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Los recuerdos de aquella fiesta del 92

Las Marías, zona de control del ERP, no cambiaron mucho después de los Acuerdos de Paz. Bajo la sombra del cerro El Tigre, entre Usulután y San Miguel, el caserío ha visto como los grandes proyectos que se trazaron sus habitantes con el cese de las hostilidades han ido quedando en el olvido. La zona, eminentemente cafetalera, estuvo a merced del precio del café, la falta de trabajo tras la corta y los cambios internos en el FMLN. Los sueños de un “El Salvador más justo” siguen pendientes para sus pobladores.

Rodrigo Baires Quezada. Fotos: Fany Cortez
cartas@elfaro.net
Publicada el 15 de enero - El Faro

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José Obdulio Hernández nos cuenta su experiencia de guerra. Para él, el conflicto armado y los acuerdos de paz no simbolizan nada que les haya podido traer beneficios ni a él ni a otras familias en el cerro el tigre. Muchas familias han tenido que salir fuera de Usulutàn para poder obtener ingresos debido a que la producción de café en la zona es casi nula. El explica que la duración del conflicto ni el fin del mismo ha podido lograr la supervivencia de las familias que habitan en la zona.

San Salvador todavía no despertaba del letargo que dejó la celebración del 16 de enero de 1992, de los Acuerdos de Paz firmados en Chapultepec y de los carnavales de areneros y simpatizantes del FMLN, con una calle de por medio, en el centro capitalino. Era viernes 17 de enero de 1992 y a las 6:00 a.m., frente a la Catedral Metropolitana, un grupo de buses calentaba sus motores mientras centenares de personas esperaban abordar para regresar a sus hogares. Tres de ellos recogieron a unas 150 personas y los trasladaron hacia Las Marías, entre Usulután y San Miguel, para seguir con la celebración de la firma de los Acuerdos de Paz.

Era tiempo de fiesta y en el terreno para orear café del beneficio de Las Marías, los ex combatientes procuraron hasta el último detalle. Había panes con gallina bañados con salsa especial, de esa que se condimenta con relajo para el chompipe de navidad; miles de historias por contar; huacales llenos de horchata; recuerdos de compañeros caídos; cántaros de agua dulce, botellas de chaparro; y las esperanzas de que vinieran tiempos mejores para una zona que fue golpeada duramente por la guerra. 

Para entonces “La China” tenía 25 años, 12 de ellos de ser combatiente bajo la bandera del FMLN y con el corazón y el alma entregada al Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP). Su familia estaba desperdigada entre Italia, Bélgica, San Salvador y el cementerio.

Su padre, un apicultor de Santo Tomás, estaba organizado con las Fuerzas Populares de Liberación (FPL). Su cuerpo lo encontraron carretera a Santa Ana, en el Congo, a mediados de 1980. “Tuvo el gusto de tener de amigo a Enrique Álvarez Cordova, uno de los dirigentes del Frente Democrático Revolucionario (FDR) que mataron, un señor que sabía que las cosas no estaban bien en este país y que había que hacer algo”, relata Elia, su madre. “Entonces, él también decidió meterse en eso de la organización, como lo hicieron mis otros hijos”.

La menor de la familia era “la China” y con 13 años, cuando todavía la conocían por Cecilia Isabel, vio a los ojos de los escuadrones de la muerte la noche que llegaron a su casa a buscar a sus hermanos. “Si no nos decís donde se esconden tus hermanos, la próxima vez vamos a venir para llevarte a vos”, le dijeron y “la China” supo que no bromeaban. Tomó sus cosas, buscó a la única persona organizada que conocía cerca de su casa, se enlistó en el ERP y partió hacia Morazán, a empezar su adiestramiento militar. Todo, la misma noche.

Un año después llegó a las laderas del Cerro El Tigre, entre Usulután y San Miguel, bajo el seudónimo de “la Verito” o simplemente “la China”, para pasar el resto de la guerra hasta la firma de los acuerdos de paz, el 16 de enero de 1992, con el fusil entre las manos.

El 17 de enero de 1992, “la China” se sumó a la fiesta junto a sus compañeros y los visitantes que llegaron de todas partes del país. Entonces, era tiempo de fiesta en Las Marías y se esperaba rehabilitar la zona construyendo un museo de la guerra, una clínica y una escuela; reactivar el beneficio del café para aportar económicamente al sostén de los ex combatientes y los pobladores que serían repatriados a la zona. Eran tiempos de grandes sueños.

Aún se pueden observar afiches viejos de advertencia o peligro en algunas de las casas en el cerro el Tigre. Durante la guerra, la zona estaba minada, pero después de la firma de los acuerdos de paz se retiraron todas las minas del lugar.

