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NOTICIAS Todo cambia, menos El ParaísoSu cercanía con la Cuarta Brigada de Infantería hizo al pueblo parte de la historia de la guerra, pero su posición entre cerros y la carretera lo salvó de ser escenario directo de los enfrentamientos. Ahora, 15 años después de la firma de los acuerdos, los pobladores buscan salir adelante entre el trabajo de sus propias tareas agrícolas y de la pesca; y los eventuales trabajos cortando caña de azúcar. El Paraíso sigue siendo un lugar tranquilo. Rodrigo Baires Quezada/ Fotos: J. Marcelo Reyes
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Rafael Castro señala el cerro El Espinal, donde, en los tiempos del conflicto armado, caminaba la guerrilla para emboscar la Cuarta Brigada. |
9:30 de la mañana. El calor agobia en El Paraíso, Chalatenango, y el viento, en lugar de refrescar, levanta olas de un fino polvo rojizo oscuro que viene del suelo arcilloso de los cerros, que se pega con el sudor a la piel. En el barrio el centro, frente a la iglesia del pueblo, una docena de personas camina por los portales sobre la 2ª. calle poniente y la avenida Central, a inmediaciones de la alcaldía municipal.
“Aquí siempre es bien tranquilo… desde antes, aún en los años de la guerra, dentro del pueblo no pasó mucho”, dice Rafael Castro, quien ha vivido todos sus 53 años en el pueblo. “Sólo cuando hay fiestas patronales, en honor a la Virgen de la Inmaculada Concepción (la última semana de diciembre y la primera de enero), se llena de gente El Paraíso”, describe y señala hacia el parque central donde se ven las tazas voladoras del “súper twister” esperando que un camión, que no llegaría en todo el día, las trasladara hasta el carnaval más cercano.
“Tranquilo”, repite Rafael. “Bien tranquilo”. Lo mismo parecen decir las viejas y gruesas paredes de adobe de las casas que se levantan alrededor del casco urbano que no tienen las cicatrices de las balas de G-3, M-16 o AK-47, tan comunes en la mayoría de pueblos de Chalatenango tras los años de guerra. Aún ahora, en las calles alrededor del parque central, un solitario graffiti de la mara 18 desafía la aseveración del alcalde municipal, Emilio Ortiz Carvajal, de que ni las pandillas han entrado en El Paraíso. “Quizás es porque siempre estuvimos amparados por el cuartel”, remata Castro.
Hacia el poniente, por encima de los techos de las últimas casas de la colonia El Roble, el cerro El Espinal separa al pueblo del cuartel. Durante toda la década de los 80, muchos pobladores del norte y el oriente del departamento caminaron con las pocas cosas que pudieron sacar de sus tierras para “ampararse” en la seguridad que brindaba El Paraíso, para “ganar unos años más de vida” en el “patio de la Cuarta Brigada de Infantería”.
“Aquí en El Paraíso he podido llegar a los 74 años”, dice Pedro Chavarría y suelta un escupitajo, mezcla de saliva y del tabaco que mastica, en el suelo de su casa. En 1980 enterró tres mil colones cerca de su rancho en Nueva Trinidad; tomó a su hijo mayor, Obdulio, quien ya tenía edad para “cargar el fusil”; encargó al resto de su familia con unos parientes; y enfiló hacia Chalatenango a buscar ganarse la vida.
La guerra ya empezaba a apretar el paso en el norte de Chalatenango. “Pasaron los días y yo le mandé a decir con una gente a Pedro que teníamos que salir todos… ya nos habían dicho que las cosas se iban a poner feas por la casa”, recuerda su esposa, María Concepción Hércules, quien pensaba en el futuro de sus otros cinco hijos. “Nos fuimos a Chalatenango. Ahí dejamos los tres mil pesos enterrados, la ropa, dos cóbanos llenitos de maicillo y maíz… todo lo que teníamos. Después de andar por todos lados, en 1983 llegamos a El Paraíso”, dice.
“La guerra cambió El Paraíso. Nunca hubo combates dentro del pueblo y se permitió el asentamiento de refugiados, creando nuevos caseríos”, describe Romero Salazar, un habitante del pueblo. Hasta el 2004, según el último censo de la comuna, entre los tres cantones, divididos en 13 caseríos, el municipio albergaba 11 mil 683 personas en sus 54.13 kilómetros cuadrados. “Serán un poco más o un poco menos, porque hay gente que se ha ido a Estados Unidos y otros para San Salvador”, recalca Ortiz Carvajal.
