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La vida es una protesta para Conchita

Concepción Martín Picciotto nació en Vigo, España, y vive desde hace 26 años frente a la Casa Blanca en una protesta permanente contra las armas nucleares y la guerra en el mundo entero. Durante todo ese tiempo, ha sido tildada de loca, arrestada más de una docena de veces y su historia ha llenado páginas de periódicos en todo el mundo. “La guerra es la mayor estupidez que ha inventado el ser humano. Pero no aprendemos, unos pocos la siguen haciendo; otros, la permitimos. Mientras, nos estamos acabando el único mundo que tenemos”, dice a sus 64 años.

Texto y fotos: Rodrigo Baires Quezada
cartas@elfaro.net
Publicada el 22 de octubre de 2007 - El Faro

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Sábado por la mañana. Los turistas caminan sobre la avenida Pennsylvania frente a la Casa Blanca, en Washington D.C. Un día cualquiera, esta calle se llena de más de seis mil personas que buscan una fotografía frente a la oficina del presidente de los Estados Unidos. La foto obligada para decir que estuviste en la capital estadounidense.

“La residencia del presidente de Estados Unidos, ubicada en el 1600 de la Avenida Pennsylvania NW, fue bautizada por Theodore Roosevelt como la Casa Blanca a principios del siglo pasado”, dice una guía turística a un grupo de japoneses, que pagaron 96 dólares cada uno por conocer los lugares históricos de Washington D.C. en un solo día.

Sólo sobre la avenida Pennsylvania, la mirada de los visitantes se pierde detrás de la reja de seguridad de la Casa Blanca. “Si ven hacia la izquierda se encuentran con el viejo edificio del Estado, Guerra, Marina y Construcciones -ahora, oficina de la vicepresidencia-; a la derecha, el Edificio del Tesoro”, relata la guía cuando el grupo pasa a un lado del parque Lafayette, lleno de estatuas de bronce de más de siglo y medio de antigüedad y el hogar de Concepción Martín Picciotto, una vieja activista contra la guerra nuclear.

“Es el 1601 de la Pennsylvania NW”, dice en broma un turista. Concepción sonríe ampliamente y muestra los pocos dientes que quedan en su boca. “Japanese people, remember Hiroshima and Nagasaki! No more nuclear Weapons in the world!”, dice y capta la mirada de la mayoría del grupo. Algunos se quedan frente a los carteles llenos de fotografías de la destrucción de las bombas nucleares de agosto de 1945 y calcomanías pacifistas.

La guía turística sigue con su trabajo. Recita uno a uno los lugares históricos aledaños: la antigua residencia de Roosevelt, la iglesia episcopal de San Juan, el edificio Decatur y la Casa Blair, utilizada para alojar visitantes oficiales del gobierno estadounidense. Su voz se amplifica en un megáfono, los turistas no dejan de apretar del disparador de sus cámaras y al fondo se escuchan los gritos apagados de Concepción: “Say no to the war!” (¡Digan no a la guerra!).

Concepción no es la única que protesta en la zona turística de Washington. Los sábados es común ver a una veintena de personas con carteles y mantas en contra del gobierno de Estados Unidos, solicitando no entrar en conflicto con Irán, pidiendo la cárcel para el presidente de Estados Unidos por la guerra de Iraq o comparándolo con el mismo anticristo.

Al caer la noche los turistas desaparecen y los habitantes de Washington D.C. apuran el paso sobre la zona peatonal. Para entonces, ya no queda nadie protestando, sólo Concepción y su vigilia permanente contra las armas nucleares que data desde el 1 de agosto de 1981.

El viento sopla y la temperatura baja a 20 grados centígrados. Concepción se arropa con un suéter rosado que le queda grande y mira sobre la fuente, hacia las luces anaranjadas que iluminan la Casa Blanca, la que ella bautizó como “el manicomio” cuando apenas tenía tres años de estar protestando y le valió ser arrestada violentamente.

“Esto es serio”, dice Concepción. Sus ojos hundidos se vuelven penetrantes y sus cejas pobladas se arquean. “Son 26 años de estar viviendo aquí en la calle. Para algunos no tiene sentido, pero para mí es un sacrificio que vale la pena. Sólo piense que alrededor del mundo hay gente que vive de igual forma por las guerras y la destrucción que los países ricos y poderosos, principalmente Estados Unidos, permiten”, dice Concepción.

