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NOTICIAS Los enemigos del Diablo Carlos Martínez
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“Vino un hombronote, pollón, fuerte, alto. Se miraba normal, muy normal, platicamos normalmente de cosas de la vida, del ambiente, de todo. Como sabía a qué venía, porque la familia me lo había indicado ya, entré en el tema hablando de Jesucristo y de Dios. Inmediatamente ese hombre, que parecía tan normal, cambió por completo, cambió su expresión, la voz se le hizo ahuecada, grave, que no se miraba que fuera humana. Cambió su mirada, cambió su aspecto.” Después de esta experiencia, Monseñor Roberto Amílcar Torruella renunció de su cargo de exorcista ante el arzobispo de San Salvador, Monseñor Fernando Sáenz Lacalle.
La Merced es una iglesia vieja. El 5 de noviembre de 1811, el prócer José Matías Delgado hizo repicar sus campanas como primer grito de independencia de El Salvador. Ahora es una estructura polvorienta, perdida en medio del laberinto urbano en pleno centro de San Salvador. Una iglesia rodeada de prostíbulos y cantinas. De pecado. Allí vive el padre Torruella.
Por teléfono, la voz de este sacerdote de 79 años suena ceremoniosa y su actitud frente al tema es de una naturalidad cotidiana.
-Queremos una entrevista con usted.
-¿Sobre qué tema quieren hablar?
-Sobre exorcismos, padre.
-Bueno, bueno. Hablemos. Vénganse el viernes a las cinco.
Para llegar a la casa cural hay que atravesar un desolado corredor cubierto de hojarasca en uno de los costados de la nave central de la iglesia. Los visitantes son atendidos por alguno de los familiares de Torruella, que se refieren a él como “monseñor”. Su despacho es una pequeña oficina atiborrada de documentos y folios añejos. Sobre el escritorio podía verse un archivo de bautismos en el que se leía: “Tomo 59: 1928-1930”.
Torruela es un hombre pequeño, agobiado por un problema en su tiroides y con un sentido del humor en perfecto estado. “El demonio no es cuento de Cipitío o de brujas. Es una realidad. Realmente realicé cuatro exorcismos, con todas las características de una posesión diabólica. Todos en personas.” Esta última aclaración tiene lugar debido a que –según la Iglesia Católica- los casos de posesión demoníaca también se presentan en objetos, animales y lugares. Para cada caso hay un método.
El martes 26 de enero de 1999, la Iglesia Católica presentó el “Nuevo Rito de los Exorcismos” en la sala de prensa de la Santa Sede. Se trataba de modificaciones hechas a un procedimiento con más de cuatro siglos de antigüedad.
La presentación estuvo a cargo del prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el cardenal chileno Jorge Medina Estévez, un polémico sacerdote de corte conservador al que se le vincula con el pinochetismo.
El rito original del exorcismo fue firmado en 1614 por Camilo Borghese, mejor conocido como Papa Pablo V, e incluía una serie de invocaciones, letanías, pasajes bíblicos y órdenes para expulsar demonios. Sin embargo, carecía de alusiones a la Virgen María o de especificaciones sobre la posición que el exorcista debe adoptar durante su combate con el maligno. La nueva versión también tuvo sus detractores, como el padre Italiano Gabriel Amorth, principal exorcista de Roma y, quizá, el más célebre entre su gremio.
Amorth consideró el nuevo rito como una limitante a los exorcistas, entre otras cosas debido a que este los obliga a estar cien por cientos seguros de que se trata de posesión diabólica antes de practicar el rito. “Esto es una obra maestra de incompetencia: la certeza de que el diablo está presente en una persona se tiene sólo haciendo el exorcismo”, protestó el cura, en una entrevista que concedió en 2001 al periódico italiano “30 Días”.
Roberto Amílcar Torruella siempre permaneció ajeno a este debate. Él tuvo que enfrentarse al Diablo –o más bien, a los diablos- con el arma del sentido común. Al ser nombrado nadie le facilitó el texto que contiene el rito del exorcismo, que llegó a sus manos cuando ya tenía algunas batallas libradas.
