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Entrevista con Roberto Huezo, pintor:

“Mi primer amor soy yo”

Llega puntual y tranquilo, casi parsimonioso, a nuestra cita. Roberto Huezo, uno de los pintores salvadoreños emblemáticos del Siglo XX, va por la vida con la actitud de quien no le debe nada a nadie. Habla de las torturas con el mismo tono de voz pausado con el que habla de sus amigos, del incendio que hace un par de años consumió su estudio, de Salarrué o de un libro de historia por el que un empresario pagó casi un millón de dólares. Una manera de entender el mundo que aprendió durante sus años con los monjes budistas en Japón. Nos reunimos a media tarde y ambos pedimos café, americano, sin azúcar. Uno tras otro. Y sorbo a sorbo, durante dos horas, Huezo va contando, o reelaborando, las grandes facetas de su vida. De cuando en cuando, el pintor tiene espíritu también para ejercer uno de los más antiguos artes, el de reír.


Por Carlos Dada

cartas@elfaro.net
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¿Cuál es su necedad con los huevos?
Eso tiene su origen en Japón. Yo estaba en Kyoto estudiando los jardines japoneses, me estaba educando en el budismo zen porque de ahí nacen los jardines imperiales y los monjes y de ellos se aprende, con la tijera en las manos. Poco a poco le van quitando a uno el uso de la razón, lo que quieren es la intuición. Convertirlo a uno en un hombre intuitivo. Un día leyeron un poeta de 300 años de antiguedad, que va por un sendero y en el gramal ve esa flor que hay por todo el mundo, moradita, chiquitita, la nasuna. La ve, una flor insignificante, y se agacha, la observa, le pone mucha más atención, se concentra y comienza a meditar. En el poema dice: “de pronto me convierto en flor, siento el rocío de la mañana, siento el sol como flor, la más ínfima flor, y soy la flor, y siendo la flor necesito como flor explicarme el universo”. Cuando uno aprende a ser pájaro en la concepción budista, el pájaro no es el cuerpo del pájaro, hay que dibujar el vuelo. El pincel tiene que rozar el papel de tal manera que sea el vuelo. El cuerpo del pájaro no importa, es la esencia de él.

¿Que viene del huevo?
Yo estaba dejando la razón y me topé con un problema. Yo dije: estoy dejando la razón y no tengo nada de qué agarrarme. Mi tutor me vio en una crisis espantosa, y me dijo: “una vez tú encontraste un huevo que era muy bello, y lo pusiste en una botella muy linda, muy transparente, y cupo por el cuello de la botella muy angosto, y ahí comenzó a desarrollarse el huevo, le diste mucho amor y calor, y de ahí salió un ganso blanco que ha crecido, se está ahogando y tenés que sacarlo. Pero hay dos reglas, no podés quebrar la botella y el ganso no sale por el cuello, pero lo tenés que sacar”. Me tardé como dos meses y yo iba donde él y le decía: mirá, hablemos sobre el ganso. “No, no es así”. Dos veces se enojó y me pegó cachetadas. Una vez me mandó a hablar todo el día con un pino y esos eran los ejercicios.

¿Y cómo salió?
Un día habíamos meditado mucho tiempo y había un gran frío, era diciembre. Como a las tres de la mañana nos llevaron una sopa misu, que sólo son unas cebollitas con queso de soya, y yo dije no, me voy a ir donde el maestro, ya no aguanto esto. Entré y ahí estaba con una candela escribiendo y me dijo: “yo te he estado esperando, ¿qué me vas a decir ahora?” Y yo le dije, mire, ya no importa. ¡El ganso ya se fue! Se fue de la botella, se salió... vá, y ya. Y me dijo “esa es la respuesta, ya salió”. Yo hice un trato con él, que me enseñara qué significaba el huevo y a dibujarlos de un solo trazo. Él cumplió, me explicó qué es el huevo antes del hombre y después del hombre, me explicó cómo nace el huevo dentro de un ave. De ahí viene. Yo los dejo, los retomo, y siento que me autorealizo porque cada vez lo hago mejor.

