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NOTICIAS Los muerterosEn el país más violento de América Latina, pequeñas funerarias mandan a la calle a sus “cazadores de cadáveres” con el objetivo de llegar antes que sus competidores a la escena del crimen y vender sus servicios fúnebres. Son los hombres que viven de la tasa de homicidios más alta del continente.
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| “El Pepesca”, uno de los más cotizados muerteros de la ciudad, espera frente al cordón policial la oportunidad de conseguir la dirección de la víctima. |
Suena el celular y Rafael lo mira como a un bicho asqueroso. Duda un momento mientras se mira los guantes húmedos y contesta con un gruñido: “¡¿Qué querés?! No me gusta que me jodan cuando estoy trabajando”. Intercambia algunos secos monosílabos y cuelga. Está cosiendo heridas de bala. Después de unos minutos, deja la aguja para bañar con una manguera a Carlos, que está muerto y desnudo sobre una camilla metálica.
Rafael es muertero: alguien que trabaja en una pequeña funeraria y que sale a la calle todos los días en busca de un muerto. Cuando un operario del servicio telefónico de emergencias, un policía patrullero, o un médico de medicina legal se entera de un asesinato, llama a cuantas mini funerarias pueda para advertirles del hecho y luego cobra una "comisión" a la que logre quedarse con el cadáver.
La clave consiste en obtener la identificación del cuerpo para correr adonde sus familiares, anunciarles que su pariente ha sido asesinado y, de paso, ofrecerles los servicios fúnebres al mejor precio del mercado. Es un negocio muy competido y no siempre hay muertos para todos.
Sólo en el municipio de San Salvador hay al menos 16 mini funerarias, con los nombres más imaginativos: "El perdón", "La Popular", "El camino", "La Dolorosa", "La Samaritana", "La protectora" y la "Nueva Protectora”, "La Bendición"...
En el país con la mayor tasa de homicidios del continente, el oficio de muertero parece una cuestión de lógica: después de todo, alguien tiene que hacerse cargo de los restos que deja la violencia.
Moisés
Un viernes, en la redacción de El Faro, supimos que Moisés llegaría a hacer prácticas en el periódico. (Convenimos en llamarlo Moisés para esta historia, y no por su verdadero nombre, porque él cree que identificarlo podría traerle problemas en sus estudios o cerrarle las puertas a un trabajo “más normal”). Estudia comunicaciones y trabaja de muertero.
El tipo parecía recién salido de alguna caverna profunda, o del interior de un amplio sarcófago. Ante nuestras miradas -contaminadas de antemano por el conocimiento de su oficio- apareció un hombrón alto y gordo, el pelo cortado al ras, bigote negro y una barriga prominente que atormenta sistemáticamente al último botón de su camisa. Su sonrisa de presentación reveló una hilera de dientes disparejos que nos parecieron afilados y amenazadores; mira siempre con los ojos bien abiertos y las cejas ligeramente recogidas. Con algunos colegas comentamos después que se nos antojaba como una caricatura de sí mismo.
No escribía mal. A medida que pasaba el tiempo, el impacto de su presencia fue disminuyendo y era notorio su empeño por aprender. Durante las jornadas nocturnas de redacción, amenizaba la noche con cuentos inverosímiles sobre su oficio. Una de sus historias favoritas era aquella en la que un cuerpo repleto de balas fue encontrado atado a una llanta de camión. Mientras intentaba estirarle los brazos, que habían quedado en forma de aro, un deslizón hizo que Moisés terminara dentro del abrazo frío del cadáver. "Fue un huevo arreglar ese muerto", comentó, para luego soltar una risotada infantil.
Una noche me pidió que le diera aventón. En el camino conversamos sobre libros, dejó escapar grandes elogios para el Nóbel José Saramago y citó algunos títulos de escritores del boom latinoamericano. "Yo no he tenido la suerte de ser hijo de papi, a mí me toca echar verga para pagarme la U", se quejó. Cuando me indicó que habíamos llegado a su destino, estábamos ante una funeraria, en medio de un oscuro cruce de calles en el centro de San Salvador. Esa noche Moisés estaba de turno.
Después de unos meses de práctica, los rigores del muerteo lo obligaron a abandonar el periódico y lo perdimos de vista hasta que comencé a trabajar este reportaje. Lo llamé a su celular un martes por la tarde y le comenté mis intenciones. Me dijo que le llamaba en un "buen" momento, porque estaba "taponeando" un cadáver y me invitó a presenciar el procedimiento.
