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De la guerra civil a la guerra de Iraq: la historia del subsargento Perdomo (y de El Salvador)

José Miguel Perdomo ingresó al ejército en 1985 y falleció el pasado 19 de julio en Iraq, apenas 25 días antes de su regreso programado a casa. Deja dos hijos, una viuda y una biografía marcada por la historia contemporánea de El Salvador.


Daniel Valencia / Fotos: Gracia Rodríguez
cartas@elfaro.net
Publicada el 24 de julio - El Faro

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Un vecino sostiene el retrato de José Miguel Perdomo. Al fondo, Brian, el hijo mayor, junto a una amiga de la familia.
En la oficina de relaciones públicas de la Fuerza Naval, al sur de San Salvador, el capitán de corbeta Mario José Pastore habla por teléfono, ríe y se lamenta. Su interlocutor, anclado a más de 119 kilómetros al oriente del país, en la base naval de La Unión, también se lamenta y suelta un “Sí, pero de todas maneras así es la vida mi mayor”.

Su nombre es Julio Andrade y combatió -al igual que Pastore, durante la guerra civil salvadoreña- mano a mano con el subsargento José Miguel Perdomo, el hombre que el pasado 19 de julio se convirtió en el tercer soldado salvadoreño caído en una guerra ajena, en un país ajeno: Iraq.

Ese día, por la mañana, en las instalaciones del Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada, el ministro de Defensa, Otto Romero, anunció al país que el sexto contingente de soldados del Batallón Cuscatlán fue atacado por un grupo de “insurgentes terroristas” cuando se dirigían a la ciudad de Al Kut, unos 180 kilómetros al sureste de Bagdad.

El subsargento, quien había reingresado al ejército en el año 2000, se dedicó desde 2003 a tareas de conductor del departamento de talleres en la base naval de La Unión. Su suerte, según comenta su padre, Miguel de la O, ya estaba echada. “Imagínese que justo cuando pasa el vehículo en el que él iba pasa eso, es por algo”, comenta este hombre de 77 años.

A las 7:30 A.M. del 19 de julio (10:30 P.M del 18 de julio en El Salvador), Perdomo iba detrás del volante del cuarto vehículo del convoy, en el que también iba una tropa polaca y una iraquí. Todos se dirigían al barrio de Al Karram de Al Kut para realizar “labores de reconstrucción”.

Su vehículo pasó por encima de un artefacto explosivo y el tórax de este hombre moreno, de labios gruesos y mirada alegre, recibió la mayor parte del impacto, en una carretera de la localidad de Wasit. Luego, junto a otro soldado herido, fue trasladado a un hospital de Bagdad. Perdomo murió en el camino. Tenía 41 años.

El también subsargento Julio Andrade, al hablar sobre el hecho, comparte que todo fue cosa del destino. “Cuando dieron el aviso de que habría un sexto contingente, el Viejo (Perdomo) y yo fuimos a pasar lista para ver si quedábamos. Él pudo quedar porque allá había una plaza para un conductor, y cómo él hacía eso, lo agarraron. Te comí el mandado, me dijo”. Este soldado de 43 años, miembro de la unidad naval de patrullaje PS-06, mejor conocida como “La Flota”, compartió con Perdomo casi toda su vida militar.

Andrade, Perdomo y el capitán Pastore ya habían peleado varias batallas juntos. La última misión en la que coincidieron, dos años antes de que Perdomo viajara con el sexto contingente de soldados salvadoreños –hace cinco meses-, se llamó Batallón Cuscatlán III.

En ese viaje a Iraq (2004), Perdomo manejaba el Humvee, Andrade prestaba seguridad, Pastore, al mando, supervisaba los recorridos por Nayaf –la ciudad en la que cayó el primer soldado salvadoreño- durante el primer mes y en Babilonia el resto de la estancia.

