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NOTICIASVivir entre muertos y aguas suciasLa comunidad El Bambú, en medio del cementerio municipal La Bermeja, aloja a 10 familias que cada invierno deben sortear los peligros de vivir en una zona de alto riesgo de la capital. En el verano, vivir allí “se aguanta”, pero con las lluvias, estar pendiente de la crecida de la quebrada que pasa al lado y de los deslaves de tierra del cementerio quita demasiado el sueño. Edith Portillo / Fotos por Silvia Gutiérrez
Julián y Juana tienen 14 años de ser vecinos. Una cerca de malla ciclón con alambres corroídos, levantada sobre un muro de tierra que colinda con la parte trasera de la vivienda de Julián, divide sus aposentos en el cementerio municipal La Bermeja, en San Salvador. A Juana, lo dice el blanco casi recién pintado sobre su tumba y las guirnaldas plásticas llenas de polvo alrededor de su cruz, llegaron a visitarla probablemente en noviembre pasado, para el día de los santos difuntos. Cuando sus restos fueron sepultados en el lugar, en 1992, el mismo Julián era uno de los que le daba cuidado al camposanto, como parte del personal de mantenimiento. Pero Julián también ha sido, sobre todo en los últimos años, uno de los habitantes de la comunidad El Bambú II que, con la llegada de cada invierno, teme que ese muro de tierra en el que descansa Juana se desprenda y caiga sobre su cama mientras duerme. Los temores no son producto de la imaginación. A Astrid, que tiene su champa de lámina a unos diez metros de la de Julián, casi le sucede el año 2005, cuando la tormenta tropical Stan hizo estragos en todo el país. “Se vino el poco ‘e tierra, ahí en la parte de atrás, y la cama hasta en dos se me partió de lo que cayó (…) cuando volvimos del albergue aquí todo esto estaba llenito de lodo que caía con los muertos de allá arriba”, recuerda Astrid Juárez, una ama de casa que tiene diez años de vivir en el lugar, con sus cinco hijos de entre 7 y 14 años, y su esposo, que se dedica a la venta de minutas. El asombro por lo que narra Astrid no es tanto entre los residentes de El Bambú. Es, de hecho, casi la misma rutina con cada invierno: llover, limpiar el lodo y las osamentas que caen atrás de las viviendas, ir al albergue si son evacuados, regresar a la comunidad cuando “el peligro pasa” y volver a limpiar. Con el peligro por doble El Bambú II es una comunidad asentada entre cruces de tumbas, en un terreno clasificado como de “alto riesgo”, donde actualmente residen diez familias en champas de unos 3 por 5 metros, construidas con lámina y plástico, piso de tierra y con los servicios de luz eléctrica y agua potable. Al lado del terreno abrupto donde se levantan las viviendas corre una vertiente de agua sucia que desemboca en el río Acelhuate y que, junto al cementerio, completa los bordes de la comunidad. Del otro lado de la quebrada se yerguen los populosos edificios de apartamentos de las colonias IVU y DINA, justo en el borde de unos paredones de unos 30 metros, notoriamente lavados por las lluvias, con árboles y otras plantas al punto de caer con las próximas tormentas. Tanto los pobladores de estos edificios como los de la misma comunidad han contribuido también con el sucio paisaje que se ve desde el Bambú, con grandes promontorios de basura que caen por los paredones o que se alojan en ellos hasta que la siguiente crecida los arrastre por el río. Unos metros más abajo en el terreno barrancoso de El Bambú, Emilia Mercado trata de aquietar los ánimos de sus hijos, una joven y un joven entre los 20 y 30 años, ambos con problemas de salud mental. Allí, en ese espacio a la orilla de la quebrada, Emilia también “la vio cerca”. “Hubo una vez que se vinieron como tres palos gruesos de allí arriba, de por donde la señora que echa tortillas, y menos mal pasaron de largo, no porque aquí estarían las tres cruces, la mía y las de mis hijos”, cuenta. Ella es quien más cerca vive del paso de la quebrada. El “tremendo zancudero y el tufo” es lo que más molesta de la ubicación, pero al menos, dice, la crecida siempre ha llegado “nomás al