“Vino una madre de familia, con un muchacho como de 15 años, a avisarme que su hijo miraba cosas, veía cosas. Cosas raras, ruidos raros en la casa. Se me ocurrió preguntar a la mamá si aquel muchacho, en la música que tenía, tenía algún disco satánico –porque hay discos satánicos- entonces me dijo que sí. Le pedí que me trajera la caja donde tenía esos discos. El pobre muchacho sin duda estaba muy metido en esos líos y en esas prácticas y era víctima de su misma desviación. Pregunté después a la mamá y me dijo que se había normalizado el muchacho”.
Al finalizar la conversación, mostró una parte del botín que decomisó en aquella ocasión. Se trataba de una serie de casetes piratas de distintos grupos de rock: Afflicted, Mystic Charm, Resurrection, Acheron. Este último incluía entre sus títulos la melodía “Prayer of Hell”. Para Torruella estaba claro: aquellos casetes estaban contaminando a aquel joven.
Poco después relata algunos casos un tanto más espectaculares, como el de aquella muchacha adolescente que al ver el sagrario enloqueció. Tomó el recinto del santísimo sacramento y lo sacudió en el aire mientras blasfemaba. Monseñor contraatacó: “Yo te ordeno –así, dicho con autoridad, con seguridad- yo te ordeno, demonio maldito, que salgas de este cuerpo”. Al final la muchacha quedó tirada en el piso exhausta, dormida. El demonio ya no estaba.
Pero el caso que más recuerda, o al menos el primero que cuenta, es el de aquel hombre “pollón, fuerte, alto”. Aún lo menciona con horror. Luego de sufrir su transfiguración –asegura Torruella- el hombre lo persiguió por la iglesia con intenciones nada confiables, mientras hablaba con aquella voz de inframundo, pronunciando palabras incomprensibles. Al final, el cura se armó de valor, de un crucifijo y de agua bendita. Al verse expuesto a aquellas santas herramientas, el hombre recuperó la normalidad y quedó sentado, como si nada hubiera pasado, como si no hubiera aterrorizado al monseñor septuagenario.
Este hombre volvió para una segunda sesión, donde la escena básicamente se repitió y luego desapareció. Nunca hubo expulsión de diablo. Para ese momento, Torruella aún no tenía copia del rito oficial.
“¿Por qué es que pasa eso, por qué cambia su cara, su mirada y su voz? No era una voz fingida, solo decía: ‘¡aaaagrrrr!, ¡aaaaaaggggrrrrr!’, con una voz cavernosa, cosas sin sentido que no le entendía yo. Da un poco de temor, se lo garantizo.”
Torruella renunció de su cargo hace dos años y medio. Debido en parte al temor de ser agredido por un poseso (vive solo con su hermana, está enfermo y no tiene ayudantes), en parte por el tiempo que le quitaba atender casos de gente que creía estar bajo algún influjo demoníaco. “La gran mayoría de las veces se trata de muchachos mal educados”, explica.
El cargo fue tomado por otro monseñor, bastante más joven. Él sí que está dotado con el arma oficial –el rito renovado de los exorcismos- y se hace acompañar de toda una cuadrilla de asistentes formados especialmente para atender posesiones diabólicas. Los casos que cuenta son ciertamente más parecidos a los que presenta el cine.
Leyes para el diablo
Durante la presentación del “Nuevo Rito de los Exorcismos”,
el cardenal Medina Estévez explicó el fundamento de esta
práctica: “El exorcismo constituye una antigua y particular
forma de oración que la Iglesia emplea contra el poder del diablo.
He aquí cómo explica el Catecismo de la Iglesia católica
en qué consiste el exorcismo: «Cuando la Iglesia pide públicamente
y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto
sea protegido contra la influencia del maligno y substraído a
su dominio, se habla de exorcismo. De una manera simple, el exorcismo
se practica durante la celebración del bautismo. El exorcismo
solemne, llamado gran exorcismo, puede ser practicado sólo por
un presbítero y con el permiso del obispo. En esta materia es
necesario proceder con prudencia, observando rigurosamente las normas
establecidas por la Iglesia. El exorcismo tiene como objeto expulsar
a los demonios o liberar de la influencia demoníaca, mediante
la autoridad que Jesús ha dado a su Iglesia. Muy diferente es
el caso de enfermedades, sobre todo psíquicas, cuya curación
pertenece al campo de la ciencia médica. Es importante, por lo
tanto, asegurarse, antes de celebrar el exorcismo, que se trate de una
presencia del maligno y no de una enfermedad»”.
