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NOTICIAS La paz dejó de ser fiestaEl ministro de Gobernación anunció que no habrá
ningún acto oficial para conmemorar la firma de los acuerdos de
paz. El 16 de enero ha quedado relegado a unas cuantas exposiciones y
conciertos, fuera de la agenda oficial. Lauri García Dueñas/Raúl
Benítez/Ruth Gregori
Catorce años parecen pocos para olvidarse de uno de los capítulos más importantes de la historia salvadoreña. El 16 de enero de 1992, los comandantes del FMLN estrechaban sus manos con el presidente Alfredo Cristiani y se terminaba para siempre una cruenta guerra civil. La paz trajo consigo multitudinarias celebraciones en todo el país, que fueron decayendo hasta que la fecha quedó prácticamente marginada de la agenda oficial, reducida, en los últimos años, a menciones eventuales durante la inauguración de puentes o visitas del presidente al interior de la República por otros motivos. Este año, ni siquiera habrá eso. El ministro de Gobernación, René Figueroa, anunció el domingo pasado que este año no habrá actos oficiales porque el gobierno cree que es un asunto “finiquitado”. El presidente del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura), Federico Hernández, admitió también que no se tiene organizada ninguna celebración de los Acuerdos desde el ámbito artístico o cultural. Hernández argumenta que, por la época del año, se hace difícil contar con donaciones para los actos y critica que en los últimos años la celebración cultural se había desviado del tema de la paz y no había logrado “permeabilizarse” en el gusto popular. Catorce años bastaron para que la firma de los acuerdos de paz quedara completamente fuera de la agenda oficial, y desvinculada también de la vida de los salvadoreños. “Tenemos tan frágil la memoria histórica de nuestro país”, dice la rectora de la Universidad de El Salvador (UES), María Isabel Rodríguez. El 16 de enero, agrega, sigue siendo “actual” ya que los acuerdos sembraron esperanza de un país democrático, y porque en El Salvador “aún persisten las condiciones de desigualdad, de pobreza e inequidad” que causaron la guerra. La polarización política del país, que alcanzó sus niveles máximos durante la administración de Francisco Flores, influyó en buena medida para que la celebración perdiera fuerza. En 2002, para el décimo aniversario de los Acuerdos, el gobierno y el FMLN se enfrascaron en un interminable enfrentamiento por definir el cabal cumplimiento de los acuerdos, que terminó por suspender el viaje del Secretario General de la ONU al país para participar en los festejos. Y no hubo festejo. El Gobierno dijo que los acuerdos habían sido cumplidos y el FMLN dijo que no. La ONU prefirió mantenerse al margen y terminó acusada, por el gobierno, de haber sido manipulada por el FMLN. Con la fiesta ya retirada del calendario oficial, el 16 de enero se convirtió en una fecha propicia para el intercambio de acusaciones que ha derivado en las declaraciones del ministro Figueroa del domingo pasado. Para Héctor Córdova, del Frente Democrático Revolucionario
(FDR), existe un “déficit de los Acuerdos de Paz con el
pueblo salvadoreño y más grave aún con las familias
que perdieron seres apreciados, que dieron sus vidas y sufrieron desintegraciones
familiares...Pero peor aún es que en lo que se logró avanzar
hemos retrocedido” Rubén Zamora, de Cambio Democrático, cree que la firma
de los Acuerdos de Paz debería celebrarse tanto como el 12 de
octubre y la independencia de España. Todos coinciden en que la paz no es monopolio de nadie, sino la expresión de un esfuerzo colectivo que va más allá de la guerrilla, del gobierno, de la Fuerza Armada y de los partidos políticos. La misma idea manejaba el entonces presidente Francisco Flores en 2002, cuando los festejos quedaron reducidos a la inauguración de un puente en San Vicente, durante la cual el mandatario dijo que la paz era mérito de todos los salvadoreños. La primera fiesta El 16 de enero de 1992 se firmaban oficialmente los acuerdos de paz en el Castillo de Chapultepec, México. La comandancia del FMLN estrechaba las manos del presidente Alfredo Cristiani y la paz llegaba con la rúbrica de los enemigos en el documento. Entre los principales puntos, se acordaba que el FMLN se convirtiera en un partido político, se creaban nuevas instituciones como la Policía Nacional Civil (PNC) y la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos y una Comisión de la Verdad para investigar los crímenes de guerra. Esa noche los principales protagonistas aterrizaban en el país. Empezaba la fiesta. El centro de San Salvador fue testigo de dos celebraciones paralelas y particularmente entusiastas. Los simpatizantes del Frente se instalaron en la plaza Gerardo Barrios y los de la gubernamental Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) en la plaza Libertad, esta última donde alguna vez soñaron los combatientes del FMLN celebrar el triunfo de una revolución. En la plaza Barrios, cientos de banderas rojas se agitaban, los militantes del FMLN alzaban los puños izquierdos entre vítores y la muchedumbre tarareaba el himno de la unidad. Los