En la computadora del capitán Pastore hay una carpeta con fotos de la estadía en el campamento de Hilla, ciudad principal de la provincia de Babilonia. En una de ellas, Perdomo está recostado en su litera. El brazo izquierdo lo tiene tras la cabeza y el derecho está estirado con el dedo pulgar levantado. Sonríe. A su izquierda, de pie, el subsargento Andrade sostiene un fusil y también sonríe.

“Los llamaba viejos porque ya estaban mayores para su cargo. Les tengo a lo dos mucho aprecio, eran mis asesores, les pedía consejo y me lo daban; y asimismo recibían los míos. Tengo 16 años de conocerlos a los dos, combatimos juntos en la guerra”, cuenta el capitán.

Soldado de guerra

Según la cronología del Informe de la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas, para 1985 la violencia generada por la guerra civil salvadoreña, iniciada en 1980, no daba ninguna señal de disminución.

El documento consigna que para ese año “la violencia tiene un marcado aumento visible en los enfrentamientos y operativos militares en las zonas de actividades de la guerrilla”. Dice además que no se realizaron ejecuciones colectivas de mayor escala “en las numerosas operaciones militares de contrainsurgencia”. Sin embargo, el informe agrega que ese año los bombardeos fueron intensivos, al igual que los desalojos de la población campesina en zonas rurales.

En el primer día de febrero de 1985 – año en el que murieron entre 1, 714 y 3,306 salvadoreños, según varias fuentes citadas por el informe-, un joven campesino de 18 años, moreno, y con nueve grados de escolaridad, llegó al Destacamento Militar Número 3, en Usulután. “Nos conocimos en el batallón Atonal. Él y yo compartíamos la misma ideología: la patria estaba amenazada y había que defenderla”, dice el subsargento Andrade, al hacer alusión a las razones por las cuales, según él, José Miguel Perdomo tomó las armas.

La madre de Perdomo es una anciana de 67 años. En la sala de su casa, ubicada en el barrio San Juan de San Rafael Oriente (San Miguel) observa las fotografías de su hijo y recuerda aquella primera partida. “En ese tiempo era un joven inteligente y ayudaba a su padre, que vive de la tierra, allá en el terrenito. Cuando dijo que se iba al ejército yo le dije que no fuera, que los tiempos eran muy peligrosos. Siempre lo aconsejaba, pero mire pues, igual que cuando fue allá tan lejos (Iraq) no me hizo caso. Ese hijo me va a hacer falta a mí”, dice Doña Rosa, con una voz quebrada, la cara hacia el suelo y lágrimas en los ojos.

Un mes después de que Perdomo se pusiera las botas negras y el uniforme verde por primera vez, el Partido Demócrata Cristiano volvió a ganar el control de la Asamblea Legislativas con 33 diputados obtenidos en las elecciones realizadas en marzo de ese año. ARENA obtuvo 13 curules y el PCN 12. El diálogo entre la guerrilla y el gobierno, según el informe, estaba estancado.

En el DM3, mientras tanto, Perdomo y Andrade recibían su primera misión: patrullar y “defenderse del enemigo” junto a los otros seis miembros de “Los Pumas”, nombre con el que era conocida su unidad en el Batallón de Reacción Inmediata Atonal. “Nos movíamos por las zonas del Bajo Lempa, Ángela Montano y Jucuarán. Nos decían así porque éramos, como quien dice, los más aguerridos”, recuerda, entre risas, el subsargento. Por aquellos días tenía 20 años.

Tras escuchar las descripciones que dan sus conocidos, imaginarse al Perdomo “amable, alegre, buena persona, responsable y humilde” contrasta con el soldado que perteneció a una de las unidades más temidas durante la guerra. El Atonal era parte de los BIRI (Batallones de Infantería de Reacción Inmediata), unidades especializadas en la lucha anti-guerrillera, auspiciados por el gobierno de Estados Unidos y creados entre 1981 y 1982.

Los operativos que estos grupos élites realizaban, según el informe de la Verdad, afectaban “a la población civil no combatiente con un elevado costo en vidas” y generaban la figura del "desplazado" en el interior del país.