-¿Qué es "taponear un cadáver"?
- Es que hay que meterles algodón en la garganta para que no salgan los gases.
-¡¿Les abrís la garganta o qué?!
-No, no. Les empujo el algodón con un desarmador hasta que queden taponeados.
-... Ajá.
-Jejeje. Algunos son muy dientudos y quedan con la boca abierta. Entonces, para que no se les abra en la caja, se las pego con pega loca. Vení y te enseño.
Lo visité dos noches después. Ya no trabajaba en la misma funeraria, sino en una especie de cooperativa donde el capital era aportado por cinco pequeñas empresas asociadas que, juntas, constituyen La Funeraria Salvadoreña. El local es pequeño y no está solo, la calle está repleta de competencia. Un letrero en el portón de entrada advierte que la Funeraria Salvadoreña atiende "emergencias".
Detrás de un viejo escritorio de aluminio estaba Moisés, terminando un Gatorade a grandes tragos. Su camisa blanca, con estampado de palmeras, no había resistido la presión de la barriga, que asomaba por entre unos botones derrotados. La oficina es calurosa. Al lado del escritorio está el muestrario de ataúdes. Esa noche tenía siete apiñados en unos mostradores metálicos. Sobre un armario descansaba una caja diminuta, para bebé, que aún no había sido barnizada y aguardaba turno con su tapa sin atornillar. En el cuarto de atrás, sobre unos sucios garrafones plásticos con formalina, estaba una estufa, casi oculta por una pila de platos con restos de arroz y una espesa salsa roja.
Un álbum de ventas
Con el cambio de funeraria, Moisés subió de estatus. Ya no corretea en las calles tras los asesinados, sino que espera a que un "contacto" del hospital Rosales le dé algunos datos y él arregla directamente con los dolientes. "Nos lucramos del mal sistema de salud pública", dice, con una mueca burlona en la cara. Lamentó desilusionarnos y nos prometió hacernos un contacto "de calle". Como consuelo, abrió su libro de ventas, escrito a mano, y pasó las páginas con mucha seriedad, haciendo comentarios: "Te voy a buscar algunos violentos... A ver, ésta era una viejita, ésta otra viejita. Este era un 'maitro' que estaba subido en un inodoro que se quebró y se cayó... A esta viejita yo la preparé..."
Su dedo índice se detuvo sobre el nombre de Pablo Raymundo; edad: 19 años. “¡Este es violento!” Llegó al hospital con dos balazos en el estómago, uno en la cadera, cinco agujeros de bala en la espalda -que bien podrían haber sido salidas de alguno de los proyectiles frontales- y un quemón en la mano izquierda. El 8 de julio, Pablo asaltó 'El rincón de doña Mélida', un comedor situado a pocas calles de la Funeraria Salvadoreña. Al ser alcanzado por la policía, sacó su revolver y terminó agonizando esa misma noche en el hospital Rosales. Su familia compró la caja más barata, la "marmoleada", labrada con detalles burdos y una diminuta ventana. En lugar de tela y almohadilla, el interior está recubierto de papel periódico. El servicio costó 350 dólares.
Moisés siguió pasando las páginas y encontró dos casos más: Julio Martínez era actor de una pequeña compañía de teatro, hasta que un pandillero le disparó cuatro veces el seis de agosto. Según Moisés, el asesino era el celoso ex novio de la chica con la que Julio salía. Sus padres compraron la caja de lujo, "cuadrada americana", con bordes dorados en las esquinas y una amplia ventanilla rectangular que permite ver la mitad del cuerpo. En la página del 14 de agosto estaba Karen López. "A ella la pasaron botando en un parque", comentó. En este caso se otorgó un precio especial, porque los padres de la joven eran amigos de los dueños de la funeraria.
Todos tenían dos cosas en común: habían alcanzado una edad peligrosa. En El Salvador, tener 19 años es estar en la mira. Las estadísticas mortales de medicina legal dicen que esa es la segunda edad en la que es más probable que te maten. Hasta junio de este año, 62 muchachos de esta edad fueron asesinados; sólo superados por las 155 personas de 25 años cuya vida terminó de forma violenta.