El derecho canónico no exige a los expulsores de demonios asesorase de psiquiatras o psicólogos para ejercer el cargo. Según Monseñor Ricardo Urioste, experto en derecho canónico y ex canciller de la Iglesia, se trata de tener la “certeza moral” de que una persona está poseída. Para ello, asegura, se observan algunos síntomas, como la comprensión y manejo de lenguas muertas, insultos contra Dios, violencia incontrolable. En resumen, síntomas demoníacos definidos por el Vaticano.
Habrá anotar que, según la Iglesia Católica, no se trata de un solo demonio, sino de una legión de estos, cada uno con sus particularidades, con su poder, con su maldad. Satanás, explica Urioste, es solo “el príncipe de los demonios”. De allí la necesidad de que el exorcista obligue al posesor a identificarse con su nombre. No se puede expulsar a un desconocido.
Aunque la investidura sacerdotal otorga la potestad de expulsar demonios, solo deben realizar el rito aquellos curas que han sido designados para ello por el obispo de la diócesis y cada obispo debe nombrar al menos a un exorcista. En El Salvador hay siete diócesis. Al menos en San Salvador, hay una larga tradición de exorcistas, que pasa por el finado Monseñor Modesto López, ex párroco de Catedral y por el sacerdote franciscano Vonicio Morín de la parroquia Nuestra Señora de Fátima, en los Planes de Renderos.
La misión le corresponde actualmente al párroco de la iglesia La Transfiguración, Monseñor Fernando Rodríguez.
El exorcista
La Transfiguración contrasta con la modesta e histórica parroquia La Merced. Lejos del caos del Centro Histórico, La Transfiguración presenta una vista panorámica de la capital, unas cuadras arriba del estadio Cuscatlán. Es un oasis en medio de la ciudad, con dos parqueos y modernas oficinas rodeadas de árboles, de sombras y frescura. Es frecuente encontrar a reporteros de TV haciendo sus despachos desde esta iglesia, para obtener, a sus espaldas, la privilegiada vista de San Salvador.
La iglesia está dispuesta a modo de gradas en semicírculo, de manera que el altar está abajo, en el centro de una concha acústica. Los feligreses suelen llegar en vehículos de modelo reciente, muchas veces conducidos por motoristas. En la cartelera de la iglesia se anuncian “Retiros espirituales para hombres”, las Damas Salesianas ofrecen “desayunos católicos” y se invita a una conferencia que lleva por título “Del crudo ateísmo al corazón de Jesús y María: testimonio vivo de un científico ateo cuyo corazón conquistaron Jesús y María”.
El despacho de Monseñor Rodríguez está precedido por el de su secretaria, donde, permanentemente, hay parroquianos esperando turno.
Ya en su oficina -con una pequeña refrigeradora, aire acondicionado y computadora- Fernando Rodríguez atiende el tema con la misma naturalidad de Torruella. Es un hombre maduro, que anda saliendo de los cuarenta. Pequeño y macizo. Habla de su papel de exorcista con una sobriedad que podría pasar por timidez.
Rodríguez no está solo. Desde que asumió el cargo se ha encargado de crear toda una estructura de fieles que se han especializado para auxiliarlo en sus labores. Asegura que se hace asesorar de un equipo en el que hay un médico general, un psicólogo y un psiquiatra. Todos los casos de exorcismos deben pasar por una opinión técnica. Los especialistas, dice, prefieren quedar en el anonimato y no dan entrevistas.
El grupo más llamativo es su “Equipo de Liberación”, en el que participan cerca de 20 personas, entre hombres y mujeres, que han recibido conocimientos sobre el mundo de las artes obscuras y las artimañas que los demonios utilizan para atormentar almas perdidas. Reciben incluso literatura, como el libro “Suma Demoníaca”, en el que se detallan algunos de los trucos del maligno y ofrece ‘tips’ para combatirlo.