El capitán Mario José Pastore, preguntado si recuerda haber visto matar al subsargento Perdomo, responde: “En la guerra uno no mata, lo que hace es defenderse del enemigo”. Andrade, ante la misma pregunta, comenta: “La guerra desde el principio hasta el fin siempre fue violenta. Los combates eran cruentos y más de alguna vez estuvimos a punto de perder la vida. Y ahí, en raras ocasiones veías de frente al enemigo. Con el camarada sólo disparábamos y disparábamos. El enemigo era bien huidizo”.

A los dos soldados, tras dos años de formar parte de “Los Pumas” y de varios “puchica camarada, ya casi nos tocaba, hay que seguir adelante” -dichos por Perdomo-, les despertó la curiosidad por conocer la recién creada Infantería de Marina.

Ese año, la Asamblea Legislativa aprobó el Decreto 805, llamado "Ley de Amnistía para Alcanzar la Reconciliación Nacional". Esta ley dio una incondicional amnistía a cualquier persona implicada en delitos políticos o comunes de motivación política, cometidos antes del 22 de octubre de 1987, y en los cuales no participaran más de 20 personas.

Perdomo y Andrade, los soldados, los amigos, los camaradas y desde ese año - hasta la fecha- los “subsargentos”, eran parte de unas Fuerzas Armadas, que según el informe anual presentado por el jefe del Estado Mayor Conjunto de esa época, General Adolfo Blandón, participaron en un total de 132 operaciones militares, sufriendo 3,285 bajas: 470 muertos y 2,815 heridos. “El 90% de los (soldados) volvió al servicio activo”.

Don Miguel de la O, padre del sub sargento Perdomo.

El “Seal” salvadoreño

En la guerra, un soldado del Batallón de Infantería de Marina, según el capitán Pastore, tenía que ser un experto buzo, nadador de combate, experto en salto, en paracaidismo y en comando terrestre. Además, tenía que saber utilizar fusiles M-16, M-60 y M2-03 (con lanzagranadas).

Para 1987, según el citado informe, Estados Unidos había incrementado su apoyo logístico y económico al ejército salvadoreño. Esta ayuda se fue incrementando en toda la década de los ochentas. Por ejemplo, en 1981, año de creación del primer BIRI (Batallón Atlacatl), el Presidente Carter anunció el envío de 5 millones de dólares en ayuda militar a El Salvador. Al final del conflicto armado, Estados Unidos enviaba casi $400 millones de dólares anuales en concepto de apoyo militar. “Éramos como los focas, o la fuerza Seal de la marina estadounidense”, dice Pastore. No podría decir que los mejores soldados pero sí uno de los mejores grupos de combate. Teníamos que serlo, ellos (los gringos) nos entrenaron”.

Durante dos años, desde 1987 hasta 1989, Perdomo y Andrade formaron parte de la misma unidad de la Fuerza Naval. Los dos, en esos años, conocieron al capitán Pastore, un joven militar recién graduado de la Escuela Capitán General Gerardo Barrios. Un comandante que se convirtió, según dice, en su amigo. “La anécdota que siempre recodaré de él fue cuando andábamos operando en el Bajo Lempa. Andábamos con una patrulla de reconocimiento y no habíamos comido”, dice Pastore. “El viejo mató una culebra y al rato ya estaban cocinándola con el otro viejo. La culebra tenía en la boca la mitad de un gallo y de repente me llevaron un pedazo de gallo y un pedazo de culebra, y yo pensé que todo era gallo. Jajaja”.

De operativo en operativo, de licencias en las que Andrade y Perdomo aprovechaban para echarse “un par” de cervezas y de batallas en las que la unidad dirigida por Pastore nunca tuvo una baja, llegó 1989, año de importantes cambios para el país.

La ronda de negociaciones para la paz había cobrado mayor fuerza. En el ámbito político, Félix Cristiani, de ARENA, había ganado las elecciones presidenciales con 939,078 votos válidos en marzo de ese mismo año.