El otro punto a favor del pueblo es que había trabajo. Desde principios del siglo pasado, la principal entrada económica de El Paraíso estaba ligada a la Hacienda Santa Bárbara. Las mejores tierras de la hacienda quedaron inundadas por la construcción del embalse del Cerrón Grande, a mediados de 1974, y la reforma agraria, de principios de 1980, permitió la conformación de la Cooperativa Santa Bárbara con más de un mil cabezas de ganado y cultivos de caña de azúcar y arroz. Además, el embalse sumó a las actividades económicas de la zona la pesca.
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Pedro Chavarría, a sus 74 años de edad todavía recuerda con detalles el día que tuvo que dejar su hogar. |
Con tranquilidad y posibilidades de conseguir empleo, los Chavarría Hércules se afincaron en la loma El Contumal, a pocos metros de la quebrada El Tibio, a las afueras del Barrio Candelaria, a mediados de 1980. Hasta entonces, esas mismas laderas sólo servían de punto de reunión de los asiduos a “chiviar”, que escapaban de la mirada inquisidora del puesto de la Guardia Nacional frente al parque del pueblo.
En 1984, Asdrúbal se había enlistado en la Cuarta Brigada. “Tranquilo, lo que se dice tranquilo no era para nosotros”, recuerda María Concepción y prosigue: “El mayor se metió al cuartel. Aquí no pasaba nada, pero salir a la carretera ya era feo y siempre uno estaba rezando porque los tiros que se oían a lo lejos no fueran para un familiar”. Eran los años en que el conflicto armado había tomado mayor fuerza. Tener un hijo soldado era sinónimo de estar alineado con el ejército “gubernamental”; y ser originario del norte, simpatizante del ejército “popular” del FMLN.
“Muchos creían que porque veníamos del norte veíamos bien lo que estaban haciendo los muchachos, los guerrilleros”, dice Esperanza Navarrete. Con 50 años, 20 de ellos fuera de su pueblo, a Esperanza todavía se le entrecorta la voz cuando recuerda la madrugada que decidió salir de Arcatao. Esperanza estaba embarazada de su cuarto hijo cuando un “conocido” de su esposo llegó a su rancho a decirles que se fueran del pueblo. “Ese ya andaba con ‘el grupo’ y nos dijo que si no nos salíamos nos teníamos que caminar con ellos. Nos pidió que colaboráramos”, dice.
“Nos salimos para el centro del pueblo, donde había una trinchera del ejército. Nos quedamos en un mesón y esa noche atacaron a la comandancia que estaba ahí. Las balas corrían para dentro de la casa y fue un milagro de Dios que no nos muriéramos a golpe de las tejas que caían del techo”, recuerda Esperanza, que se tiró bajo el catre con sus hijos y su esposo. Al filo de la madrugada, cuando el combate terminó, Esperanza abrió la puerta de su cuarto y se encontró una “papaya” sin explotar en el corredor de la casa. A pocos pasos, estaba el cadáver de un muchacho partido en dos a fuego de metralla.
Atrás dejaron todo. “Teníamos tierra que trabajar y donde vivir. No hubo chance de sacar nada… no se pudo vender ni bien ni mal porque nadie iba a comprar esas tierras”, remarca. “No voy a olvidar nunca esa masacre… El comandante nos dio papeles para salir para el lado de Honduras, por Guarita; luego hacia Chalatenango. En el camino… perdí a ese hijo de puro miedo”.
El cuartel y la carretera
Tres años después, en 1986, la familia Navarrete se ubicó en las laderas de El Contumal. “Estar cerca de la Cuarta Brigada era más tranquilo. Sólo algunas veces, cuando se querían tomar el cuartel, se veían pasar las balas como brazas desde los cerros… pero eso pasaba cada vez al tiempo y nunca tocaban al pueblo”, recuerda Esperanza. Ese año el FMLN realizó el primer ataque al cuartel de El Paraíso, que inició en la noche del 29 de diciembre de 1983. Fue una de sus primeras victorias militares.