Este equipo se reúne todos los jueves en la primera planta de la parroquia y son el primer filtro antes de hacer un exorcismo. Todos los casos que se remiten a monseñor Rodríguez deben pasar primero por las manos de este equipo de “cazademonios”.
Los miembros de este equipo son huraños ante la prensa y atendieron a El Faro solo después de que monseñor Rodríguez autorizara la visita. Era un jueves y estaban reunidos tres de ellos al rededor de una pequeña mesa de aluminio celeste. Al notar a un extraño, la única mujer del grupo hizo un gesto de negación, pero uno de los presentes anotó que la visita había sido autorizada por el párroco. La mujer se levantó y se retiró.
En la mesa quedaron solo Mauricio y Arturo (pidieron que sus nombres se manejaran con “prudencia”). El primero, un tipo cuarentón de maneras finas; y el segundo, un poco mayor, es un hombre corpulento de grueso bigote que evidentemente lleva menos tiempo en estos menesteres que su colega. Ambos son ingenieros.
Se hacían acompañar de instrumentos que utilizan en sus oficios: una cruz, un diminuto salero, una concha muy pequeña con aceite, una botellita de agua, una virgen pequeña y plateada. Los dos llevaban anillos-rosario en sus manos. Al iniciar la conversación, Mauricio dejó caer unos granos de sal en su mano y los comió. Arturo se tocó la frente con aceite.
-“No es agua bendita”, explicó Mauricio, “es
agua, sal y aceite exorcizados”
-“¿Es decir que todos esos artículos estaban poseídos
por demonios?”
-“No, se utilizan para mantener alejado al demonio. Donde pongo
el agua no puede llegar el diablo. Le pone paro”.
Luego explicó Arturo: “A calzón quitado, nosotros no lo conocemos a usted, por eso nos protegimos con la sal y el aceite”.
Según relataron, el proceso para determinar si hay posesión diabólica puede durar semanas, meses, años. Depende de la iluminación del Espíritu Santo. Ambos se refieren a su oficio con términos médicos: hablan de “paciente” y de “diagnóstico”.
“Cuando llega un caso, nunca estamos solos. Mientras uno reza, el otro conversa con el paciente y de pronto el Espíritu pone palabras en tu boca, como por ejemplo: contaminación”.
Han recibido casos de hogares con síntomas extraños, como sonidos que surgen de la nada u objetos que se mueven. A estos casos los llaman: “contaminación del lugar” o “Terreno de Satanás”.
Mientras Mauricio continúa con las explicaciones, Arturo saca
un rosario y lo mueve lento en sus manos, mientras observa todo con
un gesto grave, casi preocupado. “Uno no puede tocar a todo mundo...
cuando se lucha contra el demonio tengo que estar en gracia con Dios,
sino se me puede meter a mi”, expone Mauricio. Luego Arturo complementa
diciendo que se trata de no tener “puertas” a través
de las cuales pueda entrar una presencia maligna.
Ambos explicaron que, dentro del grupo, se puede o no auxiliar en exorcismos
dependiendo del “nivel de limpieza” de cada quien. Un exorcismo
se realiza solo cuando ha pasado por el aval del grupo de expertos del
que forman parte Mauricio y Arturo.
En dos años y medio, solo tres casos han pasado los filtros y monseñor Fernando Rodríguez los relata de manera vívida, con el rostro serio. Muy serio.
Los casos de monseñor Rodríguez
Monseñor Fernando Rodríguez. Parroquia La Transfiguración:
“Un muchacho salvadoreño que vivió en Estados Unidos. Era alto, doble, en Estados Unidos se quedó fijo, frente a la computadora, porque empezó a entrar en todo lo que era satánico. Y se obsesionó. E hizo todo lo satánico, a tal grado que se comenzó a poner violento, hasta llegó a agredir a sus papás. Dejó de trabajar y estudiar. Pasaba en la computadora todo el tiempo o sino en la TV, buscando solo cosas que podían fomentarle eso.