¿Después de tanto tiempo tiene sentido seguir protestando en este lugar?
Hoy este mensaje está más vivo que nunca. Si Estados Unidos se mete con Irán no creo que pase lo mismo que en Iraq. Esa será una guerra mundial porque ambos países tienen armas nucleares. Esto no tiene sentido, Bush es un incompetente porque está guiando al mundo al matadero.

¿Crees que has logrado cambiar algo después de tanto tiempo?
Claro, mi mensaje se ha difundido a todo el mundo. ¿Un cambio por parte de los presidentes de Estados Unidos? No… nada de ellos. Pero del resto del mundo sí, porque la gente está más al día de lo que pasa con este gobierno que está al servicio de las corporaciones, los que hacen de la guerra un terrible negocio.

¿Te miras cómo una inspiración para otra gente?
Por supuesto que sí… pregúntale a ellos porque se acercan a leer los carteles, porque hablan conmigo, porque se llevan los boletines que les doy…

¿Hasta cuándo piensas quedarte frente a la Casa Blanca?
Eso sólo Dios lo sabrá. Estar las 24 horas del día aquí es un sacrificio enorme… pero seguiré hasta que la salud me lo permita, hasta que Dios quiera.

La vigilia de Conchita

La historia de Concepción ha sido publicada en diferentes idiomas alrededor del mundo en periódicos como El País, de España, o el Washington Post, de Estados Unidos, desde los primeros años de su vigilia. Nació en Vigo, España, y emigró a Estados Unidos cuando tenía sólo 18 años. Trabajó en el consulado español en Nueva York, se enamoró de un hombre de negocios estadounidense de origen italiano y a los 21 años se casó con él. Dos años después su matrimonio fracasó y su vida cambió por completo.
 
“Empecé a protestar cuando sufrí en carne propia este sistema de justicia corrupto, en donde manda el dinero porque todo es un gigantesco negocio, cuando perdí a mi hija en 1974”, resume y cierra la conversación de tajo con un fuerte y claro: “No quiero hablar más de ello”.

En ese año, durante el juicio de su divorcio, un tribunal de Manhattan estimó que ella no era apta para criar a su hija de 18 meses y dio la patria potestad al padre de la pequeña. Ahí empezó una romería que llevó a Concepción por diferentes juzgados, despachos de políticos y organizaciones de derechos civiles entre Nueva York y Washington. Incluso tocó las puertas del Ministerio de Exteriores en Madrid, donde le explicaron que no podían hacer nada porque ella era ciudadana estadounidense y no española.

“Eso fue una injusticia y un acoso del sistema social norteamericano, que es contra el que llevo luchando desde entonces y así seguiré haciéndolo hasta que Dios quiera”, recordaría en las páginas de El País de España, en agosto de 1991.

Tras años de buscar una solución a su problema, empezó a protestar pacíficamente frente a la Casa Blanca en 1978 y exponiendo en carteles su caso. El 1 de agosto de 1981 decidió hacer de su vida una protesta permanente y se unió a William Thomas Doubting, un hippie que exigía su derecho a ser un “ciudadano del mundo” tras renunciar a su nacionalidad estadounidense, para montar una vigilia permanente por el desarme nuclear en el mundo.

Desde entonces, Concepción adoptó un eslogan propio: “Vive con la bomba atómica y terminarás muriendo por una bomba atómica”; ha visto desfilar a cuatro presidentes de los Estados Unidos: Ronald Reagan (1981-1989), George Bush (1989 -1993), Bill Clinton (1993 -2001) y George W. Bush (desde 2001 al fecha); y su nombre cambió a Connie o Conchita secas, así bautizada por los turistas.
 
“Seguiré aquí hasta que tenga salud, hasta que Dios quiera porque la gente  tiene que saber estas cosas, saber que la guerra no es la solución y que en ese edificio se piensa más en el dinero, en los poderosos, que en el mundo”, dice señalando hacia la Casa Blanca.

 26 años es mucho tiempo.
 Al principio estaba en frente de la verja, con mi colega Thomas... entonces no echaron a la policía, a los marines, a los políticos y a los hijos de los políticos, que continuamente nos han dado bofetones… por eso es que ocupo este casco. Eso fue entre 1981 y 1984.

