Entrevista con Sir Marrack Goulding,
supervisor de la ONU para los Acuerdos de Paz:
“Algunas cosas no funcionaron porque el gobierno y el FMLN no cumplieron totalmente los compromisos”
Tras participar el martes pasado en la conmemoración de los acuerdos de paz, el diplomático británico se ha quedado dos días más para viajar a El Imposible y al Río Jiboa a practicar uno de sus pasatiempos favoritos: la observación de aves. Que haya podido hacer esto, dice, es prueba de lo mucho que ha avanzado el país en los últimos quince años. Goulding habla también de la guerra de Iraq y de la carta que él y otros 51 diplomáticos británicos enviaron al Primer Ministro Tony Blair objetando la presencia del Reino Unido en Iraq.
Carlos Dada / Fotos: Silvia Gutiérrez cartas@elfaro.net
Publicada el 22 de enero - El Faro
Nos recibe en el lobby del hotel Presidente rompiendo el hielo con anécdotas espectaculares. Comienza narrando cómo, estando en la administración británica de Kuwait, se convirtió en el último libertador de esclavos antes de que ese territorio se independizara. Sir Marrack Goulding, director del prestigioso St. Anthony’s College de Oxford, es un veterano diplomático británico chapado a la antigua, de esos que recorrieron el mundo manteniendo códigos de honor y creyendo que con su trabajo no sólo servían a su majestad, sino también ayudaban a crear un mundo mejor. En esas lides llegó a Naciones Unidas, y desde ahí fue una figura clave para lograr que el gobierno, la Fuerza Armada y el FMLN se sentaran a negociar los Acuerdos de Paz de 1992. Después, como supervisor de los acuerdos, logró desentrampar los momentos más tensos para que ambas partes cumplieran los acuerdos. Con una serenidad imponente, quince años después, mira su reloj y nos pide acordar el tiempo de la entrevista. Como buen inglés, la conversación termina justo en el minuto acordado. Ni un segundo más.
¿Ve muy cambiado el país desde los tiempos en que supervisaba la implementación de los Acuerdos de Paz?
Veo un país extraordinariamente distinto al que conocí la primera vez, cuando vine para la conferencia de Esquipulas II. En aquella cumbre los presidentes de Centroamérica alcanzaron acuerdos bajo el principio de que las guerras civiles en los países centroamericanos necesitaban ponerse bajo control, y establecieron que los cinco países debían trabajar juntos para tratar de reestablecer la paz. Javier Pérez de Cuellar, que era vicesecretario de Naciones Unidas en esa época, fue muy inteligente en ese seintido: convenció a los cinco presidentes de que informaran al Consejo de Seguridad sobre las conclusiones de Esquipulas II, y el Secretario General propuso al Consejo de Seguridad que adoptara como resolución que el Secretario General debía, si se le pedía usar sus buenos oficios, ser un mediador para ayudar a las cinco repúblicas a implementar los acuerdos.
Fue una medida muy inteligente, que de hecho suponía una violación a la doctrina Monroe, emanada de los Estados Unidos, y según la cual ningún extranjero podía participar en conflictos en las Américas. Desde ese momento, gente extranjera al continente estaría involucrada en la restauración de la seguridad centroamericana, y Naciones Unidas desempeñaría un enorme rol aquí, en Nicaragua y más adelante en los acuerdos de paz de Guatemala. Fue un evento revolucionario. Es maravilloso volver a este país y encontrar cuán diferente es. No digo que es perfecto… Sé que tienen un grave problema de crimen, como el resto de Centroamérica, o como mi propio país.
¿Qué tan diferente es este El Salvador?
En 1987 o 1988 no podría haber ido a caminar por los bosques como ayer, porque había un conflicto en marcha, y muchos bosques eran territorio ocupado por el FMLN. Yo encontré mucha hostilidad en aquel El Salvador; todos en Naciones Unidas encontramos aquí hostilidad en algún momento. Nadie ha sido hostil conmigo ahora, y no puedo imaginarme a nadie en El Salvador siendolo ahora. Es un país en calma y pacífico.
Usted vino después de la firma de los acuerdos, y también hubo problemas...
Vine... no recuerdo las fechas. Pero por supuesto surgieron varios problemas en la implementación de los los Acuerdos en Chapultepec. Álvaro de Soto y yo vinimos, por ejemplo, para la cuestión de la depuración del ejército, que para el presidente Cristiani fue muy difícil de llevar a cabo. Para mucha gente era inconcebible que algunos en Nueva York decidieran quién debía quedar fuera de la Fuerza Armada salvadoreña.