Se lo pregunto porque parece un leit motif extraño. Aparece en muchos de sus cuadros, pero son los que se ven colgados en los bancos. En otros lados están sus otros cuadros: las torturas, los dolores del ser humano. ¿Dedica sus temáticas dependiendo del cliente?
No. Se lo explico con otra anécdota. Un día estábamos meditando en Takayama, éramos catorce personas. Ya era profesor Robert Singer, un norteamericano que tenía once años de estar estudiando una puerta de un templo en Kyoto del periodo Momoyama. Yo le decía, ¿y qué le hayás tanto a esa puerta? Y me dijo, ¿te acordás del jardín de las delicias? Esto es igual, nunca se termina. Nos quedamos sin comida ahí con la nieve, casi tapando el área donde estábamos. Es un lugar remoto de la ruta de la seda, y se conserva intacto. Estábamos en una casa de los monjes y se nos acabó la comida. Había un buda de madera como de 800 años, y ahí meditábamos. También se nos acabó la leña. El monje dijo miren, cuando entramos yo vi un hacha para leña en tal parte. Salió, la agarró, entró con el hacha y se fue al buda, y le pidió a tres personas que limpiaran cerca de la cocineta. Agarró el hacha y ¡pla! ¡pla! ¡pla! ¡pla! Comenzó a partir el buda. Todos nos quedamos asombrados. “Es madera”, dijo. Entonces vino Robert y le dijo, con aquella angustia: “Mire, y si yo me encuentro con Buda, qué hago? ¿qué le digo? ¿que hemos destruido su imagen?” El monje apartó el hacha, la dejó en el suelo y fue a traer un cuchillo y se lo dio. “¡Mátalo!” le dijo.

No entiendo, Roberto.
Nunca nos vamos a encontrar con Buda.

Ahhhh jajajaja
El buda que nos encontremos ha nacido de la ilusión de nosotros, y hay que matar el ego, todos los días. Ese buda es leña. Fue a traer la piedra que detenía las dos grandes puertas de la entrada y la puso donde estaba Buda. “Ése es Buda, ahí está, con él vamos a meditar”. Es una forma de vida.

Pero todavía no me explica cómo aborda temáticas desde puntos de vista tan distintos.
Bueno, ahorita estoy pintando flores, y aunque usted no lo crea soy la persona más libre en ese aspecto. Yo creo que nunca voy a dejar de pintar huevos, para mí son un reto muy fuerte porque es la perfección. Arquitectónicamente es la forma más perfecta, son dificilísimos de pintar además de que tengo que estar muy concentrado para hacerlos. Cuando estoy haciendo una flor me convierto en flor. Ahorita estoy haciendo orquídeas. Argelia Godínez y José Luis Zablah me enseñaron qué eran las orquídeas hace dos años, y estoy tan impresionado con ese mundo que no sé cuándo las voy a dejar ni me interesa. Yo puedo agarrar un cuadro y pintar gotas; al día siguiente huevos, orquídeas... que los haya comprado el Banco Cuscatlán era pura pila de la gente del banco que los tomó casi como un símbolo.

Rosa Mena se quejaba mucho de eso. Es decir, aquí es muy difícil subsistir del arte, pero muchos pintores cuando encuentran una fórmula que es comercialmente atractiva se dedican sólo a pintar eso y no hay mayores avances estéticos.
Sí, pero no es mi caso. Los temas no determinan en mí periodos, sino que yo fluyo con una libertad sobre mis temas que me doy yo mismo. En el budismo zen se aprende a quererse a uno mismo. En Colombia me entrevistó Lina Botero en una exposición que hice, y me preguntó quién fue mi primer amor y le dije: Yo. Y lo sigo siendo. Me quiero mucho, me respeto, respeto mucho a los demás y espero ese mismo respeto hacia mí. Eso de quererse a uno mismo es levantarse todos los días y no decir “yo soy el mejor”, sino preguntarse ¿qué voy a hacer ahora para sentirme bien? Bueno, hoy voy a tratar de hacer lo mejor de una orquídea, representar una orquídea, pero más que eso reelaborar una forma, y eso puede llevar años de investigación. En alemán se dice Arbeitung, y Habermas lo utiliza mucho para la cuestión de reelaborar la historia del nazismo y entender mejor por qué se dio. Uno trata de reelaborar las cosas. Yo me considero un tubo.

¿Un tubo?
Un tubo de bambú. Ahí entra la energía que como, deshecho lo que no me sirve y lo demás queda en mí.

Cualquiera diría que usted es un hombre contemplativo, pero su historia demuestra que los monjes no le quitaron ni su raciocinio ni su intelectualidad. ¿Fracasaron los monjes?
No. Hay una mezcla que uno hace para sobrevivir, porque si yo viviera como oriental aquí estaría deshecho por las personas que no entienden. A mis 57 años yo ya he seleccionado a mis amigos y he deshechado a muchos y quiero conservarlos y los estimulo y ellos me estimulan con lo que nos queda que es el arte de conversar y se ha olvidado.

Es lo que estamos haciendo aquí.
Jajaja, sí.