 ¿Y Thomas se retiró de la vigilia permanente?
 No, es que Reagan ordenó que no se pusieran más carteles en la verja. Nosotros teníamos un cartel enorme que decía “Welcome to the mad house” (“Bienvenidos al manicomio”, en español). Como no la quitamos nos llevaron a la cárcel a la fuerza, con golpes y todo. Pero nosotros teníamos el derecho de estar protestando aquí porque eso dice la Primera Enmienda de la Carta de Derechos de Estados Unidos.

¿Y fue cuando se cruzaron la calle y se instalaron en la acera del parque Lafayette?
Sí, nos mandaron para este lado de la calle y nos pusieron medidas máximas para los carteles. Thomas se metió a demandar al gobierno, luego se casó y yo me quedé sola. Ahora él viene un par de horas al día, mientras yo voy a asearme. Pero yo me quedó aquí noche y día para dar a conocer este mensaje.

Sus palabras

Thomas sigue apoyando la vigilia permanente. A media mañana, este tipo desgarbado de arrugas pronunciadas y cabello amañado se acerca en silencio con un cigarro entre los dientes. Durante menos de una hora, él toma las riendas de la protesta repartiendo panfletos y guiando a los turistas por entre las fotografías de los carteles. Ahí se apagan los gritos y el campamento pierde brillo.

Conchita regresa 30 minutos después. “Ya ve que le dije, sólo me voy por un momento a bañarme y siempre vuelvo. Este es mi hogar”, dice y señala al campamento: una vieja sombrilla de jardín cubierta por un toldo plástico; dos frazadas cuadriculadas y un poncho mexicano doblados sobre una base de madera a manera de cama; cuatro galones de agua potable y dos recipientes para lavarse las manos; un bote de maní para compartir con las palomas del parque Lafayette; más de una docena de cajas con panfletos fotocopiados y sus carteles, todo escrito en diferentes idiomas; y una bicicleta.

Entonces vuelve a su trabajo, a dirigir sus gritos hacia los turistas y a repartir sus boletines. “Ningún sistema que permita que hermanos maten a sus hermanos, que padres maten a sus hijos o que hijos maten a sus padres es un sistema justo”, dice en un inglés accidentado a los turistas.

Algunos visitantes se acercan a escucharla, observan los carteles detenidamente, toman algún panfleto y lo leen con cuidado. Conchita dibuja una sonrisa cómplice y compone el casco sobre su cabeza, se acerca y dice algunas palabras finales: “¡Protesten contra la guerra, contra las armas nucleares, contra Bush!”.

Los visitantes se dividen. Algunos prefieren entrar en un debate directo, la contradicen –“Esta es la tierra de la libertad y por eso te dejan hacer esto… ¿De qué te quejas?, ¡Tu estás loca!”, dice un tejano-; otros la convidan a seguir con su protesta –“Sigue aquí por favor, hacen una gran labor”, le dice una ecuatoriana residente en Los Ángeles desde hace 12 años-. Al final, más de alguno busca una fotografía con la vecina incómoda de George W. Bush. Conchita siempre acepta: mirada fija en la cámara, un sonrisa tímida, alguno de sus carteles en una mano y la señal de “amor y paz” en la otra.

Para algunos visitantes de la Casa Blanca tú eres una loca que no tiene nada que hacer y que por eso estás aquí.
¿Loca?, no. Estoy diciendo al mundo la verdad. Aquí vienen hasta diplomáticos a darme la mano porque creen en lo que hago. Eso lo dijeron para que la gente no crea en mi mensaje.

Otros dicen que eres sólo una inmigrante más que se está aprovechando del sistema de libertades que Estados Unidos da.
No, para nada. Soy más patriota que mucha gente que nació en este país porque estoy diciendo que Estados Unidos no va por buen camino y se está llevando al resto del mundo de encuentro. ¿Loca? ¡Esas son tonterías de sionistas y republicanos! Sólo hay que abrir los ojos y los oídos para darse cuenta de que las cosas no están bien en Estados Unidos ni en el mundo entero… la gente tienen que protestar por eso.

Y tú sigues protestando por eso. ¿Qué crees que piensa el presidente Bush cuando se asoma por la ventana y ve tu campamento? ¿Qué crees que piensa de Conchita y su vigilia permanente?
No lo sé. Bush es un incompetente que pusieron en la Casa Blanca para favorecer a las grandes corporaciones.