Y luego estaba el problema de la tierra, de la reubicación de los combatientes, que se negoció casi al final. Había muchos latifundistas que no estaban contentos con la idea de que algunas de sus tierras hubieran sido ocupadas por campesinos durante la guerra... Fue un gran problema que se resolvió por la paciencia de la diplomacia. Y el presidente Cristiani fue de gran ayuda.
¿Cómo de grave fue ese problema?
Ustedes tuvieron unos años antes de los acuerdos una reforma agraria que no funcionó porque no pudo ser implementada a causa de la misma guerra civil, pero cuando la guerra comenzó, los latifundistas se habían mudado de sus casas porque se sintieron expuestos al peligro, y campesinos llegaron a sus tierras y la cultivaron, tal vez durante diez años. El FMLN dijo que sería injusto que los acuerdos significaran que esos campesinos no podían seguir cultivando y esas tierras fueran devueltas a los latifundistas, y nosotros mediamos al respecto. Fue una negociación difícil, porque había que satisfacer a los latifundistas, a los propietarios, pero también teníamos que proteger a los pobres que habían vivido y cultivado esas tierras. Al final, Schafik fue muy bueno en esa negociación, y todos reconocieron que ese era un elemento importante para que El Salvador pasara de la guerra a la paz. Ahora siento a El Salvador en esa paz.
Estos problemas tras los acuerdos... Mucha gente dice que es más fácil hacer la guerra que alcanzar la paz. ¿Qué cree usted?
Están absolutamente en lo correcto. Cuando se firma un acuerdo de paz mucha gente cree que ya terminó todo, que es hora de irse a casa y atajar el siguiente problema. Pero no es así. Hay mucho que hacer tras una guerra civil. Y hablo de cosas que debe hacer la gente del país, sin Marrack Goulding viniendo de Nueva York a decirles qué hacer.
Hay dos lecciones principales que hemos aprendido quienes estamos involucrados en acuerdos de paz: una es “hagan tan poco como sea posible”. La mayor parte de la acción ejecutiva debe ser realizada por la gente del país. Tras los Acuerdos de Chapultepec todo el mundo estaba contento: la paz llegó. Pero esa no era toda la historia. El gobierno y los ciudadanos se dieron cuenta muy pronto de que había mucho que hacer para implementar los acuerdos. Y nosotros cometimos un error: obtuvimos autorización del Consejo de Seguridad para quedarnos a lidiar con algunos de estos problemas, como la depuración del ejército, el desarme del FMLN o el establecimiento de la PNC. Pensábamos que lo haríamos nosotros. Pero pronto nos dimos cuenta de que ustedes no nos querían aquí por más tiempo. Nos querían durante las negociaciones, pero una vez los acuerdos se firmaron los salvadoreños pensaron “bien, la guerra terminó, es nuestro país de nuevo”. Pero aún no lo era el todo… Aún más gente de las Naciones Unidas vino, y ustedes nos llamaron la peste blanca. Y esto era por los vehículos blancos, los cien vehículos blancos que se reunían en la playa el domingo en la tarde. Aquí aprendimos esa lección.
¿Se cumplieron todos los acuerdos?
Creo que los Acuerdos no eran malos… Algunos aspectos se hicieron muy bien, como la desmovilización del FMLN y la depuración de la Fuerza Armada. Pero otros acuerdos, como el de la tierra, del que hablaba, tuvieron que ser firmados de nuevo después de Chapultepec. Aquí se hicieron muchos experimentos. Algunos tuvieron éxito y otros no.
¿Como cuáles?
Ya digo que el brevísimo acuerdo sobre la tierra no tuvo suficientes resultados. Negociamos con muchas cosas aquí.
Después de los acuerdos tuvimos una luna de miel en la que era políticamente correcto ser tolerante e incluyente. Ahora tenemos un sistema político muy polarizado, y mucha violencia. ¿Cuánto de eso puede ser adjudicado a la guerra o a los acuerdos de paz?