Hablemos de pintura pues, y de reelaborar las cosas. Me recordó al cuadro de Magritte de una pipa llamado “Esto no es una pipa”. Obviamente no es una pipa, ¡Es un cuadro! Como sus cuadros de las orquídeas. ¿Entonces para qué pintarlas?
Yo enfrento la realidad, la encaro, la confronto, lucho a veces con ella y procuro cargar con la realidad, no que ella cargue conmigo. Hay muchos pintores que encaran la realidad para que la realidad cargue con ellos.

Deme un ejemplo
Los paisajistas. Ricardo Clement me mandó tres cuadros y le decía lo mismo.

¿Alecus, el caricaturista de La Prensa Gráfica?
No lo sé. Ricardo Clement se llama. Le mandé un email diciéndole: usted se ha convertido en esas tres personas. Desgraciadamente es poco entendido que él agarre una cabeza de un norteamericano, mister Glenn o algo así, y lo ponga en sus diferentes facetas. Muchos van a decir que esto es cubista dentro del hiperrealismo. Pero él está reelaborando, se ha convertido en ese personaje. Yo justamente le decía lo que usted me está preguntando. Los paisajistas a lo hiperrealismo cubano que fundó Tomás Sánchez están haciendo muchísimo paisaje pero no han sido siquiera una hoja o se han convertido en un árbol, y se lo dije a Clement: “Yo siento que usted se ha convertido en uno de esos personajes y así se explica el universo de otras formas”.

Usted pinta la orquídea para entender la orquídea
No, para confrontarla.

Para enfrentarla, en la tradición francesa.
Sí. Si yo voy con un biólogo y le pregunto qué es una orquídea me va a rodear con conceptos y palabras diciéndome los componentes de la orquídea, nunca me va a decir qué es la orquídea. Él disecciona para su saber. Yo medito para penetrar.

Matisse decía que el arte es la vida por otros medios. Me parece que usted está de acuerdo.
Je je je. Sí, justo. Esto no es una pipa también es un estudio de Michel Foucault. ¿Ya lo leyó?

No.
Es impresionante. Pues llega a las mismas conclusiones que usted.

Voy a comenzar a presumir, ja ja ja
Ja ja ja ja

Dicen que sólo hay dos grandes críticos de arte: el que lo sabe todo y el que no sabe nada. A lo mejor eso explica por qué Foucault y yo llegamos a las mismas conclusiones, ja ja ja.
Ja ja ja ja, sí. Es una cosa impresionante el estudio que hace de ese cuadro. Más que la frase que me acaba de decir, la vida es un estado práctico que requiere de sabiduría, y eso lo hemos perdido los artistas.

¿A qué artistas se refiere? ¿A los pintores? ¿A los salvadoreños?
En general. Hablo de creadores e intérpretes, hemos perdido esa especie de Leonardo Davincismo. Era el aprendizaje...

La erudición…
No. Yo le hablo de sabiduría en cuanto a saber qué hacer con las cosas. La vida es todos los cuadros, todas las escenas que ha representado un actor, todos los conciertos que ha dirigido un director de orquesta... Eso se ha perdido porque los artistas han dejado de confrontar y dejan que la realidad cargue con ellos. Hablemos de George Lucas y Oliver Stone si quiere. Son dos cosas diferentes. El último anda investigando, hace películas de vez en cuando y no son precisamente series que dan millones, lo cual es válido, ¿por qué no? Es completamente válido. Pero son distintas maneras de ver, de estar en el proceso... de vivir. A los 40 años, el escritor o el pintor que no adquirió el uso de la razón artística se quedó.

Pero antes los artistas tenían mecenas. Hoy tienen que comer de otro lado. Antes era mucho más fácil buscar esa sabiduría.
No le voy a dar un sí muy convencido, pero sí. Pero nosotros podemos barrer, podemos escribir también, podemos tomar fotos. Yo no voy a comer siempre de la pintura. Me he puesto a hacer escultura y me ha salido muy bien.

Se puso a diseñar libros para el Banco Agrícola
Sí. Me topé con Archie Baldocci, que no se puede decir que era un mecenas, sino un hombre que entendió la propuesta que se le hizo. Yo llegué con él y le dije: Mirá Archie, vos estás regalando botellas de champán hasta de 800 dólares a tus mejores clientes, y nunca quedás bien porque a los que les regalaste vino te vienen a reclamar. ¿Por qué no hacemos libros? Te traigo este proyecto de Federico Trujillo y yo. Lo hemos andado de arriba para abajo y nadie lo quiere”. Dicen que es muy bello pero estamos en guerra y la gente decía: ¿Por qué estos locos andan diciendo que El Salvador es muy bello? Habíamos alquilado un helicóptero para tomar fotografías. Y Archie cabal lo primero que preguntó fue ¿qué van a decir los guerrilleros? “Pues son a los primeros que les vamos a mandar este libro, porque ellos han visto el país de abajo, hoy que lo vean de arriba como los veían desde los helicópteros que les tiraban”.

