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NOTICIAS Entrevista con Adolfo Arnoldo Majano/Segunda y última parte: “Hoy tenemos una propaganda como la de antes del 15 de octubre”El ex coronel golpista rompe el silencio por primera vez en más de 15 años para reflexionar sobre el golpe de estado de 1979 que lo colocó en el primer plano nacional y los eventos que terminaron desencadenando el conflicto armado. Desde el exilio, Majano sostuvo una larga conversación telefónica con EL FARO en ocasión del aniversario de aquel 15 de octubre que sirvió de entrada a una nueva etapa en El Salvador: la de la guerra. Carlos Dada
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¿Cómo cambió la relación entre los
miembros del ejército en el gobierno?
Estoy seguro de que ciertos hombres de línea dura, tanto adentro
como fuera del ejército, lo vieron hasta con agrado, porque había
gente que tenía inquina contra él, no le aceptaban su posición.
En el gobierno el único que hablaba y tenía alguna relación
con Monseñor Romero era yo. Aunque en marzo estuvimos Morales Ehrlich
y yo conversando con él, pero las relaciones de Monseñor
con el gobierno no eran muy buenas. No le puedo decir si hubo algo que
incidiera sobre reformistas o gente de línea dura, pero sólo
por el hecho de ser un alto prelado católico, el arzobispo, un
crítico fuerte contra el gobierno, fue un impacto muy fuerte.
Hay quien toma ese asesinato como el fin de la esperanza de evitar
un conflicto armado, ¿lo fue para usted?
No. He leído ese comentario escrito en algunos artículos
representativos de la izquierda. Hacen esa reflexión. Pero a mí
me parece que no fue esa la razón. Contribuyó, sí,
cerró puertas, pero Monseñor Romero había estado
manteniendo una posición crítica y había sugerido
soluciones razonables, realmente. Mucha gente lo tomaba como una persona
de izquierda, cada quien lo veía de distintas maneras, pero eso
no fue exactamente lo que provocó la guerra, porque había
ya una disposición a realizar esa insurrección. La izquierda
preparaba detenidamente, me he dado cuenta posteriormente, en aquel momento
no tuve tanta conciencia de eso, pero la izquierda ya preparaba la insurrección.
El asesinato de Monseñor Romero contribuyó, pero la decisión
ya estaba tomada.
¿Por qué se queja de que nunca se investigó
el asesinato si usted era un militar y comandaba el gobierno? ¿Por
qué usted nunca ordenó la investigación?
Oficialmente sí se ordenó. Uno de los que salió a
la palestra a hablar de esto en público fue (el ministro de Defensa,
coronel Guillermo) García, que dijo que se haría una investigación
exhaustiva, pero a su modo se hacían estas cosas. Han pasado años
y años y no se ha hecho una investigación seria sobre esto.
Hubo una en 1984 con el gobierno de Duarte, pero fue una investigación
muy superficial. De ahí nada.
Hubo un juicio en Fresno el año pasado contra Saravia
Sí, es la investigación más seria que he visto, muy
seria, y fue hecha en el exterior. Pero no fue sobre el asesinato de Monseñor
específicamente, fue contra Saravia. Y fue condenado. La única
investigación seria que se ha hecho. Aún la Iglesia Católica
no ha hecho una investigación adecuada sobre este asunto, es un
vacío muy grande. En cuanto más oscuro quedó más
especulaciones surgen. Esto debería ser investigado, si no judicialmente,
sí por una comisión que aclarara qué pasó
y por qué, el papel que Monseñor Romero jugó en el
país porque aún a 25 años de distancia cada quien
toma las cosas por distinto lado.
¿Por estas fechas usted ya estaba al tanto de las torturas
por cuerpos de seguridad, en las actividades de escuadrones de la muerte,
en asesinatos extrajudiciales por parte de autoridades?
Sí, me daba cuenta. Los oficiales me decían qué pasaba,
me hacían comentarios. Veíamos casos muy concretos. Yo podía
darme cuenta. Y le puedo decir también que la Junta no ignoraba
eso, sólo que no se quisiera ver. Se recibían tantos informes
y había tantas noticias que de eso se daba uno cuenta perfectamente
y por eso tomé una posición bastante dura al respecto. Me
opuse fuertemente a que desde los medios oficiales se tolerara o se estimulara
la violencia. Los militares compañeros míos, los del 15
de octubre, me contaban muchas cosas.
¿Por ejemplo?
