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NOTICIAS Discurso del Presidente Elías Antonio Saca en ocasión del XV Aniversario de los Acuerdos de PazEl Faro
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Celebramos hoy quince años de la histórica firma de los acuerdos de paz, y corresponde celebrar el hecho que tenemos un país totalmente transformado. Pero además es ocasión oportuna para reconocer que en el camino han surgido nuevos desafíos y dolores de desarrollo que como país estamos llamados a atender y resolver.
Si bien esta es una fecha de celebración, también debemos convertir el 16 de enero en un día de reflexión sobre los retos futuros y las tareas pendientes de el salvador.
Quiero comenzar haciendo un reconocimiento y un saludo de respeto y admiración al pueblo salvadoreño, artífice máximo de los esfuerzos de pacificación que culminaron el 16 de enero de 1992, con la suscripción del histórico acuerdo de paz en el castillo de Chapultepec de México, cuyo cumplimiento fue finiquitado por Naciones Unidas el 6 de enero de 2003.
Si no hubiese sido por el estoicismo, la voluntad y la determinación de los salvadoreños, no podríamos haber concretado una solución política como la que logramos. La trascendencia de los acuerdos radica en haber plasmado de manera ejemplar el entendimiento sin vencedores ni vencidos que nos ha permitido avanzar, en estos 15 años y de aquí en adelante, por la ruta de la democratización, de la modernización y del progreso sostenido basado en las libertades.
Saludo también, con sincero espíritu de fraternidad, la presencia de los señores presidentes, jefes de Estado o sus representantes que nos acompañan en esta conmemoración que nos pertenece a todos. El logro de la paz sólo fue posible por la oportuna unión de esfuerzos tanto nacionales como internacionales.
Agradecemos su participación con nosotros en esta conmemoración, pues hace que los lazos de hermandad, solidaridad y cooperación se estrechen aún más entre nosotros. Sobre todo en este momento histórico en que como país buscamos iniciar un nuevo capítulo de reconciliación y vivencia más cotidiana de la paz.
Esta tarde también tenemos el privilegio de contar entre nosotros a don Javier Pérez de Cuéllar, quien fungió como Secretario General de las Naciones Unidas durante todo el curso de los casi dos años y medio que duró la negociación de la paz salvadoreña, y cuya sabiduría fue factor determinante en momentos decisivos del proceso. También se halla aquí don Álvaro de Soto, que desempeñó, con inteligencia y habilidad extraordinarias el papel de intermediador activo en el curso de las complejas negociaciones, así como don Iqbal Riza y Marrack Goulding, a quienes les expresamos una enorme gratitud y les reiteramos el lugar de honor que ya ocupan en la historia nacional.
También quiero hacer un justo reconocimiento a la iglesia católica, que jugó un papel trascendental de mediación durante la negociación de la paz. Hoy día, la iglesia mantiene una posición de sana crítica y reflexión sobre la realidad que nos ayuda a seguir trabajando en un desarrollo humano cada vez más incluyente. Vaya a su liderazgo pasado y presente un saludo meritorio de agradecimiento y respeto.
Cuando vemos hacia atrás el proceso de evolución de El Salvador, nos encontramos con una serie de impresionantes transformaciones. Pasamos de un país donde el perverso espíritu del miedo se había apoderado de nuestra realidad, a un país donde hoy los salvadoreños gozamos de absolutas libertades: de pensamiento, de participación política, de culto y libertad de expresión sin temores de ningún tipo.
Los Acuerdos de Paz ampliaron significativamente los espacios de la participación política, haciendo posible que todas las corrientes de pensamiento pudieran interactuar en forma legal y abierta. Asimismo, los derechos humanos fueron elevados a la categoría de norma básica del nuevo marco de relación entre el estado y la sociedad civil. Con los acuerdos pasamos a un esquema civil del poder que se ha convertido en la base inamovible de la sociedad democrática que todavía estamos construyendo todos los salvadoreños.
De ahí ha surgido este modelo moderno de sociedad, que tiene en el principio de las libertades individuales su primordial sustento moral, jurídico y político. Hoy contamos con instituciones y bases legales que le dan soporte a la tolerancia y a la participación política. Gracias a este nuevo esquema es factible avanzar en la ruta de la estabilidad, de la concordia y del compromiso compartido de cara al gran proyecto de país.