Viejas y nuevas guerras

Concepción tenía 38 años cuando empezó a protestar. Ahora, con 64, el rostro lleno de arrugas y el pelo entrecano bajo un casco adornado con una pañoleta roja -un viejo recuerdo de lo que llama “los años de represión policial” y una medida de precaución para sus críticos más violentos-, mira al pasado con nostalgia. “Es mucho tiempo, pero esto no termina aún. Hay más gente que tiene que saber mi mensaje”, dice.

Por eso está levantada a primera hora de la mañana, come un sándwich o un trozo de pan dulce y aclara su voz para la jornada de trabajo. Este sábado hablará con gente de Estados Unidos, Japón, Corea, Irán, Palestina, Georgia, Nigeria, Australia, España, Alemania y de varios países de América Latina. Entre ellos el japonés Takuya Hayase, el que lleva la misión de cumplir una promesa a su madre.

Shigeko Hayase, la madre de Takuya, visitó Washington cinco años atrás, conoció la protesta de Conchita y se identificó con su mensaje. Al final de la visita, Shigeko se tomó la tradicional fotografía y, tras su regreso a Osaka, le hizo prometer a su hijo que si algún día visitaba la capital estadounidense tendría que hacer lo mismo y entregarle una donación de cinco dólares. “Todavía hay gente que le duele recordar la guerra en Japón. Otros prefieren ver al futuro… pero no debemos olvidar lo que nos pasó y esta mujer se ha encargado de hacerlo durante años”, dice el japonés.

Otros más se suman a Takuya y dejan en un plato azul, junta una piedra pintada de verde con el mensaje “salven a los niños”, algunas monedas y billetes. “El Dinero lo ocupo para comer y para sacar más fotocopias de los boletines que regalo”, explica en un español rápido y con una voz suave. “Ese dinero es como una contribución para que siga con mi trabajo.”

“Es un gran trabajo el que hace, es una inspiración”, comenta Gregory Rose, quien desde hace horas toma con su cámara de vídeo imágenes de Conchita. Estudiante de cine y propietario de una pequeña empresa de arreglos florales, Greg viajó desde Florida para hacer un documental sobre Concepción y su vigilia permanente. “Lo que ella hace es lo que muchos estadounidenses no nos atrevemos a hacer por apatía, miedo o porque estamos acostumbrados a quedarnos callados y que otros tomen las decisiones importantes”, dice y hace un acercamiento al rostro de Conchita que sigue hablando sobre la guerra, las compañías de armas y de seguridad.

¿Por qué hablas de la guerra como un negocio?
Porque lo es, primero destruyen un país y luego dicen que lo van a reconstruir con sus propias empresas, al tiempo que protegen para sí mismo el petróleo. ¿Cómo se va a reconstruir un país cuando lo que se tiene es una guerra civil como en Iraq?

El Salvador tiene tropas en Iraq, siguiendo el mandato de las Naciones Unidas para su reconstrucción.
¿Reconstrucción? ¿Cuál reconstrucción? Su país, así como todos los que han mandado tropas a Iraq, solo están ahí para conservar el control sobre el petróleo y mantener estilo de vida de Estados Unidos. ¿Qué tiene que hacer gente de América Latina en Iraq? ¡Nada! Lo que hacen estos países es matar gente inocente en nombre del poder. En la Casa Blanca se perdieron los valores fundamentales, todo es el materialismo. La vida no significa nada para ellos.

¿Para todos los presidentes de Estados Unidos que ha visto pasar por la Casa Blanca?
Sí, la vida no vale nada para ellos. Un presidente que dice que el aborto es una abominación y permite que pase esto (señala unas fotografías de personas muertas por bombardeos en Iraq y tras la explosión atómica en Hiroshima, en 1945) está loco. ¡Esto es peor que el aborto!

¿Y Al Gore y su premio Nobel por la Paz?
Bueno, yo no apoyo a ninguno de los políticos. Él estuvo en esas oficinas, fue vicepresidente, y entonces no hizo nada de nada por evitar las guerras en el mundo.

¿Y Hilary Clinton o Rudolph Guliani, los que suenan para la próxima presidencia?
Después de tanto tiempo ya no creo en políticos ni en sus promesas. Creo en el poder de la gente... y es ella la que tiene que decir lo que piensa.

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