comandantes, enfundados en guayaberas, firmaban pañoletas a los niños que los rodearon. A un par de cuadras, Cristiani hablaba de la firma, complacido, ante los simpatizantes de su partido, y juntos entonaban la marcha arenera, también entre agitar de banderas. La militancia de ese partido lo conocería desde entonces como “el presidente de la paz” El centro de la capital era testigo también de encuentros de familiares y amigos, que se estrechaban en abrazos cerrados tras años de incertidumbre. Novios, esposos, padres e hijos, hermanos, compañeros de la universidad y vecinos que habían estado meses o años separados volvían a verse a la cara. Cada dos metros los transeúntes presenciaban un encuentro lleno de sorpresas y lágrimas. Los “hijos de la guerra”, esa generación nacida de la incertidumbre, miraban fascinados a su alrededor desde los hombros de sus padres, o arrastrados de la mano de alguno, zigzagueando entre la muchedumbre. La paz reinaba y con ella la esperanza, de una nueva vida para los salvadoreños. Ya no había guerra, el país entraba en su luna de miel. Pero la comenzaba con dos fiestas separadas por unas pocas cuadras. Una, la del FMLN. La otra del gobierno y de ARENA. De la euforia al olvido El acuerdo no sólo terminó con la guerra, sino que pretendía sentar las bases de una república incluyente, pacífica y preocupada por las mejoras económicas y sociales de sus habitantes. La desaparición de los viejos cuerpos de seguridad y su sustitución por una policía con carácter civil marcaban un paso determinante para la reconciliación y la institucionalidad. La paz llegaba, para quienes asistirán este año a su segunda o tercera elección, como algo desconocido. Toda su vida había transcurrido en guerra. El antropólogo Gregorio Bello Suazo asegura que “la tendencia en el país es el olvido, la memoria es fundamental para construir y rescatar el futuro. En la medida en que empezamos a olvidar, empezamos realmente a tener una falsa perspectiva”. En el olvido han quedado ya los multitudinarios festejos o las ceremonias oficiales. Ni siquiera la Iglesia Católica, una tradicional impulsadora de la paz, tiene contemplada una misa especial para festejar los acuerdos este año. El historiador Carlos Cañas Dinarte sugiere que más que una celebración se debería tener una conmemoración, la cual tendría que tener mayor proyección ciudadana. “La gente debiera apropiarse de esta fecha, que fuera una auténtica fiesta de la gente. Es siempre la misma celebración de ir a poner una ofrenda al Cristo de la Paz y aquello no tiene ningún significado para nadie”, comenta. Según el cronista se debe escudriñar en el sentimiento que despierta en cada uno de los salvadoreños la conmemoración del 16 de enero de 1992. “Sigue teniendo más importancia el 15 de septiembre de 1821 y no la fecha en que lo más cercano a nosotros fue el cese de un conflicto armado, aunque fuera solo el armisticio, porque el conflicto aun continúa”, explicó. El historiador afirmó que “después de la firma la multitud quería estar ahí, donde se respiraba el espíritu de una paz que costó sangre, sudor, lágrimas y luto a las familias salvadoreñas. Hay que ser críticos con la paz” Los que se resisten En El Atrio, en la colonia Centroamérica, de la zona conocida como “El barrio”, se está presentado un ciclo de cortos documentales que narran episodios de la guerra en las zonas controladas por la guerrilla y otras imágenes del conflicto. En las cintas se puede contemplar la cotidianidad que se vivía en las zonas bajo control del Frente, imágenes de diestras jóvenes guerrilleras que enseñaban a cargar lanzacohetes a sus colegas y todas las peripecias que la Radio Venceremos – voz oficial del FMLN durante el conflicto armado – tenía que hacer para mantenerse al aire. Los “correítos”, niños que llevaban recados entre los frentes de la guerrilla, así como los sermones sociales del sacerdote Rogelio Poncel y la educación “adoctrinada” a la hora de hacer las jornadas educativas en las zonas “liberadas” pueden observarse en medio de una serie de planos abiertos a los recuerdos. Muy cerca de El Atrio, también en “El barrio”, el Photo Café ha abierto una exposición fotográfica, la cual recoge imágenes apresadas por el lente de Christian Poveda. Estas estampas muestran retratos de cuerpo completo, en blanco y negro, de jóvenes guerrilleros de miradas entornadas, duras, empuñando fusil. El sábado 14 de enero la alcaldía capitalina, la embajada de Panamá y PROMOCULTURA organizaron un concierto denominado Festival Jon Cortina para conmemorar el 14 aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz en la cual participaron los cantautores Luis Mejía Godoy de Nicaragua, Gabino Palomares de México, Guillermo Anderson de Honduras y Rómulo Castro de Panamá. También estuvieron presentes los grupos salvadoreños Yolocamba Ita, Exceso de Equipaje, Trova, Del Pregón y el cantante Andrés Espinoza. Este festival, que se realizó en el Parque Cuscatlán, ha sido el único evento de invitación abierta y alcance masivo que viviera la capital en conmemoración a la firma de 1992. Lea Además: |
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