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NOTICIAS El naufragio de AndreaAndrea Rivas, una mujer pobre de San Rafael Oriente, naufragó el 16 de octubre junto a otros 24 emigrantes, la mayoría de ellos salvadoreños, en las costas oaxaqueñas del Pacífico mexicano. Dejó en su pueblo a un marido y cuatro hijos que ahora esperan, por lo menos, sus restos. Daniel Valencia / Fotos: Edu Ponces
Miguel Santos todavía llora. Andrea Rivas, su mujer, no sobrevivió al naufragio de los emigrantes en las costas de Oaxaca. Tenía 32 años. Iba en la lancha junto a Pablo Cruz, Walter Alas y Nohemí Martínez, los únicos tres sobrevivientes de la tragedia, y otras 21 personas que terminaron muertas. Su documento de identidad, según Miguel, fue encontrado en la playa. “Sabía nadar, pero no mucho”. Habló con ella por teléfono por última vez el 16 de octubre. Ese día, los 25 migrantes zarparon de Puerto Ocos, Guatemala, rumbo a las costas mexicanas.
Andrea, según cuenta Miguel, estaba obsesionada con llegar a Estados Unidos. Pura ambición de cosas que creyó que no podría conseguir aquí. Ambición por un mejor futuro para su familia, ambición por un terreno y una casa propia. “Un lotecito propio para que nuestros hijos jueguen en un lugar que será suyo. Así me dijo”, cuenta su viudo en una humilde vivienda en San Rafael Oriente, un pueblo de 17 mil habitantes a casi tres horas de San Salvador. Obsesión por irse, dice Miguel Santos. Porque en El Salvador no se puede. Cientos de miles de salvadoreños se van cada año hacia Estados Unidos porque algo pasa en este país que les impide quedarse. “Yo no creo que pase nada”, dice Margarita Escobar, la viceministra para los salvadoreños en el exterior. Está sentada en el aeropuerto de Comalapa a la par de los tres sobrevivientes. “El Salvador es un país que está en vías de desarrollo, que está haciendo su mejor esfuerzo para desarrollarse, que tiene proyectos concretos… inversión en salud, como FOSALUD, educación, los megatecs, el desarrollo de la zona norte, el puerto Cutuco…”. Trece de los muertos ya fueron enterrados en Juchitán, Oaxaca. Otros seis están desaparecidos. Los demás no han sido identificados. Ya nadie tiene la esperanza de que estén con vida. Han pasado dos semanas del naufragio. El escozor en la piel es la prueba de que Pablo, Walter y Nohemy aún no terminan de recuperarse de la tragedia. Flotaron en aguas mexicanas entre siete y cinco días. Iban en una lancha con sobrepeso rumbo a Salinas Cruz, en Oaxaca, México, para continuar la travesía rumbo a Estados Unidos. Fue la última, pero no la primera vez que Andrea lo intentaba. Cuando partió a Guatemala, el 9 de octubre, no habían pasado ni tres meses de su primera deportación oficial (julio), tras pasar mes y medio en una prisión para inmigrantes en Houston, Texas. La detuvieron en la frontera días después de cruzar el mar entre Guatemala y México. Su esposo no sabe muy bien el trayecto de Andrea en ese primer viaje, pero recuerda que su esposa le contó que iban hasta tres lanchas, que en mar adentro hasta chocaban unas con otras por el fuerte oleaje. “En cada lancha iban unas 20 personas”, dice. Andrea sobrevivió esa vez la peligrosa ruta marítima, dibujada hace apenas unos años en los mapas de los coyotes para evitar a las autoridades mexicanas y al tren chiapaneco. Y porque es más corto. El 25 de marzo de 2006, 18 salvadoreños perecieron junto a dos lancheros guatemaltecos frente a la bahía de Paredón, en Chiapas. Habían salido de Puerto Ocos dos días antes. En mayo de este año Andrea logró pisar tierra mexicana y llegar a la frontera con Estados Unidos “por el lado de Houston”, recuerda Miguel Santos. “Ella y otros siete se extraviaron porque cuando intentaron cruzar un canal casi se ahogan. Los agarró la migra y esos que les dicen Minuteman. Así me dijo ella”. Ese primer viaje le costó cuatro mil dólares. El segundo fue gratis. “Si no se logra pasar en la primera, él (el coyote) da una segunda oportunidad. Son dos oportunidades. Yo no quería que fuera ni en la primera ni en la segunda. Pero ella estaba necia”, dice Santos. El coyote salvadoreño les explicó que el viaje a México es mejor por mar porque así se ahorran ocho días de un largo viaje por tierra. “Por mar, a México, llegan en 14 horas. Es más rápido. Así dijo él”. El coyote con el que se fue también es de San Rafael Oriente, pero nadie en el pueblo se atreve a decir cómo se llama ni dónde vive… ni si está vivo. Miguel presume que también iba en la lancha. Los tres sobrevivientes tienen versiones distintas. Walter y Pablo dicen que iban solos; Noemí dice que iba “un guía” en la embarcación.
