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NOTICIAS La pólvora se va silenciandoSin silbadores, morteros ni fulminantes, las fiestas de 2008 han significado también una sensible baja para los vendedores de pólvora. Una legislación más fuerte y campañas contra niños quemados por pólvora han alejado a los clientes de los puestos de venta. Rodrigo Baires Quezada
En el parque Centenario, apenas una docena de puestos muestran las cajas de luces chinas, los morteros, las milpitas y las estrellitas al público. El “va a querer, ¿qué va a llevar?” no atrae a nadie aún a las 7:30 a.m. Parece muy temprano para comprar pólvora. Es miércoles y la venta va lenta, va mal, y Angélica de Mendoza, con 40 años de experiencia vendiendo pólvora, se persigna. “¿Que cómo va la venta?, mala. Muy mala y no suena que vaya a mejorar aunque confiamos en Dios que no sea así”, dice. La mala venta es común a los 23 sitios para vender productos pirotécnicos autorizados por las alcaldías y avalados por el Cuerpo Nacional de Bomberos en el Gran San Salvador. “La pólvora no se mueve como antes… No sé si la gente está esperando que llegue el mero 24 de diciembre para comprar o, simplemente, se está perdiendo la celebración de la navidad y del año nuevo con pólvora… con cuetes”, dice Alonso Guzmán, propietario de un puesto en el redondel Masferrer, en la colonia Escalón. “Ya no suena la pólvora como antes”, repite Angélica y recuerda cuando la venta de pólvora empezaba a mediados de noviembre y se extendía durante todo diciembre. Entonces, todas las noches sonaban el estallido de los cohetes y el chillido de los silbadores. “Ahora no se escuchan… es la situación económica del país, la falta de dinero… y las prohibiciones que han puesto”. A mediados de diciembre de 2006, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y el Ministerio de Salud recomendaron la prohibición de comprar y usar juegos pirotécnicos a menores de 12 años; además de regular el uso para jóvenes hasta los 18 años. “Es necesario que estas medidas se tomen si queremos disminuir o erradicar que haya niños o jóvenes víctimas de esa peligrosa diversión, que en algunos casos graves puede causar hasta la mutilación de miembros”, dijo el representante de la OPS en El Salvador, Eduardo Guerrero. La propuesta era apoyada también por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y por la Organización Internacional del Trabajo (OIT). La nueva legislación La recomendación llegó a oídos de la Asamblea Legislativa, donde se estudiaban reformas al Reglamento Especial para la Regulación de Artículos Similares a Explosivos y Sustancias Químicas y Productos Pirotécnicos que no alcanzaron a estar listas para la temporada navideña de 2006. Entre noviembre de 2006 y los primeros tres días de 2007, 384 personas resultaron quemadas por pólvora, lo que significó un gasto de 283 mil dólares en atención de parte del Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social. Entre ellos, 77 niños necesitaron hospitalización en el Benjamín Bloom y cuatro de ellos sufrieron amputaciones de uno o varios dedos de sus manos.