Y le encantó la idea.
Me dijo OK, vamos a hacerlo. El gerente de mercadeo quería que lo hiciéramos en blanco y negro y se lo presentamos en blanco y negro, después le enseñé la versión a color, le dije dame cinco minutos para enseñártelo y a los tres minutos dijo: “apaguen esa computadora, esto es lo que yo quiero. ¿Cuánto más cuesta?” Cuesta 30 mil dólares más. Se me quedó viendo y me dijo: “full extras, Roberto”. Al siguiente día le llevé el proyecto de 30 libros que habíamos hecho con Lico. Y se están haciendo.

Pero ya no por usted. ¿Qué pasó?
Me dí un descanso después de once libros. Ganaba muy bien, Archie me pagaba muy bien. Pero decidí tomarme un año sabático.

Entiendo que tenían muy buena relación, y que él entendía de arte.
Sí, sí, desde pequeño. Tenía unas tías con una colección impresionante de arte. Un día de aquellos festivales de música, cuando Pepe Simán era vicepresidente del patronato Pro Cultura que invitaban a Pablo Cazals, viene (Rufino) Tamayo con Alicia de la Rocha y a mí me toca atenderlos. Doña Martita viuda de Dueñas quería ver a Tamayo y a su esposa para mostrarles el cuadro que ella había comprado hacía años. Se llamaba El Hombre de la Lámpara. Hombre, dijeron, andamos detrás de ese cuadro porque a Rufino le estamos haciendo el libro para la inauguración de su museo que será en unos diez años y andamos comprando todo. La señora no se los quiso vender. Le ofrecieron miles y miles de dólares y no quiso. Él tenía una noción muy fina de lo que podía pegar.

¿Cuáles son sus influencias artísticas?
No puedo negar a Carlos Cañas, un extraordinario pintor. Salarrué, a quien yo estafé de una manera extraordinaria...

¿Cómo que estafó a Salarrué?
Yo era director de publicaciones, ya tenía mi estudio en Los Planes y conocía a Salarrué. Fue un hombre impresionante. Me fui a trabajar en 1967 a los 18 años de asesor de Walter Béneke.

Los famosos tres Robertos.
No. Sólo Roberto Salomón y yo. Y a Carlos de Sola, a quien Walter se trajo de Japón, donde era secretario de la embajada a los 17 años. Nos trajo para que le diéramos asesoría. ¿Y qué asesoría era? Era una asesoría de cipotes.

De hecho ya suena como un cuento de cipotes.
Pues yo era director de publicaciones y Salarrué, a quien yo conocía por su esposa Maya, vivían en Los Planes, como yo. Contiguo a ellos vivía un médico, Herman Méndez. Ahora es un gran experto en Sida pero en ese entonces atendía la salud de Maya. Ella ya estaba enferma, sufrió mucho. A mí se me ocurrió preguntarle en su cama, ¿y qué tal ha seguido? Y Maya me dijo yo muy bien, pero esta caja ya no aguanta conmigo. Igual que Claudia Lars, que trabajaba conmigo en publicaciones. Yo le decía decía usted atienda a los artistas y déjeme hacer libros. Usted me dice qué libros hago y yo los hago. Era como mi asesora.

¿Claudia Lars era su asesora?
Sí. Nos reuníamos sólo con un termo de café, riéndonos. Herman la revisó ahí en su oficina y le dictaminó cáncer en el pecho.

¿Y la estafa?
Bueno, Salarrué llegaba y me decía “aquí te traigo este libro”... Oyarkandal. “¿Cuánto me vas a pagar?” –“Son como dos mil colones que me ha autorizado el ministerio de Hacienda, pero si podemos sacarle más le sacamos más”. Porque Salarrué andaba en ese tiempo con sus hijas descalzas y se iba a almorzar donde los Imberton, la Madeleine, porque no tenía qué comer, y a mí no me autorizaban a pagarle más de dos mil colones. Yo le decía “Mire, siento como que le estoy robando”. Y él me decía: “No hijo, me estás dando de comer”.

Dos mil colones por Oyarkandal... Pues sí, lo estafó.
Sí. Un día llega Walter Béneke y me dice, andate hoy en la tarde y me deshacés Bellas Artes. Ahí estaba un montón de gente que le pagaban 175 colones por llegar a recibir clases con Saúl Benjamín, el gran escultor español, y no llegaban. Así era el desorden. Julia Díaz era la directora. Y yo llego y digo: “Señores, se acabó Bellas Artes”.