Los acuerdos de paz fueron mucho más que el cierre de las acciones bélicas: se convirtieron en la plataforma básica de este nuevo El Salvador democrático que, con las dificultades propias del aprendizaje y del recorrido, estamos levantando entre todos. Nadie debe insinuar que se resolvieron nuestros problemas, pues falta mucho para convertirnos en el país que queremos. Y nadie debería cometer la injusticia de no reconocer cuánto hemos avanzado.
Hoy tenemos estructuras, mecanismos y dinámicas que abonan al natural pluralismo de una sociedad abierta y democrática. Es sano que recordemos de dónde venimos, porque nos sirve para apreciar y valorar lo que hemos logrado en los últimos 15 años. Por otro lado, también es importante la sinceridad de la memoria histórica para que tomemos nota de los errores que nunca debemos repetir.
Gracias a la dinámica histórica del momento, optamos en 1992 por una solución política, que no estaba configurada para satisfacer ninguna de las aspiraciones propias de las partes en conflicto, sino para crear el espacio donde pudiera desplegarse, con amplitud y fluidez sin precedentes, la democracia. Hoy vivimos en democracia, pero debemos transitar hacia una cultura de paz social, es decir, hacia una paz fundada en el respeto, confianza y convivencia ciudadana.
Creemos que la paz social es el nuevo capítulo de nuestra evolución, la grada que nos puede conducir a una democracia más sostenible, más incluyente y más humanizadora. Ya gozamos de entendimientos básicos y contamos con una plataforma que nos permite planificar, encauzar y consolidar nuestro desarrollo en todos los órdenes de la vida nacional, dentro de un marco de pluralismo que reconoce las diferencias y contradicciones normales en todo proceso de aprendizaje, reconciliación e integración de una sociedad con sus fibras dañadas.
Es más que oportuno destacar el rol de la libertad en este nuevo El Salvador que sigue evolucionando luego del acuerdo de paz y quince años de vivencia democrática. Nuestro país, ahora, es un país de libertades en pleno crecimiento, y con un grado alto de credibilidad que favorece nuestro esquema de relaciones internas e internacionales. Las libertades civiles y las libertades económicas son la base de nuestra modernización. La libertad de expresión constituye un seguro permanente para la salud de nuestra democracia.
Hoy día los salvadoreños pueden pensar como quieran, creer sin restricciones, opinar abiertamente, organizarse y movilizarse sin cortapisas, trabajar conforme a sus propias decisiones personales, y progresar con el único límite de su propia voluntad y esfuerzo. Nunca antes habíamos tenido en el país tanta libertad y tanto espacio para expresarnos, para emprender, para construirnos nuestro propio destino a través del trabajo.
Las libertades nos protegen, nos impulsan, nos unifican y nos educan. Estamos comprometidos no sólo a preservar y fortalecer nuestras libertades, sino a hacer lo necesario para que todos y cada uno de los salvadoreños puedan vivirlas con la plenitud y la seguridad que demanda un régimen de vida auténticamente democrático. También estamos obligados como gobierno a evitar los abusos y los excesos que trasgreden la legalidad y la moralidad.
