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Las intervenciones fallidas en Bolivia y Nicaragua

Las advertencias públicas estadounidenses contra Evo Morales y Daniel Ortega terminaron favoreciendo a ambos electoralmente. Estados Unidos aprendió una dura lección.

Carlos Dada
cartas@elfaro.net
Publicada el 10 de marzo de 2008 - El Faro

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El caso latinoamericano más emblemático de una intervención contraproducente para la política exterior estadounidense es Bolivia. En 2002, en pleno proceso electoral, el líder cocalero Evo Morales se encontraba en séptimo lugar en las preferencias electorales y con muy pocas probabilidades de acercarse a los primeros lugares.

El embajador de Washington en La Paz, Manuel Rocha, dijo públicamente: “Quiero recordarle al electorado boliviano que si elige a los que quieren que Bolivia vuelva a ser un exportador de cocaína ese resultado pondrá en peligro el futuro de la ayuda de los Estados Unidos a Bolivia”. Su discurso rápidamente llegó a los medios de comunicación bolivianos como un mensaje directo contra Morales, y la popularidad del cocalero se multiplicó.

“El apoyo que le dio la Embajada de Estados Unidos a Evo, como dice el anuncio de Mastercard, no tiene precio”, dijo Bruce Bagley, un profesor de estudios internacionales de la Universidad de Miami, al periódico Houston Chronicle.

En pocos días, Evo subió al segundo lugar en las encuestas. Morales respondió con buen humor a las declaraciones del diplomático: “Creo que es el último toque que hace mi jefe de campaña, le agradezco mucho”.

El Colegio Nacional Electoral emitió un comunicado, en el que denunció que "Rocha, al intentar condicionar el voto de los bolivianos atenta contra el Artículo 219 de la constitución política del Estado y contra el articulo 6 (a) del Código Electoral que establecen que el sufragio es libre".

La presión pública para que el gobierno rechazara las declaraciones estadounidenses llevaron al presidente Jorge Quiroga, un hombre cercano a Washington, a advertir públicamente que las elecciones eran un asunto que competía “única y exclusivamente” al pueblo boliviano, y el embajador estadounidense tuvo que comparecer ante la cancillería para explicar sus declaraciones.  

Evo Morales llegó en segundo lugar y estuvo cerca de ganar las elecciones a Gonzalo Sánchez de Losada. Tres años después, tras una crisis política interna que llevó a la salida de Sánchez de Losada, Evo Morales ganó las elecciones presidenciales contra Quiroga, y Estados Unidos tuvo que aprender a convivir con él.

Washington contra Ortega

En 2006, durante la campaña electoral nicaragüense que tuvo como protagonistas al sandinista Daniel Ortega y al conservador Eduardo Montealegre, altas autoridades estadounidenses emprendieron una ofensiva verbal para impedir el triunfo de Ortega.

El embajador estadounidense en Managua, Paul Trivielli, tuvo un activo desempeño público advirtiendo a los nicaragüenses de los “peligros para la democracia” en caso de un triunfo de Ortega. "Sería una tragedia para Nicaragua si las elecciones suponen una regresión. Todos los países de Centroamérica se verían afectados, sus avances por el libre comercio y todos los demás avances que han hecho", dijo Trivielli en declaraciones a la BBC de Londres, en noviembre de ese año, pocos días antes de las elecciones.

Un año antes, el entonces Secretario Adjunto para América Latina, Roger Noriega, un acérrimo enemigo de los movimientos socialistas latinoamericanos, escribió en un periódico nicaragüense que si los sandinistas ganaban las elecciones Nicaragua “se hundirá como una roca”. Noriega fue sustituido por Thomas Shannon, pero el tono del Departamento de Estado en Nicaragua no se modificó. Shannon llegó a Managua en junio de 2006 a reunirse con Eduardo Montealegre, asegurándose de que los medios reportaran la reunión y, sobre todo, que no había hablado con Ortega. Algo similar al viaje de Noriega en 2003 a San Salvador, cuando se reunió con todos los candidatos a la presidencia, menos con Shafik Hándal, del FMLN. 