¿Y el CENAR?
Ya estaba abierto. Roby dirigía el teatro, Joseph Harold dirigía la música y yo artes plásticas. Un año después yo llamo a Roberto Galicia, en el 71. Pero hay 15 puestos que Béneke tiene para todos ustedes para que ya no vengan. Van a ser asesores del ministro, pero no los quiere ver. Era en medio de la huelga de los profesores y nosotros deshaciendo cosas. Les pagaban 175 colones, que era mi sueldo por ser jefe de artes plásticas del CENAR, director de la Biblioteca Nacional ad honorem y director de publicaciones ad honorem, y además estar listo para cuando Béneke nos llamara. Nos pusieron los benekitos. Creó quince plazas de 15 mil colones para Claudia Lars, Salarrué, Serafín Quiteño... era un fondo para las artes que creó con el ministro de Hacienda, un hombre extraordinario, don Rigoberto Martínez, olvidado. Él fue el que me encargó el mural del Teatro Presidente. Yo invité a Roberto Galicia a que me ayudara.

Se llevaba muy bien con Roberto Galicia en ese entonces...
Sí, muy bien.

¿Todavía?
Sí, todavía.

Perdone que me brinque, pero hubo una polémica porque cuando inauguraron el MARTE no estaba Roberto Huezo, y el director era Galicia. ¿Cuál es su versión?
Al curador no le pareció que yo fuese de las líneas que habían creado derroteros y quizá tenga razón porque a su entender se trataba de poner a quienes crearon derroteros que siguieron como escuela.

Cuando me dice que tal vez tenga razón me parece que habla como zen budista.
Sí, así es. Pero no sólo falto yo. Faltan muchos otros. Pero es válida la opción del museo de exclusión de otros artistas. A mí me parece que la Negra álvarez, que Licry de Biccard, han creado y han enseñado. Igual yo, he sido profesor de pintura durante quince años.

Pero no me diga que no le afectó haber quedado fuera de ese grupo.
No.

Pero Roberto, todos tenemos vanidad, aunque haya estudiado cuatro años con los monjes budistas, no me diga que no.
No.

Eso no se lo creo.
Es que yo tengo que respetar la validez que ellos creen que tienen de ser MARTE. Y MARTE es eso.

Eso no quiere decir que usted esté de acuerdo.
Cómo no, porque son la expresión de la exclusión.

¿MARTE es la expresión de la exclusión?
Sí. A mí me da risa una entrevista que le hacen en Canal 10 a Galicia, y él decía que la exposición de Camilo Minero la habían programado desde que se inció el museo. Yo eso lo veo como una falta de respeto porque yo platicaba con Camilo, de quien me precio de haber sido su amigo. Y Camilo Minero no estaba incluido. Era un pintor social, por lo tanto “comunista”. Los señores del museo tienen su pensamiento, su ideología. No es culpa de Roberto Galicia.

A lo mejor no cabían todos.
Cómo no, creo que cabíamos todos. Lo que le critico a Roberto es que se dejó cargar por la realidad en vez de confrontarla.

Le hago la pregunta de otra forma. ¿Para Roberto Huezo qué lugar ocupa Roberto Huezo en la pintura nacional?
Roberto Huezo tiene 30 años de estar pintando. En 1966 hizo su primera exposición individual. Al inicio del 66, Julia Díaz y Carlos Cañas vieron mi obra y me acompañaron en la Galería forma y expuse junto con ellos. Y de ahí para acá he sido un pintor honesto conmigo mismo, responsable ante la realidad, porque he denunciado los crímenes de la guerra con un testimonio que son cerca de 800 dibujos, no sólo el viacrucis de la UCA. Y lo hice responsablemente.

¿Cómo hizo esa investigación?
Yo también perdí un pariente. Entonces me di cuenta de que había un mundo subterráneo dentro de la guerra extraordinario por su expresión de crueldad, aparte del eros y el tánatos que se da en la tortura había toda una estructura en donde le llamaban a usted, que había perdido un pariente, le llamaban del cuartel y le decían: “dice el teniente fulano de tal que por 800 colones le puede decir dónde está su pariente”. Y cuando uno llegaba le decían “Es que fíjese que lo trasladaron para no sé dónde”. Entonces se formó un grupo que sí nos llamábamos. Yo tomaba apuntes, tomaba fotos, tomaba slides. Algunos que se salvaron yo logré entrevistarlos en México y me decían cómo los habían torturado y me enseñaban las posiciones. Después yo mismo me ponía en esas posiciones y Eduardo Fuentes me tomaba fotos. Y me dibujé yo en esas posiciones, una de ellas la famosa columna, que era que le quemaban con electricidad toda la columna vertebral. Yo creo que hacer responsablemente eso, sin ser un juego para la izquierda ni para la derecha, porque yo he dibujado a niños con los pies reventados por las minas... Es una frase prestada a Hermann Hesse, “Déjenme ser testigo”. La gente nos conoce por el viacrucis en la capilla de Monseñor Romero.

