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El trayecto fallido de un ex pandillero

William Huezo regresó a Estados Unidos en 2003 huyendo de la Ley Antimaras. Tenía miedo, dijo poco antes en una Plática con El Faro, de ser capturado en El Salvador por tener tatuajes. Voluntario Mundial del 2001 de Naciones Unidas, e imagen de Benetton ese mismo año, el ex pandillero y ex director de Homies Unidos pasó los dos últimos años en una prisión de California por indocumentado. Huezo está de regreso en El Salvador, y cuenta su historia.

César Castro Fagoaga / Foto: Edu Ponces
cartas@elfaro.net
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Me fui a Estados Unidos por varias razones. No soy marero pero me afectaba por los tatuajes que tengo. Sé que no son de maras, pero la cosa es que los tengo y la gente no capta la diferencia. Nunca me tatué algo de la pandilla porque siempre pensé en mi futuro. No era necesario, me dije. La economía en el país no estaba nada buena, tengo dos niños y mi mujer y el sueldo que ganaba no era suficiente.

Ese año (2003) yo era el director de Homies Unidos. Bueno, creo que ya nada más me encargué de solo un proyecto de protección de jóvenes de alto riesgo. Se hacía break dance, rap y graffiti. Necesitaba apoyarme más en mi familia que está toda en los Estados Unidos. Mi plan era irme y luego mandar a traer a mi mujer y mis hijos.

Me salí de la pandilla (los West Side Murberry Street Crazy Boys) en 1994 después de caer. Estaba aún en Los Ángeles. En la cárcel es otro rollo y pasé ahí tres años. Ya no pude estar activo, estando ahí todavía tenía contacto con mis amigos pero ya no podía andar por las calles. Desde esa vez ya no vi más las calles de Los Ángeles: en 1997 me deportaron. La mayoría de mis amigos son nativos de Los Ángeles; yo nací aquí y llegué allá a los cinco años. Soy gringo, pues.

Aquí comencé una nueva vida. No me quería afiliar a una nueva pandilla porque estaba harto de la violencia. Si me salí de la mía, me dije, para qué entrar en otra. Decidí que eso había quedado en el pasado, quería hacer algo con mi vida: perdí muchos años de mi vida, andar usando drogas, metiéndome en actos violentos. No ha sido lucrativo para mí. Siempre pensé que quiero ver el mundo, conocer Japón, Europa y por esto I took advantage de esta situación para algo positivo. Siempre tuve gusto por el arte, tatuar, pintar, dibujar. Conocí gente, no en el círculo de las pandillas, y me gustó el sentido de libertad que había. No tenía que preocuparme más por si alguien me quería hacer algo. Conocí a la gente de Homies y quise involucrarme con ellos porque entendía el idioma que hablaban. De voluntario terminé de director.

Tuve el placer de viajar. Conocí Centroamérica y también Europa. Estuve en Alemania para una conferencia de prensa. En 2001 celebraban el voluntariado de las Naciones Unidas y Benetton estaba patrocinando la campaña. Hablamos de porqué éramos voluntarios. Fui el único que habló de la organización. Benetton habían hablado con nosotros y nos preguntaron si queríamos salir en una revista, les dijimos que sí, emocionados nosotros porque del mundo que veníamos salir en una revista no era nada común. Nos tomaron fotos, nos quitamos las camisas, no me acuerdo si fueron ellos los que nos pidieron. Nos hicieron famosos.

La Ley Antimaras empezó en noviembre de 2003. Antes de eso, hubo varios incidentes. La Policía me paraba, era difícil andar un tatuaje en el cuello y la cabeza rapada. Creo que no parezco el típico delincuente de la calle. Lo peor fue que la discriminación se puso más gruesa: me hicieron sentir bajo, como que no fuera ser humano. Iba al súper y me seguían, como que si fuera a robar algo.

Las cosas no han cambiado. Ahora tengo poco más de dos meses de estar de nuevo acá y la Policía ya me ha parado varias veces. En esa época vivía en Merliot, tatuaba en mi casa. Tomé la decisión de irme al final de 2003. Me dije, “‘men’, la economía ya no se puede”. Lo que ganaba no era suficiente, ni lo que me mandaba mi familia, mis hermanos alcanzaba. Soy el menor de siete hermanos.

Probé suerte y no me fue bien. No fue con visa, claro. Pagué a un coyote. Me tardé como una semana en llegar. No me acuerdo de la ruta exacta. Me di cuenta de que la migración mexicana es muy corrupta, al punto que te dicen: “Si quieres pasar por aquí me das un porcentaje por persona y así estamos y así trabajamos”.

El viaje costaba seis mil dólares pero pagué cinco mil. Pagas la mitad acá, luego otra parte en Tijuana y resto para el último brinco. Ahora creo que están cobrando más porque se ha puesto más duro estos días.

Cuando vivía en Los Ángeles lo hacía de forma legal. Era residente pero nunca arreglé la ciudadanía porque tuve antecedentes penales juveniles. Fue por esa vida. No conocía a nadie que no hubiera estado preso. No tuve opciones, si tú vives ahí de ahí eres. Todos toman a la edad de doce años, sin querer queriendo uno cae en eso. Los amigos siempre están en la esquina. No es que quisiera ser malo pero quería andar en un carro tumbado, con rines bonitos, con dos o tres mujeres en el carro y un cierto ‘dress and look’.

