Solos en medio del mar mexicano, los náufragos salvadoreños comenzaron a morir víctimas de la deshidratación, de la debilidad y de un asesino entre ellos.
Pablo César Carrillo y Laura Toribio en México con el apoyo de Sonia Pérez, en Guatemala, y Daniel Valencia, en El Salvador / Fotos: Edu Ponces Excélsior de México cartas@elfaro.net
Publicada el 05 de noviembre de 2007 - El Faro
Walter Alexander Alas, de 23 años de edad, se reencontró con su familia en el Aeropuerto Internacional de El Salvador, el pasado viernes 26 de octubre.
Al segundo día, uno de los náufragos empezó a rezarle al diablo. El indocumentado salvadoreño, metido en una cámara negra de llanta de automóvil, flotando a la deriva en el océano Pacífico, había perdido la fe y el juicio. No quería sostener el salvavidas. Se quejaba del sol. Sufría por las quemaduras. Y, en ese momento, propuso a sus dieciocho compañeros de naufragio algo terrible: morir en un suicidio colectivo en altamar.
—¡Satanás nos salvará! ¡Todos debemos morir! decía enloquecido en algún punto del océano donde estaban perdidos, según cuentan los sobrevivientes. ¡Suelten los salvavidas!, todos debemos morirnos aquí. ¡Satanás sí nos ayudará! gritaba.
La lancha se había hundido el martes 16 de octubre. Y 23 indocumentados centroamericanos que querían cruzar México en la clandestinidad, junto con dos polleros, habían quedado a la deriva en el océano, en San Francisco del Mar, Oaxaca.
A estas alturas, los ilegales cumplían 48 horas sin dormir ni comer. Algunos ya confundían a Dios con el diablo, la bondad con la maldad. Uno de ellos, Walter Alexander Alas, un carnicero salvadoreño, trataba de mantenerlos en cordura mediante el Salmo 91, el cual rezaba para pedir la protección divina en medio del peligro.
—¡Dios nos salvará! La Biblia dice: “Él te librará de la red del cazador y de la peste perniciosa” rezaba Walter de memoria, en voz alta, palabra por palabra. Te cubrirá con sus plumas y hallarás un refugio bajo sus alas repetía, sin perder la esperanza.
Al anochecer de ese día, el náufrago sin fe entró en crisis. Le gritaba a Satanás y le pedía que se lo llevara. Decía que ya tenía un pacto. Y cada vez estaba más agresivo. Hasta que hizo una auténtica locura. Se acercó lentamente a una mujer que prácticamente no se movía y la sujetó del neumático. La arrastró un poco para separarla del grupo. Se la llevó a unos 30 metros de distancia. La mujer daba algunos manotazos sin fuerza. Ni siquiera podía gritar. A lo lejos, los náufragos vieron la más terrible escena que se pueda imaginar en el mar: el hombre en desgracia comenzó a sumergir a la mujer en desgracia. El ilegal aplastaba a la ilegal. La hundía y la dejaba salir. La hundía y la hundía con fuerza desmedida. Ella daba algún manotazo. El hombre la presionaba hacia abajo con maldad inaudita. Hasta que ella dejó de moverse lentamente. No había duda. La había ahogado.
Los otros indocumentados se quedaron horrorizados. Era la ley de la selva con jurisdicción en el mar. La tragedia dentro de la tragedia. El carnicero Walter Alexander entendió que se trataba de un nuevo peligro, en el mar abierto: a varios kilómetros de las playas mexicanas, lejos de la migra, fuera del orden, sin autoridades y sin códigos penales, a un lado de ellos, adentro de un salvavidas, había un asesino.
La tarde que zarparon estaba lloviznando en el puerto.