Para agosto, en Tela, Honduras, se celebró la cumbre, "Esquipulas IV" que reunió a los cinco presidentes centroamericanos. En el capítulo III del protocolo, los firmantes instaron al FMLN, "a llevar a cabo un diálogo constructivo, a efecto de lograr una paz justa y duradera”. Asimismo, los gobiernos mencionados instaron al Gobierno de El Salvador a concertar “con plenas garantías” la incorporación de los integrantes del FMLN a la vida pacífica.

Las conversaciones entre guerrilla y gobierno se adelantaron en la ciudad de México -del 13 al 15 de septiembre-, en San José de Costa Rica a partir del 16 de octubre, y Caracas un mes después (noviembre). Para esa fecha, Perdomo recién retornaba al país. Había dejado el fusil por seis meses y volado rumbo a Georgia, Estados Unidos a una capacitación militar en una de las academias más polémicas del mundo. “Él fue a hacer un cursillo y regresó a principios de noviembre, cuenta su madre. “Tras su estudio, allá pudo ver a sus hermanas que se fueron a vivir con sus maridos”.

Una copia en pequeño del diploma que Perdomo obtuvo de la Escuela de Las Américas, Ejército de los Estados Unidos de Norte América, dice lo siguiente: “Ha aprobado satisfactoriamente el curso de administración de instrucción para unidades pequeñas, por lo cual se le expide el siguiente diploma en el Fuerte Benning, Georgia. 4 de octubre de 1989”.

El sexto hijo

José Miguel Perdomo era el sexto hijo de los nueve que tuvo la pareja Perdomo Díaz. Deja dos niños de 4 y 3 años.

Las otras bajas

Natividad Méndez Ramos fue el primer soldado caído en la guerra de Iraq. Murió el 4 de abril de 2004 luego de un enfrentamiento con milicias chiis en An Nayaf.

Otro efectivo muerto en Iraq fue Carlos Armando Godoy, quien murió en un accidente de tránsito, en 2005.

Dos días después del ataque al convoy en el que viajaba Perdomo, y en el que resultó herido el soldado José Alexander Herrera Díaz, de 30 años de edad, la tropa salvadoreña sufrió otro ataque a la altura de la ciudad de AN NUMANIYAH.

En este hecho resultaron heridos los soldados Fausto Alexander González Ramírez y Mario Alejandro Román García.

“Miguelito”, el ex combatiente

Tras la firma de los Acuerdos de Paz, celebrada el 16 de enero de 1992, y luego de siete años como combatiente, José Miguel Perdomo tuvo que dejar su uniforme y reincorporarse a la vida civil en un El Salvador en paz y en proceso de reconstrucción política, social y económica. “Regresó a la casa y a ese muchacho sí que le encantaba ayudarme en el terreno”, cuenta su padre. “Eso le fascinaba”.

Miguelito, como le llamaba su familia, llegó a ganar entre 1987 y 1992 hasta 900 colones (102. 5 dólares) mensuales. Con sus ahorros, ayudó a sus padres a construir la casa en la que ahora una foto suya, cinco arreglos florales colgados en la pared, cuatro ramos de flores colocados dentro de botes viejos de leche sobre el suelo y una cruz de ceniza esperan su cuerpo.

Juan Perdomo, otro militar actualmente en servicio activo del DM3, asegura que su hermano menor estuvo seis años de baja, producto de la desmovilización pactada en los Acuerdos de Paz. Según Julio Andrade, los años de baja de su amigo fueron cuatro, de 1996 a 2000. El ministerio de Defensa aún no ha divulgado la hoja de vida del subsargento y en el destacamento militar #6 de San Miguel los encargados del registro sólo comentan que “nos han dado al orden de averiguar sus datos porque la noticia nos tomó por sorpresa. Todavía no tenemos toda la información”.