El dato sólo reflejaba una tendencia común de fin de año. Según las estadísticas de Salud, 374 niños resultaron gravemente lesionados por quemaduras producidas por pólvora sólo durante la época de Navidad y fin de año de 2004. En 2005, aunque la cifra disminuyó a 306 niños, ya las autoridades de Salud Pública solicitaban una regulación a la venta de productos pirotécnicos. La recomendación fue tomada a medias por los legisladores y, a principios de enero de 2007, los diputados de ARENA aprovecharon una discusión de reforma del reglamento para prohibir por decreto legislativo la importación, fabricación, comercialización y uso de silbadores, chispas del diablo, buscaniguas y morteros con más de 3.5 gramos de pólvora. La Asociación de Productores de Pirotécnicos de El Salvador, APROPISA, acusó a los diputados de no pensar en los productores y vendedores. Según los representantes de la asociación, la causa de las tragedias no son los productos pirotécnicos en sí, sino el mal uso de éstos y la irresponsabilidad de muchos padres de familia que descuidan a sus hijos. “Al pobre están fregando… porque el grande, el mayorista, al que nosotros le compramos producto y tienen sus propios puntos de venta, es que se está quedando con el negocio”, dice Alicia Martínez, una vendedora con más de 30 años de dedicarse al negocio. Según Martínez, desde hace varios años los pequeños productores se quedaron fuera del negocio de la fabricación: el quintal de papel periódico subió de tres a 10 dólares; los 40 kilos de clorato de potasio, de 30 a 100 dólares. “Ni pregunte por el benzoato, el azufre, el aluminio… es la de no terminar”, dice. “El año pasado nos fue mal… y uno sigue viniendo porque tenemos esperanza que este sea mejor. Pero la verdad es que han satanizado el reventar cohetes… estos productos tienen que ser reventados por adultos, la gente lo sabe pero no hace caso”, sostiene doña Angélica y fija la mirada en la fotografía de un niño quemado en los carteles pegados por el Ministerio de Gobernación en todos los puestos del parque. “Así, con esto, quién va a venir a comprar”. El cambio de conciencia Doña Angélica y otros vendedores no niegan el “poder destructivo de la pólvora” pero ven en esta tradición lo que les ha permitido durante años tener “un aguinaldo digno para poder terminar el año”. Durante 40 años ella ha puesto su venta de pólvora, primero en el parque Libertad, donde estaba cuando fue el incendio de 1995, y ahora en el Centenario, donde está flanqueada por los puestos de sus hijos y de sus nietos. “La pólvora nos dio de comer en diciembre… Aunque en los últimos tiempos cada vez es menos”.
Una persona pasa al lado de doña Angélica sin prestar atención a los productos de los estantes y del mostrador principal. “¿Va a querer algo?, le tenemos de todo”, sostiene la anciana. El potencial comprador la mira de reojo y con un ademán de su cabeza se despide sin ni siquiera decir un “no, gracias”. “Ya ve cómo están las cosas… antes, años atrás, no cabían los clientes”, dice y baja la mirada. Julio Tobar era de esos amantes de la pólvora que se arremolinaban para comprar en el pasado. Para él, sus mejores recuerdos de la infancia estaban marcados por la navidad y por los cohetes. De niño, en Quezaltepeque, vio el flashazo de los chespiritos; las latas saltar por los aires con el estallido de una buena palometa; y los bombones del extinto periódico La Noticia forrando los “morterotes de más de 30 centímetros”. “La calle quedaba tapizada de papel quemado”, dice con una sonrisa infantil en el rostro y prosigue: “Y es que es eso, es la luz, es el olor de la pólvora, es el ruido… es una sensación mágica que tuvimos como niños y por eso es que se sigue haciendo… aunque cada vez menos”. Ahora, con tres hijas, Tobar prefiere comprar los “combos infantiles”, llenos de luces, estrellitas y media docena de explicaciones y medidas de seguridad. “Es más seguro no comprar cohetes… aunque fuera tan chivo reventarlos”, dice. La legislación empezó a modificar la tradición años atrás. Primero fueron las palometas, los chespiritos, los tiros espaciales y los fulminantes, todos ellos productos pirotécnicos nacionales que se fabricaban artesanalmente incluso en las mismas casas de los vendedores. Así, ahora, en el puesto de Carlos Mendoza, en el parque Centenario, junto a las tradicionales milpitas y los morteros, sobresalen más los colores de las “luces chinas”. “Esto es lo que hoy se vende… de lo de antes, de lo nacional, queda muy poco y todo es por ley”, dice. Abner Hurtado, director del Cuerpo de Bomberos, cree que la legislación se sumó a un cambio de conciencia en los compradores. “¿Quién quiere comprar algo que le puede reventar una manita o los deditos a sus hijos?”, pregunta en voz alta y sin hacer pausas responde: “La verdad, nadie. Yo entiendo a los vendedores, pero creo que el mercado se está moviendo más a las luces chinas que son más seguras”. La prueba, según Hurtado, estaría en la baja de emergencias por quemaduras de pólvora que se han tenido en la temporada. Lo prohibido y lo atractivo Los vendedores no concuerdan con ello. “Ni luces chinas, ni los cohetes tradicionales… En los primeros días no hemos vimos clientes”, recuerda Guzmán, quien puso su puesto junto a otros 25 vendedores la tarde del sábado 15 de diciembre. Las cosas no cambiaron en el resto de la semana. “Creo que los que eran amantes de la pólvora se han ido perdiendo... se han hecho viejos”, dice.