Los polleros habían suspendido la salida dos veces por la tormenta, pero ya no querían perder más tiempo y dinero. Antes de salir al mar, el lanchero y coyote Hugo Morales Juncos, uno de los dos responsables de la lancha tiburonera, fue a despedirse de su padre, el pescador Víctor Morales. Le dijo que, si su olfato marinero no le fallaba, en México el cielo tenía que estar despejado. Hugo preparó “la lancha inmensa” para hacer el viaje: subió 17 bidones de gasolina, 18 galones de agua, pollo frito, huevo y frijoles.
Los centroamericanos pretendían entrar a México sin pasaporte.
“La ilusión de irse, pues. No importó que estaba lloviendo, de que se miraba nublado, nada ¿eh? Se fueron casi en mal tiempo”, recordó el pescador Víctor Morales, un viejo lobo de mar cuyo hábitat es el océano Pacífico. “Le pasó lo que al muchacho que dice la canción: se fue para entregar su vida. Así pensó mi hijo, que le iba a ir bien”, dijo.
La lancha cargada de ilegales salió de la playa más lejana de Guatemala que es, a la vez, la playa más cercana a México: el Puerto de Ocós. El nuevo trampolín de los indocumentados centroamericanos hacia Estados Unidos y la nueva entrada a México.
El viaje para burlar la frontera dura al menos 11 horas a través del mar abierto. Salen de Ocós en lanchas rápidas de dos motores; navegan mar adentro como a 40 millas náuticas por hora (unos 70 kilómetros por hora); pasan frente al territorio de Chiapas sin ser detectados, y desembarcan finalmente en Juchitán o Salina Cruz, Oaxaca, sin problemas con la vigilancia. Le sacan la vuelta a la autoridad en la frontera. Son unos 700 kilómetros en el mar, sin presencia de la Armada de México, sin agentes del Instituto Nacional de Migración y sin policías extorsionadores. Parece que es la ruta ideal para los indocumentados. Sólo que hay un pequeño detalle: en esa área el mar tiene olas de hasta 12 metros de altura.
Los pilotos de la lancha iban encapuchados con pasamontañas negros. Llevaban gorra, lentes y cubrevientos. Uno de ellos, El Juanche, estaba al mando de los dos motores de 125 caballos de fuerza, a cuyos manerales se había amarrado con bandas de tela. Y el otro, Hugo, llevaba el control del navegador satelital GPS y de los bidones de gasolina.
Antes de zarpar, un indocumentado con acento costeño tuvo un mal presagio: “¡Oiga! Son muchas personas para esta lancha, ¿no?”, dijo. Además, el cielo está nublado, mejor deberíamos quedarnos. ¿Para qué arriesgarnos? propuso.
—Nosotros sabemos lo que hacemos le respondió Hugo Morales, con firmeza. ¡Allá en México está despejado —aseguró, apuntando con la mano hacia el norte.
Noemí Estela Martínez Orellana, una de los tres supervivientes del naufragio, a su llegada al Aeropuerto Internacional de El Salvador.
La lancha repleta de ilegales salió de Ocós como a las 4:30 de la tarde del 16 de octubre. Según los cálculos, debían llegar a Juchitán a las tres de la madrugada. Sólo que había un problema que ellos ignoraban: el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos había anunciado que la tormenta tropical Kiko se formaba frente a la costa del Pacífico mexicano, con vientos de hasta 70 kilómetros por hora y un diámetro de 500 kilómetros, cuya fuerza agitaría con furia las aguas que ellos navegaban.
El carnicero salvadoreño Walter Alexander iba a bordo de la lancha, sentado sobre una cámara de llanta, rumbo a su destino. Atrás, en el pueblo de San Rafael Obrajuelo, había dejado a sus dos hijos chiquitos, Elías y Evita, de seis y un año de edad. Adelante, en Estados Unidos, lo esperaba su padre, un indocumentado que hacía 20 años lo había dejado a él en su país cuando sólo tenía tres años.
Walter tenía 20 años de sus 23 sin ver a su papá. El señor había cruzado México y había hecho su vida en Maryland, lejos de su familia. Era un papá de teléfono. Un padre que mandaba dólares y videos de sus viajes por Estados Unidos y nada más.
