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Plática con Rafael Rodríguez Heredia, escritor mexicano “¡Si matan al marero que lo maten! Me importa madres” A simple vista, Rafael Heredia, parece un visitante más, de
los que suelen llegar al MARTE. Camisa anaranjada con rayas blancas y
bigote a lo “Pancho Villa” delatan su origen mexicano. Acompañándolo
viene Beatriz, representante de Alfaguara y encargada de la agenda que
este escritor mexicano tiene planeado desarrollar en nuestro país,
para presentar su último libro: La Mara.
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Acaba de Lanzar un libro que está muy relacionado con
El Salvador…
Yo creo que está muy relacionado con Centroamérica. Porque
sí hablamos de mara salvadoreña, dejaríamos de lado
a las otras, a la guatemalteca, a la mexicana, a la hondureña…,
de tal manera que es una parte un poco proporcional. Lo que sucede es
que esta mara que está planteada en este libro, no es la mara salvadoreña.
Es la mara de la frontera, que ni siquiera podríamos pensar que
es la mara guatemalteca, en el sentido estricto. Es como una mara diferente…
Pero, en su libro, se refiere, explícitamente, a la mara
Salvatrucha...
Si, si. Pero, la mara Salvatrucha no es una… ¿a poco la medusa
nada más tiene una serpiente en la cabeza? Son muchas, y todas
son iguales, pero diferentes.
La mara, a la que yo me refiero en la novela, es a la mara “Salvatrucha
13”, aunque estoy consciente que hay una “18”, lo que
pasa es que si me ponía a escribir de “13” y “18”,
el libro se convertía en un tratado sociológico, donde había
que explicar que era la “13” y que era la “18”,
y en este caso, los lectores de este libro son seres que están
penetrando al libro de una manera integral, no están entrándole
como antropólogos, ni como sociólogos. Ellos están
penetrando como parte de la novela, como testigos, como observadores y
ellos no se preguntan cosas que, supuestamente, sabe.
El chiste de la novela, por lo menos desde mi concepto novelístico,
es que ésta se escriba por los propios personajes, que sean ellos
quienes nos platiquen, y que el autor sea una especie de Celestina que
pone al hombre y a la mujer en un cuarto y luego les dice a cada uno las
maravillas del otro, y pone la música adecuada, y ahora sí:
“¡Personaje y lector, júntense! Yo ya me voy, ya les
puse el terreno propicio”. Eso es ser una Celestina, no el que va
y se mete entre los dos y quiere ser amador de uno y amante del otro,
y en lo que se convierte es en un escritor, que es tan soberbio y orgulloso
que quiere dejar su huella en cada una de las letras, en lugar de que
ocurra lo contrario.
El problema, con la mayoría de los escritores, es que quieren ser
superiores al libro y no se han dado cuenta de que el más difícil,
pero al mismo tiempo el más efectivo de los caminos, es que el
autor no se vea, y que, en cambio, se vea la obra…
¿A usted nunca lo empañó esa ambición
en la mara?
Eso es otro problema. Yo estoy hablando de la construcción de un
texto. Ahora, sí hablamos de la mara, por supuesto que me afectó.
Tanto me afectó que escribí el libro. Pero lo escribí
desde el punto de vista de la objetividad, de alguien que no quiere ser
más que la mara, ni quiere ser más protagonista que los
personajes.
Yo soy un vasallo, soy un sacerdote de un gran Tótem religioso,
que es la novela. Yo estoy chiquito, a comparación con la novela.
La novela es mejor, su letra es mejor. El escritor es un imbécil
que lo único que hace es escribir. La novela funciona, tiene una
estructura, una forma tan diferente que, al acabar, es absolutamente independiente
del escritor. Vive por sí misma.
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¿Cómo hizo para no romper la línea entre
la literatura y la antropología o la sociología, al escribir
un libro sobre las maras?
Es que los sociólogos, los antropólogos y los historiadores
tienen una mirada perdida (…). Se tratan de justificar sus propios
razonamientos. Pero, preguntemos, ¿la historia de Francia se lee
mejor por Balzac o por los historiadores? (En ese momento Rafael nos mira,
indagando nuestros pensamientos, y nos acusa con sus ojos, de manera que
no nos da tiempo de responder a su pregunta…) ¡No estoy tratando
de compararme con Balzac! Ya vi esos ojillos con cara de “este viejo
loco…”, o de “este pinche bigotón ya está…”,
no, no, no. Estoy estableciendo una relación nada más…
(Todos rompemos en risas, nosotros por cándidos y él por premeditador y, luego, simplemente, nos hacemos los del ojo pacho).