Algunas cosas no funcionaron bien porque el gobierno y el FMLN no cumplieron totalmente los compromisos que asumieron en los acuerdos de paz. Para la nueva policía, por ejemplo, se reclutó a gente de la vieja policía, y no debió ser así. Pero la violencia aquí no es culpa de ustedes ni de las Naciones Unidas. Si estoy correctamente informado, esta violencia llegó a El Salvador con jóvenes que se habían ido a Estados Unidos para evitar ser reclutados por el ejército, y en las escuelas de Los Ángeles aprendieron a ser pandilleros y trajeron eso consigo cuando volvieron de California. Nadie pensó que la paz significaría un flujo de esa gente hacia El Salvador.
Sí es cierto, por otro lado, que Naciones Unidas cometió un grave error, porque no teníamos una estructura propicia en El Salvador cuando la paz se estableció. Había muchas agencias de la ONU aquí, como el PNUD, la ONUSAL… y mucha tensión dentro mismo de la comunidad de Naciones Unidas, celos… también entre las Naciones Unidas y la OEA. Creo que el Secretariado de las Naciones Unidas fue menos que brillante después de Chapultepec, y no tuvimos la coordinación apropiada. El Representante Especial del Secretario General estaba ahí pero no tenía en realidad control efectivo sobre algunas de las agencias de la ONU que querían hacer las cosas a su manera. Es un fenómeno muy común que el nuevo Secretario General de Naciones Unidas tendrá que enfrentar. Es una lástima.
Recuerdo los problemas con el personal de Naciones Unidas, en especial con los cascos azules. Incluso había dos prófugos de la justicia mexicana entre ellos...
Sí, pero eso no era culpa de Naciones Unidas… O bueno, a lo mejor lo era. Debimos haber monitoreado esa parte, pero fue el gobierno mexicano el que los escogió.
Tal vez, pero no ayudaba mucho a la imagen de ONUSAL aquí.
No sólo era la imagen. Estos conflictos entre las agencias dañaron la efectividad de la operación de las Naciones Unidas.
¿Aprendieron algunas lecciones?
Muchísimas. Los procesos de paz de Centroamérica nos permitieron aprender mucho. El primero fue la desmovilización de los contras en Nicaragua. Aprendimos, con la ayuda de los soldados venezolanos, cómo llevar a los insurgentes a un lugar en el que no se sintieran como prisioneros, que trajeran sus armas y las destruyeran, que recibieran semillas, ropa... Todo eso era nuevo para nosotros. Nunca lo habíamos hecho antes.
La situación en El Salvador fue diferente, porque tuvimos que penetrar profundamente en las políticas internas de este país. Formamos un sistema judicial, cambiamos las reglas del Parlamento… Son cosas muy profundas. Y hemos aplicado lo que aprendimos en El Salvador en otros lugares.
Usted estuvo el martes en la conmemoración de los acuerdos, y supongo que está, desde Oxford, al tanto de la polarización en el país. ¿Cree que había mayor voluntad política para trabajar juntos de las partes que firmaron la paz que la que hay ahora?
Debo decirte que al principio fue extremadamente difícil lograr que el gobierno y el FMLN aceptaran dialogar… Recuerdo una larga discusión con el presidente Cristiani, en la que él tomó la posición de “soy el presidente electo de este país. Mi país tiene un parlamento electo. ¿Que esta gente, el FMLN, no están interesados en negociar? Son criminales, han cometido atrocidades, y yo, Cristiani, no estoy preparado para negociar con ellos como mis iguales políticos”. Esa era su posición inicial, y Álvaro de Soto y yo trabajamos duro reunión tras reunión, le decíamos “Señor presidente, usted tiene toda la razón, es un presidente electo democráticamente y esta gente ha cometido atrocidades, pero lo que le pedimos que haga es pensar dónde estará su país dentro de diez o quince años si esto continúa. Usted no va a vencer al FMLN y ellos no lo van a vencer a usted. Entonces el país simplemente estará destruido”. El efecto fue como el de una gota sobre la roca. Después de, creo, año y medio, Cristiani dijo sin ningún placer: “bueno, vamos a intentarlo”. Ese fue un gran paso.
Uno de los momentos más emotivos para mí en este proceso, fue durante una sesión larguísima de negociaciones, como de tres o cuatro semanas, en la Ciudad de México. Recuerdo que una noche llegué al hotel y en un corredor había una especie de palma en una maceta. Al acercarme, ví que había dos perwsonas platicando detrás de la palma. Eran el general Vargas y Joaquín Villalobos. “Esto es fantástico, ahora estamos caminando”, pensé. Hasta ese momento las partes ni siquiera se sentaban en la misma mesa o en el mismo cuarto, sino que los mediadores íbamos de un cuarto al otro. Encontrar a Villalobos y a Vargas, dos de los más duros en ambos lados, hablando entre ellos, no gritándose sino hablando… Significaba que estaban preparados para hablar entre ellos... Entonces supe que un acuerdo era posible.
