al principio; después, a los minutos, no tardan en aparecer media docena de habitantes que hablan sin tapujos. Jorge Castillo es de esos.

Cuatro meses después

“Nos mintieron y ahora no saben como hacer con este gran negocio”, sostiene Castillo. Él, junto a otros miembros del comité de apoyo que se creó poco después de conocer las mentiras de Martínez y Clinio, los representantes de la Asociación. “Nos ofrecieron de todo… nada han cumplido”, dice. Sin seguridad jurídica y en condiciones infrahumanas, algunos ya optaron por irse. Según Castillo, no tardan en llegar los “reemplazos”, gente nueva que paga los 12 dólares de afiliación y la Asociación les da los terrenos que van quedando vacíos.

Entre las promesas no escritas estaba el agua potable y otros servicios básicos que nunca llegaron. El agua llega dos veces por semana gracias a la comuna de Soyapango, que manda dos pipas que pasan por las calles principales y llenan los depósitos que encuentran en el camino. El resto de días, piperos privados ofren el servicio a un dólar por barril o los pobladores hacen cola frente a los chorros que la misma comunidad a instalado. “En dos ocasiones le pedimos a ANDA que nos instalara el servicio, no lo hicieron y resolvimos”, dice un vecino.

La politica de los vecinos es sobrevivir y los niños lo hacen a su modo. Un “mascón” de fútbol por allá levanta el polvo; mientras un grupo de ocho niños se arremolina frente a David Hernández y la voluntaria alemana Debora Kunze, del proyecto “Escuela bajo cielo” de la asociación “Proyectos sociales de la colonia 22 de abril”, para escuchar un cuento y jugar bajo las enseñanzas del método montesoriano; el resto asiste a las escuelas cercanas, la Antonio José Cañas y El Progreso. Incluso, la Secretaría de la Juventud repartió más de tres mil juguetes en la conmemoración del Día de los Reyes Magos, el 6 de enero pasado.

Por las sendas y calles trazadas, vendedores informales ofrecen verduras, pan y bebidas; las minitiendas son abastecidas por camiones de empresas de alimentos enlatados, boquitas, pan dulce y bebidas gaseosas; un grupo de personas hierve el maíz con cal para hacer tortillas; y otros, cuma y machete en mano, cortan el bambú para hacer la estructura de su futura casa. Por las noches, se acentúa la incertidumbre. Algunos la pasan en vela, viendo a sus hijos durmiendo en la misma cama; otros, se congregan en las iglesias y templos.

“Mire, hacemos lo que se puede”, dice doña Hilda de López. Su casa de una habitación es la morada de seis personas –ella, su esposo y sus cuatro hijos, incluyendo el pequeño de dos meses que nació cuando ya vivían en la comunidad “Bendición de Dios”- y luce flamante un comedor hecho con el fondo de un contenedor de madera prensada que una “fabrica vino a tirar… para ayudarnos”.

Los desperdicios de otros es “la ayuda” de esta gente. Una fábrica donó los banners plásticos de vallas publicitarias; otra más, cartón y durapax de deshecho; y más de alguna llegó con madera usada de alguna construcción o de cajas de embalaje internacional. Todos se arremolinaron alrededor de los camiones para obtener algo que fuera “usable” en la construcción de sus casas. Otros, instituciones y personas, “se tocan el corazón” y aparecen de la nada con ropa o alimentos. “Todo es bienvenido… incluso esa gente que toma las fotos… para que otros vean que aquí estamos viviendo”, dice doña Santos.

Al fondo, sobre la acera, un jóven toma otra fotografía aprovechando la espera de un bus de la ruta 29. Enjuto y con el pelo revuelto, se arrodilla sobre la acera polvorienta para tener una imagen fija de las casas y sus techos de cartón, plástico y láminas oxidades. El “click” del obturador se pierde entre el ruido del tráfico, revisa la imagen y luego sonríe. Minutos despues subiría al bus. Atrás dejó los techos, las casas, las historias y toda la incertidumbre por “un futuro mejor” bañada en polvo y metano de más de mil 500 familias.

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