Lo trajeron para acá (El Salvador) porque creían que le habían hecho una brujería y lo llevaban a Izalco, para que los brujos le quitaran el embrujo. Pero por suerte tenía una prima que es carismática. Y ella le dijo: “Mirá, antes de llevarla donde un brujo hay que llevarlo a la iglesia”. Vino el papá y me contó toda la cosa y me dijo que no dejaba que se le acercara nadie y que por lo tanto no le podían decir que yo iba a llegar. Tampoco podía remitirlo a los especialistas porque se había vuelto muy violento, solo había que mencionarle Dios para que él se tornara violento.
Como me lo habían descrito tan violento y corpulento hicimos un trato: llegaría en la mañana, muy temprano, esperando que él estuviera dormido. Llegamos con el equipo, eran ocho. Seis hombres. El papá fue el primero en agarrarlo así (en una llave tras el pecho). El muchacho tenía como 26 años y los demás comenzaron a torcerle las manos, a sujetarlo y llegó un momento en que creí que iba a ahorcar a uno, lo agarró del cuello y lo estaba ahorcando y se contorsionaba y toda la cosa y empezaba esa voz: me veía y me decía que me fuera.
Le eché el agua bendita y era como que lo quemaba. Le ponía la cruz enfrente y se daba la vuelta y escupía. Cuando hicimos ya el exorcismo, que duró unas horas, quedó tranquilo y dijo: “Gracias, realmente me estaba muriendo en vida”. Pero yo le dije: “Quisiera verte en tres días”. Él vino y le dije que lo que seguía era una buena confesión y luego que asistiera a misa y comulgara. Tú no podés confiar en que la primera vez ya estuvo, porque el demonio es astuto, el padre de la mentira, te puede engañar y, como dice el mismo Evangelio, se va y regresa con siete peores.
Luego tuvimos el caso de una niña de 16 años con el que pasamos como tres semanas, son de estas niñas que juegan a la guija, que solo escuchan Heavy Metal y ella ya había ido a una secta satánica, porque su hermana se había ido a vivir con un marero. Luego su hermana se metió con un marero de la mara opuesta y la mataron y a ella la habían amenazado que la iban a matar. Buscó la brujería para protegerse.
La primera vez fue imposible. Con esta muchacha eran dos hombres y una mujer. La niña movía la silla como quería, tenía una fuerza... es que adquieren una fuerza fuera de lo normal. La teníamos ante el santísimo, tuve que llamar al sacristán.
Uno se detiene cuando ve que la persona está ya cansada o también las personas que están ayudando o uno mismo. No es bueno seguir porque uno se debilita. La tenían sentada frente al Santísimo y ella intentando zafarse, blasfemaba contra el Santísimo, escupía y le salían cantidad de cosas de la boca. Luego de tres horas se quedó quieta, pero no había expulsión de nada. Entonces lo hicimos durante tres semanas, hasta que quedó liberada.
Dentro de las que me ayudaron en la tercera sesión había una señora, buena, fuerte, que me dijo que andaba amuletos. Esta señora le metió la mano en el brassiere y empezó a sacar tiras de todos colores, con nudos, con fotos, cantidad de amuletos. Cuando ella vio que le sacaron eso reaccionó peor. Y la señora dijo: ‘Esta ha de andar más amuletos’. ¿Dónde más?: en el bloomer y le rajó la falda y le sacó los amuletos. Hasta en ese momento comenzó a soltarse y se vio que ya estaba vencida y se logró liberarla.
El tercer caso fue menos impactante porque él tenía una buena disponibilidad. Él nos buscó, él quería. Fue poseído jugando a la guija, invocando espíritus. Si esto lo cuentan antes uno sabe cómo atacar, pero si no, entonces uno debe comenzar a preguntar: ¿Quién eres? Para que le diga a uno el tipo de demonio que lo está poseyendo.
Uno no pide: ‘Por favor, salí de esta persona’.
No. Uno ordena con autoridad de Cristo.
Le dices: ‘En el nombre de Jesús yo te mando que me digas
quién eres’. Así, con autoridad. ‘Yo te conjuro
que salgas de esta persona o yo te ordeno a ti, Belcebú -o quien
sea- a que dejes libre a esta persona, no te pertenece, es hijo de Dios,
déjalo en paz’. En tono imperativo, porque de lo contrario,
olvídate”.
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