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NOTICIAS De Guaymango a Nayaf, la historia del soldado “Nati”Dos años después de la primera muerte del Batallón Cuscatlán en Iraq, nuevas informaciones permiten reconstruir una historia que nunca se contó en las versiones oficiales del ejército, y que hablan de una situación mucho más peligrosa para las tropas salvadoreñas de las que las fuentes oficiales han estado dispuestas a admitir. Daniel Valencia / Fotos: Raúl Benítez
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María Elena, de 23 años y hermana del soldado muerto en Iraq exactamente dos años atrás, le notificó que, al no tener previo aviso de ninguna visita, su madre había salido. El soldado grababa en su cámara todo el diálogo. Martín Méndez, cuarto hijo de la familia, de 18 años, observaba, con timidez, recostado en una de las paredes de su hogar. Los tres perros de la casa habían dejado de ladrar hacía 10 minutos. “Alístense por favor”, le pidió el coronel a María, a Martín y a Marcos (el menor, con cinco años). “Este acto lo tenemos que hacer hoy porque, como usted sabe, tenemos muchas diligencias que atender y como no está doña Herminia ustedes tendrán que representarla”.
Los tres hermanos ingresaron a uno de los cuartos de la casa para cambiarse. El camión en el que llegó el coronel y su comitiva los esperaba para llevarlos al cementerio local. Ahí, trece soldados custodiaban la tumba de su ex compañero entre risas, anécdotas de Natividad y una plática sobre la misión del batallón Cuscatlán V, que retornó hace dos meses de Iraq, y al cual pertenecieron cuatro de los boinas rojas presentes. El resto de efectivos eran del Batallón de Paracaidistas, división a la cual pertenecía “Nati”, nombre con el cual era conocido por sus compañeros de armas.
“Le gustaba mucho tirarse con paracaídas. Era bueno en eso y por lo demás era bastante tranquilo”, comentó uno de los soldados ahí presentes. Él, junto a otro de sus compañeros, cargó el arreglo floral (hojas rociadas con spray color dorado) y lo colocó en la puerta de hierro del mausoleo, construido para el primer aniversario de la muerte de Natividad, en 2005. El resto de efectivos hacía guardia de honor.
“Estamos aquí para honrar a un gran soldado, un héroe para la Fuerza Armada y por quien debemos sentirnos orgullosos. Estamos aquí para honrar al soldado Natividad… ¿Ramos Méndez? así es, ¿verdad?” preguntó el coronel. María le corrigió. Marcos, vestido con un pantalón color café claro, una camisa blanca y zapatos negros (uniforme del centro Escolar Cantón San Andrés), parecía hipnotizado por el fusil color negro de uno de los soldados. Éste último, sus compañeros, el coronel, el sargento y el soldado de la cámara de video guardaron silencio. Segundos después, se escuchó un “¡descanso! Pueden romper filas”. Acto seguido, los militares y la familia Méndez subieron al camión rumbo al cantón San Andrés. La conmemoración para Natividad, en el cementerio de Guaymango, había concluido.
Por una captura
Nayaf, Iraq. Domingo 4 de abril. 10:00 horas. “Afuera de la base
se escuchaba cómo la gente clamaba por la liberación del
Al Yacoubi, lugarteniente del líder chií Muqtada Al Sadr.
Ellos gritaban: ¡fuera a los infieles y Alá es grande!. La
noche previa, se les dijo a las autoridades españolas que la mejor
estrategia para el domingo sería que nadie saliera a realizar las
inspecciones de rutina fuera y dentro de la ciudad. Estaba muy peligroso
y ya había antecedentes importantes para hacer caso a la advertencia
de aténganse a las consecuencias que hicieron las milicias Mahdi
en la noche del sábado 3. Sin embargo, el comando español
dio la orden de que la segunda compañía saliera junto a
40 efectivos de las Defensas Civiles Iraquíes a realizar un retén
en las afueras de la ciudad. El soldado Nati era de esa compañía”,
narra, dos años después, Ayala, uno de los oficiales de
la tropa salvadoreña que hizo su servicio en Iraq junto al soldado
Natividad Méndez Ramos. El oficial pidió no publicar su
verdadero nombre por temor a represalias adentro del ejército,
Ayala es un nombre ficticio.