Por ejemplo en una ocasión que me pareció bastante fuera
de orden se quemaron unas casitas, ranchos de gente humilde, allá
por San Dionisio en Usulután. Me causó una indignación,
no sólo ese caso sino todos los que me contaban. Esos eran los
prolegómenos de la guerra. En ese momento había violencia
pero nunca comparado con lo que vino después, entonces traté
de detenerlo. En este caso quemaron las casas y eso ocurrió en
varios lugares. Le puedo dar la garantía de que al menos de mi
parte intenté evitar estas cosas.
Pues evidentemente fracasó
¿Cómo dice? ¿fracasó?
La represión fue creciendo, ¿no?
Bueno, sí... Si se puede decir fracaso pues tendría que
aceptar esa palabra. Pero lo que traté de hacer, se lo digo con
franqueza, sabía que era imposible, pero tenía la esperanza
y la fe de que esto se pudiera detener a tiempo. Pero las decisiones que
tomé, cada vez con menos espacio, fueron en parte para sentar un
precedente de que sí se podía hacer algo, como estas capturas
de la Finca San Luis. Teníamos que sentar el precedente de que
había gente en el ejército con muy buen espíritu
militar y buena disposición. Una Fuerza Armada también depende
de la orientación que se le dicte. Sobre todo una Fuerza Armada
obediente.
Volvamos al principio de su fin. A la captura de D’Aubuisson.
García lo liberó y usted terminó destituido...
Sí, pocos días después me destituyeron del mando,
aunque no del todo de la Junta. Hubo una maniobra para neutralizarme.
La decisión no fue de darle a (coronel Jaime) Abdul Gutiérrez
el mando, sino que sirviera de enlace entre la Junta y el Ministerio de
Defensa. Él era el más adecuado para esa línea dura
que estaba tomando el control.
¿El líder del ala dura era García?
Se puede decir que sí, pero ahí estaba también (el
coronel Nicolás) Carranza, que tenía mucho control. Tanto
como él tenía Carranza en el Ministerio de Defensa, pero
la cabeza visible era García. Era quien tenía más
el mando.
¿Cuál era el papel de Carranza?
Carranza era un ejecutivo. Siempre ha sido un hombre competente en ese
aspecto pero su mentalidad era de línea dura. Anticomunista extremo.
Cuando las condiciones... a mí me fue disminuyendo el mando ese
ambiente de confrontación. A medida que el país se fue sumergiendo
en la tragedia, en la violencia, en el conflicto, la posición de
los oficiales que defendían la proclama también fue bajando.
¿Porqué se quedó usted en la Junta aún
después de perder el mando militar?
Iba a renunciar. En ese momento estaba claro que no tenía mayor
cosa que hacer en la Junta de acuerdo a mis convicciones. El país
se sumergía en un conflicto, pero sobre todo mis compañeros
del mando militar a partir de ese momento tenían las manos libres
para hacer lo que ellos querían, que era reprimir. Querían
emplear métodos fuera de las normas adoptadas en la proclama. Pero
me quedé, en primer lugar... Hubo algunos miembros de la Junta,
Duarte sobre todo, que me hizo ver la necesidad de que continuara. Otros
compañeros militares me hicieron reconvenir en ese punto. Pero
el otro punto que me llevó a mantenerme fue darme cuenta de lo
que estaba ocurriendo más a fondo. Hasta ese momento no había
tenido la oportunidad de visitar poblados, sitios, conflictivos o no,
ir directamente al terreno a observar cómo estaba desarrollándose
la situación, fui a lugares de desplazados, de proyectos de reforma
agraria, y pensé que podía jugar un rol aún en esas
condiciones haciendo una mayor campaña por una solución
negociada, real. Dialogué con gente de la izquierda para ver si
esto era posible. Tomé un poco por mi cuenta ese trabajo de promover
la solución negociada. A eso me dediqué a partir de ese
momento.
Me imagino que en ese momento se habrá sentido más apoyado por los civiles que por los militares del gobierno.
Sí, en gran parte. Pero los militares del 15 de octubre también mantuvieron su lealtad, no conmigo sino con las ideas de la proclama. Nos identificábamos y me apoyaron en las buenas y en las malas. De los civiles, es cierto, uno de ellos, Duarte, estuvo conversando mucho conmigo. Con ellos no tuve problemas. Con la Democracia Cristiana me llevé bastante bien. Otros elementos civiles de otros partidos me dieron su respaldo y decidí mantenerme hasta el último momento haciendo una campaña por una salida negociada, aunque había pocas esperanzas.