Walter es un joven alto y fuerte, rudo y trabajador, experto en destazar puercos en el rastro de su suegro en San Rafael. No tenía necesidad de irse. Ganaba 250 dólares a la semana y tenía empleo familiar seguro. Pero una semana antes, su padre lo había animado: “Vente, hijo. Vente ya a Estados Unidos. Yo te pago el viaje. Quiero estar contigo”. Y el joven tomó la decisión en un solo día. Había contactado a un pollero y pagado seis mil dólares. Y ahora estaba aquí, en la lancha, rumbo a Houston.
La ruta de El Salvador a Estados Unidos, pasando por México, es tan difícil e inhumana, que los centroamericanos tardan hasta 20 años en regresar a casa. Por eso, Gladis, la esposa de Walter, le había suplicado, llorando, que no se fuera. Y un día antes de zarpar, por teléfono, le había pedido que no subiera a esa lancha.
La embarcación iba sobrecargada de gente que pedía una oportunidad. A un lado viajaba Óscar Armando Martínez, un profesor de inglés desempleado, que no tenía ya nada que hacer en su país. Lo habían despedido. Más adelante estaba el pescador Juan Pablo Cruz, de La Paz, quien necesitaba ganar más que cinco dólares diarios para mantener a su hijo de tres años.
Esa es la realidad de El Salvador. Uno de cada cuatro salvadoreños vive en Estados Unidos. Todos quieren irse. Su moneda oficial es el dólar.
En ese viaje también iba Marisela Ordóñez, una jovencita de 17 años que no sabía nadar. Ella quería reunirse con su novio, Néstor Linares, porque un mes antes “se la había robado”, con la promesa de llevarla a conocer todos los lugares de Los Ángeles.
En medio de la lancha, estaban, además, Carlo, padre de tres niños; El Pajar, un muchacho del rumbo; una señorita peruana de nombre Diana Jésica Ángeles, y una señora con su niña de unos siete años. Ahí también estaba Noemí Estela Martínez Orellana, una mujer integrante de la Policía Civil de El Salvador, quien pidió un permiso para intentar llegar a Estados Unidos. Y por ahí estaba la señora Ana Marleni Flores, una vendedora de tamales y “pupusas” en un pueblo de Tepepan, que quería reunirse con sus hijos, Manuel y Brenda, quienes vivían en California con sus tíos. Ana Marleni estaba feliz porque gracias a este viaje por fin había cumplido uno de sus sueños: conocer el mar.
En la panga también viajaba el pollero César Jarqués, el encargado de reclutar a 12 inmigrantes en la región de La Paz, en El Salvador. Y un joven de unos 25 años, moreno y bajito, que casi no habló durante el trayecto, pero que después se darían cuenta, por voz de un amigo suyo que venía a bordo, que había estado en tratamiento siquiátrico.
Los ilegales cruzaron la frontera de México sin ningún contratiempo. No había Armada ni vigilancia. En un momento, Hugo vio su localizador satelital y gritó: “Estamos pasando por El Paredón, Chiapas. Estamos en México”. La lancha navegó cinco horas sin complicaciones, hasta que se hizo de noche.
A las 22:00 horas, llegó una terrible tormenta provocada por un coletazo de Kiko.
Enormes olas empezaron a levantar la embarcación como si fuera un barco de papel. El operador de los motores, cubierto con el pasamontañas, sufría para controlar las palancas. Y los indocumentados comenzaron a sentir miedo. El costeño que había tenido un mal presagio sugirió buscar una playa. Y nadie le contestó.
A las 22:30 horas ya no se veía nada. La oscuridad parecía boca de lobo. Sólo eran ellos y la tormenta. Los vientos eran muy intensos y la lancha se defendía sola, como dicen los marineros, pero no podía resistir por mucho tiempo. Entonces la embarcación se levantó con la proa hacia arriba y estuvo parada menos tiempo de lo que dura un suspiro. Una inmensa ola los cobijó abruptamente. Y todo se hundió de un jalón.