Lo otro que estos tres muchachos comparten es el haber muerto con más de un balazo dentro. Según los registros de medicina legal, el 80% de homicidios se cometen con armas de fuego. El Ministerio de Defensa Nacional asegura que hay 205 mil 106 armas registradas legalmente en el país, desde revólveres hasta fusiles, pasando por 91 sub-ametralladoras en manos de los custodios de algunos funcionarios públicos. Pero la ley es muy estricta. En los artículos 51 y 52 del Reglamento de la Ley de Control y Regulación de Armas de Fuego, se establece claramente que ninguna persona, natural o jurídica podrá, nunca, importar más de cinco mil armas de fuego al año; y, jamás, más de cien mil cartuchos por calibre.
Según cálculos del director de la Policía Nacional Civil, Rodrigo Ávila, en El Salvador circulan además unas 380 mil armas de manera ilegal. En total, 585 mil armas listas para escupir balas y abrir agujeros, que luego taparán los muerteros sobre la plancha de metal.
Moisés cerró el libro. "Sólo esos tengo, pero te voy a dar el celular de Juan Urbina. Ese es de los que dan guerra en la calle". Se acomodó en la silla y echó una mirada desinteresada a la mujer que había escuchado, con rostro de piedra, toda la conversación. Era una doliente anónima que aguardaba en las sillas plásticas de la funeraria.
Juan y Rafael
No se necesita ser un experto forense para saber que Carlos fue torturado antes de morir. Pero a Rafael eso lo tiene sin cuidado y cose las heridas de bala y de puñal como si se tratara de una vieja chaqueta agujereada. Está curtido en el oficio y hace tiempo que ya todo le da igual. Tiene prisa. El cuerpo que está en la camilla metálica es el de un hombre joven, de cintura estrecha y torso alargado. El rostro, anguloso y duro, aún se niega a ceder ante la lividez de la muerte y conserva un marcado color cenizo, matizado sólo por los moretones en los pómulos. Alrededor del cuello resalta una fina marca azulosa, que se decolora en tonalidades imperceptibles. El ojo de Rafael, veterano en las fotos del horror, le dice que el muchacho fue estrangulado con un cable delgado. En el costado izquierdo puedo contar, al menos, tres perforaciones, desde la cintura hasta la axila.
El lugar tiene un insoportable olor a muerte, espeso, como un nubarrón invisible. -"Es formalina"-, precisa Rafa. Pero es algo más. Es quizá el olor de todas las cosas que enrarecen este rancho macabro. La camilla, el caño que la conecta con el desagüe común, la lámina candente que hace las veces de techo, los guantes de látex de Rafael, el promontorio de bolsas plásticas llenas de algodones ensangrentados y jirones de ropa sucia. Todo parece aportar al vaho que ahora nos marea.
A este sitio, ubicado estratégicamente en medio de las funerarias, los muerteros lo llaman "cuarto de preparación" y se alquila a seis dólares por jornada. En realidad no es otra cosa que un cajón de madera con una camilla metálica empotrada en un costado. Pese a que tiene un ancho portón, éste permanece siempre abierto. De lo contrario, dentro, el calor y la oscuridad harían imposible la rutina. Está construido a la entrada de un garaje que anuncia "enderezado y pintura de vehículos". A escasos cuatro metros hay tres carros de modelo reciente y un hombre terminando de pulir un Hyundai rojo. Apenas unos minutos han pasado el mediodía. Si ahora mismo apareciera el dueño del Hyundai, constataría que el carro resplandece, justo al lado de un muchacho de 19 años muerto después de incontables tormentos.
En una de las esquinas de la camilla metálica, está la mitad de una pelota de plástico azul. La otra mitad fue usada unos días antes, para sustituir el cráneo de un cadáver al que un escopetazo había dejado irreconocible.
Escrito sobre una de las tablas de la pared, hay un letrero hecho a mano, que solicita, con cierta candidez: "Al preparar, deje la mesa limpia y la basura embolsada. Gracias". Necesito agua, o una excusa que darme a mí mismo para alejarme unos minutos.
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| El Pepesca “prepara”un cadáver en la pequeña cochera que algunas funerarias alquilan en un taller de pintura de autos. Este proceso a menudo consiste en coser balas, maquillar moratones e incluso reconstruir cráneos deformados y coser miembros mutilados. |
Entro al local adjunto por una puerta angosta. Dentro, un tipo coloca unos clavos finísimos sobre el interior de un ataúd con un martillo imantado. Rafael sujeta los tobillos de Carlos para girarlo. De la boca del muerto escapa un repentino hilo de sangre que se mezcla con el agua de la manguera y corre hacia el desagüe. Fue encontrado por la policía la noche del 16 de agosto, junto con los cuerpos de dos de sus primos más un amigo de la familia. Todos estaban apilados en el asiento trasero de un vehículo que esa misma tarde fue robado a su dueña, a punta de pistola. Estaban dentro de bolsas negras, con amarras en el cuello.