Para la elección de Nicaragua, el desfile de “advertencias” estadounidenses incluyó a congresistas e incluso al Coronel Oliver North, uno de los principales involucrados en el escándalo Irán-Contras, quien dijo que un triunfo del sandinista llevaría a una suspensión del envío de ayuda de Washington a Nicaragua, estimada entonces en 220 millones de dólares, y a un congelamiento de las relaciones entre ambos países.

En un último esfuerzo por impedir el triunfo de Ortega, el secretario de Comercio estadounidense, Carlos Gutiérrez, confirmó las palabras de North advirtiendo que toda la ayuda estadounidense hacia Nicaragua estaba en juego en esas elecciones. El Houston Chronicle reportó entonces que “otros oficiales (del gobierno de Bush) dijeron que el país (Nicaragua) podría quedar fuera del Tratado de Libre Comercio y que podrían bloquear las remesas enviadas por nicaragüenses que viven en Estados Unidos”.

El periódico estadounidense citó a Mark Weinsbrot, un experto en América Latina del Centro para la Investigación de Políticas de Washington, hablando sobre la campaña de su país contra Ortega: “(Las autoridades del gobierno de Bush) hicieron todo menos amenazar con invadir Nicaragua” para impedir el triunfo sandinista. En una columna publicada en el periódico Huffington Post, Weinsbrot reportó que cuatro congresistas estadounidenses amenazaron con cortar las remesas, “que es lo peor que se puede hacer antes de amenazar con una invasión”.

Entre esos congresistas estaba Dana Rohrbacher, un republicano que llegó al extremo de pedirle al secretario de Seguridad, Michael Chertoff, que “preparara, de acuerdo con las leyes de Estados Unidos, medidas de prevención, para bloquear la transmisión de remesas a Nicaragua, en caso de que el FSLN entre al gobierno”. Rohrbacher incluso declaró que el gobierno de Ortega sería “pro terrorista”.

En una extraña reflexión publicada por el Chronicle, Noriega admitió que los estándares diplomáticos de Washington son distintos para cada país: “Es un cálculo político. Probablemente lo mejor en el caso de Nicaragua es hablar públicamente (contra Ortega), mientras que la mejor manera de avanzar tus intereses en otros países es mantenerte tan callado como puedas”. Pero en Nicaragua el cálculo político falló.

William LeoGrande, un profesor de la American University de Washington y autor del libro “Nuestro propio patio trasero” sobre la política estadounidense hacia Centroamérica en los años ochentas, concluyó antes de las elecciones que la campaña de Washington contra Ortega podía tener el efecto contrario: “Algunos (nicaragüenses) se sintieron ofendidos (por la interferencia estadounidense) por razones nacionalistas, y es muy probable que por eso voten por Ortega”, lo citó el Houston Chronicle. Y Ortega ganó la presidencia. Al conocer los resultados electorales que dieron el triunfo a los sandinistas, el periódico Los Angeles Times lo calificó como “un duro golpe a la administración Bush”.

Ya con Ortega en la presidencia, y sin Roger Noriega ni Otto Reich como encargados de las políticas de Bush hacia América Latina, las relaciones entre Managua y Washington han sido cordiales, nadie cortó las remesas ni se suspendió la ayuda estadounidense. Ortega envió como embajador a Washington a Arturo Cruz, un reconocido académico del INCAE y alguien muy bien visto en Washington. El gobierno de Bush, en respuesta, anunció la semana pasada el envío de un nuevo embajador a Managua, Robert Callahan.

“Creo que el embajador Callahan trae un mandato muy especial de tratar de forjar por primera vez (...) con el Frente Sandinista, como partido y movimiento, una relación buena” con Estados Unidos, afirmó Arturo Cruz desde Washington a la Agencia Francesa de Prensa.

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