Las Marías, sin fiesta

Cuatro días antes del 15.º aniversario de los Acuerdos de Paz, la gente del cantón todavía recuerda cómo terminó el conflicto armado y cómo todos los proyectos han desaparecido o les falta el apoyo económico para terminar de hacerse realidad. Ahora, son otros tiempos. “La mayoría de los ex combatientes que estuvieron en esa comida, celebrando y bailando hace casi 15 años están aquí… Aquí nos tocó, aquí volamos riata y aquí nos quedamos a vivir”, sostiene “la China”, quien varias veces se ha negado a dejar Las Marías para irse junto a sus hermanos que se exiliaron en Bélgica e Italia.

“Durante el conflicto esta zona fue bastante complicada”, recuerda Obdulio García, de 39 años y ex combatiente del ERP. “El museo se inició aquí, pero después se llevaron todas las piezas para Perquín, Morazán… De la clínica se hizo la casita pero después, por falta de fondos, quedó en manos del Ministerio de Salud y se introdujo agua potable poniendo una bomba al pozo que antes se ocupaba sólo para el beneficio, de donde sobrevive la gente cuando es la época de la corta (del café). Pero el resto del tiempo todo está bastante tremendo porque en la zona no hay fuentes de empleo”, remata.

Obdulio está sentado bajo la sombra de un árbol de mangos. A su espalda tiene un grupo de padres de familia que hace cola para hacerse de un paquete de útiles escolares de la organización no gubernamental Visión Mundial. Las clases, como en el resto del país, inician el 15 de enero y los gastos se multiplican de acuerdo a la cantidad de niños que viven en cada una de las 300 casas del poblado.

“Esta es una ayudita que nos hacen de Visión Mundial porque la situación económica está bien fregada aquí”, dice Toñita, una mujer que llegó desde “Colom” –el asentamiento de refugiados Colomoncagua, donde había cinco mil 550 salvadoreños, cerca del 34 por ciento de la población refugiada en Honduras en 1982- a repoblar la zona tras la firma de los acuerdos. Tita, la cuñada de Toñita y  ex brigadista de salud del Brigada Rafael Arce Zablah (BRAZ), mira por el rabillo del ojo, desconfiando de la grabadora y de las preguntas, y se concentra en lavar el arroz que acompañará el almuerzo.

Según los ex combatientes, el partido pudo ayudar en algunas cosas al principio. “Algunos de los jefes, por su misma preparación académica, lograron algunas cosas; nosotros, la mayoría de combatientes no tuvimos esos chances y nos quedamos con la siembra y el poquito de café de las parcelas”, dice Obdulio. Del gobierno, según ellos, poco o nada llegó. Tampoco lo esperaban. 

El cerro El Tigre se “pedació” en pequeñas parcelas. “No fue ningún regalo como piensa mucha gente”, dice Obdulio y prosigue: “A nosotros nos tocó pagar por esas tierras”. Se echaron a andar algunos proyectos, pero para él, como para otros ex combatientes, los Acuerdos de Paz sólo cambiaron la realidad política del país pero no aseguraron que las condiciones que generaron la guerra se volverían a repetir.

“Hoy nos rebuscamos por vivir… pero se perdió la unidad, la solidaridad y el compañerismo que había en la zona”, describe Obdulio. “Y sí le puede dar en las patas a uno para lograr subir más, pues lo hace”, remata “la China”.

Frente a ellos dos, un bus cruza por la nueva calle pavimentada Santa Elena – Las Cruces - San Pedro Arenales - Jucuapa, la misma que el presidente de la República, Antonio Saca, inauguró el 10 de agosto de 2006. El mandatario reconoció en su discurso de inauguración que era la gente, la que pagaba sus impuestos, la que permitió construir la carretera con la que “ha cambiado la vida, el polvo, el desorden y el atraso” de la zona. El costo de la obra, 4.2 millones de dólares; los beneficiados, 46 mil personas; el nombre,  Maria Elena González de Saca, la madre del presidente, como dice en un rotulo manchado con pintura roja a la salida de Santa Elena, Usulután.

El abandono

“Aquí, en el país, hay todavía mucho por hacer y ni el gobierno ni el FMLN se acuerda de eso”, dice Tita, originaria de Morazán y de visita en la casa de su cuñada.  Su historia no es muy diferente a la de “la China”. Creció con el fusil, que portó desde los 14 años, maduró bajo las balas en algún campo de batalla, se enamoró bajo un candil en algún campamento militar y voló “riata y guerra” para ver, según lo que le habían dicho y lo que creía, un mejor El Salvador bajo la mentalidad de “vencer o morir”. “Cuatro de mis hermanos, dos parejas, cayeron en la guerra y después, con más de 30 años, uno quería seguir con su vida, aprender a ser madre, a ser esposa y a ser compañera en tiempos de paz… es algo bien yuca”, dice.

