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El niño de la máscara

Juan Manuel Domínguez tiene una nueva cara. Una que por suerte se recuperó de las quemadas provocadas por pólvora de mortero hace un año. Estas fiestas, dice, solo quiere jugar con estrellitas y fulminantes. Su madre, por el contrario, dice que le ha hecho una promesa.

Daniel Valencia / Fotos: Mauro Arias
cartas@elfaro.net
Publicada el 24 de diciembre de 2007 - El Faro

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HACE UN AÑO. La madre de Juan Manuel muestra una foto de periódico del menor hospitalizado en el Bloom.

La noticia, hace un año

“Juan Manuel Domínguez no puede abrir sus ojos desde el martes por la noche, y permanece en una cama del Hospital Bloom por la pólvora”. La Prensa Gráfica, 28 de diciembre de 2006.

El temor de la madre

“Los ojitos… no estábamos esperanzados a que viera. A los seis días abrió los ojos”, Ana Beatriz Ventura Ochoa, 19 de diciembre de 2007.

La víctima

Los morteros estaban tirados ahí, en el predio baldío. Algunos estaban sin reventar. Con mi primo los agarramos y les sacamos la pólvora. Fue un poquito, menos de una cuarta lo que nos salió. La metimos en un cumbo de plástico de esos de gelatina (para el pelo). Hace unos días vi el cumbo todo chamuscado, estaba tirado por ahí (señala hacia la maleza que crece en el predio baldío, ubicado a la par de su casa).

“Un vecino de esa casa nos regalo más pólvora, como una cuarta más”, le interrumpe el primo, Edgardo Ventura, quien también resultó con quemaduras leves. 

MARCADO. El menor asegura que ya no jugará con pólvora.

El 24, en Conchagua, La Unión, -prosigue Juan Manuel-, reventé solo fulminantes y estrellitas. También me puse mi estreno. Mi madre no tiene para comprarnos cuetes (Su madre repite lo mismo. La pequeña casa, un mesón, pareciera darle la razón. Vive y alimenta sus cinco hijos de la venta de frutas).

Fue como a las cuatro de la tarde, el 26. Él (el primo) encendió el fósforo pero la pólvora no agarraba fuego. Yo puse la cara frente al cumbo, para soplar y que agarrara la llama. Le hice así... (se pone las manos sobre los cachetes, como quien sopla lejos y sopla).

“Y ¡fussss! Todo chamuscado quedó”, añade su primo. La pólvora me cayó, encendida, en la cara.

No me ardía, no sentí nada, dice Juan. No  estaba solo. Estaba con mis primos y mi hermano.

Una de sus primos es una niña de 5 años. Se llama Alison. Ella rompe el silencio de una travesura, y se gana el regaño de su hermano y su primo.

Este (Edgardo) le dijo a Juan que si no soplaba le iba a pegar una patada. “¡Cállate chambrosa!”, le grita su hermano. Juan defiende a su primo. “No, no, no fue así”. Al primo de Juan le llegó un poco de pólvora al ojo. Juan fue ingresado por quemaduras en el cuero cabelludo, cara, ojos, cuello y brazos.

Su rostro quemado, y cubierto por una máscara de gasa y vendas apareció en La Prensa Gráfica. Ese día, el 27, el Ministerio de Salud reportó que la cifra de niños quemados había aumentado un 20% con respecto al mismo periodo en 2005. El titular del ramo, Guillermo Maza, declaró que hasta el 26 de diciembre se contabilizaban 177 víctimas de la pólvora, 29 más que el año pasado. “El incremento es un poco alto, esperamos que la cifra no siga en aumento”, dijo en conferencia de prensa.

ENCUBRIMIENTO. Según la versión de la hermana de Juan Manuel, quien lo desmiente, César obligo a su primo a encender la mecha.

Según el MSPAS, 31% de las víctimas sufrieron quemaduras al manipular morteros, y el 24% mientras quemaba silbadores.
“En el hospital me daban jugos y Gatorade. Las vendas eran para cubrirme. No me molestaban. En el hospital había más niños quemados… de las manos, de los ojos”, dice Juan.

Su tratamiento duró hasta marzo, porque la mamá ya no tenía para el pasaje del bus que la lleva de Ciudad Delgado hasta el Hospital de Niños Benjamín Bloom. Juan Manuel regresó a la Escuela y se curó, literalmente, con una crema que otra doctora, que no era la que lo atendía, le recomendó a su madre. La crema es un ungüento especial para eliminar las estrías en la panza de las mujeres embarazadas.

“Era lo más barato”, dice su madre. “Los vecinos y la familia me ayudaron a pagarla”.

“Todavía me echo la crema en el cuello y en la cara”, agrega Juan. A simple vista no parece una víctima de quemaduras por el mal uso de la pólvora.

El 27, el día que Juan apareció en los periódicos, la entonces viceministra de Gobernación Silvia Aguilar pidió que se prohibiera la pólvora de forma definitiva. En enero, la Asamblea Legislativa aprobó  una nueva reforma para el decreto 433, en el que se prohíbe la producción, comercialización y distribución de morteros y silbadores.

“Yo he hecho una promesa”, dice la madre. “Le he dicho que el cuarto se lo llenaré de globos y que le conseguiré un palito para que los reviente… que se imagine que son cuetes. Pero cuetes no le compro”.

“Yo si quiero reventar,-añade Juan-, por lo menos estrellitas y fulminantes”.

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