¿Cómo llegaron a la UCA?
Ellacuría estuvo llegando a mi estudio durante un poco más de 6 meses, y escogió 14 dibujos y cuando terminó me dijo: “Catorce van a ser los viacrucis del pueblo salvadoreño, y se los vas a dar a la Compañía de Jesús”, porque yo se los había ofrecido, “y no se los vas a dar a la UCA. Porque la UCA es una sociedad con fines de lucro, y cualquier día vamos a quebrar y vamos a vender el campus, pero eso no va a pasar con la Compañía de Jesús, que es la dueña de esos dibujos”.

No me contestó qué lugar ocupa en la pintura nacional.
Me siento muy respetado por la gente, por otros muy pero muy querido, por algunos otros muy odiado.

¿Por qué lo odian?
Creo que porque he sabido decir que no, y aquí eso es un pecado. “¡A mí no me puede decir que no!”, esa es una frase muy salvadoreña. Y yo he dicho que no.

¿Qué pasó con su estudio? ¿Se quemó o se lo quemaron?
Me lo quemaron.

¿Por esos odios?
No estoy seguro, porque hay otras variables que ahorita no te puedo decir.

¿Y hay denuncia?
No.

¿Por qué?
Por que eso sería entrar en un lío de jueces. Hasta ahorita la aseguradora no me ha pagado mis edificios.

Usted sabe quién se lo quemó...
No, no lo sé.

¿Y cuánto se le quemó?
Esa pregunta es muy dura. Es cierto que yo no me apego mucho a las cosas, pero tenía ya dos años de estar enmarcando la obra que fui adquiriendo desde que comencé en 1978 a trabajar, intercambiando con pintores en diversas partes del mundo.

O sea que no era sólo obra suya...
No. Ya había testado y había hecho un edificio, al que le dieron fuego, en el que estaban esos cuadros sin electricidad, apenas con un poco de aire para mantenerlos bien. Estaban empacados, con sobre lacrado para cada uno de mis hijos, y eso se hizo cenizas. Era mi patrimonio. Yo tenía dos Wilfredo Lam, menos mal que había vendido uno. Tenía de Siszlo, varias litografías de Dalí, una acuarela de Botero, Mansur, Obregón... unas esculturas bellísimas de Saúl (Benjamín) que estaban en yeso y yo pensé que se habían salvado, pero no pudimos salvar nada. Se perdió bastante.

¿Y los bomberos?
Yo pedí auxilio a los bomberos a las 6 de la mañana, eran las 9 y no llegaban. Llamo otra vez y aquello era ya... era 14 de diciembre, un viento espantoso, reseco todo, y le hablo a un amigo que está en el kilómetro 4 y le digo mirá, se está quemando mi casa, ¿qué hacemos? Y él me dijo que tenía dos pipas en su casa y me las mandó. El primero de los bomberos se quedó en Casa de Piedra, no llegó. El segundo no llevaba agua. Además, cuando rindo el informe, el señor me pregunta cuánto ha perdido y yo siendo conservador le digo 200 mil dólares, y el le puso 200 mil colones, jajaja. El colón ya ni existía.

Pues dentro de lo malo, lo bueno... Usted es de las pocas personas que han sobrevivido a su testamento.
Jajajajaja, jajajajja, eso me gusta, jajajajaja qué bueno ese chiste.

¿Y no rescató nada?
No. Entre mis vecinos llegó el coronel Munguía Payés y me dijo saquemos algo, y yo le dije nos vamos a quemar en todo esto. Los vidrios se derretían y no estallaban, y yo dije qué raro esto. Yo tenía unos vidrios enormes de dos por tres que se venían derritiendo. Yo creo que la gente se debe de haber quedado un poco espantada porque no me vieron lloriqueando ni nada, porque me acordé de aquel, tomá el cuchillo y matá a Buda. Al perro guardián me lo matron dos días antes.

Le parecerá extraña la pregunta, pero si hubiera visto un gato en medio del incendio y usted hubiera tenido la oportunidad de salvar su Botero o un Dalí... ¿qué salva?
Hubiera salvado el gato, el gato. Sin ninguna duda. Una gallina. Hace unos días llegó la peste a China y mataron millones de pollos. Salió el reportaje aquí en un canal de televisión y retrataron a los monjes que rezaban por las almas de las gallinas, pero los sacaban con un tono de burla, se estaban burlando de ellos. ¡De unos monjes tibetanos! Son la gente más respetable del mundo.

