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NOTICIASLa guerra le quitó la pierna y la noviaJosé Roberto Sánchez, un ex combatiente de la Fuerza Armada Salvadoreña, es uno de los 15 mil lisiados de guerra que reciben una pensión del gobierno. José es parte de la Asociación de Lisiados de Guerra (ALFAES). Originario del cantón Huertas del municipio de Ilobasco, este hombre de 43 años se enlistó joven al Ejército y, en poco más de un año, perdió su pierna izquierda, el testículo derecho y su amor de juventud. Pensó, desde ese momento, que acabaría solo. Ahora, quince años después de terminada la guerra, José está acompañado y busca superarse como abogado. Daniel Valencia En aquel tiempo reclutaban y llamaban a la gente por medio de los comandantes para que uno fuero a la lucha. Me presenté porque en el lugar en donde vivíamos hacía un turno como ex patrullero. No había sueldos, no había un cartón que lo respaldara. Si usted moría… En el tiempo que presté el servicio, obligatoriamente, sin tener ningún beneficio, uno se desvelaba, pernoctaba, aguantaba hambre, y tocaba ir, obligadamente, cuando pasaba el Ejército, a ayudarles a cargar. Yo tenía 23 años. Era 1985. Ese año me llamaron al Ejército, al destacamento # 2 de Sensuntepeque. Ahí estuvimos de alta. Al año y medio, en un patrullaje, perdí la pierna. Fue en el cerro Las Vainillas de San Isidro, Cabañas. El destacamento vigilaba la carretera que conduce de San Salvador al desvío de Ilobasco y Sensuntepeque. Por ahí operaba la guerrilla. En el 82, antes de que yo fuera soldado, había una historia sobre esa carretera que contaba que (los guerrilleros) mataron a más de dos compañías de 120 (soldados). Incluso se contaba que capturaron a 39 soldados y los llevaron hacia el cerro La Campana. Esta carretera era el camino para ir a operar a Nuevo Edén de San Juan, Vía Dolores, Santa Marta (en Victoria). El destacamento tenía que cuidar esa zona o transitarla para ir a operar. Entonces, nos mandaron. Fue el 13 de enero de 1986. Habíamos tenido libre el fin de año y cuando llegamos de licencia nos mandaron a darle seguridad a los alrededores del destacamento. Luego de cinco días, nos enviaron de vuelta a esa carretera. Ese día, todos mis compañeros andaban desvelados. Habíamos estado como ocho días haciendo turnos de cuatro, tres horas… todos desvelados, nos regamos por la carretera. Hayamos propaganda que habían votado los señores de la guerrilla, que en ese tiempo peleábamos con ellos. Fue como a la una de la tarde. Sonó el radio patrulla y, por no despertar al encargado de radio para que siguiera descansando, decidí ir a responderlo. Cuando iba para abajo fue que me paré, por decirlo así, a un lado de una piedra. No me paré en la piedra porque sobre ella tenía la cabeza un compañero que estaba dormido. A la par de donde puse el pie estaba la bomba. A él no le molestó porque la piedra le quedaba un poquito altita. Pero al estallido, el compañero y yo quedamos igual de locos; bien dundos, no sabíamos donde estábamos. Él no quedó herido de nada, pero de los oídos quedó sordo en el momento. El impacto a cualquiera… tal vez en el momento no le afectó, pero a esta fecha es posible que esté lesionado por las heridas internas. Él tenía la cabeza recostada, pero no estaba muy al borde y la piedra era demasiado grande. Ni se movió. Él estaba dormido y al rato reaccionó y dijo: “¿Aquí que pasa?”. Y dieron el 22 (sic.) de que yo estaba abajo, herido, y vieron el gran hueco de la bomba. En el momento sólo sentía que me habían quitado todo. Sentí un golpe dormido, un golpe así como cuando tiene dormida la pierna. Sólo siente el porrazo pero no el dolor. El dolor lo vine a sentir después. En ese momento, lo que pensé en mi propia mente fue que ya me había quedado sólo y que ya no podría poderme incorporar, como persona, para tener hogar. Quise pararme en el momento. No lo pude lograr. En ese momento pensé: “hoy ya quede abandonado”. No tenía mamá y sólo tenía a mi abuelo y a mi tío. Pensé: “ya quedé sólo, abandonado, quién va a velar por mí”. Pensé en el futuro. … Buscaron un carro para que me llevara al destacamento, a la unidad de salud. Me pusieron suero y después me sacaron a una canchita, que le dicen, del cerro para que llegara el helicóptero y me trajera. A mi me sucedió esto como a la una de la tarde. Vine aquí (San Salvador) como a las cinco de la tarde. No perdí el conocimiento, pero sí ya sentía que me dolía. Perdí una pierna, casi perdía la otra; y también, como dice una canción, perdí un testículo. A veces uno se enfrenta a una mujer y no va con toda seguridad porque tanto la mujer como el hombre, cuando nos tenemos confianza, nos queremos revisar internamente. Y con esa inseguridad, como ex combatiente y como lisiado nos sentimos mal. Yo ya no vivo con eso, pero uno nunca se siente muy seguro. Viví una experiencia muy grande con la novia que supuestamente yo quería. No me quedé con ella porque con otras amigas ella platicó que le daba pena andar conmigo. Cuando ella me conoció, me conoció bueno. Ya después me miraba todo renco. A mí no me lo dijo. Yo miraba bastante diferencia cuando quería conversar con ella o andar con ella; ella siempre se apartaba o me ponía alguna excusa tratando la manera de no caminar cerca