| Herminia
recibirá pensión hasta 2015 |
| La madre del soldado Méndez
Ramos no podrá cobrar la pensión a la que tiene derecho
como madre de un miembro del ejército fallecido en combate
debido a que la ley del Instituto de Pensiones de la Fuerza Armada
dictamina que para el caso de padres de un soldado fallecido, la
madre sólo puede cobrar el seguro hasta tener cumplidos los
55 años de edad. Herminia Ramos ha recibido, sin embargo,
$7 mil dólares en concepto de seguro de vida y $5 mil por
el fondo de retiro que estaba pagando Natividad. “Pero eso se gastó en el pago de los materiales que habíamos sacados fiados para una casita que estábamos construyendo con él”, dice esta mujer que desde hace mes y medio pide ayuda para ella y sus tres hijos, Martín de 18, Marcos de 5 y José de 7 años de edad. María Elena vive con su esposo. |
Ayala cuenta lo sucedido: “una noche antes (3 de abril), el comando de la tropa española que coordinaba la base Al Andalus de Camp Baker, en la cual estábamos los 380 soldados del Batallón Cuscatlán II, falló en el intento de apaciguar los ánimos de cientos de chiítas armados que clamaban por la liberación de Al Yacoubi. Dentro del recinto, los soldados de la tropa salvadoreña tenían la orden de defender la base a toda costa”.
Las “labores humanitarias y de reconstrucción”, misión con la cual partió el segundo contingente de soldados salvadoreños en febrero de 2004, estaban paralizadas desde el viernes 2 de abril, debido a que la violencia en esta ciudad iba en escalada. Ese viernes, La oficina informativa de la Brigada Plus Ultra, liderada por España y en la cual habían tropas dominicanas, hondureñas y salvadoreñas, informó que una patrulla salvadoreña había sido atacada en la ciudad de Kufa por un grupo de “delincuentes” que llegaron a dispararles fuego de mortero. Hubo tres heridos debido a las esquirlas. “Los heridos están recuperándose”, decía una nota publicada por El Diario de Hoy en esas fechas.
Mientras la violencia crecía en Nayaf, al otro lado del mundo, en Guaymango, Ahuachapán, Herminia Ramos no podía dormir. Hacía ya tres días que padecía de insomnio y temía por la seguridad de su hijo. “Yo no sabía qué pasaba en Iraq y no sabía por qué me lo mandaron tan lejos. Antes, las misiones más lejanas a las que fue eran en el aeropuerto de Comalapa y a Sonsonate”, dice ahora esta mujer de 47 años. “Justo la noche en que murió no dormí nada. Lo único que pensé es que no podía abrazar a mi hijo ni hablarle por teléfono. Él me había prometido hablarme el 15 de ese mes. No entiendo por qué se fue tan lejos”.
“Ese domingo (4 de abril), como a las 11 a.m., la segunda compañía
(creo que eran 23 ó 25 soldados) salió con tres Humvees
y dos camiones rumbo a una pequeña base, ubicada a un kilómetro
de distancia de Camp Baker. Ahí se daba adiestramientos y se equipaba
a los efectivos de las Defensas Civiles Iraquíes. Cuando salieron
de Camp Baker, la gente que estaba protestando –que eran cientos
en toda la ciudad- no les hicieron nada”, dice Ayala.
Los manifestantes chiítas, a eso de las 12 del mediodía,
comenzaron a disparar contra Camp Baker. A un kilómetro de ahí,
la segunda compañía del Cuscatlán comenzó
a ser hostigada por una turba de manifestantes.
