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Secuestrado a los ochenta

En agosto de este año cumplirá 85 años. En octubre pasado dos hombres armados lo secuestraron cerca de su terreno en Santa Ana. Lo tuvieron nueve días sin agua, sin comida y boca abajo, contra el suelo de tierra. Por él pidieron un rescate de un millón de dólares. La familia se extrañó por la cantidad, que no posee, y llamó a la policía. La PNC se encargó de la negociación. La familia entregó 12 mil dólares pero el anciano no fue liberado.  La Policía dio con uno de los secuestradores luego de rastrear el dinero marcado del rescate. Este les dijo dónde tenían amarrado al anciano: en una quebrada ubicada en una finca cerca de El Congo.  Varios meses después, el anciano, todavía maltrecho y encamado, cuenta por primera vez su historia.

César Castro Fagoaga
cartas@elfaro.net
Publicada el 08 de enero - El Faro

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Me agarraron el 14 de octubre, a las once del día. No hacía ni diez minutos que había salido del terreno cuando me encontré con ellos. Estaban en un pick up gris y se me pararon uno a cada lado. Yo iba solo y me obligaron a que les cediera el timón. Comencé a querer resistir, les pregunté ¿qué quieren ustedes? Les tiraba las manos para afuera porque me decían que me pasara para adentro. Uno de ellos, al otro lado, me decía “pásese ligero”. Los dos estaban armados y uno de ellos sacó un revólver y me dijo que me iba a matar. Me pasé pues.

Después me dijeron que metiera la cabeza bajo la cabina y me pusieron un gorro sobre la cara. Encima me tiraron la camisa mía para que yo no viera para ningún lado. Pero la verdad, ¿qué iba a andar viendo yo si llevaba la cabeza metida en las piernas? No me dijeron nunca mi nombre, sólo me decían que me moviera, que metiera la cabeza y que no hablara.

Sentí que me llevaron un poco lejos porque ya llegué bañado en sudor de ir con la cabeza debajo de la cabina. A saber hasta dónde me llevaron pero sentí que se tardaron hora y media. Me bajaron, me agacharon. Sentí que me llevaban por una finca, me empujaban, iba vendado, me sostenían. No sé la finca de quién era pero sentí que estaba a cierta altura.

Nunca me preguntaron nada, me quitaron el celular, de un jalón me lo arrancó el que iba manejando pero no me preguntó a qué número tenía que llamar de mi familia.

Desde ese día me amarraron. Con las mismas cintas de mis zapatos los pies y las manos y no sé con qué otra cosa me amarraron de las rodillas. Me acostaron boca abajo, debajo de una parra de bambú. Tengo una herida en el pecho porque había barras atravesadas así (perpendicular) y ahí me tiraron y ahí pasé casi nueve días, boca bajo y atado. Tengo casi cortada esta mano (la izquierda) de pasar amarrado.

Al principio ellos llegaban pero ya después como que no llegaban. Me dejaron abandonado. Cuando les pedía agua, se los pedía por favor, pero nadie me contestaba. Sólo un día, creo que de los primeros, me dieron dos tortillas con frijoles pero como estaba amarrado no me las pude comer. Me sentaron. Fue la única vez. Si quieren bótenlas, les dije, porque no me las puedo comer. Las botaron. Pero hambre ya no me dio ningún día, de los nueve días que pasé.

Lo duro fue la sed. Soñaba cosas por la sed. Soñaba muchas cosas. Me recuerdo de una: soñé con una gran ola de calor y un hombre dijo: Espérense que ya va a caer una tormenta de hielo, ya va a refrescar. En el sueño, sentí que había llovido, la tormenta fue hielo, y se refrescó. Después me encontré con una mujer que preparaba agua con limón para tomar y era lo que yo estaba deseando. Le mandé a decir a la mujer que me preparara dos litros de agua. Me los tomé pero le dije que me preparara otros dos litros. A saber qué sed sentía yo. Pero todo era mentira.