Es curioso… la guerra de El Salvador terminó el mismo año que comenzó la de Bosnia. Es como una parábola del cambio en el mundo: del último de la guerra fría al primero de los conflictos del nuevo mundo. Usted estuvo en Kosovo. ¿En cuál de estos tipos de conflictos es más difícil alcanzar la paz?
Las guerras derivadas de la caída del imperio soviético y el rompimiento de Yugoslavia, hace como 17 ó 18 años, se volvieron muy difícil para nosotros. Me dí cuenta después de que es en realidad algo natural: cuando un imperio se rompe muchos conflictos menores surgen. Piensa en el imperio británico y en la India, aún dividida, en guerra con Paquistán y con armas nucleares. O en Palestina, aún en una situación deplorable. Y muchas de las guerras en Áfirca fueron causadas por el fin del imperio británico… O los conflictos entre Malasia e Indonesia... Mientras pudimos llevar a un final los conflictos de la Guerra Fría lo hicimos, pero fue mucho más difícil en una guerra como la de Bosnia, que ni siquiera ha sido abordada aún.
Ví la carta que usted y otros 51 diplomáticos británicos le escribieron al Primer Ministro Blair reclamándole por haberse involucrado en Iraq. ¿Aún sostiene esa posición?
Absolutamente. No puedo pensar en nada de esa carta que escribiría distinto ahora. Lo que ha sucedido después probó que estábamos en lo correcto al decir que esta invasión a Iraq no iba a tener éxito y no va a hacer de Iraq un país unido y feliz. La gente no va a salir con banderas saludándonos, no va a haber mujeres besándonos, no va a ser así. Yo escribí especialmente la segunda parte de esa carta, sobre las consecuencias para el conflicto entre Palestina e Israel, y en eso deberíamos estar concentrándonos, no en este asunto en Iraq. Blair hizo muchas cosas estúpídas. Si miras su gobierno encontrarás que se guió por dos fantasías: la primera, que él sería el puente del Atlántico, quien permitiría a Estados Unidos entender a Europa y a Europa entender a Estados Unidos. La segunda que, en parte por ese rol, se convertiría en el político más importante de Europa. Gente como yo hemos aprendido que el mundo no es así. Piense en los pobres iraquíes que están muriendo en cantidades enormes.
¿Les respondió?
¿Sabes qué pasó? No tuvimos ninguna respuesta a esa carta, así que logré que un amigo que estaba en la Cámara de los Lores le preguntara al gobierno cuándo respondería el Primer Ministro a la carta. Y la respuesta fue que el Primer Ministro ya había abordado esa carta durante una conferencia de prensa con el presidente Berlusconi una semana después de haberla recibido. Me pareció un insulto, cuando estábamos hablando de un enorme conflicto en Oriente Medio.
Hoy en Iraq hay una situación muy diferente a la de 2003. ¿Puede ser resuelta?
No creo. Odio decirlo, porque si no se resuelve, si un Iraq sólido no se reestablece, los chiitas creerán que están mejor protegidos por Irán que por un Iraq que está desintegrándose. Y el oeste de Iraq estará controlado por los fundamentalistas suníes, y será un campo de entrenamiento para Al Qaeda. Y una de las cosas que sucederán es que habrá muchos más jóvenes en Oriente Medio que sentirían que las políticas de sus líderes han creado este desastre, y aquellos que perdieron a su madre en un bombardeo estadounidense o a su padre en un ataque terrorista chiita van a querer pelear.
Mucho será atribuido a nosotros, o a los estadounidenses, y mucho a sus propios vecinos en el Oriente Medio. Así que dudo mucho que tengamos una salida exitosa aquí. De hecho veo una gran amenaza, no sólo para el Oriente Medio, sino para lo que ya está pasando en muchos países europeos en los que hay una gran comunidad musulmana que se está volviendo más radical, una amenaza a nuestro propio país. Usted vio las bombas en Londres. Blair cometió tremendos errores. Bush es un idiota conocido, es un completo idiota, pero Blair parece un hombre listo. Solo que fue seducido por sus fantasías de ser el rey de Europa.