Alí Husein, un comerciante de la zona, dijo en esa fecha a la cadena
de noticias EFE que los enfrentamientos comenzaron cuando “la policía
iraquí abrió fuego contra los manifestantes y mató
a algunos de ellos. La policía iraquí se retiró cuando
vio llegar a los milicianos de Al-Sadr con armas más pesadas. Los
brigadas atacaron la base de los españoles, que respondieron al
ataque”. Al Andalus no era en realidad una base española,
sino una zona de tres edificios ubicada a la entrada de un complejo mayor,
Camp Baker, a cargo de las tropas salvadoreñas. Las dos puertas
de ingreso a Camp Baker, y su perímetro, estaban custodiados por
salvadoreños. En el campamento también permanecían
policías militares estadounidenses y personal militar de servicios.
Ayala confirma el ataque: “para ese momento ya no había nada que hacer más que defenderse. Los chiítas no entendieron que no fuimos nosotros los que capturamos a uno de los suyos. Natividad iba en el primer carro con el oficial al mando de la compañía. Uno de los manifestantes comenzó a dar patadas al humvee y a tratar de agredir a este oficial. En defensa, el oficial le dio con la culata de su arma y el manifestante cayó al suelo. Este hombre llevaba una metralleta. Ahí fue cuando comenzaron a tronar más fuerte los disparos”.
Muerte bajo 20º C.
Natividad murió el día que iniciaba la primavera en Nayaf.
“Estaba fresco, así como que va a helar de repente”,
recuerda Ayala. Méndez Ramos murió vistiendo su uniforme
verde con parches verde oscuros, cafés y negros que le dieron sustento
a su familia durante cuatro años. Sobre el pecho tenía su
chaleco antibalas y sobre la cabeza su casco; ambos, de color beige. El
primer Batallón Cuscatlán, que recibió una donación
de uniformes beige desierto del ejército estadounidense, decidió
al cabo de dos semanas volver al tradicional verde salvadoreño,
para diferenciarse de los norteamericanos y no sufrir ataques destinados
a ellos. Para abril de 2004, todas las tropas eran enemigas de las milicias
chiítas.
“Él iba en la misión como radio operador y por tanto tenía que estar al lado del oficial a cargo de la compañía. Cuando inició la balacera, Natividad y el oficial corrieron a refugiarse; primero, en una de las paredes de las casas aledañas. El resto de la tropa buscó refugios también y por eso quedaron todos dispersos. Los más afectados en ese momento fueron los 30 iraquíes que venían en los camiones atrás del convoy porque quedaron flanqueados por las turbas. Pero toda la compañía estaba recibiendo fuego cruzado de todos lados”, cuenta Ayala.
Según él, la única opción del oficial a cargo
era la de llevar a su tropa de regreso a la base de adiestramiento, para
esperar ahí los refuerzos. Intentar llegar a Camp Baker, según
explica, hubiera provocado más bajas debido a la cantidad de “enemigos”
en la zona.
“En cambio, el camino a la base de adiestramiento, si sorteaban
un par de obstáculos, estaba más despejado”, dice.
A unos 30 metros frente al camino que Natividad, el oficial y el resto de soldados estaban tomando para llegar a la base de adiestramiento (a unos 800 metros del lugar en que se detuvo al convoy), había una fila de viviendas, “algunas de dos, tres pisos” en donde hombres armados estaban “jugando al tiro al blanco” con los soldados salvadoreños.
El último tramo que Natividad recorrió era el más peligroso. Un terreno baldío de unos 100 metros de largo en donde había cientos de montículos de arena. Ahí, el oficial y Méndez Ramos podían avanzar, siempre y cuando lo hicieran arrastrándose. Este terreno quedaba justo bajo la mira de los “francotiradores”. Tras los salvadoreños venían más milicianos Mahdí, y ambos decidieron jugarse la vida y salir del predio baldío, cruzando una calle despejada por donde había una “lluvia de balas”, confirma el coronel Pérez Reyes. Pese a que ya había refuerzos al otro lado de la calle, que cubrían a los dos soldados para que avanzaran, el oficial de la tropa logró cruzar la calle. Le tocó el turno a Natividad. “Cuando comenzó a subir a rastras sobre el último montículo para cruzar, una bala lo alcanzó en el costado derecho. Nati logró avanzar sólo hasta media calle”, cuenta Ayala.