También soñé que había venido a la casa libre, tres veces.

Cayeron tormentas fuertes, después se quedaba destilando agua las ramas de bambú y yo por eso nunca me secaba la ropa porque era como si estuviera lloviendo. No podía tampoco tomar agua porque, como le digo, estaba boca abajo, era pura tierra sobre la que estaba. Ahí fue donde me picaron toda clase de animales. ¡Hasta culebras vi!

Yo pensaba que cuando entregaran el dinero del rescate me iban a soltar para que me fuera con ellos. En vista de que no era así, yo decía: quizá hasta mañana van a venir. Un día me dijeron: mañana te vamos a matar. Sacó un corvo un muchacho. Eso fue en los primeros días, luego no volvieron a hablarme. Ellos nunca se cubrieron la cara. Tres días me tuvieron vendado, incluso de la boca. Ya después me la quitaron, me quedé viendo con el revés de los ojos pero me pusieron basura para que no viera, me pusieron ramas y sacos de nylon para que yo no viera para ningún lado.

Nunca creí que saldría de ahí. Esa noche (la del rescate) estaba soñando cómo haría para escapar. Esa madrugada llegó la policía, cayeron como que eran zopilotes, todos encima. Y yo creí que a matarme habían llegado. Ellos me dijeron que no tuviera miedo. Somos la policía, dijeron. Uno de ellos dijo: Qué hijos de puta, cómo lo tienen aquí. Comenzaron a soltarme de los pies y las rodillas y después este nudo que tenía aquí (en la muñeca izquierda) les daba miedo quitarlo porque no querían hacerme daño. No sé con qué lo quitaron, si con navaja o cuchillo.

En mi sueño, mi plan de escape era que me podía irme de ahí. Pero yo estaba bien amarrado, esa era la realidad. Cuando estuve despierto nunca pensé en escapar: ¿Cómo me iba con tres amarraduras?

Cuando llegó la policía se pusieron a quitar basura que tenía yo en el contorno. Me lograron levantar y me montaron en una camilla y de ahí me llevaron donde tenían el vehículo. Cuando me traían venían hablando con el hijo mío. Me pasaron el teléfono para que yo le dijera que ya me traían. Le dije que me esperara en el hospital. Tenía la boca reseca, por eso me costaba un poco hablar. En el hospital me dieron agua por fin, me la daban por una especie de pajilla. Pero yo quería agua con limón. Luego pedí una coca cola. Ese trago, el primero, me supo a gloria.

Cuando me di cuenta de que los habían capturado me recuerdo que le dije al hijo mío que les pagara. Ya tenemos todo arreglado, me dijo, no tenga pena. Yo quería que les pagaran a los policías que me habían llevado. Me contaron luego que en los periódicos salía todos los días que habían capturado a los hombres. Hasta el momento no he visto ningún diario, no me llama la atención leer. ¿Que si los perdono? Sí, yo a Dios le dejo esas cosas.

De esta mano me han dicho que voy a quedar bien. Todos los días viene un muchacho a curarme. Tengo bien hondo, un gran zanjo en la muñeca. Por suerte siento todavía la mano, aun cuando la tengo bien hinchada pero alcanzo a mover los dedos. Las piernas las muevo bien pero las tengo dañadas. Siento todo el cuerpo dañado, me cuesta caminar, siento cansancio. Me han puesto suero, estuve en el hospital ni sé cuántos días.

Cuando esté bien recuperado pienso seguir la misma rutina. Me voy a mi terreno. Me gusta estar más allá que aquí. Tengo caña, seis manzanas de fruta y poco más de dos manzanas con plantaciones de flores exóticas. Nunca, le digo, se me cruzó irme de este país a pesar de esto. No me da miedo, en serio.

Es más, espero también volver a manejar. Solo tengo que sacar otra licencia y comprar otro vehículo porque también me los robaron.

 

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