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Producto de la guerra, Esperanza Navarrete huyó con su familia desde Arcatao hacia El Paraíso. |
A finales de 1982, el gobierno de Estados Unidos envió un grupo de especialistas militares –encabezado por el General de Brigada Fred Woerner, quien después fuera Comandante del Coronado Sur- para asesorar al ejército salvadoreño. El resultado final fue un plan estratégico nacional que incluyó el aumento del tamaño del ejército –se pasó de 12 mil a 42 mil efectivos entre 1980 y 1984- e incorporó a la Fuerza Aérea Salvadoreña (FAES) en trabajos de contrainsurgencia de manera más activa, frenando la movilización de grandes columnas de combatientes.
Como lo describe James S. Corum, profesor de estudios militares comparados en la US Air Force School of Advanced Airpower Studies, en Alabama, en su escrito “La guerra aérea en El Salvador”, el aumento en el potencial militar de la FAES y los constantes controles aéreos obligaron al FMLN a cambiar su estrategia de combate. “Las fuerzas rebeldes operaron en columnas más pequeñas que se combinaban para operaciones más grandes”, describe Corum. La primera prueba exitosa de este cambio de estrategia se vio en el ataque a la Cuarta Brigada, al cuartel.
“El FMLN metió columnas por Tejuela y San Rafael. Desde Santa Bárbara se vieron las lanchas que venían con gente por el embalse”, recuerda Ortiz Carvajal. “A El Paraíso sólo mandaron un grupito para que no se corriera la bola. Ahí estuvieron en el parque, no se metieron con nadie… al final, se acabaron el cuartel… y dos veces”, describe Rafael.
La única vez que la tranquilidad de Esperanza en El Paraíso se perdió fue en la noche del 30 de marzo de 1987. “Mario, mi esposo, se había quedado dormido afuera del ranchito en una hamaca. Vinieron los de la guerrilla y le ‘chainiaron’ (iluminaron) la cara con un lámpara. Le pidieron que los llevara a la escuela, a la plaza y al desvío… Yo pensé que lo iban a matar pero él regresó al rato. ‘Van a atacar el cuartel’, me dijo”.
Esa noche, el FMLN realizó diferentes acciones militares simultáneas y la principal fue la destrucción parcial de la Cuarta Brigada de Infantería, que había sido fortalecida en su infraestructura con ayuda de Estados Unidos después del ataque de 1983. Desde COPREFA, el primer informe oficial reconoció 69 efectivos militares muertos, entre ellos un asesor estadounidense, así como un centenar de heridos. Los informes del FMLN hablaban de no menos de 650 bajas, entre muertos y heridos, producto de una incursión de sus propias fuerzas especiales. En El Paraíso no hubo un solo disparo.
“El miedo de la gente era quedar en fuego cruzado en una eventual retirada. Pero sí se lograba frenar un ataque del FMLN desde el cuartel, las columnas se retiraban por los cerros y no bajaban al pueblo”, describe Reinaldo Mansilla, ex soldado del Batallón Cobra, con sede en la Cuarta Brigada.
Originario de Sonsonate, Reinaldo se enlistó en el DM-7 en 1980 y al año ya estaba en El Paraíso. “Lo nuestro eran trabajos especiales de contrainsurgencia… íbamos desde aquí hasta el último rincón del norte de Chalatenango. Éramos de las fuerzas especiales del ejército entrenados por gringos”, relata desde su casa a medio construir en El Contumal.
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Reinaldo Mansilla dejó el batallón Cobra para cuidar de su familia, luego de que su capitán se lo sugiriera. |
Reinaldo hizo su vida en El Paraíso. Se enamoró de una muchacha de San Francisco Menéndez, un municipio cercano, y se instaló en el pueblo. “Es que aquí era bien tranquilo. Ellos (FMLN) sabían que una retirada hacia el pueblo era quedar rodeado por lomas y cerros… que les sería difícil salir porque quedarían a merced de la metralla. Es que en esa época el Frente ya no eran un grupito de tontos, no eran un puñado de personas armadas… tenían entrenamiento, instrucción y las armas para hacer una verdadera guerra. Por eso el pueblo no lo tacaron, sabían que era venir a morir”, dice. “Yo me quedé aquí aunque mi familia en Sonsonate no podía dormir porque en las noticias a cada rato decían que Chalate era peligroso por la guerra. Me cansé de decirles que en El Paraíso no pasaba nada”.