Según Tita, los que entraron y salieron de la guerra dieron “gracias a Dios” por que esperaban ver una nueva vida. “Pero después uno quedó aventando. Por eso me da coraje ver ahorita a algunos que dicen ser comandantes y grandes líderes del FMLN cuando sólo se pusieron una camiseta y una gorrita después de los Acuerdos de Paz y andan hablando mierdas… Bueno, algunos hasta están en otros partidos hablando babosadas cuando antes nos decían que siguiéramos luchando hasta el final”, cuenta.

“Los problemas que se dieron en el FMLN, el desmembramiento que hubo de los diferentes partidos, hizo que en algunos lugares les dieran atención pero a otros no”, analiza “la China”, “porque en cada lugar de control hubo diferente base social y diferentes partidos… Aquí, por ejemplo, quedamos a la deriva”.

Las pugnas internas en el FMLN no eran nada nuevo durante el período de conflicto y la unidad del Frente, entre rencillas y protagonismos propios de los cinco grupos que lo integraban, –ERP, FPL, Resistencia Nacional (RN), Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos (PRTC) y el Partido Comunista (PC), junto a su brazo beligerante, las Fuerzas Armadas de Liberación  (FAL)- surgió de la necesidad de sentar una posición conjunta ante la situación político militar.

Casco del beneficio de la cooperativa Las Marías. En el interior de la cooperativa se observa una pared con el nombre de todas las personas que participaron en el conflicto armado.

 “El FMLN fue la expresión de esa necesidad (durante la guerra). Sin embargo, como lo muestran los nichos que los distintos grupos del Frente hicieron en las zonas de guerra –por ejemplo, en Guazapa, Morazán y Chalatenango-, la unidad no fue plena… en el sentido de que la identidad y las aspiraciones de los núcleos que formaron el FMLN seguían presentes y se traducían en control de bases y espacios territoriales propios”, detalla el politólogo Luis Armando González, en la revista Procesos de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), el 20 de mayo de 1998.

Firmada la paz, la unidad del FMLN empezó a romperse y los primeros en salir, tras las elecciones de 1994, fueron el ERP y la RN, encabezados por sus líderes Joaquín Villalobos y Fermán Cienfuegos. Estos, con siete diputados en la bancada del FMLN dentro de la Asamblea Legislativa, dieron el campanazo el 1 de mayo de 1994, cuando se sumaron a los votos de ARENA para cambiar el código de trabajo y aceptaron cargos en la junta directiva del parlamento.

Villalobos encabezó la formación del Partido Demócrata (PD), a mediados de 1995, y su adhesión al Pacto de San Andrés, firmado junto a ARENA el 31 de mayo, que se tradujo en votos a favor del aumento del IVA de 10 al 13 por ciento, dejó claro que el ERP pasaba a la historia.

“En la primera disputa abierta por el control del FMLN, la RN y el ERP salieron perdiendo. El partido quedó en manos de las FPL, el PCS y el PRTC, fraguándose un pacto mediante el cual, aceptada la existencia de tendencias distintas, el primer grupo (FPL) controlaría la coordinación del partido, dejando a los otros dos, especialmente al tercero (PRTC), en una posición subordinada”, analizaba González.

Para los habitantes de Las Marías, esta división dejó a los ex combatientes de ERP fuera de los planes y el apoyo del FMLN. “Al gobierno le interesa presentar esa libertad de pensamiento hacia el exterior. Siento que el FMLN solo es un partido que sirve para representar a nivel mundial que en el país hay democracia pero las cosas siguen jodidas para los pobres”, asegura “la China”.

“La mayoría de ex combatientes aquí estamos. Algunos, por necesidad, se fueron para Estados Unidos”, relata Obdulio. “Los Acuerdos de Paz dejaron otras condiciones sociales pero sobrevivir es más difícil que en la guerra… ¿Qué sacamos de los acuerdos?, bueno que cambiara la situación política pero  conseguir trabajo estable y tener una vida digna sigue siendo igual o más difícil que antes de la guerra… aquí falta hacer algo porque los sueños por los que luchábamos no se cumplieron: educación para nuestros hijos, fuentes de empleo, salud para todos. Los acuerdos tienen muchas deudas con este país”.

En Las Marías, todos los años se espera la llegada de la corta de café, al igual que antes de la guerra, para tener un poco más de trabajo. La Cooperativa de 35 socios produce café orgánico con un sabor amargo que no molesta el estómago y un aroma penetrante. Según sus productores, la clave es que el café es “secado en patios de ladrillo”. Del museo sólo queda un mural con los nombres de los mártires de la zona y los restos de un helicóptero que cayó abatido en San Agustín Las Calles, en Usulután; de la fiesta de aquel 17 de enero de 1992, solo el recuerdo de cuando se esperaba que la zona volviera a una nueva vida. Nada más, puros recuerdos.

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