El Diario de Hoy reportó el hecho a media página: "Cuádruple crimen en Soyapango". Se refería al tercer municipio con más homicidios del país, donde, hasta junio, habían sido asesinadas 119 personas, de entre los menos de 300 mil habitantes.
Los asesinatos diarios en El Salvador oscilan entre diez y doce por día, para un total de población de seis millones, 875 mil 186 habitantes. La Organización Mundial de la Salud considera como epidemia una situación en la que una causa mortal se repita a razón de más de diez casos por cada cien mil habitantes. Aquí, en el país más violento del continente, hay una epidemia de homicidios, sólo que multiplicada por cinco. La tasa de asesinatos es de 55 por cada cien mil habitantes. El año pasado se cerró con 3 mil 781 muertes.
Si la misma tasa flotara por el mundo, como una nube tóxica que contagiara esta ola de rabia, al cabo de un año, en México habrían sido asesinadas 56 mil 794 personas; en Estados Unidos, 163 mil 994 y en la República Popular de China 722 mil 685.
La noticia del asesinato de Carlos no tiene brillo en medio de una cotidianidad de sangre, tal como lo demuestra una simple lectura de algunos titulares en los dos principales periódicos, justo en esa misma semana (para todo lo siguiente se aplica un rotundo 'sic'): "Presunto pandillero fue encontrado semienterrado en cordillera del Bálsamo", "Matan a estudiante de kínder en Morazán", "Cobrador de la ruta 20 fue asesinado en Cuscatancingo", "Encuentran más restos de cadáver en río", "Madre e hijo asesinados en Mejicanos", "Tres personas asesinadas", "Libre policía ligado a pandillas y homicidio", "Vinculan a dos con un descuartizado"…
Los buitres
Mientras termina de lavar el cuerpo del muchacho, Rafael conversa con el fotógrafo y conmigo. Es de pocas palabras. -"No, no me da nervio esto. Tengo 28 años y preparo desde los 14. Imaginate, la mitad de la vida en este bolado"-, contesta, sin vernos.
Rafa debió esperar turno para usar la camilla y eso lo tiene de mal humor. El cuerpo de Carlos va hasta San Miguel, a casi cuatro horas de la capital, y él mismo deberá llevarlo. Pero en el cuarto de preparación hay reglas y Juan Urbina llegó primero.
Como estábamos perdidos, Juan salió a recibirnos a la calle en una bata verde y los guantes puestos. "Su" cadáver ya estaba preparado y vestido. Listo para ingresar en la lustrosa "cuadrada americana" que esperaba en el suelo. Rafa aguardaba impaciente junto a la cama del pick up donde el cuerpo de Carlos aún estaba oculto en una bolsa negra. Llegué a tiempo. O al menos eso es lo que dijo Juan Urbina. Él sostendría al cadáver por los brazos, Rafa por los pies y yo mantendría abierta la tapa del ataúd.
Juan pasó su mano mojada por el cabello del muerto, una vez adentro de la caja, con una parsimonia que bien podría pasar por ternura. Lo peinó varias veces, limpiaba meticulosamente el cristal de la caja, tomaba distancia para ver su obra y repetía el procedimiento. Luego de un breve silencio contemplativo, Rafa elogió a su amigo, sin dejar de ver la caja: "Qué poderosa se ve...".
Antes de comenzar la preparación de Carlos, llegó Moisés, que dijo estarse aburriendo tras el escritorio de la Funeraria Salvadoreña y se ofreció para ayudar a Rafa. Mientras cargaban el cadáver hasta la camilla, intercambiaron algunas bromas de colegas. Finas jocosidades al estilo: "Vos, no jodás, vos la verga le querés preparar".
A estos dos profesionales del muerteo los había conocido cinco días antes, gracias a los buenos oficios de Moisés, que me facilitó el celular de Juan Urbina, a quien había descrito como un as de la calle, una especie de Pedro Navaja en el arte de quedarse con cadáveres. Luego de algunas citas infructuosas, nos encontramos en el portón de entrada del Instituto Salvadoreño de Medicina Legal, haciendo lo que solo podría describirse como labor de buitre.