Los 25 indocumentados cayeron al mar, a la deriva.
El operador del motor, El Juanche, que iba amarrado a los dos motores para no perder su control, no pudo zafarse. Terminó preso de la embarcación. Y el mar se lo tragó junto con ésta. El coyote era el primer muerto del naufragio.
Todos los ilegales llevaban una cámara de llanta, así que Walter se hundió dos o tres metros, pero salió expulsado a flote en cuestión de segundos, gracias al improvisado salvavidas.
Arriba, ya estaban los 24 náufragos, asustados y con mucho frío, con la idea clara de permanecer juntos. Había lamentos y llanto. Quejidos y gritos de desesperación.
En ese instante, Walter Alexander recordó el Salmo 91, una oración que había aprendido de memoria porque un pastor de la iglesia le dijo que algún día lo salvaría de una situación de peligro. La oración es muy poderosa, le comentó. No te alcanzará ningún mal, ninguna plaga se acercará a tu carpa”, rezaba Walter en el mar. “Porque él te encomendó a sus ángeles para que te cuiden en todos tus caminos. Caminarás sobre leones y víboras, pisotearás cachorros de león y serpientes”, decía.
Los indocumentados comenzaron a rezar en forma masiva como si estuvieran en un templo. Trataron de juntarse en un círculo de oración. Y así hallaron algo de paz. Poco a poco, empezaron a tener serenidad, hasta que una corriente los separó en dos grupos: por un lado quedaron 20 ilegales y por el otro, sólo cuatro, entre ellos el pescador Juan Pablo, el único que conocía el mar, el único que podía orientarse con el sol y las estrellas.
—¡Juan Pablo, vente!, ¡todos juntos!, ¡todos juntos! alguien le gritó.
Pero era imposible. Agarrado a un bidón de gasolina, Juan Pablo, su amigo Carlo y dos personas más se alejaban cada vez más y más. ¡Suerte! ¡Nosotros nos vamos por acá! Suerte! respondió Juan Pablo a lo lejos, despidiéndose. Los cuatro se perdieron en la inmensidad del océano.
En la primera noche, una mujer menudita se hundió por cansancio. Era una señora delgada y no tenía fuerzas, sus brazos no podían sujetar la llanta.
Estaba en agonía, desesperada. Le pedía a Dios que le ayudara, pero era muy débil. Y se hundió. Uno a uno, los centroamericanos fueron muriendo. Le siguió un hombre joven, y luego otra mujer. Los náufragos perdían la esperanza y soltaban el salvavidas.
El filósofo alemán Federico Nietzsche decía: “Quien tiene un porqué vivir, encontrará siempre el cómo”, y eso se apreciaba con claridad en el mar. Los náufragos que tenían un porqué, seguían haciendo un esfuerzo. Walter, por ejemplo, lo hacía primordialmente por sus dos hijos, Elías y Evita.
Al cumplir las primeras 24 horas, los indocumentados estaban resignados a morir. Sólo era cuestión de tiempo. En el agua, parecían botellas perdidas en la inmensidad del mar, moviéndose frágiles, a merced de las corrientes marítimas. El mundo era agua. Ellos no veían tierra firme en ninguna dirección (lo que hace suponer que estarían mínimo a 30 millas náuticas de la costa oaxaqueña, es decir, 54 kilómetros mar adentro). Y la lancha de siete metros de eslora que los había llevado hasta allí, había quedado hundida en el fondo del océano, a cuatro kilómetros de profundidad.
—¡Necesito agua! ¡Denme agua! alguien gritaba.
Pablo Cruz, el tercero de los supervivientes del naufragio en las costas de Oaxaca, durante la rueda de prensa que realizaron a su llegada a El Salvador.