No es que les hiciera burla pero todos mis amigos eran nacidos allá y ellos nunca supieron que yo era de El Salvador. A los hijos de inmigrantes, que no hablaban inglés, les decíamos “t-j”, por Tijuana. Les tirábamos manzanas, naranjas. Ahora, después de toda mi experiencia y que regresé ilegal, levanté conciencia: todo lo que esta gente sufre. Es duro llegar a un lugar y no conocer a nadie. Fue un bofetazo en la cara y aún no sé cómo pude ser tan ignorante y hacer burla a esta gente. Es más, mis padres y mis hermanos fueron inmigrantes y a este punto todos son ciudadanos pero eso no me ayuda a mí por mis antecedentes.

Durante el trayecto no sufrí mucho. Incluso una parte viajamos por avión, un vuelo interno por México. El grupo era como de 20. Esperamos pasar la noche en un campamento. A las dos de la mañana cruzamos, supuestamente al otro lado estaría el coyote. Agarraron a la mitad del grupo, la mitad en que yo iba. El problema mío fue mis antecedentes penales. La demás gente dijo que eran mexicanos y esa noche los tiraron de vuelta. Cuando puse mi huella en el escáner salió todo mi archivo. La política antiterrorista de Bush es tan extremista que tan sólo por cruzar la frontera, si tienes antecedentes, te dan mínimo de dos años. Yo había pagado antes por lo que hice, que había sido por portación de armas.

Me llevaron a un centro de detenciones en California. Me tuvieron tres días. Me movieron luego al edificio federal de San Diego. Hice ahí el proceso para esperar mi juicio, algo así como seis meses. Apelé porque al principio me querían dar 97 meses, como ocho años. Mi abogado peleó por mí hasta cierto nivel y estoy agradecido porque sólo recibí 24 meses, de los cuales supuestamente haría 20 ó 21.

Estuve en una prisión federal en el desierto de Mojave. Fueron 18 meses. Eran mil 270 personas que tenían como delito ser ilegal. El día de mi liberación, el 2 de septiembre de 2005, me fue a traer Inmigración y me llevaron a un centro de proceso para tramitar la deportación y ahí me fregaron. Me tuvieron tres meses en una cárcel del condado de Bakersfield, California. Fue el tiempo más horrible. Me habían dicho que el proceso duraría como dos semanas, pero el proceso para los salvadoreños es diferente y tuve que pasar como tres meses ahí. La comida era diferente, el programa, los reos. Todo.

Me despertaban a las dos y media de la mañana para que abrieras tu celda. A las tres y media nos daban desayuno y el almuerzo a las nueve y media. Eso era la peor comida: cuatro pedazos de pan, dos pedazos de la mortadela de la más barata y un jugo de dos onzas. Era una dieta para un niño. Sólo en ese tiempo perdí 18 libras. La mayoría de reos era inmigrantes, gente que será deportada. Pero ninguna prisión es tranquila, en cualquier lugar habrá pandilleros de otras razas. Para sobrevivir tenés que andar con tu raza. Son pandillas como sofisticadas.

Íbamos a venir más rápido pero supuestamente en ese momento el presidente (Saca) no estaba aceptando deportaciones por el huracán. Por eso nos tuvieron más tiempo. A los hondureños los movieron en una semana y sólo a nosotros nos estaban tratando así.

Me gustan los tatuajes. En prisión dejé pasar la oportunidad que no sé si volveré a tener. Estaba un artista tri paloma, que si querés el rostro de tu mamá te lo hace tatuaje. No lo hice porque decían que (al llegar a El Salvador) si estabas todo tatuado te meterían preso y me dije: “como si no hubiera rebotado suficiente en las cárceles”.

Cuando llegué fue diferente a lo que había pensado. Doy gracias que no me hicieron pasar un tiempo muy difícil. Traía un cheque del dinero que tenía. En la prisión les das “cash” y ellos (al salir) te dan un cheque. Llegué al aeropuerto con un cheque, buses ya no había y el taxi no me agarraría el cheque. Tuve suerte porque mi pasaporte sólo decía indocumentado, no traía delito y eso me ayudó mucho. Vine el 10 de diciembre. Estaba preocupado pero por suerte la gente del IDHUCA me ayudó, me hicieron el favor de pagarme el taxi porque tuve la suerte de tener un amigo en Migración que me prestó el celular.

Vi a mi familia hasta el día siguiente. Era muy tarde para contactarlos. Llegaron mi mujer y mis hijos y fue una especie de reunión familiar. Desde ese día nada ha sido fácil. Desde que vine nadie me quería rentar nada. Me mantengo haciendo tatuajes, me ayuda para mantener comida en la refri.

¿Que si me volvería ir a los Estados Unidos? No, no ilegalmente. Si regreso me doblarían el tiempo en prisión. Además, sé que no es posible que me den visa. El tatuaje no es bien pagado aquí y por eso me quiero ir a otro país. Ahora tengo tres en mente: España, Canadá y Holanda. Sólo que ahorita no cuento con fondos. Pero me gustaría irme. El único problema es que no conozco a nadie allá pero en cuanto se dé la oportunidad lo haré. No me siento seguro en este país financially, emocionally ni physically.

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