Juan sostenía una amena conversación con el vigilante de la entrada, mientras Rafa, sentado en una esquina, hojeaba con seriedad el periódico sensacionalista "Más". Ofrecí a ambos un cigarrillo que rechazaron con movimientos de cabeza. Mientras no reciban la llamada de algún contacto, ambos permanecen al acecho, listos para ofrecer sus servicios a alguna persona que llegue a reconocer un cadáver. "Les caemos cuando vienen", explicó Juan.
Frente a la entrada de la morgue, conversamos de algunos secretos del oficio. Por ejemplo, de la justa medida entre el tacto y la agilidad necesarias para notificar a una persona de la muerte de algún familiar, sin que algún otro muertero, menos ceremonioso, se quede con el negocio. "No hay que golpear muy fuerte a la gente, pero hay que ir al grano, porque sino cae el montón".
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| Moisés tiene 26 años y es muertero desde hace dos. A menudo hace las guardias nocturnas en la funeraria y prepara los cuerpos que llegan durante la noche. |
Otro tip que todo muertero debe saber es que los descuartizados son valiosos, porque se cobra más. "Nosotros los armamos, si se puede armar se arma, aunque algunos cuerpos llegan todos desfloronados. Se cobra bien por eso". Juan alardea de haberse quedado con un cadáver descubierto el 12 de agosto en tres lugares diferentes de la capital. Uno de esos lugares fue la mochila de dos pandilleros que llevaban las últimas piezas del rompecabezas: una mano y un brazo. Después de que los forenses dictaminaron que ese cuerpo pertenecía a esa cabeza y viceversa, Juan se dio a la tarea de coser y armar.
"Mirá, esto te tiene que gustar, para que te involucrés bien y podás llegar a profesionalizarte, es como todo... A mí me gusta, me gusta, todo me gusta, desde preparar hasta el entierro. Lo único que te jode a veces es el olor, cuando los cuerpos ya tienen días. A veces hay que sacarles un vergo de gases. Para esos casos me pongo doble guante y un trapo en la cara".
Luego de unos minutos, Rafa se acercó con el celular en la mano y se dirigió en clave a su colega. Ambos corrieron a su pick up destartalado y Juan apenas alcanzó a gritar: "Seguimos hablando luego".
Moisés me advirtió que fuera más despacio. Según dijo, Juan le había reclamado por haberle dado su número a un "culero que sólo pregunta puras pendejadas". Después de ese día siempre contestó su celular con evasivas, hasta que dejó de contestarlo.
Decidimos intentarlo con el huraño Rafael. Contestó el celular a toda prisa, mientras viajaba en su pick up hacia el Barrio San Esteban, apenas a unas cuadras de la calle de las funerarias. Sus privilegiados contactos le habían "tirado" un muerto. Antes de que pudiéramos subirnos a nuestro vehículo, vimos pasar a Rafa hecho una bala. Sólo era cuestión de seguirlo.
Ni siquiera está puesta la cinta policial. Tres agentes vestidos de azul interrogan a las empleadas del lugar, cuando Rafa, el primer muertero en la escena, estaciona su carro frente a la cervecería "Mima's". Es un oscuro salón en la 10 calle poniente, que comparte cuadra con otros locales que funcionan como prostíbulos solapados. En la pared hay un aviso que anuncia: "Se necesitan señoritas mayores de 18 años. -y luego, en letras rojas- Comida gratis". Tras la puerta de local hay una falsa pared de madera, que impide la vista plena del interior. Sobre ésta hay varios afiches que estimulan la vista con las imágenes de algunas famosas con pocas prendas: Britney Spears y Araceli Arámbula, con miradas provocadoras, dan la bienvenida al lugar donde yace el cuerpo de un tipo con cuatro plomos en la espalda.
Rafa echa un vistazo al lugar y se apoya contra la pared. Mientras no lleguen los fiscales hay poco que hacer. Justo enfrente, las chicas de la cervecería "Carmencita" se agolpan en la puerta y comentan lo ocurrido entre risotadas. A una cuadra, el ambiente en el Copacabana comienza a calentar. Son las cinco de la tarde.
Luego de 15 minutos de espera llega la primera tanda de competencia: los muerteros de "La Protectora" y de "La Esperanza". Rafael apenas los mira, deja escapar un silencioso "A la puta..." y se reacomoda el cabello, largo hasta los hombros.
Se sumaron otros dos competidores de la "Espíritu Santo". Cuando al fin llega el carro de la fiscalía, casi una hora después de nosotros, los muerteros se despabilan y alistan sus trucos. Necesitan un nombre, una dirección o un teléfono. Cualquier información puede ayudar a hacer el negocio de hoy.
