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Los votantes olvidados de Nahuaterique

Desde 1992, El Zancudo dejó de ser parte de El Salvador y se convirtió en territorio hondureño. Hace mucho frío, tanto o más que en el resto del ex bolsón de Nahuaterique, donde habitan unos cuatro mil salvadoreños en edad de votar. La neblina y el olor a madera húmeda acompañan el abandono de esta región incluso en estos días, cuando la campaña electoral está en su punto más caliente en todo el país. No hay banderas pintadas en las paredes ni en los postes ni nombres que entorpezcan la nomenclatura en las aceras. Hasta las piedras tienen su color natural en este sector marginado históricamente por los gobiernos de Honduras y El Salvador.

Raúl Benítez/Carmen Molina Tamacas. Fotos: Edu Ponces
cartas@elfaro.net

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Celso Pérez, de 77 años, vive con su familia en la zona de Nahuaterique. Su reciente enfermedad ha acentuado las dificultades a las que deben hacer frente en un territorio abandonado por dos países.
El Zancudo, La Paz. Honduras. Un cúmulo de nubes se ubica sobre el extenso bosque y deja entrever la última porción de un gigantesco arco iris. De seguro allá, montaña abajo, está lloviendo, conjetura un grupo de hombres que conversa despreocupadamente en el centro de la calle principal, la única que atraviesa el cantón El Zancudo.

La brisa acompaña al ocaso y algunos de los lugareños se abrigan tenuemente con suéteres o chumpas. A Rosa Gladys Pérez, de cinco años, además del suéter, le han puesto un vistoso gorrito azul y blanco, que en un costado luce el escudo de El Salvador.

La niña no suelta el ruedo del vestido de su madre, Jovita Pérez, mientras asciende a la cumbre de un pequeño cerro, el único lugar donde un teléfono celular puede captar la señal de transmisión. Jovita quiere comunicarse con su esposo, José Kenys López, quien el año pasado se fue ilegalmente a los Estados Unidos y ha comenzado a mandarle 50 dólares cada mes. Ella le llama cada vez que necesita dinero para comprar algo para las niñas.

La joven madre carga a la menor de sus hijas, Alicia Margarita, y como no es posible enlazar la llamada, pide permiso para llamar a Georgina, una amiga que reside en San Salvador y quien la ha visitado con frecuencia. Después del saludo, y con la mirada hacia el arco iris que está a punto de desvanecerse, las lágrimas se le enredan en las pestañas.

“Fíjese que estoy triste. Ayer pasé consulta con el doctor y me dijo que la niña está falta de peso. Yo no sé porqué dice que está desnutrida, porque todo lo que yo le doy, la tortilla, se la come bien”.

Cinco libras menos de lo que debería de pesar. Ese fue el diagnóstico del médico.

La amiga le pide que no se preocupe. Le tiene algunas cosas guardadas y se las llevará en la próxima visita. Incluirá algunas vitaminas para sus hijas, le dice.

Los nuevos hondureños
El Zancudo forma parte de Nahuaterique, un territorio de 128 mil kilómetros cuadrados que El Salvador perdió, para siempre, en septiembre de 1992. Entonces, la Corte Internacional de Justicia de La Haya, en Holanda, emitió un fallo que supondría el punto final al histórico litigio fronterizo con Honduras.

Punto y seguido, más bien, para unos seis mil salvadoreños que, como Jovita, nacieron y se criaron en El Salvador, pero de un día para otro, sus casas elaboradas con adobes y tablas de madera, así como sus vidas, habían sido traspasadas automáticamente a Honduras. Asimismo, por orden de la Corte, unos 600 hondureños viven en el territorio que le fue conferido a El Salvador. La convención de nacionalidad y derechos adquiridos obliga a los gobiernos de El Salvador y Honduras a llevar a cabo las acciones pertinentes para resolver los problemas de los pobladores.

Hasta el momento, el proyecto más importante es el desarrollado por la Unión Europea.

Como Jovita, también, la gran mayoría de personas tiene sus vidas repartidas a ambos lados de la frontera: tierras aquí, familias allá. Incluso sus hijas, como casi todos los que han nacido después de 1992, han sido inscritas en La Paz, Honduras, y Perquín, Morazán, en El Salvador. Pero cuando de salud se trata, su familia prefiere acudir a las unidades de salud de San Francisco Gotera o incluso al hospital de San Miguel. Aunque eso implique gastar unos 15 dólares en pasajes de bus. Ni modo, dicen, no hay otra alternativa. En los centros de salud hondureños escasea la medicina.