“Vender productos no autorizados es arriesgarse a que te cierren el puesto”, explica Guzmán, un motorista de bus que durante los últimos 12 años a sacado un sueldo extra poniendo un puesto su venta de pólvora en el Masferrer. Ahí hace números, hasta el año pasado les cobraban 27.85 dólares por cada puesto de dos metros cuadrados. Para esta temporada navideña, la alcaldía de San Salvador aumentó la tasa a 50 dólares que se sumaban a su inversión inicial de dos mil dólares en producto. “Además está la multa que te traban… mejor no hay que arriesgarse”, dice Guzmán. “La gente se tiene que acostumbrar a lo que haya”, dijo el presidente de la República, Antonio Saca, una vez aprobadas las reformas y en reacción a las perdidas económicas de los fabricantes y distribuidores. “Si lo que hay es una pólvora que no es dañina y que sirve para divertirse, pues esa pólvora hay que comercializar.” Las nuevas reglas del juego cambiaron el mercado tradicional de la pólvora, marcado en los últimos dos años por el aumento de precios en insumos y una clientela que cada vez es más escasa. “Esta nueva prohibición terminó de arruinar la venta. Los silbadores era lo que más buscaban los clientes, lo que más se vendía”, dice Carlos Mendoza, vendedor del Centenario. En el puesto de doña Mina, en el parque Centenario, cinco docenas de cajas de volcancitos esperan por los compradores. “Esto es lo que hay”, dice y luego añade: “Y bueno, todos los productos chinos… que son los que van a terminar quedando en el mercado”. Lo mismo se ve en los restantes 61 puestos en el parque o en el redondel Masferrer, el Beethoven y el bulevar Constitución, algunos de los puntos de venta autorizados por la Alcaldía Municipal de San Salvador. Para los vendedores, “lo que hay” no es lo que la gente quiere y si no fuera por las nuevas leyes esto sería lo más vendido. “Aquí tiene todas las luces chinas que quiera… e igual nadie viene a comprar. La gente sigue preguntando dónde puede conseguir silbadores y morteros… sólo es de preguntar y en algunos lugares todavía los encuentran porque había producto que se había hecho desde antes de que se cambiara la ley”, remarca Mendoza.
El viernes pasado, agentes de la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO) y la División de Armas y Explosivos (DAE) de la Policía Nacional Civil (PNC) realizaron un operativo en el Centenario para verificar que se ofrecieran productos prohibidos. En el local de Sonia Orantes encontraron cuatro cajas de misiles chinos (una variante de silbadores) y, además del cierre del puesto, se le aplicaría una multa entre los un mil y cinco mil dólares. El domingo fue el turno de los vendedores en el Masferrer. “Aquí vinieron pero no encontraron nada… la verdad, es tentador tener un paquetito porque la gente los sigue pidiendo pero yo no me puedo arriesgar”, dice Guzmán minutos después de que una pareja de adolescentes se paseara por su puesto preguntando por una docena de “buenos morteros número 10” o un par de cajas de silbadores, de los sobrantes del año pasado. “Ya ve, eso es lo que la gente quiere”, dice y luego mira con resignación las metralletas, las gallinitas, las milpitas, las estrellitas y el resto de sus productos que no se ha movido en la primera semana de ventas. “Esto sigue en silencio… pero esperamos que para mañana (24 de diciembre) esto se va a mover, creemos que el de allá arriba nos va a ayudar”, cierra y vuelve a sentarse en la misma silla blanca de plástico en la que ha rumiado la mala venta durante toda la semana. |
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