Una bala
“El día que murió Natividad, no estaba haciendo las
veces de un francotirador. Sobre su espalda cargaba un radio transmisor
PRC-77 y en sus manos portaba un fúsil M-16. Desde las casas de
dos pisos, los hombres francotiradores estaban jugando bastante bien ese
papel del tiro al blanco. No sé qué pasó con él,
quizá se tardó mucho tiempo en bajar, arrastrado, del último
montículo de arena que lo separaba de la calle. Ahí fue
donde un proyectil lo alcanzó en el costado derecho, a la altura
del pecho. Él se arrastró hasta la mitad de la calle mientras
las balas seguían lloviendo hacia esa dirección”,
cuenta Ayala. El coronel Pérez Reyes agrega que el parte médico
que vino desde Iraq informaba que Natividad recibió una sola bala
que le atravesó el pecho de costado a costado. “Eso le quitó
la vida”, dice.
Pero Ayala no está tan seguro. “El Batallón Cuscatlán no le hizo examen forense ya que el cuerpo rápido fue trasladado primero a Diwaniya y luego a Bagdad. Él médico dice que sólo alcanzó a ver un orificio de bala nada más en el costado derecho. Pero en la zona de combate, como le repito, llovían balas hacia donde él estaba. Todos le gritaban ¡avance, avance! pero no reaccionaba. La táctica de combate en esos casos es que si está herido o en zona de fuego hay que quedarse quieto y con la cabeza contra el suelo. Así estaba él. Cuando respondió, sólo lo hizo para hacer un gesto como de despedida: levantó la mano derecha, como diciendo adiós, y luego su palma se estrelló contra el suelo. En ese momento llegaron milicianos Mahdi y lo despojaron de su M-16 y del radio transmisor. Ya había refuerzos de la primera y tercera compañía en la zona y un grupo de soldados se fue a combatir mano a mano con estas milicias para recuperar el cuerpo del soldado caído”.
| CFE
se compromete a terminar obras en casa |
| El coronel Luis Pérez Reyes, jefe del CFE, se comprometió con María Elena Méndez para terminar la obra en la casa que esta división del ejército le construyó a Herminia Ramos tras el fallecimiento de su hijo. Esta vivienda no cuenta con servicios de energía eléctrica ni de agua potable ni de cañerías para tratamiento de aguas negras. |
¿Qué se le enseña a un francotirador? “Que se tarde hasta un minuto para soltar un tan solo disparo, y que a 500 metros tiene que derribar al enemigo y no a otro con la máxima precisión”, responde el coronel. ¿Qué se enseña en un curso antiterrorismo? “Tácticas de rescate de rehenes, se busca eliminar al enemigo y salvar con vida al secuestrado, se les enseña técnicas de tiro y uso de diferentes tipos de armas, pruebas de valor (alpinismo, deslizamiento de torre) y lectura de mapas urbanos de ciudad, radiocomunicaciones, etcétera”. ¿Cuál fue el desempeño del soldado Natividades estas ramas? “Era de los mejores en cada una de las áreas. Por eso fue seleccionado para esa misión humanitaria en Iraq”.
En una de las paredes de la sala de la vivienda que el ejército construyó para Herminia, tras la muerte de su hijo, los diplomas otorgados al otrora soldado dan fe de la experiencia que tenía Natividad. Si él no hubiera tomado y aprobado los cursos de tirador experto #13, contraterrorismo #19 y el curso básico de paracaidismo no hubiera sido seleccionado para el Batallón Cuscatlán.
Pero, dice Herminia, “por ayudarnos se fue labrando su destino”.
“Native”, como le llamaban en Guaymango, cambió la
cuma y la cosecha de la milpa por las armas para ayudar a su madre en
el mantenimiento del hogar. Del 1 de agosto de 2000 al 1 de agosto de
2001 estuvo acuartelado en el regimiento militar # 6 de Sonsonate, lugar
al que van a parar la mayoría de los jóvenes del Cantón
San Andrés, según comenta Manuel Antonio García,
secretario de la Asociación de Desarrollo Comunal de San Andrés
y vecino de Natividad. “Todos lo hacen siempre para ayudar a sus
familias económicamente”, agrega.