Walter tenía los labios partidos y la garganta seca. Algo extraño ocurría adentro de su cuerpo que le hacía sentir somnolencia. Sentía venir una catástrofe metabólica: tenía los síntomas de la deshidratación. Así que tomó una decisión que ponía en riesgo su salud: empezó a beber agua del mar. Se sumergía un poco y la bebía a pesar de que sabía que era dañina. Pronto se le hizo un vicio como el cigarro. El agua salada le daba una sensación de placer, pero en cosa de segundos era peor: le daba más sed.
Los náufragos tenían ya delirios y trastornos de conciencia. Juan Pablo veía un pájaro picudo y negro que le quería sacar los ojos. El ave se paraba en su bidón de gasolina y parecía lista para atacarlo. Tenía miedo, sentía que el pájaro me observaba y yo decía: ‘Dios, sácame de aquí’”.
El pájaro no existía. El pescador también sentía que los peces grandes se lo querían comer y que los peces chicos le mordían los pechos.
—Sentía que me mordían las chiches bien feo.
La mujer policía, Noemí, le temía a los tiburones. Creía que uno de los escualos andaba por ahí nadando, esperando el momento para devorarlos de un bocado. Oaxaca ciertamente es región de tiburones, pero no habían visto alguno. Si hasta eso, tenían suerte. Los peces pequeños pasaban por sus pies y jamás los tocaban.
Los patos y las gaviotas llegaron a volar encima de ellos. Walter Alexander sentía miedo de que dieran vueltas arriba del grupo. Decía que eran aves de rapiña y que estaban esperando el momento de su muerte. Él los espantaba con gritos y salpicadas de agua. En una ocasión un pato se paró a un lado de ellos y ahí estuvo por minutos. En otro momento un pelícano le picó el pie a uno creyendo que era un pez.
Los náufragos, con frecuencia, veían lanchas y aviones. Pero de pronto desaparecían cuando ajustaban con precisión su vista. Las naves sólo existían en sus cabezas. Imaginaban que un barco pesquero venía por ellos o que un helicóptero los encontraba desde el cielo. Aunque eso era imposible. A estas alturas del naufragio, absolutamente nadie los buscaba.
Nadie sabía que estaban al garete. Nadie sabía que estaban muriendo poco a poco. La razón era muy lógica: como era una lancha ilegal, con 25 ilegales a bordo, nadie había dado el reporte de extravío a la Armada de México.
Horas después, vendrían los momentos más críticos. Los náufragos comenzaron a tener alucinaciones y transtornos síquicos por la falta de agua y alimento en el cuerpo. “Por un momento se me confundieron Dios y el diablo. Pero me mantenía firme con el Salmo 91”, reconoce Walter Alexander.
Y en esa etapa, el joven de 25 años que había estado callado, el náufrago sin fe, comenzó a hablar de un suicidio masivo. La idea era morir todos juntos como las ballenas suelen hacerlo en las playas. Decía que todos debían quitarse la vida por instrucciones del diablo. Y de pronto atacó a su primera víctima, una mujer indefensa cuyo nombre nadie recuerda. Después de ahogarla, regresó con el grupo, y dijo algo así como que era necesario.
Horas más tarde, el náufrago agarró a su segunda víctima. Tomó con su brazo a una mujer joven, morenita, que estaba rezando. Se la llevó unos metros adelante. Trató de quitarle la cámara que la mantenía a flote. La chica no se dejaba. Ella se oponía. Y decía que no. El hombre sin fe la zambullía y la zambullía. Le apretaba el cuello. Y la sumergía. Nadie le decía algo. Nadie quería problemas con el desquiciado. Hasta que el hombre logró someterla.
La sumergió para siempre. Había ahogado a una segunda mujer. En ese momento, el ser más peligroso del océano era un psicópata.
La siguiente noche, sería de terror. Los náufragos, agotados y desvanecidos sobre las cámaras, permanecían juntos, con miedo a ser elegidos por el asesino. Ahí estaban Walter, Noemí, Diana, el costeño y otras cinco personas. Uno de ellos sería el siguiente.
