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El acuerdo secreto del presidente Magaña

Nunca hubo una explicación oficial del traslado de la embajada. El presidente Álvaro Magaña lo decidió con su Ministro de la Presidencia, José Francisco Guerrero, y lo anunciaron sin consultar a nadie más del gabinete.
Carlos Dada
cartas@elfaro.net
Publicada el 21 de agosto - El Faro
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El presidente Magaña dio, al menos, tres versiones para explicar su decisión de mover la embajada salvadoreña a Jerusalén. Ninguna de ellas es oficial, porque, en pleno conflicto armado, nadie vio la necesidad de dejar constancia, ni de explicar, las razones para un movimiento que supuso un cambio en la política exterior salvadoreña y que fue llevado a cabo de manera personal por el mandatario.

“Fue una de sus primeras decisiones como presidente”, dice una fuente cercana a Magaña, que pide el anonimato “porque en realidad desconozco las razones. Pero sí recuerdo que fue de las primeras cosas que él decidió”.

Ernesto Arrieta Peralta, hombre cercano al gobierno de aquellos años y posteriormente embajador en Israel, asegura que el ex presidente le dijo “que lo hizo como un reconocimiento al sufrimiento del pueblo judío porque ningún pueblo ha sufrido tanto”.

En Costa Rica, meses antes, el presidente Luis Alberto Monge decidió también trasladar su embajada a Jerusalén, y lo hizo accediendo a las solicitudes de su esposa y a su admiración por Israel, país en el que él mismo había fungido como embajador. Sin embargo, en el caso salvadoreño, varios elementos permiten pensar que hubo otras razones para tomar esa decisión.

“Israel tuvo la iniciativa”, agrega Arrieta. “Invitó a Magaña a realizar una visita de Estado pero él decidió no ir. Envió a José Francisco Guerrero, su ministro de la Presidencia. Benjamín Netanyahu, que entonces trabajaba en la cancillería, les ofreció un banquete en Jerusalén y durante el brindis expresó los deseos de su país de que El Salvador moviera su embajada de Tel Aviv a Jerusalén. Ahí Guerrero expresó la buena voluntad del gobierno para satisfacer ese pedido”.

La versión de Guerrero haciendo esas declaraciones en Jerusalén es confirmada por todas las fuentes consultadas, aunque con diferentes matices.

El entonces vicepresidente salvadoreño, Pablo Mauricio Alvergue, duda de la existencia de un plan premeditado, y adjudica la decisión a una improvisada declaración de Guerrero. “Fue una de esas cosas sin base en política exterior. El ‘Chachi’ (José Francisco) Guerrero fue invitado a Israel y estando allá ofreció el traslado de la embajada como una cortesía, en gratitud a las atenciones de los israelíes. Cuando vino le comentó a Álvaro Magaña e hizo el acuerdo”. Era 1983.

¿Había enviado el presidente Magaña a su ministro a hacer esas declaraciones o también a él lo tomaron por sorpresa? Alvergue cree que no era un asunto tratado con anticipación. “Cuando vino nos lo contó como algo anecdótico, y nunca se trató oficialmente ese punto”. Sin embargo, tanto él como el entonces canciller, Fidel Chávez Mena, se quejaron con Magaña de no haber sido informados con anterioridad. “Le hicimos ver que no era conveniente esa decisión, sobre todo porque Costa Rica era el único país que lo había hecho. Nos pareció que se habían precipitado en hacer eso y cuestionamos sobre todo la manera en que se había hecho, sin un análisis previo del gobierno”, dice Alvergue.

Las declaraciones de personas allegadas a Magaña parecen desvirtuar que se tratase de algo improvisado. Sobre todo si, como confirma la primera fuente, el presidente lo había decidido mucho antes.

Hay una tercera versión. En 1983, el gobierno estadounidense estaba preocupado por las violaciones sistemáticas a los derechos humanos en El Salvador. Dos congresistas incluso lanzaron una iniciativa que llevó sus apellidos, Dodd-Solaris, para frenar la ayuda militar a El Salvador y forzar una solución negociada.

“Israel se acercó a El Salvador y le propuso echar a andar toda la maquinaria del lobby judío, el más poderoso de Estados Unidos, para que el Congreso aprobara la ayuda militar. Si no lo lograban Israel se comprometía a triangular esa ayuda para que siguiera llegando al Ejército salvadoreño”, dice un exdiplomático, asegurando que el propio Magaña le dijo lo anterior para explicar las razones del traslado de la embajada. El Faro confirmó esta versión con otras dos fuentes cercanas al gobierno de Magaña. Los tres pidieron el anonimato, por diversas razones.


Uno de ellos agrega: “La OLP de Arafat ya tenía oficinas en Managua y no parecía conveniente traernos el conflicto para acá. Esto era un rompimiento con la política exterior desde los tiempos de Galindo Pohl, en los que El Salvador decidió mantener una posición neutral en el conflicto de Medio Oriente y abogar tanto por los derechos de los israelíes como de los palestinos. El ‘Chachi’ Guerrero lo trató a solas con Magaña.”

No es extraño que el mandatario tratara asuntos estratégicos sin compartirlos con su gabinete. El llamado gobierno de unidad nacional, emanado no de las urnas sino de la Asamblea Legislativa, estaba compuesto por el PDC, ARENA y el PCN. También por el Ejército, que en pleno conflicto tenía un protagonismo fuerte en los quehaceres del Estado.

Y el Ejército, desde muchos años antes, se identificaba con Israel. “El Salvador fue de los primeros países en reconocer a Israel en 1948”, recuerda Napoleón Campos, analista internacional. “Israel ya tenía cooperación militar con El Salvador desde esos años. En la guerra con Honduras, el Ejército se veía a sí mismo como Israel. Les fascinó el poderío militar israelí. Éramos también, en concepción del ejército, un país pequeño rodeado de enemigos”.

Si a ello se agrega la conveniencia de contar con el apoyo del lobby judío para influenciar el Congreso estadounidense, al menos en hipótesis, Magaña vio razones suficientes para tomar una decisión incluso cuando contravenía una resolución de Naciones Unidas.

“Yo creo que Magaña quería el visto bueno de los israelíes”, concede Alvergue luego de unos minutos de reflexión y de forzar a la memoria. “Pero eso era en el plano militar y nosotros no sabíamos nada de eso. Él resolvía esos asuntos personalmente”.

Durante el gobierno de Napoleón Duarte, ya con la embajada físicamente trasladada a Jerusalén, el propio Alvergue, siendo entonces embajador en Washington, organizó una cena para los congresistas judíos estadounidenses. “Fue un simple acto de cortesía para informarles oficialmente del traslado, no les pedimos nada porque… Bueno, no era necesario”.

Arrieta también abre las puertas a la posibilidad de un intercambio por apoyo militar o influencia política en Washington, y lo hace a partir del gobierno que sustituyó al del presidente Magaña. “El presidente Duarte pensó en cambiar la embajada, pero alguien lo convenció de que, en medio del conflicto, Israel podía apoyar militarmente a El Salvador, sobre todo si el Congreso de Estados Unidos condenaba al Ejército. Lo mismo pudo haberle sucedido a Magaña”.

Guerrero y Magaña murieron hace pocos años, sin haber hablado nunca públicamente del asunto. Pero de hecho existió un acuerdo con el gobierno israelí, al menos para garantizar que ellos correrían con todos los gastos del traslado y de la representación salvadoreña. Desde entonces, los israelíes han cumplido.

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