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NOTICIASLos vendedores de frutas que hablan quichéAunque no existen estadísticas ni estudios que determinen cuántos indígenas guatemaltecos vienen a trabajar a El Salvador, su presencia es notable. Por las calles de San Salvador se les encuentra vendiendo dulces, frutas y algodones de azúcar. El Faro presenta la historia de cuatro de estos indígenas que, en su mayoría, llevan más de 10 años yendo y viniendo de Guatemala para ganarse la vida en la capital salvadoreña. Texto y fotos por Alexis Henríquez
“Sacarik”, saluda Manuel al entrar a su hogar. “Sacarik”. Viaja una vez al mes desde San Salvador hasta el cantón Xesic II, en Guatemala, donde su esposa y sus cuatro hijos lo acogen por tres días. Desde hace 14 años la frecuencia de los viajes sólo se distorsiona durante las fiestas de Semana Santa o en Navidad, con el fin de pasar más tiempo al lado de su familia. Manuel es un indígena guatemalteco que se apellida Karilo, como su mamá Agustina. A simple vista no se le reconoce como indígena en el centro de la capital salvadoreña. Lleva una camisa tipo polo, negra, y un pantalón de vestir gris. Es en la capital donde encontró el empleo de vender frutas durante su primer viaje en 1992, cuando tenía 16 años. Llevaba seis meses de casado y necesitaba mayores ingresos económicos para mantener la nueva boca que ingresaba a su familia: su esposa. Es hijo único. Vivía solo con su madre en el departamento de Quiché, al norte de la capital guatemalteca. Entonces trabajaba de jornalero en el campo. Un trabajo que hizo desde que terminó sus estudios en 3º grado, en el colegio que lleva por nombre el del cantón. No volvió a estudiar. “Mi amigo Juan, de allá en Quiché, me dijo que en San Salvador podía ir a trabajar. Él me enseñó dónde ir a comprar la fruta y me dejó el puesto suyo cuando se fue”, recuerda Manuel, ahora de 30 años de edad. Su puesto está en la esquina nororiente donde se junta la calle Arce y la 23 avenida norte, bajo un plástico negro que lo protege de la luz del sol por las tardes. Ahí vende manzanas, uvas, peras, melocotones y fresas. Tres cuadras al oriente descansa en un banco Estela Noriega, oriunda de un departamento vecino al de Quiché, el de Totonicapán. Tiene alrededor de 14 años. Habla poco español y ríe sin parar frente a la cámara fotográfica. Su lengua materna es el quiché, y es el lenguaje que utiliza para conversar con la esposa de su tío, María Say Batz. María viene de Quetzaltenango, también al lado de Quiché. Habla a la perfección el español, idioma que desarrolló más al mudarse de país en 1996. “Yo me vine a El Salvador siguiendo a mi hermano, que se casó con una salvadoreña”, explica con timidez. Ella, como Estela, cambiaron la venta de dulces típicos guatemaltecos por la de chicles, dulces, bombones y cigarros, que coloca en un canasto sobre la acera o el asfalto. Ser vendedores ambulantes no les trae mejor suerte, aunque sí más dinero. Son discriminados en la acera donde trabajan, pues aseguran que los dueños de los locales comerciales en la zona los sacan para que no obstruyan la acera. Con la venta en dólares el dinero se les multiplica en quetzales (Q7.65 por dólar). Los dólares son un valor agregado para ellos. Pero su principal razón para abandonar Guatemala y venir a El Salvador es un nicho de trabajo donde ganan el dinero que en Guatemala no se obtiene por el mismo trabajo. Marta Argueta observa que esa fue la razón por la que hace más de 40 años su padre se vino a trabajar a San Salvador. “De chiquita él me traía. Poco a poco nos fuimos quedando. Aquí se vende más”, explica Marta, una indígena oriunda de Quetzaltenango que comercia dulces, jugos y boquitas en un puesto dentro de la Universidad de El Salvador. Manuel coincide. “En Guatemala la gente compra poca fruta. Acá uno vende más y gana más”. En un día, dice, puede ganar hasta $300 con su venta de frutas. El debate cultural
Carlos Lara, director de la facultad de antropología de la Universidad Nacional, señala que el fenómeno es relativamente nuevo y que aún no hay estudios que establezcan cuántos indígenas guatemaltecos prefieren trabajar en El Salvador que en su propia capital. “El Salvador tiene un despeje económico más grande que Honduras, Nicaragua o Guatemala. Y la migración se está haciendo de esos tres países. Yo diría que en este caso la motivación es básicamente económica. Son emigrantes temporales. No digo que algunos no se queden, pero la mayoría son trabajos temporales”, explica. La “niña” Marta, como le llaman los distribuidores de los productos que ella vende, decidió quedarse. Se quedó junto con su padre, por ser una de sus hijas más pequeñas. “¡Él tenía 10 hijos!”, exclama la mujer de 45 años que tuvo seis hijos. Ahora vive en San Salvador. Llega a trabajar enfundada en su traje indígena: una falda elaborada en telar y una blusa blanca decorada con un bordado de lana que ella misma confeccionó. Las dos hijas que le ayudan en el negocio, en cambio, visten como cualquier joven de San Salvador. Pero si no conservaron las tradiciones del vestido, hablan quiché en casa, un lenguaje que la familia pretende conservar. Como Marta también viste María y Estela. Las faldas las compran en Guatemala, cuando van de visita cada tres meses. “Vamos donde mi mamá, en Quetzaltenango. Allá tenemos tierras, donde antes cultivábamos”, explica María, entre risas, su hablado de corrido y mezclando palabras en quiché, lenguaje que en su casa también se habla obligatoriamente para no olvidarlo. Vestir como indígenas y hablar entre ellos en quiché reflejan la necesidad, según Lara, de conservar su cultura. Pero esa lucha también se va perdiendo a través de la interacción con otras culturas. Marta es evangélica; mientras que María y Estela son católicas.
De su cultura indígena, Manuel solo conserva el lenguaje y los lazos que lo unen a Guatemala. Esos mismos lazos son los que lo trajeron a El Salvador. Las migraciones se realizan a partir de relaciones familiares y relaciones de comunidad. “Eso no solo para los indígenas, sino también para los campesinos de El Salvador cuando van a los Estados Unidos. Se van a través de migraciones de familiares y comunidad. No me extraña que en el caso de los indígenas guatemaltecos pase lo mismo. Es verdad que debe de haber gente que sea pionera en migrar. Pero una vez abierto el camino, se forman redes que facilitan la migración”, señala Lara. Un camino que va y viene cada mes para Manuel, quien a otros les ha recomendado venirse a trabajar a El Salvador. El martes santo regresará a su cantón, donde sólo habla quiché. El viaje es de nueve horas, gastando por lo menos $33 de ida. “Cuando llego, comienzo a saludar en quiché. Les digo a la gente ‘Sacarik’, que significa buenos días”, explica Manuel al final de la tarde, y comienza a guardar la fruta en cajas de cartón para comercializarla al día siguiente en la misma esquina. |
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