as” de su vivienda y “hoy ya no baja el agua coloreada”, como sucedía hace unos años, en los que una empresa tiraba a esta vertiente sus desechos producto del lavado de cuero. Para Emilia, pese a las precarias condiciones en que vive con sus hijos, los riesgos del invierno y las constantes mudanzas hacia los albergues son, dentro de todo, tolerables, porque en la comunidad carecen de un problema que sí aqueja a sus alrededores: “lo bueno de aquí, a diferencia de allí del otro lado (en la colonia IVU), es que aquí no hay nadita de esas maras, gente de maras no ve nada por acá abajo”. Una historia de 30 años Ahora, con 68 años y 30 de habitar la champa de lámina que comparte con sus siete perros, Julián Sánchez planea mudarse de vecindario. “Hoy sí ya es hora, antes no quise irme porque aquí tenía mi trabajo, en el cementerio, pero como ya me jubilé hoy sí me quiero ir”. Con él, al concretarse la reubicación que espera del Viceministerio de Vivienda, se iría lugar el registro testimonial más antiguo que pueda haber de esta comunidad, levantada sobre terrenos municipales y estatales dentro del cementerio por apenas dos familias que llegaron hace 30 años. Una de ellas era la de Julián, “el cacique” de El Bambú II, como le llama Claudia Figueroa, la promotora del distrito 5 de la alcaldía de San Salvador que da atención a las comunidades marginales de la zona.
Él es quien, en unos cuadernillos rayados en letra manuscrita, lleva el censo de la comunidad: 15 hombres, 13 mujeres, 11 niños y 15 niñas. Es también quien se encarga, dando aviso a la alcaldía, de velar por que nadie más se instale ya en esos terrenos. Siendo el más viejo poblador de El Bambú, es también el único que recuerda y tiene apuntes sobre los desplazamientos de población y los cambios que ha habido en el lugar. Cuando él llego en mayo de 1977, “todo esto era montarrascal, todo lleno de culebras, y había allí en la entrada del camino solo una champita de un señor. Yo me vine a poner mi casita aquí con mis dos niños (ahora convertidos en una señora que vive en el Distrito Italia y un señor que emigró a Estados Unidos) y luego, de a pocos, fue viniendo ya más gente”. Desde entonces, la población de El Bambú ha sido sujeta de tres tandas de reubicaciones: la primera, en 1988, fue hacia unos terrenos de la colonia Zacamil; la segunda, en 1995 y con el apoyo de la cooperación italiana, fue justamente al Distrito Italia, en Tonacatepeque. “Esa vez hasta casas mixtas, de dos plantas, hechas con ladrillo, se destruyeron con la reubicación. Porque la idea ha sido siempre esa, destruir las casas de los reubicados para que no se llegue a meter más gente ahí, aunque siempre ha pasado que llegan algunas”, dice Figueroa. La tercera fue en el año 2002 hacia la segunda etapa del Distrito Italia. Luego de esa, y sobre todo después de los daños causados por la tormenta Stan, el Viceministerio de Vivienda y Desarrollo Urbano (VVDU) ha acogido a algunas familias del lugar en un programa de reubicación, dando una bonificación de 5 mil dólares en el Fondo Social para la Vivienda para que habiten casas de interés social. Algunas han sido reubicadas en Ahuachapán, otras en la comunidad Las Flores, en Tonacatepeque, y otras en El Pedregal, en el departamento de La Paz. A la familia de Astrid le llegó el turno esta semana. Se va para El Pedregal con el programa del VVDU, al que ingresó su solicitud el año pasado. La alcaldía de San Salvador le dará el transporte hasta su nueva casa. Julián Sánchez sigue a la espera: “Yo metí mis papeles también el año pasado, mis cipotes me dijeron que me salga, que aquí puedo pasar miles de años y nunca va a ser mío, entonces hoy sí estoy dispuesto a irme, pero espero que sea por acá cerca”. Astrid, con sus cinco hijos, prepara en tanto la mudanza, dejando atrás diez años de vivir entre los muertos y las aguas sucias de la quebrada. “Hoy ya no vamos a estar con esa preocupación de que con cada gota que cae se nos hace así el corazón (aprieta el puño). Al menos eso ya no nos va a quitar el sueño” |
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