Quisiera hacer un breve balance de estos 15 años, y resaltar aspectos que es imperativo reconocer y destacar, sobretodo cuando estamos en el espíritu de reafirmar nuestra convicción nacional de mantenernos en el rumbo hacia un futuro de paz con desarrollo humano cada vez más incluyente. Algunos de esos aspectos son los siguientes:
--Pese a las diversas y muchas veces traumáticas dificultades que la sociedad salvadoreña ha ido encontrando en el camino, el esquema de convivencia política y social que salió fortalecido del acuerdo de paz sigue vigente, fuerte y sano en lo básico. Podemos mejorarlo y en general la mayoría de actores sociales y políticos actuamos en un espíritu constructivo de mejoras;
--El aprendizaje democrático, que también es un proceso difícil porque nos exige a todos reconocer límites y aceptar realidades ajenas, se ha venido acumulando de manera progresiva y avanzando a pesar de los obstáculos coyunturales. Los salvadoreños, en su abrumadora mayoría, valoramos las ventajas de la convivencia pacífica y del trabajo honrado y constructivo;
--Los problemas nacionales, con todo su drama y complejidad, se vuelven cada vez más abiertos a la discusión, y por consecuencia, sentimos todos más apremiante la presión que ejercen sobre nuestro desarrollo. Esta apertura dinamiza la búsqueda de soluciones en el nuevo marco democrático, donde cada vez más impera la integración de esfuerzos, la participación ciudadana y una mayor claridad de las responsabilidades institucionales;
--Nuestro proceso de evolución nacional está cada vez más en sintonía con la evolución global, y eso hace que en el país los criterios, prejuicios y vicios del pasado vayan perdiendo capacidad de incidencia en la realidad actual. Las instituciones y las prácticas del pasado han sido sometidas a un ejercicio de depuración que debemos continuar para seguir modernizándonos y aprendiendo lecciones en conjunto;
--Las nuevas instituciones de la paz están funcionando, están evolucionando y están paulatinamente dándole a los salvadoreños nuevas herramientas para garantizar que nuestra joven democracia será sostenible en el tiempo.
--El pluralismo se extiende progresivamente a muchos campos de acción, no solo en el campo político. En nuestro nuevo marco democrático, el pluralismo es lo natural en la vida social y ello enriquece el ambiente y nos abre a la aceptación natural de los contrastes, diferencias y hasta naturales conflictos que se dan en los diversos espacios y niveles de la vida nacional;
--Tanto en los ámbitos públicos como en los sectores privados se ha venido modernizando también la concepción del desarrollo, que ya no puede quedar encerrado en los viejos moldes centralistas, sino extenderse a áreas hasta hace poco prácticamente ignoradas, como el desarrollo local, el desarrollo territorial y el desarrollo humano en su más amplio sentido.
Por nuestra parte, como administración gubernamental, venimos contribuyendo de manera programática para que todas estas formas de apertura tengan mejores posibilidades de penetración en la vida cotidiana. Desde el comienzo de nuestra gestión nos propusimos hacer de lo social el punto focal de nuestro esfuerzo, y a estas alturas, cuando estamos a la mitad del período presidencial, podemos mostrar importantes resultados de la labor realizada, en ése y en otros muchos campos del quehacer nacional.
Estamos plenamente conscientes de que los logros han sido posibles por la creciente participación ciudadana, que nos acompaña en la acción y en el escrutinio permanente de lo que hacemos. En la democracia, la principal obligación de los responsables de la cosa pública es saber escuchar, comprometerse a atender y dedicarse a convertir las demandas y aspiraciones de la población en programas realistas, eficientes y sostenibles. Esa es la base de nuestra filosofía de trabajo. Esa es la base del esfuerzo que todavía tenemos por delante.
Como presidente de la República, es mi obligación hacer un sano balance entre realismo y optimismo. Debemos recordar de dónde venimos para rescatar las lecciones pasadas de cara al futuro. No olvidemos que estamos viviendo un complejo proceso de integración social que no es fácil consumar. Por eso pareciera que ahora tenemos más problemas que antes: porque antes sencillamente no se encaraba la verdadera dimensión de los problemas, y hoy, gracias a las libertades y a la apertura, no es posible funcionar responsablemente sin enfrentar los problemas en su verdadera magnitud y de cara al libre escrutinio de los medios independientes y los espacios ciudadanos.
Por eso el décimo quinto aniversario de los Acuerdos de Paz es momento oportuno para hacer un desapasionado análisis de la situación presente y de los desafíos del futuro. Hemos dicho que El Salvador marcha por buen camino por cuanto nuestro proceso sigue avanzando, con razones concretas y de peso para el optimismo. Sin embargo, también sabemos y reconocemos que los retos en el camino son cada vez más complejos en áreas vitales como la seguridad, la modernización institucional, el sostenimiento de la reactivación económica, la innovación productiva y la competitividad social.