Muy pocas. Incluso lo capturaron sus compañeros...
Ah, sí. A fin de año (1980) yo estaba fuera del país.
Y en eso vino el asesinato de las monjas. El conflicto casi era inevitable.
En noviembre ya estaba a las puertas. La radicalización era muy
fuerte y en el ejército también. Hubo una reorganización
del gobierno, en la que aprovecharon para dejarme fuera. El 3 de noviembre
habían querido asesinarme.
Cuénteme de ese atentado
Frente al ISTA, venía en un vehículo blindado, de Casa Presidencial
cuando alrededor de las 9 de la mañana, estalló una carga
de dinamita a la par de mi vehículo. Gracias a Dios salí
ileso, pero la dinamita explotó como a tres o cuatro metros.
Y tampoco se investigó quién cometió el
atentado
Tampoco, tampoco. Pero esto ocurrió en las inmediaciones del Estado
mayor, a la par del Círculo Militar y del Ministerio de Defensa.
Era un área civil pero una zona militar.
Después sale del país, todavía en el gobierno.
A Panamá. ¿Qué hacía en Panamá?
Bueno, fui a Estados Unidos a un viaje familiar y de ahí viajé
a Panamá a ver al General Torrijos, que siempre había tenido
una buena relación conmigo, y me invitó. Hablamos de las
posibilidades de promover con mayor urgencia una solución política
al problema. Él estaba dispuesto a ayudar. Le parecía que
Estados Unidos apoyaría esa solución. Siempre, desde que
llegué al gobierno, ellos proponían reformar los cuerpos
de seguridad como una de las medidas especiales de esa solución
y hacer una policía civil. Ya desde entonces Estados Unidos apoyaba
esas medidas. Por lo menos el gobierno de Carter estaba dispuesto a aceptarlo
desde ese entonces.
¿Torrijos creía que todavía había
margen para una salida política?
Sí. Estuvimos hablando de planes para hacer un tratado de paz en
El Salvador, antes de que ocurriera la guerra. Y mientras yo estaba allá
hicieron la reorganización del gobierno y quedé fuera.
¿Había representantes de Estados Unidos presentes
en las reuniones de Panamá?
No, presentes no. Pero el General Torrijos había conversado con
ellos, sobre todo con representantes del gobierno de Carter. Él
tenía un buen contacto con ellos por las negociaciones del Canal
de Panamá. Había discutido con ellos posibilidades de negociación
para el problema de El Salvador. Estaba bastante madura esa idea. Siempre
encontré mucho apoyo en el extranjero para una salida pacífica.
Se perdió una oportunidad por intransigencias nuestras, pero esto
estaba desde entonces.
¿No pensaba en el exilio? ¿No vio esa posibilidad
en Panamá?
En ese momento regresé a El Salvador. Pasé por Guatemala
y ahí me detuvieron. El gobierno de Lucas García, que era
un hombre muy ignorante, no tenía idea de lo que pasaba en El Salvador
y me detuvieron. Posteriormente pasé al gobierno de El Salvador
y quedé capturado. No había nada que probarme. Fue una represalia.
¿Bajo qué cargo lo detuvieron?
Si hicieron algún cargo, hasta ahora lo ignoro. En una ocasión
me dijeron que ellos estaban molestos conmigo porque no había querido
irme de agregado militar a España donde me nombraron. No acepté
el cargo y pedí mi retiro del ejército. Pensé tomar
un trabajo político. No estaba dispuesto a irme de agregado militar.
Ellos, en lugar de dármelo, me detuvieron.
¿Le hablaron a Panamá para avisarle del cargo en
la embajada o cómo supo?
No, pero me di cuenta porque a raíz del asesinato de las monjas
reorganizaron el gobierno para quitarme a mí. Yo ya estaba sin
espacio.
¿Cuánto tiempo lo retuvieron?
Estuve 30 días detenido en la Policía Nacional sin ningún
cargo. Algunos miembros del mando comprendían mi situación
y fueron muy distintos. Pero otros se sintieron hasta aludidos por las
capturas en la Finca San Luis, y después vino el atentado y después
mi salida del gobierno. Y después mi captura.
¿Qué pasó en esos treinta días? ¿Lo
interrogaron?
No. Al principio no me dijeron nada, simplemente quedé detenido.
Después llegó a visitarme un compañero mío
y no me dio ninguna explicación tampoco. Inclusive llegó
el mismo coronel García a conversar conmigo. No terminamos bien
en la conversación y eso hasta ahí quedó.