El mar estaba enfurecido. Había viento. La tormenta Kiko estaba a punto de convertirse en huracán frente a Nayarit. Recargado sobre su salvavidas, Walter Alexander rezaba sin falta el Salmo 91, sin dejar de observar de manera permanente al hombre enloquecido.
—No temerás los terrores de la noche ni la flecha que vuela de día. Ni la peste que acecha en las tinieblas. Ni la plaga que devasta a pleno sol decía en voz baja, con la seguridad de quien confía en Dios. “Aunque caigan mil a tu izquierda y diez mil a tu derecha, tú no serás alcanzado: su brazo es escudo y coraza”.
De pronto, el náufrago asesino se acercó a una joven mujer. La observó con atención. Y la tomó del neumático. Era el turno de la peruana Diana Jésica Ángeles. El hombre comenzó a jalarla lentamente hasta llevarla lejos de sus compañeros. Ella se oponía. Walter sintió especial rabia. Había hecho amistad con la chica, la había conocido en la lancha, y habían hablado sobre Estados Unidos. Ella era una mujer optimista. Durante la ruta, había estado de buen humor. Y en la crisis, había sido sensata. No malgastó energía con crisis de nervios ni discusiones. Había rezado.
El sicópata sumergió a Diana. La presionaba hacia abajo y no la dejaba salir. La sumía y la dejaba adentro. La joven se defendía como un pez en el pico de un pelícano. La zambullía y salía. No podía con ella. La apretaba y salía. El hombre la agarraba del cuello y la abrazaba. La sumergía con todo su peso, hasta que Diana se sumergió por completo, pero él se sumergió con ella. Los dos se hundieron. Y después no se supo nada de ambos. Diana se fue para siempre y el asesino, también.
Al salir el sol, el náufrago sicópata ya no estaba con ellos. Nadie había visto su cuerpo, pero había desaparecido entre las olas. No regresaría jamás. Y lo dieron por muerto. Se lo llevó el diablo dijo ese día Walter.
Después de la tempestad, vino una breve calma. Los centroamericanos amanecieron el tercer día perdidos en el mar, pero ya sólo eran cuatro: Noemí, otro joven de La Paz, el costeño y Walter. Cada vez era más difícil mantenerse despierto para no hundirse. Cada vez era más complicado sujetar la llanta. Los brazos les ardían cuando tocaban la cámara. Los pies, no les respondían. La vista se les nublaba. Estaban muriendo lentamente.
De un momento a otro, el costeño que había presentido la tragedia perdió la ilusión de vivir. No quería seguir luchando más. Y tomó la última decisión de su vida.
—Me voy. No puedo más dijo, llorando.
—Sigue luchando. Tú puedes le comentó Walter.
—La regamos en venir. La regamos en dejar a la familia lamentó pausadamente y soltó el salvavidas.
Horas después el mar se enfureció de nuevo. Fuertes vientos comenzaron a golpearlos, y los últimos tres sobrevivientes se dispersaron. Noemí se fue hacia un rumbo. El joven de La Paz hacia otro. Y Walter por el suyo. Dos horas más tarde, Walter estaba completamente solo en el mundo, sin compañía y sin esperanzas, absolutamente desamparado. El nuevo factor en contra era ahora la soledad. Darse cuenta que no había nada ni nadie a su lado, le hacía sentir una absoluta sensación de abandono y orfandad. No fue sencillo lidiar con su propio pensamiento. Comenzó a recordar a los dos hijos que dejó en San Rafael Labrador. Veía sonriendo a Elías, un gordito simpático de seis años, y a Eva, de un año. Pensaba que ya no los iba a volver a ver. Se arrepentía de haberse ido y haberlos dejado. Se los imaginaba y trataba de dejar fija en su mente una imagen bonita de ellos.
En esas horas de desesperación, Walter perdió la fe. Dejó de pensar en la vida y comenzó a pensar en la muerte. Sentía que era inútil seguir luchando. Y quería morirse en ese mismo instante. Y por primera vez también intentó ahogarse. “Me sumergí yo solo para ahogarme y no podía”.