Tras terminar su servicio militar, Méndez Ramos regresó
junto a su madre. “Yo le dije que se quedara conmigo pero él
salió con que iba a regresar al ejército porque si no ya
no me podría dar nada de dinero”, cuenta Herminia.
En la hoja de vida del soldado consta que ingresó al CFE tras aplicar para ingresar al batallón de paracaidistas, el 6 de febrero de 2002. Desde esa fecha hasta su partida hacia Iraq en los primeros días de febrero de 2004, Natividad vivió, literalmente, en las “cuadras” (dormitorios) de la base militar de Ilopango. “Sólo venía a visitarme los fines de semana”, dice su madre.
Al igual que los 800 efectivos que conviven en la base (oficiales, personal administrativo y soldados), la rutina de Natividad empezaba a las 5:30 de la mañana con el aseo de su dormitorio, una hora para ejercicio, 30 minutos para aseo personal y preparación de su equipo de trabajo, desayuno, inicio de labores (prácticas de tiro, técnicas de combate, ejercicios en aire, mar y tierra, etcétera).
“Almorzaba, igual que todos, entre doce y una p.m., luego una hora de descanso y a las 2 p.m. a retornar a las actividades hasta las cinco de la tarde. A las 5:30 la cena y a las seis todo mundo quedaba libre. Él siempre se quedaba en la base los días de semana porque Guaymango le quedaba muy lejos de la capital”, confirma Pérez Reyes.
Con su carrera militar, Méndez lograba pasarle a su madre un cheque mensual por $200 dólares. Justo cuando inició la convocatoria para el segundo contingente del Batallón Cuscatlán, Méndez Ramos fue de los primeros en aplicar. A su madre, sin embargo, nunca le dijo nada sobre esa misión. “A todos lo soldados que han ido a Iraq se les ha informado de los peligros que correrán allá y que es posible que pierdan la vida. No se les miente. Saben que van a un misión humanitaria pero que por las condiciones en algún momento tendrán que defender su vida”, explica Pérez Reyes.
Natividad guardó silencio hasta el último momento. El día de su partida hacia la base militar de Ilopango, en San Salvador, el 22 de enero de 2004, el soldado le dijo a su madre: “Voy a una misión a un país que se llama Iraq. Voy a estar bien. La quiero mucho”. Madre e hijo se tomaron una foto frente a un local comercial del casco urbano de Guaymango. La última foto con su hijo, el último momento que pasaron juntos.
Herminia supo muy bien qué era Iraq, qué pasaba en ese
país y qué tan peligroso era hasta que en la mañana
del lunes 5 de abril de 2004, casi dos meses después de abrazar
a su hijo por última vez, vio acerarse a su casa a tres soldados
que venían con una noticia dolorosa.
“Si yo hubiera sabido todo eso antes no lo hubiera dejado ir, lo
hubiera detenido. Los soldados salvadoreños deben de defender sólo
a su país y no ir a un lugar a luchar otra guerra que no es suya”,
se queja.
Semanas antes de su muerte, Méndez Ramos escribió una carta a su madre y la envió con un soldado del Batallón Cuscatlán I, que regresó a mediados de febrero de 2004. En la misiva, el soldado le pide a su madre que no se preocupe tanto por él. “Le mando este papel para decirle que no se preocupe por mí (…) Por mí no piense tanto, ya que me encuentro bien. Siempre estaré pendiente de toda la familia que queda aquí. Dios los guarde, los proteja y también me los bendiga con sus trabajos y los cuide en todos sus caminos. No se preocupe usted, madrecita, coma tranquila porque Dios me guardará donde yo me encuentro. Hasta pronto madrecita, estos días pasarán”, dice parte del escrito publicado hace dos años por La Prensa Gráfica.
“Ninguno quiere morir allá ni en ninguna otra misión. Lastimosamente esas fueron las circunstancias de una guerra ajena y lejana, muy lejana”, dice el coronel Pérez Reyes.
Vea además
Herminia
todavía llora
-Fotorreportaje
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