¿Por qué no terminó bien esa conversación?
Posiblemente García quiso tener una conciliación conmigo.
Yo nunca me había enemistado con él, teníamos diferencias
en las líneas. Llegó en un plan muy amistoso. Pero yo lo
había oído hablar tantas veces así, tan bonito, que
me pareció en ese momento que era falso. A mí me hubiera
convenido hablar con él y seguir con el juego de las palabras,
pero no coincidimos. Él tampoco me pudo explicar nada sobre mis
cargos.
¿Qué le propuso?
Posiblemente tuvo la intención de proponerme algo, pero yo no tuve
mayor receptividad a esa visita y aquello quedó así.
Luego lo liberan y usted se va del país.
Sí, arbitrariamente. Llegaron, solamente me preguntaron adónde
me quería ir y después llegaron con un pasaje y me llevaron
al aeropuerto. Así salí del país.
Algunos testimonios, como el del ex embajador de E.U.A. Robert
White, dicen que su salida del gobierno significó el fin de la
última esperanza para evitar la guerra...
Hasta último momento estuve haciendo esfuerzos, y uno de ellos
fue hablar directamente con algunos comandantes de la izquierda. Hablé,
aunque esto fue un riesgo muy grande de mi parte. Algunas conversaciones
que tuve con ellos me hicieron darme cuenta de que no había mucha
posibilidad, aunque ellos siempre hablaron de diálogo no había
voluntad de hacerlo, al menos en aquel año. Pero yo estaba haciendo
esfuerzos y el embajador White supo bien todo esto. Con él conversé,
era un embajador muy bien informado. Yo hice esfuerzos hasta último
momento.
¿Veía la misma actitud en toda la izquierda o había
unos más decididos a la guerra que otros?
Yo creo que ya había una decisión, que todos estaban en
la posición conjunta de hacer la insurrección. Todos estaban
de acuerdo en esto, me parece. Eso lo comprobé a través
de mis contactos con algunos de ellos. Y estos los hice a cuenta propia,
no fue una decisión de la Junta. Pero quería explorar las
posibilidades de llegar a un arreglo. Pero conste, ¡en ningún
momento tomé compromisos con ellos! Mucho menos de apoyar la insurrección,
como se ha querido dar a entender. No. Estos diálogos los hice
para promover una solución oportuna a ese conflicto que estaba
a la vista. Ni un solo minuto he tenido compromisos con ellos.
¿Cuál fue su pecado?
¿Con respecto a estos diálogos?
Con respecto a su actuación en el gobierno
Había falta de experiencia en el gobierno, también algo
de ingenuidad en algunas cosas. Pero voluntad tuve. Sinceramente, aún
ahora cuando pienso en eso me parece que muchas veces no se necesita conocer
o tener mucha experiencia en unas cosas, los proyectos muchas veces los
ha realizado gente que no conoce. Yo no era un político profesional.
Jamás había estado con Duarte, con Morales Ehrlich, con
Héctor Dada. Y ahí trabajamos. Igual con Román Mayorga.
Despertaron en mí mucha confianza.
¿Se siente frustrado?
No. Siento que hice lo adecuado en el momento adecuado. La situación
estaba tan radicalizada que fue imposible promover la paz en un momento
como ese.
Le hago la pregunta de otra manera. Si pudiera repetir la historia,
¿qué cambiaría?
Ahhhh sí. Habría actuado con más dureza frente a
la línea dura del ejército cuando tuve la oportunidad. Cuando
ocurrieron las capturas de la Finca San Luis tuve que haber sido más
duro y me atuve. Pensé que era tan obvio lo que habíamos
encontrado que sólo esa fuerza moral era suficiente para hacer
justicia clara y oportuna.
Ahora es en Estados Unidos, y en juicios civiles, donde se está
comenzando a juzgar a ex militares. ¿Qué le parece?
Quedó un vacío grande después de que se firmó
la paz. Quedaron sin investigarse cosas importantes. En Estados Unidos
hay gente conciente que no admite esas políticas de tolerancia
a los derechos humanos. En los ochentas hubo una gran tolerancia de los
Estados Unidos para esto, hasta daban certificaciones por el respeto a
los derechos humanos, cuando es claro que no fue así. Pero en Estados
Unidos había muchas personas que estaban en contra de esas violaciones
a los derechos humanos y repudiaron a El Salvador. Han investigado sobre
estas cosas y es difícil que esto quede impune. Son juicios civiles,
pero han dejado en claro muchas cosas. Los militares (García y
Vides Casanova), en los juicios en Florida, fueron absueltos en uno y
condenados en el otro. Pero el juicio ventiló muchísimas
cosas que es importante que nosotros las sepamos. Dios tarda pero no olvida.
