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Lo que un río se llevó

La capital, las comunidades en riesgo y las autoridades fueron sorprendidas por las fuertes lluvias de la semana pasada que provocaron desbordes en los ríos; dejaron lodo, desastre y un panorama incierto para las más de 150 familias damnificadas
Daniel Valencia / Fotos: Lidia Castro
cartas@elfaro.net
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Pedro Leonicio Hernández lo perdió todo. Todo. Su casa ahora es un hueco oscuro, enlodado y pestilente a punto de derrumbarse. La repunta del río La Lechuza no tuvo compasión con él ni con las más de 50 familias afectadas en la comunidad Las Palmas en el norponiente de la capital.

El peso de la lluvia le cayó “ligerito” el lunes 26 por la tarde. Ese mismo día se inundaban las comunidades Las Palmas, Nuevo Israel (en la zona norponiente de la capital) y Modelo, La Vega y Candelaria (en el centro de la capital, zona sur). Aparentemente nadie se lo esperaba.

Por la mañana apareció un comunicado del COEN que señalaba lo siguiente: "La disipación del huracán Rita en territorio de Estados Unidos ha dejado libre de amenazas por lluvias intensas a El Salvador, favoreciendo a disminuir principalmente el riesgo por inundaciones". Las autoridades bajaron la alerta de naranja a amarilla, y luego a verde.

“Yo venía llegando. Mis hijos (tres) y el resto de mi familia (esposa, suegra y cuñada) por suerte salieron antes de que se inundara todo. Gracias a Dios no tengo más que lamentar”, dice, resignado, mientras señala con el índice un colchón mugriento y con restos de heces que era suyo, “y aquel también, y esa silla…”.

La crecida del río, cuenta este hombre de 42 años, nunca se había visto –y sentido- tan grande y tan devastadora. Y a juzgar por las huellas que aún quedan de las dos inundaciones (lunes y viernes) tiene toda la razón. Su casa y la de los otros damnificados de Las Palmas quedaron atrapadas bajo un muro de agua de entre 15 y 20 metros.

La valla metálica del muro de contención, las ventanas de las casas inundadas, en los árboles que soportaron la fuerte corriente del agua, la ladera de enfrente de la comunidad que sostiene parte de la Feria Internacional, el Mercado de Artesanías y el Ministerio de Obras Públicas... todo parece un enorme tiradero de basura y lodo.

Según el Servicio Nacional de Estudios Territoriales (SNET), en la tormenta del último lunes de septiembre cayeron 66 milímetros de lluvia en Santa Tecla y 50 en San Salvador. Milímetros que se convirtieron en un mar al llegar a la comunidad Las Palmas. La bóveda que pasa debajo de la alameda Enrique Araujo sirvió de “tapón-colador” donde el caudal del río, que ya venía con fuerza, no hizo más que abrirse paso con violencia.

La tormenta causó conmoción. La calle frontal de la Feria Internacional se hizo un lago. Un carro fue arrastrado y el puente de la quebrada El Piro –la misma quebrada que en las Palmas cambia de nombre- quedó semidestruido. El anfiteatro de la Feria se inundó, el mercado de Artesanías también; y mientras eso pasaba, la familia de don Pedro y otras familias que habitan a la orilla de la quebrada se quedaron con lodo y desperdicios en sus viviendas. El golpe del viernes fue casi el mismo. Pero para entonces los habitantes de la zona ya no tenían nada que perder.

“¡Necesitamos ayuda!”, clama, angustiado, don Pedro. “Necesitamos ayuda.

Esto nunca había pasado así. ¡Necesitamos ayuda!”.

La Fortaleza que sucumbió

La anciana Julia (nombre ficticio) pide que no se le identifique porque tiene parientes en La Unión que “pueden ver la noticia y, como padecen del corazón, no vaya a ser que les dé un paro por mi culpa al ver cómo estamos de mal aquí”.