La salud es uno de los reclamos que esta comunidad ha hecho desde 1992. Cuando alguien se enferma de gravedad o es necesario atender un parto de emergencia, la comunidad contrata o pide prestado un carro para trasladar al paciente por la empinada y empedrada vía de casi 30 kilómetros que conduce a Perquín, y luego bajar hasta San Francisco Gotera e, incluso a San Miguel.

El otro reclamo, el de la educación, ha sido resuelto paulatinamente desde que el gobierno de Honduras construyó varias escuelas. Pero la carencia más grave y que los tiene dando vueltas en un círculo vicioso es la de los documentos de identidad.

Atrás, pero no en el olvido, quedaron los días (entre 1992 y 1995) de duro conflicto por la explotación de la madera. Entonces hubo muchos detenidos, procesados judicialmente e incluso una revuelta civil contra la autoridad de Honduras. Ahora, los soldados de ese país patrullan con plena libertad y los oficiales de migración aseguran que salvo el viento, no hay nada violento montaña arriba.

Sin cicatrices de la política
En El Zancudo no hay señales de campañas políticas, ni presentes ni pasadas. Un tímido rótulo en la carretera que conduce a Marcala, la cabecera departamental de La Paz, evoca el reciente gane de ‘Mel’ Zelaya en las elecciones presidenciales hondureñas.

Esta tranquilidad contrasta con el municipio salvadoreño más cercano, Perquín. Ahí son contadas las paredes que no lucen pintas de algún partido político en contienda.

En una cuadra hay muros pintados con la bandera de ARENA y el nombre de su candidato, José Rosa Argueta; más allá, una tienda luce el rostro de la actual alcaldesa, Miriam Rodríguez, del FMLN, quien busca la tercera reelección. En la periferia del pueblo abundan los carros de perifoneo que portan banderines ya sea verdes, tricolores o rojos. Todos, no obstante, intentan convencer a los ciudadanos de que su voto vale oro.

En el ex bolsón, por el contrario, no hay banderas pintadas, despintadas y vueltas a pintar en los postes del tendido eléctrico y, mucho menos, nombres que entorpezcan la nomenclatura en las escasas aceras. Hasta las piedras tienen su color natural en este sector excluido históricamente por los gobiernos de Honduras y El Salvador. Esto, a pesar que su población forma parte de los más de cuatro mil potenciales electores, muchos de los cuales tienen intención de votar.

Perquín, otrora base de operaciones de la guerrilla durante la guerra, es un bastión del FMLN. Eleuterio Gómez, un líder histórico del movimiento, confía en que el trabajo “solidario” de la alcaldía con esta zona le valdrá, de nuevo, el voto duro.

La balanza, en atención a esta alianza histórica, se ha inclinado a favor del FMLN.

Marix Herrera tiene 19 años y trabaja en una de las pequeñas tiendas que surten a los habitantes de El Zancudo. Es la primera vez que votará. Mientras atiende a su hija, Katrin, de dos años, cuenta: “Aquí la mayoría va a votar”. “No sé, nosotros vamos por la obligación”, contesta y se ríe nerviosa ante la pregunta de por quién lo hará. Toma a su niña y sigue riendo. Dice que no ha asistido a ninguna de las reuniones que los candidatos han realizado en la casa comunal. Punto final de la conversación.

Su cuñada, Lorena Rodríguez, se ha asomado a la puerta. A ella le faltan dos años para tener su Documento Único de Identidad (DUI). Tampoco ha asistido a las sesiones. Pero desliza el comentario: “Mi hermano va como candidato del PCN”. Se trata de Aristides Argueta, que tiene 32 años y es originario del ex bolsón, así como Eleuterio Gómez, pero vive en Perquín.

El Faro intentó conversar con él y con José Rosa Argueta para conocer su propuesta electoral, pero no atendieron el llamado.

A El Zancudo han llegado varios candidatos con “sus buyas”, como dicen los vecinos.

“Andan los areneros, el PCN y un partido nuevo de pescadito. Dicen que nos van a ayudar en el vestuario de los niños, calzado, lámina, todo. Pero nada les creemos”, dice una joven madre al tiempo que limpia la cara de su hija de brazos. Apenas dice eso, asomada al portón de madera, vuelve a su casa.