Lo intentó otra vez, y el mar lo expulsaba. Trató de beber agua salada, y la vomitaba. Se había acostumbrado tanto a vivir así, agarrado a una llanta, flotando, manteniendo el equilibrio, sin desperdiciar energías, sin contrariar a la corriente, sin nadar, sin sumergirse, que ya no sabía cómo ahogarse. Después de cuatro días en el agua salada, Walter parecía haberse convertido en una criatura acuática, con la piel dura, como un león marino.
Pero el Pacífico no era su hábitat. Él no quería seguir viviendo así. Perdió el porqué de vivir que decía Nietzsche. Ya ni siquiera recordaba las oraciones del Salmo 91. Una semana antes soñaba con estar con su papá en Estados Unidos, y ahora sólo quería morir. Así que hizo el último ritual de su vida: pensó por última vez en su esposa, Gladis, en Elías y en Evita. Se recargó entonces sobre la llanta de hule, y cerró los ojos convencido de que eso significaría el final. En medio del océano, sobre una llanta frágil, sin agarradera, se quedó profundamente dormido.
Nadie sabe cuánto tiempo pasó así. Tal vez fue una hora o tal vez diez. Lo cierto es que de pronto Walter despertó sobresaltado por un tumbo de agua. Abrió los ojos adentro del mar y se dio cuenta que había perdido la llanta. Dio algunos manotazos y sintió otro tumbo sobre su cabeza. Walter creyó que ahora sí se estaba ahogando, así que decidió aflojar el cuerpo. Se dio por vencido. Comenzó a hundirse lentamente hacia el fondo del mar cuando de repente sus rodillas pegaron en la arena. Eso le provocó una sacudida interna. Sus pies habían tocado tierra. Pisó con fuerza el fondo del mar y, de una forma increíble, se puso de pie, con la cabeza afuera del mar. Su estatura de 1.75 metros le alcanzaba para tocar suelo y para sacar la cabeza al aire. Walter Alexander estaba en la playa. El tumbo que lo había despertado era la ola que rompía sobre la bahía. El mar lo había llevado a tierra. Walter estaba a salvo en la playa Aguachil, en Oaxaca, sin saber exactamente cómo ocurrió.
No muy lejos de ahí, la mujer policía Noemí también había llegado a tierra firme. Ella había salido a la playa desnuda y casi muerta. Las autoridades habían hallado 15 cadáveres en esos mismos rumbos: ocho mujeres y siete hombres. Ahí apareció el cuerpo de la señora Ana Marleni Flores, la mujer que no conocía el mar y que quería juntarse con sus hijos en Estados Unidos. Apareció también el cuerpo de Marisela Ordoñez, la jovencita que iba al encuentro del hombre que se la había robado. Y apareció el cadáver del profesor desempleado Óscar Armando Martínez. Ahí encontraron también una credencial de la peruana Diana.
Otros seis cadáveres no habían sido localizados. No aparecía el cuerpo del pollero Hugo Morales, ni tampoco el del asesino.
A esas horas, Juan Pablo seguía vivo, abrazado a su bidón, muy cerca de Salina Cruz. Él empezó a soñar con su amigo Carlo y lo veía recostado sobre su salvavidas. Su sueño era extraño: Carlo estaba dormido y un tumbo de agua le golpeaba la cabeza. Carlo despertaba y se daba cuenta que estaba en tierra. Salía del mar, caminando con dificultad y se tendía boca abajo en la playa. Juan Pablo sentía alegría por Carlo, que se había salvado en su sueño. Y de pronto se dio cuenta que no era un sueño y que tampoco era Carlo. Quien se había salvado y ahora yacía sobre la arena, era él mismo. El Salmo 91, esa poderosa oración de Walter, había funcionado.
El puerto de la muerte
Pablo César Carrillo y Laura Toribio en México con el apoyo de Sonia Pérez, en Guatemala, y Daniel Valencia, en El Salvador Excélsior de México