“La colocha” de San Rafael de Oriente “Era una colocha”, dice Nohemí Martínez intentando recordar a Andrea. Tenía 32 años y vivía de lavar ajeno en San Rafael Oriente, en el departamento de San Miguel. Según el PNUD, el 30 por ciento de los hogares migueleños recibe remesas de Estados Unidos. Allá, en el país del norte, viven cerca de 2.5 millones de salvadoreños, 40% de la población que vive en El Salvador. Las cifras más conservadoras señalan que al menos unos 700 salvadoreños emigran cada día hacia Estados Unidos. En el primer viaje que hizo Andrea iban otras tres mujeres y tres hombres de San Rafael. Todos son jóvenes. “Pero para el segundo ya no se arriesgaron. Sólo ella”, dice Miguel.
Andrea trabajaba de empleada doméstica cada agosto y fin de año en una casa de El Tránsito, y quería un futuro como el de sus empleadores temporales. La casa donde hacía limpieza se diferencia de las del resto del Barrio La Cruz por su arquitectura pintoresca y ecléctica, prueba ineludible de que ha sido financiada con dinero de un migrante. Y así fue. “La niña Maritza se fue como hace 20 años a Estados Unidos. Allá tiene un restaurante con su esposo. Viven en Maryland. Esta casa la han remodelado dos veces. La rehicieron una vez, no les gustó y la volvieron a hacer. Por dentro tiene unos acabados…”, narra la vecina de “la niña Maritza”. La casa hoy está en venta. Por ella piden 150 mil dólares. A Andrea no le preocupaba quedarse sin ese trabajo porque iba justamente para Maryland, donde la recibiría Maritza mientras se estabilizaba. “Muchas veces me han preguntado por qué no fui yo en vez de ella”, dice Miguel. “La respuesta es fácil: ¿allá quién me iba a recibir a mí?”. Miguel tiene 36 años. Cuando se acompañó con Andrea tenía 17. Vive de recolectar maíz o “veneneando” la milpa. Cuando no hay temporada agrícola, se dedica a vender estampillas en los centros escolares de la zona. En el campo gana unos cinco dólares diarios. Vendiendo estampillas hace menos que eso, pero por lo menos le alcanza para llevar comida diariamente a sus cuatro hijos (la mayor tiene trece años; el menor siete). Dice que le gustaría trabajar en algo más productivo, pero ser analfabeto se lo impide. En Estados Unidos no conoce ni tiene a nadie. “¿Qué iba a hacer yo allá? Nada. Por eso se fue ella, pero yo no quería. Nunca nos habíamos separado”. Andrea tampoco era “estudiada”. Llegó hasta sexto grado. A la economía familiar aportaba del fruto de lavar ajeno. Dice Miguel que a veces lograba hasta 15 dólares, dependiendo de la cantidad de ropa. Cuando la patrona de Maryland venía de visita, se la llevaba hasta por un mes a trabajar en su casa de El Tránsito. “Era bien linda gente. Sí, era colochita. Nosotros la muchacha le decíamos, no sabíamos el nombre”, dice la vecina de Maritza. El luto hecho noticia La desaparición de Andrea ha puesto a San Rafael Oriente de nuevo en el mapa. Sobre la carretera llena de baches pasaron algunos medios de comunicación para contar la historia de “la colocha”. Hace un año, los medios llegaron para contar otra muerte, la del subsargento José Miguel Perdomo, el segundo soldado del Batallón Cuscatlán caído en combate en Iraq.
La familia de Perdomo y la familla de Andrea están separadas por una quebrada. Zulma de Perdomo, cuñada del soldado muerto, dice que ella nunca dejará ir a ninguno de sus cuatro hijos en un viaje como el que hizo Andrea. “Mejor que se queden conmigo. Muy peligroso ese viaje”. El subsargento Perdomo hizo un viaje muy distinto pero igual de peligroso, y por las mismas razones: Necesitaba dinero para construir una casa para sus hijos. Su padre recordó después haberle dicho que mejor se fuera a Estados Unidos pero el soldado no quiso “porque era soldado y le tenía que servir a su país”. En Iraq iba a ganar unos 230 dólares extra. Hoy, a la viuda de Perdomo, Dinora y sus dos hijos les han concedido la visa. Pronto viajarán a Estados Unidos, donde viven dos hermanas del sargento. Miguel escucha la historia de sus vecinos con la mirada perdida. Ha quedado viudo y con cuatro hijos. Pero lo que más le duele, dice, es no saber si el cuerpo de su esposa está entre de los trece entierros realizados en Juchitán, o si es uno de los seis que aún no suelta el mar. “Por lo menos enterrarla quisiera”, dice. “Ya eso es algo (importante) para mí”. |
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