Guadalupe Argueta es otro habitante del Zancudo. Es miembro de la Comisión Nacional de Representantes de las Zonas Afectadas por el Fallo de La Haya (CONDREZAFH).
Salvadoreños sin documentos hondureños
Los habitantes del Zancudo son ciudadanos de Honduras sin documentos que los acrediten como tales. Las promesas para entregárselos han ido y venido pero aún nada. Siguen siendo hondureños “ilegales” en Honduras.

Sin los documentos de identidad se posterga a un ritmo demasiado lento la legalización de las tierras y el acceso de la comunidad a proyectos de desarrollo, como explica el presidente de la Comisión Nacional de Representantes de la Zonas Afectadas por el Fallo de La Haya (CONDREZAFH), Eleuterio Gómez.

La organización perdió la semana pasada a uno de sus líderes fundadores, Pedro Amaya, quien emigró de manera ilegal a Estados Unidos. En la entrevista concedida a El Faro (ver nota aparte), en El Zancudo, Gómez tuvo el respaldo de Cecilio Lazo y Guadalupe Argueta, miembros de la CONDREZAFH.

Los dirigentes dijeron que el anterior gobierno de Honduras les había prometido entregarles los documentos de identidad en una ceremonia especial antes que Ricardo Maduro dejara el poder. Maduro salió, llegó Manuel Zelaya y hasta el momento las cosas siguen como siempre.

La mayoría de habitantes de esta zona tiene el estatus de “tenedores de tierra”. Se trata de mil 500 manzanas de terreno, abandonadas por sus propietarios en los primeros años de la guerra y reivindicadas por las organizaciones que conformaron una amplia red de apoyo para la guerrilla del FMLN. La extensión provee el sustento a 350 familias. Pero mientras éstas no tengan documentos, no es posible legalizarlas.

Gómez, quien fue elegido como miembro del concejo municipal de Perquín con el FMLN, anunció que la prioridad del plan de trabajo de la organización comunal es “incidir”, social y políticamente, para que las entidades competentes atiendan sus demandas.

Citó, como ejemplo, que cooperación internacional les demanda urgentemente la constitución de la personería jurídica para, como punto de partida, traspasarles la propiedad de un carro asignado para los proyectos y, después, abrir líneas de ayuda más importantes. Sin documentos de identidad no hay personería jurídica, sin personería jurídica no hay carro y tampoco más proyectos.

Por el momento, con ayuda del gobierno de Irlanda, la CONDREZAFH ha establecido una carpintería que les permite procesar y comercializar la madera; de la carpintería se ha desprendido un proyecto de turismo ecológico que va por buen camino.

Pero el trabajo de la madera no da para mucho. Por ejemplo, el esposo de Jovita aserraba un flete de madera (20 tablas) y ganaba el equivalente a 250 colones (poco más de 28 dólares). Desde que se fue a Estados Unidos puede mandarle 50 dólares mensuales y, si puede, le envía un poco más, siempre y cuando le sobre del pago que debe hacer al “coyote”. El viaje, desde Honduras, le costó ocho mil dólares.

Jovita ruega mucho a Dios. Todos los sábados permanece de 8:00 de la mañana a 6:00 de la tarde en el templo Adventista, con una pausa para el almuerzo.

Otros, como don Celso Pérez, no se atienen a las organizaciones comunales, mucho menos a los políticos y peor a la ayuda de los demás. A los 77 años, este agricultor que carga con el dolor de una viudez y del asesinato de un hijo a manos de los militares hondureños, se repone del ataque de un enjambre que lo ha tenido postrado en los últimos días.

“Antes de poner el machete (en la milpa), primero Dios”, gesticula.

Al margen de la enérgica exigencia que plantea Eleuterio Gómez y receloso de las actuaciones gubernamentales de Honduras y El Salvador, aconseja: “No hay que sofocarse, la tierra no es de nadie, la tierra va pasando”.

Asegura que no tiene reparos en colaborar con las autoridades que pronto comenzarán con el levantamiento de la información registral que permitirá elaborar el catastro de la zona fronteriza, 14 años después de la resolución del diferendo. Total, esas ocho manzanas que ha trabajado con sus manos, la tiene desde antes porque eran de su padre.

“El buey solo, sólo se ‘lambe’”, asegura este campesino fuerte. Dirige la mirada hacia sus bisnietas que juegan. Dice que tiene que ser fuerte porque espera verlas grandes. Y ayudarlas en lo que se puede.


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