El que las debe las paga. En El Salvador ha habido bastante impunidad,
pero eso no queda en el vacío completo. En algún momento
algo va a ocurrir.
¿Y la ley de amnistía? ¿No le parece que
era necesaria?
Ese tipo de amnistía no contribuye a la conciliación nacional.
Aparentemente da una tranquilidad, pero se ha observado que esto queda
ahí, que aún se siguen haciendo especulaciones, debido a
que no se ha investigado bien lo que ocurrió.
¿Cómo ve ahora el país, tras tantos años
de estar viviendo lejos?
Me parece que tiene buen futuro. Está en una posición geográfica
envidiable, gente emprendedora y esto se ve hoy mismo con la cantidad
de salvadoreños en el extranjero que son muy laboriosos. Tienen
buena aceptación. La gente que ha salido tiene un espíritu
de superación muy grande. Ahora faltará que se maneje esta
capacidad adecuadamente.
¿Cómo se está manejando?
No sé bien los detalles, pero siempre se ve mucha pobreza, cosas
que podrían más tarde causar problemas de nuevo, si no se
ven a tiempo. Este es precisamente uno de los puntos de vista que sostuve
antes de llegar al gobierno. Creo que siempre es conveniente tomar las
previsiones del caso. Si me baso en las noticias que leo a veces se presenta
un cuadro muy optimista de El Salvador, pero eso precisamente me hace
desconfiar. Siempre ha sido así, aunque el país esté
patas arriba siempre se dice que el país está bien. Cuando
el régimen del General Romero cayó, el 15 de octubre, los
datos oficiales decían que las cosas andaban de maravilla, pero
debajo del agua había una gran efervescencia. No sé si eso
podría estar ocurriendo, pero ahora que veo los efectos del huracán,
de los desastres naturales, veo muchas cosas que podrían caminar
mejor.
Me imagino que sus fuentes de información no sólo
son las noticias
No, todavía me mantengo en contacto, pero a lo que me refería
es a que hay una propaganda que existe como en aquellos años, antes
del 15 de octubre, que hace ver todo como que está de maravilla,
no es realista. Bienvenido que algunas cosas anden bien, pero lo que ande
mal debe ser debatido con claridad.
Quiero cerrar esta entrevista citando a un mayor del ejército
salvadoreño, que dice que hay militares políticos, con capacidad
para manejo de tropas y estrategias militares, que se ven involucrados
en cuestiones de política; y hay políticos militares, que
tienen mucha mayor capacidad política por encima de su manejo de
tropas o su estrategia militar. Son políticos en uniforme. ¿Usted
de cuál de los dos es?
Dedúzcalo usted. Yo estaba en la Fuerza Armada y no tenía
pretensiones políticas. Me satisfacía trabajar en el ejército
pero de repente se presentó una circunstancia muy especial que
me llevó a participar en la política. Nunca lo había
hecho pero me pareció interesante. Puedo decirle que soy un militar
conciente que aprendió tanto del medio político, del medio
nacional, que me pareció interesante como una posibilidad valiosa
para hacer algo para el país.
Se me escapó...
Usted decida de cuál soy. O mejor hagamos otra clasificación,
ciudadano conciente. O mejor: ciudadano de uniforme. Consciente, capaz
y patriota. Consciente por la sensibilidad, humanismo y espíritu
de servicio. Capaz profesionalmente. Y patriota por su amor y devoción
al país. Mi relación con el medio civil cuando llegué
a la Junta impulsó más profundamente ese concepto en mi
persona.
¿Y ahora que ya no tiene uniforme?
Actualmente, aunque desde distinto ángulo y situación, distante
además físicamente, me continúo considerando eso.
Ciudadano de uniforme. Ciudadano porque me relaciono continua y entusiastamente
con el medio civil, con todos los salvadoreños no importa sus ideas
y condición social. De uniforme porque aunque no lo he utilizado
más desde que me retiré, sigo de alguna manera manteniendo
esa condición. O condicionamiento. Se me identifica como militar
aunque no lo quiera. Aprecio siempre también esa gran institución.
En todo caso, pesará más siempre de acuerdo a este concepto,
la condición de ciudadano.
Ver Primera Parte: “Todos somos responsables de los muertos de la guerra”
Vea archivo de
"De La Guerra a la Paz"
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