El único problema para los pobladores era salir del pueblo. “En la carretera ya era otra cosa. Si había 12 retenes del ejército eran pocos. En cada puente había uno y era lo mismo: bajar del bus, mostrar la cédula, la mochila y luego para arriba”, dice Rafael, quien viajaba todos los días hacia San Salvador donde trabajaba en las cuadrillas del Ministerio de Obras Públicas (MOP). “Era bien jodido, porque si yo iba con un compañero de trabajo tenía que decir que era ‘un amigo del trabajo’… decir ‘compañero’ era para que te llevaran… habían palabras prohibidas, pues”.
A los retenes militares se sumaban las eventuales incursiones del FMLN. “Uno iba con el corazón en la mano cuando llegaba al desvío de Amayo o a cualquier retén porque mientras revisaban a la gente podían atacar los del FMLN. No crea, salir del pueblo no era algo bonito pero la necesidad obligaba”, dice Ortiz Carvajal. “Pero todo eso ya cambió”.
La paz y la rebusca
Ahora, 15 años después de la firma de los Acuerdos de Paz, la tranquilidad se respira en las calles de El Paraíso de Chalatenango y sus pobladores parecen agradecerlo, aunque aprieta la necesidad de llevarse algunos dólares al bolsillo. Nada parece haber cambiado.
“A como podemos vamos pasándola porque no es fácil cambiarse de lugar y decirse que lo íbamos a superar rápido. La mayoría de las familias que vinieron aquí somos de las pobres, no de las de facilidad”, dice Esperanza, quien con el tiempo construyó su casa de ladrillos y cemento y montó un molino para subsistir.
“La guerra terminó con los cuerpos policiales represivos aunque a la Policía Nacional Civil (PNC) le queda muy grande la camiseta”, dice Romeo y prosigue: “la guerra nos dejó un pueblo crecido de casas y de gente… pero es algo muy diferente al hablar de desarrollo social”.
Sin una base social fuerte, los proyectos de reconstrucción de diferentes organismos no gubernamentales e internacionales se fijaron más en las zonas que fueron escenarios de batallas. “Aquí sólo tuvimos la donación del ducado de Luxemburgo, alrededor de un millón de dólares, que sirvió para introducir agua potable en el pueblo y sus alrededores, en 1992. Nada más…”, relata Romeo.
“Las cosas cambiaron en el país. Ahora molestan esos de las maras, pero aquí en El Paraíso solo hay algunos de esos que roban, de esos rateros”, dice Pedro. Una noche atrás, uno o varios de esos rateros “desentejaron” el local del “quince”, un comercio al lado de la Alcaldía y a pocos pasos de la delegación de la PNC, y se llevaron el efectivo que había.
Reinaldo mira hacia el futuro. Cuatro hijos, una casa a medio terminar en un solar que le costó tres mil colones en 1989 -cuando pidió la baja del ejército tras la insistencia de su capitán, que le hizo ver que “hacer patria” no era matar a sus compatriotas o “defender la tierra de los ricos”-, y un trabajo de albañil le ha permitido saber que, aún con los acuerdos, todavía faltan cosas por hacer en El Paraíso y en todo el país. “Las cosas no están fáciles para nadie. Muchas cosas cambiaron con los acuerdos de paz y otras no… miré, ahí está la gente jodida con el pisto, con la falta de trabajo”, dice Reinaldo.
José Luis, el menor de sus hijos con 3 años, se acerca con las manos embarradas de guineo. Careto, sonríe y parece escuchar con atención los últimos 10 minutos de entrevista de su padre en los que describe cómo se salvó de puro milagro en Los Planes, Chalatenango; su compromiso por sacar adelante su casa; y su deber de contarle los detalles de una guerra que, según dice, no dejó nada bueno al país.
“Por mi trabajo salgo a todos lados y me he encontrado a gente que estuvo en los ataques a El Paraíso. Con ellos hemos hablado de la guerra, de que no quisiéramos que se repitiera nada de eso y de lo fregado que están las cosas para todo el mundo, igual para los que fueron soldados como para los que fueron guerrilleros… Ya ve, en el fondo, ellos y nosotros éramos lo mismo y tuvimos que tener una guerra para darnos cuenta. Por eso les cuento a mis hijos lo feo que fue la guerra, los compañeros que murieron y todo lo que yo sé que pasó para que no se dejen dar paja de nadie porque aquí, en El Paraíso, seguimos igual”.
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