Usted tiene amigos por todos lados: grandes empresarios, una serie de artistas, de intelectuales, de izquierda también. Los huevos en los bancos y las torturas en la UCA. ¿Cómo hace para llevarse con todos tan bien en un país con pasiones tan encontradas?
Siendo yo. Siendo yo. Yo me respeto a mí mismo y digo lo que tengo que decir, caiga bien o caiga mal, sin irrespeto. Y no doy mayores explicaciones. La gente me conoce. Cuando Archie me dijo a mí full extras, y de ahora en adelante hacé los libros que querrás, cumplió con su palabra, pero también me dijo: “El día en que te equivoqués en un libro tú eres el doliente, porque yo así soy. Yo tengo que tener un doliente. El día en que te equivoqués no quiero que me vengás a ver ni a darme explicaciones”. Cuando hicimos La República yo nombré a Héctor Dada, a Knut Walter, a Gilberto Aguilar, a Pepe Simán, a Roberto Turcios, en una comisión para que revisaran todo. Yo antes había contratado a doce historiadores con doctorado para que vieran todo lo que íbamos a abarcar en La República. Se vinieron a vivir aquí, estaban felices, muy bien pagados.

¿Y cuánto cuesta eso?
Ese libro a Archie le costó 7 millones ochocientos mil colones...

¡Casi un millón de dólares!
Esa era la confianza que teníamos en el trabajo.

Que evidentemente él sabía que jamás iban a recuperar
Así es.

Qué interesante. ¿Y porqué decide Archie Baldocci gastar un millón de dólares que jamás va a recuperar?
Porque le iba a dejar de herencia la historia rehistorizada al país. Porque eran doctores en historia.

Es la cara de Archie Baldocci que se conoce poco.
Sí. Se conoce poco. Cuando hicimos la historia para bachillerato con Cecilia Gallardo de Cano, que yo era su asesor, le dije mirá, hay un capítulo sobre Lemus y hay un doctor en historia, Cáceres Prendes, que va a tener que hacer ese capítulo. “Me van a matar”, me dijo. “¡Si este fue el que mató a Regalado!” No, le dije, él es inocente. En Chalatenango dijeron que es inocente. Ahí está.

Y lo hizo.
Yo le tengo mucha fe a este país porque con gente muy amplia de mente uno se puede entender, pero con gente muy angosta uno no puede trabajar. Y hay mucha gente muy amplia de mente. Esto es el país.

Es el país escondido que no vemos entre tanto pleito...
No lo vemos porque no nos lo dejan ver. Nos tienen ocupados y encerrados en este nicho. Nacho tiene que hacerlo, Mauricio Funes también, y el otro también, y el otro también, y entonces de repente estamos todos discutiendo las mismas cosas y se nos escapan las otras más importantes. Los políticos tienen secuestrada la política. No nos dejan participar.

Usted hizo el plan cultural del CDU para la última elección.
Sí. Reuní a 150 artistas en mi casa, de cinco en cinco, para ver cuáles eran las necesidades.

Y de ARENA la hizo el actual presidente de Concultura, Federico Hernández. ¿tomó en cuenta la suya?
Se la presentamos en la embajada de España, y también a Gerson Martínez (del FMLN) porque era un proyecto de nación. No la tomaron en cuenta.

Federico Hernández dijo que tomaría en cuenta las otras propuestas
Eso iba en la cultura a debate, y no lo han hecho. Yo participé en dos reformas educativas, la de Béneke que aprendí muchísimo de un italiano, Bruno Stiglitz...

Y la de Cecilia Gallardo
Sí, y le dije que había que hacer un proyecto de nación. Aquí tiene que estar Salvador Samayoa y Roberto Palomo, Norma Guevara del Partido Comunista y Sandra de Barraza, y me tocó configurar esa comisión. Y se pudo. Yo a Cecilia le decía en los inicios, “mirá, quiero criticarte que tú te vas al mar con tu martido con cinco gentes de tu partido y comienzan a alabarte, ¿pero cuándo te vas a reunir con Rubén Zamora o con Héctor Dada? ¿Por qué no lo invitás aunque se enoje el Chato, su ex marido? ¿Por que no llamás a Gerson Martínez o a Joaquín Villalobos? Y lo hicimos, y ella almorzaba con ellos, de uno en uno, y lo hacía.

Sí, fue mi jefa en La Prensa y le conozco el estilo, jajaja
Sí, una mujer extraordinaria. Hicimos el libro de historia de El Salvador y se lo presentamos al presidente Cristiani en la residencia presidencial, junto a don Roberto Jacques y doña Margarita, y cuando vio el último capítulo, el de la guerra, dijo por este último capítulo van a pagar todos los demás. Estaba Héctor Lindo, Knut Walter y yo presentándoselo. Habíamos ido en mi carro, y Cristiani dijo: “No se presenta ese capítulo”, y ya estaba impreso en México.