Desde el gobierno, hemos sido coherentes con el rumbo y hemos hecho los ajustes pertinentes en su momento. Tenemos planteamientos en marcha en todos los campos de prioridad nacional, y los frutos van siendo gradualmente visibles; sin embargo, el reto principal está en que todos empujemos a la vez, sin perder nuestras respectivas identidades políticas y sociales, conforme a una visión compartida de país.
Quiero detenerme un instante para reconocer el aporte de cada uno de los firmantes del acuerdo que hoy celebramos. Debemos rendir honor a quien honor merece, puesto que sin su participación, el avance democrático de El Salvador no hubiese sido posible y la historia seguramente sería diferente.
El ex presidente Alfredo Cristiani tiene una mención especial en esta fecha, ya que sin su voluntad y decisión política, los esfuerzos que culminaron en enero de 1992 no habrían rendido frutos.
También un reconocimiento sincero a las personas e instituciones de la sociedad civil y partidos políticos que hicieron posible este logro, y que en este momento sería imposible enumerarlos uno a uno.
Debo aprovechar para agradecer a la comunidad internacional que nos apoyó durante el proceso. Nuestra gratitud es especial para España, México, Colombia, Venezuela y Estados Unidos, que se convirtieron en piezas clave del engranaje que trajo la paz a El Salvador.
También debemos reconocer a la Fuerza Armada de El Salvador, por su papel decidido a favor de la paz, como una de las instituciones que se esforzaron por cumplir a cabalidad cada uno de los compromisos adquiridos, y por su constante modernización al ritmo que exige la democracia.
En esta atmósfera inspiradora de conmemoración, invocando el espíritu integrador y de reconciliación de Chapultepec, hago ante el pueblo y ante la presencia de tan digna representación de la comunidad internacional, una invitación sincera y vehemente a todas las fuerzas políticas y sociales para que emprendamos la construcción de nuevos entendimientos que conduzcan al gran proyecto nacional de desarrollo institucional, social, económico y cultural que las circunstancias de este nuevo El Salvador nos demandan.
Para lograrlo hoy tenemos a nuestro favor nuevas reglas democráticas en la que todos participamos. Hoy tenemos nuevas condiciones que favorecen un nuevo esfuerzo de reconciliación, un nuevo esfuerzo que parte de esa paz social que tanto necesitamos para la seguridad y el desarrollo. Hoy tenemos las condiciones para la convivencia pacífica, basada en el respeto mutuo y en un renovado régimen de oportunidades para todos.
La paz social debemos vivirla todos. La paz social es una nueva forma de pensar, sentir y actuar por parte de todos; es una nueva actitud individual conciliadora que debe permear nuestras relaciones interpersonales cotidianas. La paz social es una corriente de ciudadanía que debemos adoptar para ser mejores y estar en sintonía con las exigencias de fraternidad, solidaridad y sentido humano, que se vuelven cada vez más imperiosas en todo el mundo.
La paz social es una tarea de todos los salvadoreños y salvadoreñas, porque la realidad nos reclama integrados; el país nos necesita unidos y la historia nos sigue demandando hermandad cotidiana.
El ejemplo de la paz salvadoreña es una enorme conquista que nos pertenece a todos. Nuestro ejemplo es hoy una referencia mundial y un valioso tesoro de lecciones. Pero los problemas del presente nos llaman a cuidarla, a mantenerla viva y fortalecer su vivencia para bien de las actuales y las futuras generaciones.
Todo lo que hemos vivido los salvadoreños y lo que nos falta por transcurrir constituye una riqueza humana de incalculables proporciones. Pero todavía tenemos pendiente lograr que lo que hemos avanzado y crecido se pueda traducir en progreso, más oportunidades y más prosperidad incluyente.
Pidamos a dios que las bendiciones de la paz se derramen siempre sobre todos nosotros. Pidamos a dios que usemos nuestras libertades para fortalecer la convicencia cotidiana en armonía y justicia social. Que usemos las lecciones aprendidas para construir una nueva cultura de paz social.
Ayudemos todos para que en este año nacional de la paz social, los salvadoreños renovemos, como hermanos, los votos de la concordia, de la reconciliación y de la fe en nuestra capacidad de ser cada día mejores.
Así sea.
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