La anciana Julia nada tiene que ver con Don Pedro, salvo una una corriente devastadora que los dejó en iguales condiciones. Julia tiene 80 años y desde 1958 habita en la comunidad Nueva Israel. Frente a dicha comunidad pasa el mismo río que devastó la casa de Pedro. Desde la casa de la anciana, a la orilla del río, se observa muy bien una cascada que con poca lluvia luce amenazadora.

“¡Hubiera visto cómo se puso el agua!”, dice al referirse a las correntadas del lunes y viernes.

Los muebles están húmedos aún; la ropa, húmeda. Y sigue lloviendo. Un pequeño televisor, boca abajo y arruinado. En el piso de la vivienda hay lodo, de la cocina sólo se salvó un quemador, “el tambo de gas flotaba como pelota, la cama flotaba como que era balsa. Yo tuve que correr hasta la parte de arriba porque el agua me llegó hasta aquí ve (se toca los labios)”.

La anciana Julia anda descalza y echa espuma de los pies. “Me eché rinso para no agarrar hongos”, explica. En el pecho va cargando una caja de pastillas que dice que son para el resfriado y el dolor de cabeza.

“Es que esto nunca había pasado. Cuando vine aquí en el río había cultivos de ayote, había milpas, vacas. Esas construcciones de allá arriba han causado todo esto”, dice, refiriéndose a los centros comerciales recién construidos sobre una parte de la finca El Espino, en las afueras de la capital. Esta queja también la comparte con don Pedro, y otras cuatro familias de La Nuevo Israel.
El río La Lechuza, que arrasó con las comunidades Las Palmas y Nuevo Israel, es el mismo afluente que inunda, cada invierno, la zona sur de San Salvador.
Las autoridades de Gobernación tienen una explicación: “La crecida del río y la cantidad de lluvia caída hicieron colapsar el sistema de drenajes”.


Con olor a mierda

Ada Luz Pacheco vive en la misma comunidad. Su casa está casi enfrente de un puente de cemento. La única estructura que logró soportar la crecida del río.

Una parte de su propiedad está vacía porque “todo se perdió”. Un cuarto ya no existe ni los baños tampoco. Hoy son la parte de afuera de su casa, la que está a la orilla del río. Mientras Geovanny, su hijo, barre el lodo que aún queda en el piso, la mujer, con temor y en voz baja, hace una pregunta como quien sabe ya la respuesta y no la quiere escuchar: “¿Y ese tufo qué es?”. “La mierda del río mamá”, le responde Geovanny.

Dos casas más abajo, el panorama es el mismo. Lo que antes era un mesón en donde vivían 13 personas hoy es un galerón oscuro con olor a heces por el agua del río que inundó la zona. A la par de ese galerón, la familia López prepara su almuerzo. Frijoles, arroz y un pedazo diminuto de carne asada para todos.

“Antes cuando aquí decían ahí viene la repunta, el agua apenas y nos llegaba hasta aquí ve (se toca los tobillos)”, cuenta Lidia Castro, mientras atisba el fuego de las brazas. Tiene 45 años de vivir en la Nuevo Israel.

El señalamiento llega como eco. “Es por culpa de las construcciones allá arriba”, dice Jesús López, con los ojos llorosos por causa del humo que sale del fogón. Está mojado de pies a cabeza. Su nieta, Kimberly, también. Y sigue lloviendo.

De la comunidad Nuevo Israel fueron evacuadas, el lunes, 86 familias hacia el Instituto Técnico Industrial (INTI). 55 aún permanecen ahí, resguardadas de la lluvia pero sin lugar a dónde retornar.

En el auditórium habilitado como albergue, una joven de nombre Guadalupe está sentada junto a su madre y su abuela. Ellas también lo perdieron todo. Su casa fue arrastrada por completo. Con los ojos llorosos es quien con más fuerza clama por una auxilio. “¡Necesitamos ayuda! ¡Y no nos han dicho nada, nadie!”

Es ya domingo, aún llueve.

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