En lo que sí concuerdan su familia y sus conocidos es que Perdomo llegó a comprar una moto que “a la que le invirtió más de lo que realmente valía”, un pick up Toyota 1000 apodado “la huesera”, que trabajó en la compraventa de ganado y que al final vendió la huesera y terminó comprando otro pick up más grande antes de retornar al ejército. “Antes de irse para Iraq, le quitó la batería y al agua del radiador para que no se arruinara. Este carro no lo vamos a vender porque lo tiene que manejar su hijo mayor”, dice su padre, mientras posa su mano izquierda sobre el pick up rojo con el que su hijo le ayudaba a mover el maíz.

A un kilómetro y medio (aproximadamente) de la casa de la familia Perdomo, frente al parque central y el mercado municipal de San Rafael Oriente, un amigo de infancia de “El Chulo”, el otro sobrenombre de Perdomo, cuenta la historia de un ex soldado que “se entregó al vicio del alcohol” pero que tuvo la fuerza para dejarlo.

Santos Zúñiga, de 43 años, está sentado afuera del local del grupo de Alcohólicos Anónimos del pueblo. Estudió con Perdomo en la escuela Alberto Masferrer y asegura que terminaron siendo grandes amigos dentro de este grupo de ayuda. “Estuvo ocho años con nosotros, desde 1998. Aquí venía todos los días desde que se convenció que necesitaba ayuda. Al principio dijo que no creía en estas cosas pero al final hasta daba mensajes. Su frase era: ¨es que somos chulos por haber dejado el vicio¨. Por eso le decíamos El Chulo. Él dejó la bebida por completo cuando regresó al ejército, en el 2000”.

Doña Rosa muestra con orgullo el álbum fotográfico de la familia, retratos que narran la vida del sub sargento.
El reencuentro de los camaradas

El nueve de octubre de 2001, una unidad de rastreo de la Fuerza Naval localizó a dos presuntos narcotraficantes que se encontraban “colgados” de los manglares de la zona conocida como “Las Tunas”, en La Unión.

La patrulla de la fuerza naval, compuesta por ocho elementos, tras capturar a los tripulantes de una avioneta detectada por la Fuerza Aérea -y que aterrizó a la orilla del mar - fue condecorada por la Fuerza Armada. Dos de esos elementos eran Perdomo y Andrade. “Cuando nos encontramos, luego de que reabrieron la Infantería de Marina en el 2000, nos dijimos: la vieja guardia nunca se olvida, y aquí vamos a estar juntos otra vez”, recuerda Andrade.

Los dos subsargentos se reencontraron también con el capitán Pastore, que para esa fecha ostentaba el cargo de comandante de buque de la Fuerza Naval y era miembro del Estado Mayor Presidencial.

Andrade y Perdomo, más viejos, fuera de forma pero “con la experiencia de un ex combatiente de guerra”, dice Pastore, se convirtieron en líderes para las nuevas generaciones de marinos.

Tras el terremoto del 13 de enero de 2001, los dos camaradas –“como nos llamábamos los de la vieja guardia”, comenta Andrade- ayudaron en las labores de rescate de las víctimas del deslave en Las Colinas, Santa Tecla, que dejó más de 500 muertos y cientos de desaparecidos.

El resto del año, estuvieron siempre en las mismas unidades de reconstrucción en la zona oriental del país. “Anduvimos por todos lados construyendo champitas de lámina, de esas temporales para los damnificados”, recuerda el subsargento.

Esa era la labor que realizaban en el oriente del país el 11 de septiembre, cuando dos aviones comerciales se estrellaron contra las Torres Gemelas de New York, un episodio que dio pie para que George Bush, presidente de Estados Unidos, declarara la guerra en contra del terrorismo; primero a Al Qeda (en Afganistán) y luego a Sadam Hussein, el dictador Iraquí.

Pero para que la guerra y la invasión a Iraq iniciaran faltaba mucho. Y Perdomo, de nuevo en la vida militar, separaba su tiempo entre el cuartel, su esposa, Dinora, sus padres y las reuniones con el grupo de Alcohólicos Anónimos.