Al cabo de unos minutos, el policía de más alto rango sale de "Mima's" y suelta sus hipótesis: fue un acto de sicariato. Según los testigos, un hombre le disparó por la espalda a otro sin mediar palabra. "Era un encargo", asegura el agente. Las horas pasan y no hay mayor información para los muerteros. Rafa se va aburriendo, o ablandando, y comienza a hablar un poco sobre él mismo:
"No se gana mal en esto. Claro, también depende de la calidad del muerto, porque hay gente que le gusta lo bueno. Nosotros tenemos servicio de lujo. El mes pasado hice una venta buena y saqué más de mil bolas. Era uno que había venido de Estados Unidos... Este es el segundo muerto en esta cervecería, hace algunos días balearon a otro. La dueña la caga, porque cuando hay un muerto se le van los clientes... Mi hija mayor sabe lo que hago, ya tiene diez años, hasta se alegra cuando sabe que tengo una preparación, porque es dinero extra... ¿Si yo me muero?, no, no creo que ninguno de estos se animara a prepararme... Cuando esto salga publicado, ¿Me lo enseñan?".
Cerca de las diez de la noche dejamos a Rafa en sus asuntos. Los médicos de Medicina Legal han llegado y pronto sacarán el cuerpo en una bolsa negra. Pasada la media noche le llamamos de nuevo a Rafael y nos cuenta, con tono de triunfo, que él se quedó con el cuerpo de Alexander Rivera Quiñónez. Tuvo que pujar contra otros tres muerteros, pero su oferta de 200 dólares, caja incluida, fue insuperable.
Versos para el mal de amores
Unas noches después de muertear con Rafa, decidimos hacer una visita a la Funeraria Salvadoreña. Este semestre Moisés no podrá estudiar, porque no consiguió el dinero suficiente para matricularse en la universidad. Su salario es de 150 dólares más una comisión de $6.50 por cada venta. Cobra además $23 por preparación y $50, si se trata de alguien que murió de Sida. Sin embargo, él debe correr con el alquiler del cuarto de preparaciones, más los gastos en formalina. No le alcanzó para inscribirse y aún le faltan dos años de estudios, más la tesis. No encontramos a Moisés tras el escritorio de su funeraria, pero sabemos dónde hallarlo.
Sobre la camilla está una anciana vestida con una bata rosa. Moisés apretuja una tira de algodón dentro de la nariz de la muerta, valiéndose de unas tijeras sin punta. Se ha sacado la camisa y está sudoroso. Nos recibe con una sonrisa y conversa con nosotros sin dejar de taponear. Acaba de regresar de Honduras de visitar a su novia, a quien conoció hace varios meses en una página de chat, bajo el seudónimo de "La Indomable". Ahora trabaja con afán para recuperar los días perdidos. "Valió la pena, aunque vengo un poco decepcionado porque me dijo que estoy muy gordo. Yo creo que esas son influencias de otra gente", cuenta. A La Indomable le guarda mucho cariño, porque lo curó de un desamor, luego de que una doctora joven lo dejara por un especialista. Visita Honduras cada vez que puede y el rostro se le ilumina cuando habla de ella. Ha terminado de taponear la nariz y repite el procedimiento en los oídos.
Cuando la doctora lo dejó, a Moisés se le partió el corazón. Remediaba su dolor escribiendo versos y soñando con que algún día ella los leyera. Escribió:
"Volaba el amor con las alas rotas. Lloraba cara al viento la ternura. Marchitábase una rosa con tristeza, la gélida mañana de noviembre.
Sus ojos cual almendras cenicientas miraban al traslúcido horizonte. Sus inocentes mejillas trasnochadas por su dura lucha con la muerte,
sus sagradas manos con denuedo habíanle arrebatado a su víctima. Sonreía exhausta en el asiento mientras la muerte, avergonzada, maldecía:con tu Dios nada se puede, le gritaba".
El algodón ya está puesto. Moisés nos pide que guardemos la cámara cuando llega un colega que le ayudará a meter el cuerpo en la caja y colocarla luego en la cama del oxidado pick up de la empresa. Luego de que el vehículo parte, caminamos hasta la funeraria, por la calle de los muerteros. En este viernes nublado, aún hay gente esperando el autobús. La funeraria está vacía y Moisés se queda solo, con los ataúdes que esperan dueño.
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