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NOTICIAS Un masaje a ciegasEn el centro de San Salvador, muy cerca de la Corte de Cuentas, hay una casa en la que a base de tacto (y de experiencia) seis masajistas deshacen nudos, arreglan espaldas y truenan cuellos (además de relajar a sus clientes). Es la sala de masaje japonés dirigida por ciegos. Daniel Valencia / Fotos: Toni Arnau
“Una de las ventajas de que seamos ciegos es que a los clientes no les da mucha pena”. Estas palabras pronunció Alejandro cuando María comenzó a frotarme la espalda con aceite. Y tenía razón. Hacía cinco minutos que me había desvestido sin ningún problema. Ella apretó en mi espalda baja, subió por mis omóplatos y me encontró dos nudos. “Mire: aquí están”, me dijo, y presionó para que desaparecieran. “Y la otra es que la sensibilidad en los dedos, el tacto, se incrementa”, sigió Alejandro. Él y María son masajistas de la Sala de Masaje Japonés de la Asociación Nacional de Ciegos de El Salvador (ANCIESAL). Esta sala lleva ocho años funcionando en pleno centro de San Salvador y en su cartera cuenta con 350 clientes mensuales. La sala de masajes está ubicada en el segundo piso de una vieja casa que sirve de cuartel general para los 80 miembros activos de ANCIESAL. Entre risas, Rodolfo García, el secretario del negocio de masajes, dice que el único requisito para pertenecer a la organización es “ser cieguito”. Es una opción de trabajo que les permite un trabajo remunerado. El Consejo Nacional de Atención Integral a la Persona con Discapacidad (CONAIPD) estima que hay entre 500 mil y 750 mil personas con algún grado de discapacidad en El Salvador. Contrario al gobierno, la Organización Panamericana de la Salud estima –con base en proyecciones- que el 13% de la población salvadoreña es discapacitada. ANCIESAL no lleva un registro de cuántos ciegos masajistas hay en todo el país, pero a juzgar por lo que cuenta Alejandro hay muchos.
Él lleva 12 años en el negocio de los masajes, los últimos dos en la sala de ANCIESAL. Antes trabajaba a domicilio y en la sala de su hermana, que también es ciega. Él cuenta que fue alumno de la primera generación de ciegos masajistas que parió el Centro de Rehabilitación para Ciegos. “Se llama masaje japonés porque quienes vinieron a enseñar la técnica fueron unos japoneses al Centro de Rehabilitación. Y de ahí para acá se han graduado muchos compañeros”, cuenta. María es una de esos graduados y trabaja como masajista desde hace 15 años. Antes de llegar a la asociación trabajaba en una estética privada. Luego, consiguió una familia que le pedía dos sesiones de masajes cada semana. “Se fueron para Guatemala y por eso me vine para acá”. Me palpa como quien busca algo que ha perdido. Literalmente ya me tronó la columna y comienza a masajearme las piernas. El ruido de una banda de paz de un colegio cercano se cuela por el ventanal. También el ruido de los buses. En la radio suena música relajante. María encuentra el bote lleno de aceite, se echa un poco en una mano, pone el bote de nuevo entre mis piernas, se frota y mete sus dos dedos gordos en mis “gemelos” (pantorrillas). A su hijo le hace lo mismo, dice, cada vez que llega de jugar fútbol. “Le gusta jugar. Gracias a Dios él me salió vidente. Yo le hago masaje en la espalda cuando está estresado o en la cabeza. El me dice ¡gracias mami!”. María es madre y padre. El padre de su hijo murió el año pasado, pero tenían diez años separados. “Me dejó por una compañera de aquí de la asociación, pero ella es débil visual. Lee un poco”, cuenta María. Su esposo también era ciego y masajista. “Yo le enseñé para que me ayudara con los gastos de mi hijo. Pero me dejó y se fue con su nueva compañera. Padecía del corazón el pobre. Él hacía masajes en Ciudad Barrios, San Miguel. Allá tenía su clientelita”. María tiene la cuenca del ojo izquierdo vacía. Lo perdió a los nueve años cuando una compañerita del colegio, sin querer, le estrelló su codo. “Me lo vació”, dice. “Usé una prótesis pero llegó un momento en que ya no me entraba”. Ha terminado de masajearme las piernas y continúa con los pies. Técnica naturista “En los pies -dice Alejandro- se pueden detectar muchos problemas que uno tiene en el resto del cuerpo. El masaje japonés se trabaja de forma muy similar a como se trabaja en la acupuntura. Sólo que ahí, como bien el dice la palabra, se trabaja con agujas. En el masaje japonés se utiliza el tacto para detectar dolencias”. María me truena los dedos gordos de ambos pies.
“Por ejemplo -continúa Alejandro-, en los pies se le pueden detectar problemas con el nervio ciático…”. Le pregunto si mi dolor de pies constante –camine mucho o no- se debe a algún problema con el nervio ciático o si es por mi sobre peso. Alejandro me responde que puede ser debido a mi gordura o porque tengo los gemelos muy tensos. “O tan bien pueda ser que alguno de los órganos internos esté con problemas. El pie es un mapa del cuerpo. Por eso aplicamos la presopuntura (sic), que es la presión de los puntos reflejos que tenemos en los pies”. Alejandro, María y otras cuatro masajistas ciegas trabajan turnos de cuatro horas y cobran ocho dólares por sesión. De esos ocho dólares, 3.75 de dólar van para el bolsillo de los masajistas. El resto para ANCIESAL. Ésta subsiste principalmente del negocio del masaje. Con las ganancias se paga el mantenimiento del local, luz, agua, electricidad, etcétera. Y apoya a niños ciegos de escasos recursos que no tienen acceso a la educación. Al preguntarle a Alejandro si un masajista ciego es mejor que un masajista vidente, responde, con modestia, que eso lo deben decir los clientes.
Eduardo Carías es cliente de la sala, y dice que es casi un ritual visitar cada semana a Alejandro. Lleva un año como cliente, porque se la recomendaron, y él también la ha recomendado a sus amigos. “Tiene que probarlo -me dijo- hasta que no lo pruebe no sabe lo que se pierde”. “Tenemos una cartera de 350 personas. Antes eran más, pero se nos independizaron, hace dos años, el grupo de masajistas que teníamos y se llevaron algunos clientes. Pero tener 350 es un récord. Le aseguro que ninguna estética tiene tantos clientes”, dice, confiado, Rodolfo. María me toma la cabeza y me dice: “flojito...”. Le hago caso y acto seguido me truena el cuello. Luego me pide que me siente, me toma por la espalda y me jala hacia atrás, mientras una de sus manos me presiona la espalda baja. Truena de nuevo. “Tenía alguna desviación”, me dice. Tras 40 minutos, la sesión ha finalizado. Alejandro y María bajan las 15 gradas que los separan del salón principal cuando Ana, la masajista del siguiente turno, pide por teléfono que le envíen a su cliente. Ella camina directo hacia a mí, me muevo y tropiezo dos veces con una silla plástica. Ana se da la vuelta y cierra la cortina frente a mi cara. Inicia un nuevo masaje japonés. Yo me voy, relajado. |
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