En agosto de 2003, el entonces presidente Flores envió al primer contingente de soldados salvadoreños rumbo a Iraq, como parte de la brigada multinacional Plus Ultra. Perdomo, destacado para ese entonces como conductor de la base naval de La Unión, no se imaginaba que ser infante de marina y conductor serían su sino.

Un año más tarde, tras una prórroga aprobada por la Asamblea Legislativa para que El Salvador mantuviera sus tropas en Iraq -pese a que en abril de ese mismo año había muerto el soldado Natividad Méndez Ramos, del segundo contingente- el tercer grupo de soldados partió rumbo a Nayaf. Iban 380, de los cuales 130 eran de la infantería de marina. A cargo de este grupo iba Pastore. Sus asesores eran “los viejos”.

De ese primer viaje, la familia de José Miguel aún guarda dos pancartas negras con adornos dorados en las que se ven las ruinas de Babilonia. El batallón Cuscatlán III pasó ahí el 80% de su estancia luego de que la Defensa Nacional determinara que los soldados no estarían seguros en Nayaf. “Los rebeldes chiitas eran liderados por Muqtada Al Sadr y la situación para la tropa era riesgosa. Ya en Babilonia, aparte de varias detonaciones de coches bombas cerca de la base, en Hilla, estuvimos más seguros”, comenta Pastore.

La cuna de la tropa, en Hilla era un complejo que incluye, además del ex palacio de Sadam Husein, las ruinas del palacio de Nabucodonosor II y las de la bíblica Torre de Babel. “No sabe cómo era ver todo eso y que el Viejo Perdomo, que era bien religioso, le fuera contando a uno lo pasajes de la Biblia”, agrega el capitán.

Él último viaje

A la casa donde habitaba el subsargento Perdomo se llega luego de atravesar un pasillo -de unos 25 metros- que de la carretera lleva en línea recta hacia un terreno de unos 40 por 25 metros. “Por ahí entraba gritando por sus niños y con una gran sonrisa”, cuenta su padre.

Por ese pasillo, desde la noticia de su muerte, ahora pasan de forma constante sus familiares, vecinos, amigos, soldados que limpian la casa, cargan bolsas de cemento destinado para su tumba y sus hijos, de la mano de su viuda.

“Uno de ellos, el mayor, se enfermó desde que nos enteramos que murió”, dijo Dinora el viernes 21. Brian, de cuatro años, jugaba con una bicicleta frente al altar sin cuerpo de su padre.

Un día después, Dinora estaba más alterada y cada palabra que pronunciba era acompañada de lágrimas. “¡Yo tenía ansia de que ese hombre regresara conmigo y con sus hijos! ¿Qué voy a hacer ahora? ¡Estos niños necesitan a su papá!”. Algunos vecinos la consolaban y su segundo hijo, Byron, de tres años, jugaba con un carrito en el mismo lugar en el que lo hacía su hermano el día anterior.

A Perdomo le quedaban 25 días de misión cuando murió. Su padre, al hablar sobre la guerra de Iraq alza la voz y asegura que si tuviera la oportunidad de decirle al presidente Antonio Saca que ya no envíe más soldados a un país lejano, en una guerra lejana, lo haría aunque “me cueste la cárcel”.

“Le dije que no fuera, que si quería construir una casita para sus hijos que mejor fuera a sacar visa y se fuera para el norte, con sus hermanas. Pero ya ve, él dijo me voy, y se fue”, se lamenta.

El capitán Pastore y el subsargento Andrade coinciden en que el dinero extra ($230) que se gana en la misión de Iraq pudo ser el motivo por el cual Perdomo viajó por segunda vez. Ambos, sin embargo, añaden que un soldado criado en la guerra siempre busca vivir en guerra.

“Es cierto, allá no se está peleando ni nada pero se siente emocionante”, dice Pastore, y luego agrega: “Pero ya había ido una vez, no tenía por qué buscarla de nuevo. Lástima que el Viejo no me agarró el consejo cuando se lo di”.

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