de mí. Antes de que quedara discapacitado yo le había pedido matrimonio. Me dijo ella que no. Después, cuando regresé al cuartel (ya discapacitado), y que volvimos a tener relaciones, le dije que no acompañáramos. Ella me dijo que no. Por eso es que a mí me queda la duda que quizá era cierto que le daba pena andar conmigo. Si ya era una mujer para mí, ¿por qué no aceptó que nos acompañáramos? Tuvimos un hijo, pero ella nunca me dijo que estaba embarazada. Me di cuenta hasta que nació el niño. Las hermanas me contaron. Si yo hubiera sabido antes que a ella le daba pena andar conmigo ese niño no hubiera quedado. Eso fue en el 92. Desde entonces no la paso muy bien porque a veces no puedo ayudarle a mi hijo. Me siento bastante mal porque a mi hijo lo he dejado solo. Pero siempre que he podido he tratado la manera de ayudarle con lo poco. He querido ayudarles de vez en cuando pero no es lo mismo que estar cerca de uno. Él ya tiene 14 años. Hace cuatro años me acompañé con una muchacha y tengo una niña. Con la herida he venido luchando solo en la rehabilitación. Intenté estudiar y sigo de vuelta estudiando. Dejé de estudiar tres años porque en el año que me acompañé sentí pesada la carga económica. La mala planificación afectó. No me arrepiento porque tengo una niña, pero quizá ya tuviera mi licenciatura en ciencias jurídicas. Me faltan tres años. No he pedido una exoneración de mis estudios por la lesión. Tal vez más adelante lo haga. Al gobierno le hemos pedido, a través del Fondo para Lisiados, becas para nosotros pero nunca nos ha escuchado. Siempre nos mandan a competir con bachilleres de 18 a 19 años que vienen saliendo de la escuela. Podemos tener la capacidad, pero entre 100 es bien difícil que califiquemos. Primero, como adultos, pensamos en las responsabilidades que tenemos. Pensamos en conseguir trabajo, cómo hacer para tener la comida diaria. Entonces es bien difícil competir con estos jóvenes que tienen la oportunidad y sólo piensan en el estudio. Porque ni siquiera nos ponen a competir con todos los bachilleres, sino que con personas que tienen un grado de rendimiento académico excelente. Sólo piensan en el estudio, es su trabajo. ¿Será igual competir con una persona que trabaja, tiene su familia…? Yo, gracias a Dios, me sometí a sacar mi bachillerato con un gran esfuerzo. En 1997, que me metí a estudiar, no me daban la pensión. Nosotros estuvimos pensionados como lisiados en una unidad del Estado mayor desde el 87 al 89. En el noventa nos quitaron la pensión. ¡A la mayoría de los lisiados le han dado la baja –como que estuviéramos en los Acuerdos de Paz- en 1990! Cuando llegó el 92 ya sólo le dieron la baja al Ejército, que estaba de alta. De los lisiados ya se habían deshecho. Nos quitaron la pensión porque nos estaban obligando a aceptar seis mil colones –en ese tiempo-, y en herramientas. Al negarnos al recibir eso, nos comenzaron a quitar la pensión… ¿sabe de qué forma? Descontándonos el 25 por ciento; como no lo aceptamos, nos quitaron el 50 por ciento; como no lo aceptamos, nos quitaron la pensión por dos años. ¿Cómo sobrevivimos? Algunos todavía nos lo preguntamos. Otros compañeros sí decidieron agarrar la pensión. En 1992, el Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada (IPSFA) nos mandó a llamar para darnos una pequeña indemnización, pero ya dos años habíamos aguantado hambre. Nos dijeron que agarráramos esa indemnización y que ya no le pidiéramos nada más al Estado. Dieron 25 mil, 15 mil y 10 mil colones. A mi me dieron 25 mil colones. Después, en 1993, comenzamos a luchar. Hubo un grupo de compañeros que dijo: “Vamos a hacer la organización porque sólo así nos pueden oír”. Ya desde antes de los Acuerdos de Paz, los compañeros de la Fuerza Armada nos llamaban “perros revoltosos levanta masas” porque andábamos organizándonos. En 1993, logramos la personería jurídica pero todavía no recibíamos pensión, pero ahí andábamos haciendo bulla. Hicimos marcha y marcha; incluso nos mataron a un compañero en mayo de 1994, cuando íbamos para la ex Casa Presidencial en San Jacinto, para que nos aprobaran el censo. Luego, ya aprobado el censo, tocó luchar de vuelta para que nos dieran la pensión. Fuimos a marchar por donde está el IPSFA ahora. Ahí nos dieron una leñateada los antimotines. Fue hasta 1995 que nos dieron la pensión en el Fondo. Pero todavía tenemos que seguir luchando. Hay demasiadas injusticias, malos tratos. Si uno quiere medicinas le toca andar de farmacia en farmacia y no hay medicamentos. En los hospitales no nos atienden; y si lo hacen nos tratan mal. Lo normal es que no nos atiendan a menos que sea por algún dolor de la lesión de guerra. Una gripe, un dolor de espalda o de columna no lo atienden. No aplicamos para eso, dicen. Gracias a Dios no me quedé sólo. Tengo a mi hija y a mi mujer. Ellas hacen que no esté sólo. Ellas y los compañeros de la asociación. Tengo una discapacidad casi total porque es de 62 por ciento. Por esa discapacidad me dan 135 dólares. Con eso sobrevivo, y con lo poquito que uno se rebusca. Soy sastre también y sacó mis puntillos de sastre. Con eso se aguanta uno. Y ahí voy, adelante, queriendo ser un profesional. Esta es la historia que tengo hasta ahora. |
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