¿Por qué era tan polémico?
Por que nadie había escrito sobre eso. Habían fotos de Monseñor Romero y de Ellacuría, y también de DAubuisson, de gente de ultraderecha, de derecha, de izquierda, de don Shafik... ¿por qué no? subimos al vehículo y nos dice Cecilia, ¡son unos culeros! ¿Cómo no le dicen a Fredy que ese capítulo tiene que ir?

Ja ja ja
Sí, jajajaja. Salió doña Margarita y nos dijo “No le hagan caso a Fredy, aquí está una foto de Fredy, pónganla y lo imprimen”. Y así se hizo.

Cómo se arreglan las cosas aquí...
Sí. Es que nuestro país está configurado por tanta fuerza positiva extraordinaria, y por tanta fuerza negativa también extraordinaria, porque tienen muchas ideas, que al cursarse en una posibilidad armónica podría reelaborarse el proceso de nación. Reelaborarse es deconstruir y descomponer todo y luego volver a arreglar lo que funciona.

Derrida...
Sí, exactamente, deconstruir en términos derridianos. Allá se irán sumando los demás elementos que van a llevar a buen término el proyecto.

¿Ve cómo le gana la tradición occidental? De pronto no es tan contemplativo.
Es que vuelvo al ying y el yang. No pueden separarse. ¿Quién va a ver a Roberto Palomo con “el Pollo” Samayoa en una comisión de educación?

Dicen que durante la guerra usted escondía guerrilleros en su casa...
No. Llegaban amigos, como Miguel Huezo Mixco, que estaba en la guerrilla, que estaban enfermos, y yo les conseguía doctores, o neurólogos o siquiatras. Y la queja de ellos es que los guerreros no creían en el cansancio y estaban cansados. Era una cuestiónj de amistad. Un día llegó un amigo, un gran músico, Julio, estaba muy deprimido porque no tenía una guitarra. Le presté una que había traido de Japón, y eso era todo. ¡No tenía nada más Julio! Y eso es explicable. Los problemas no existen, existen los casos. Y se pueden resolver. Esa es mi filosofía.

¿Y aquí quiénes son sus influencias? Me refiero a su vida, no a su obra.
Mi segundo padre es Toño Salazar. Él me enseñó mucho. A veces me hablaba y me decía vení sacame de aquí y nos íbamos a El Búho a platicar. Él me enseñó a gozar la vida. Yo sentía que me quería como a un hijo. Me decía: “yo no quiero que llegues tú a mi edad, yo era soltero, y cuando tengas tu hijo y te presente a su novia tú le tengas envidia a tu hijo por no haber gozado. Tenés que gozar lo suficiente como para decirle a tu hijo qué maravilla de mujer con la que te vas a casar”, y así fue. Hace poco se casó y le dije qué bueno.

Toño Salazar, ¿quién más?
Salarrué, la parte esotérica y el desapego, impresionante. Una vez que estaba escasísimo de dinero nos dice a Salvador Choussy, que era director de la galería del Parque Cuscatlán, y a mí, que necesitaba dinero y quería vender obra vieja, que le hiciéramos una exhibición, y se la hicimos. Llegó con pedacitos de libreta que vendía a cinco colones, péguenlos con tirro nos decía. Eso es un aprendizaje. Fuera de todo estoy en problemas, necesito que mis hijas coman y yo trabajar. Hablábamos con Hugo Lindo y con él. Hugo Lindo es otro personaje, que me introdujo en la meditación, teníamos un grupo y él era el guía. Yo siento que más que la amistad uno hereda la memoria de las personas, y al heredar memoria, porque ellos confiesan que han vivido, uno aprehende de la realidad.

Cuando hablo con gente como usted, con todos los que han desfiilado por esta sección, me queda la impresión de que somos un país sin memoria pero con habitantes que tienen muchas memorias. ¿Por qué nos resistimos a rescatar nuestra memoria?
Por la ignorancia de quienes tienen el poder de rescatarla.

Pero usted me ha hablado de gente con mucho poder que también tiene la voluntad de hacerlo.
Yo le hablo de burócratas. En tiempos de Duarte Eduardo Le Chevallier tenía un pleito con un señor que era oriundo de Nicaragua y lo mandan a televisión educativa. Con tal de quedar bien con el presidente Duarte, las cintas grabadas en las que estaba Claudia Lars, Pedro Geoffroy, etcétera, las borró para grabar propaganda política. Las películas que había donado Alejandro Cotto las tira porque las tapaderas eran carísimas y las venden. Borraron la memoria.

 

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