Yo leo mejor la historia de Francia por Balzac y la conozco mejor
leyendo la parte de Luis XIV y de Enrique IV, leyendo a Michel de Cebac,
que leyendo la historia misma. ¿Por qué no puedo contar
la historia desde un tinte novelístico, sin tener que enfrentarme
al problema de los sociólogos y los historiadores?
Los sicólogos y los historiadores son como las gitanas. (Ahora,
más despiertos, abrimos bien los oídos para entender su
nueva metáfora y no pecar de inocentes cuando nos ilustre con mímica)
Son egocéntricos, quieren contar la historia a su modo. Las gitanas
bailan de perfil, para dar un paso gitano, luego, se ven las nalgas y
se aplauden: “¡Puta, qué buenas nalgas tengo!”,
dicen. (Y pasó lo que tenía que pasar, la ocurrencia nos
hizo estallar en risas.)
¿Y cómo comienza a surgir la idea de una novela
sobre las maras?
Con el propio tema, Christian…
Claro, pero hay muchos temas…
Pero este es un buen tema.
Pero, en ¿qué momento se despierta…?
Porque lo escuché. En el año 2001, mi hija se me acerca
y me pregunta: “Oye, papá, ¿qué es la mara
salvatrucha?” Y un padre no puede nunca confesar a su hija: “¡Soy
pendejo!”.
(Un buen punto, pensamos, mientras avalamos la idea entre risitas).
Entonces, yo le dije, “mira, tengo una muy poca información,
variada, pero difusa. Tu que sabes meterte al internet…”.
Porque yo no sé meterme al internet, y espero no saberlo nunca.
Meterse al internet es gastarse la enseñanza. Todos estos cabrones
estudiantes de hoy, se meten al internet y no saben nada, pero conocen
cómo localizar el tema y luego se lo presentan al profesor. Y ni
lo leyó, cabrón, si nomás lo apuntó. El internet
para lo único que ha servido es para hacer más huevones
a los huevones, y más pendejos a los pendejos. Porque fueron más
huevones y no leyeron…
Entonces, mi hija y yo nos metimos al internet, y cuando veo el primer
cabrón, lleno de tatuajes, pensé entonces: “esto está
en la frontera” y, en mi intento por saber más, hablé
a unos amigos míos de la frontera y les dije “tu sabes algo
sobre…”, “claro”, me dijo, “aquí
en la frontera todos sabemos, sí el único que no sabe eres
tú”. Entonces, al tercer día tomé un avión
y salí para allá, para hablar con mis amigos, que me empezaron
a hablar sobre el territorio y el panorama, y aquí está
una novela.
¿Fue impactante para usted?
¡Claro! Si ayer que me presentó Mario López, que trabaja
en la cárcel, con las maras, yo me quedé quieto... Supuestamente
yo había escrito sobre las maras y el hombre me estaba platicando
cosas que yo ni sabía. Pero desde luego que se trata de otra mara.
La mara salvadoreña no tiene que ver con esa mara silvestre, terrible
de la selva guatemalteca y de la mexicana. Es un demonio con cabezas,
un pinche demonio a secas, que tira mordidas al que se pare cerca.
Aquí no están pensando. Aquí un buen día se
les mete a estos cabrones invadir la ciudad y a ver quién los para.
¿Esta experiencia, que lo puso de frente con las maras,
cómo fue?
Mira, les dije una vez, ante esa pregunta, a los españoles, “les
voy a escribir una pinche novela que describa cómo escribí
la novela”... Me persignaba como los toreros y salía del
hotel con la virgen de la Macarena, que es la más torera de todas
las vírgenes, e iba a meterme allí. Me quitaba el reloj,
los anillos y me ponía un pantalón de mezclilla, un sombrero
de petate y allí andaba caminando y me metía a Tecun Uman
y cruzaba la frontera sin papeles y regresaba a meterme en las tabernas,
en una de esas me hice amigo de una puta, que en la novela se llama “Sabina”.
Lo único que no hice fue preguntar, eso no lo hice. Yo era un borrachín
más, un tipo más, metido en ese submundo, comiéndome
la vida…
¿Todos los personajes que salen en la novela, tienen base
en la vida real o es una mezcla de lo que usted captó?
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¡Christian!, la pinche vida no es en blanco y negro. No me hagas
esa pregunta. ¿Cuáles de los personajes de Balzac son reales?...
Son y no son… Existen y no existen… ¿Cuál de
los personajes de Rulfo hablan como el que está hablando? Nadie.
Ponle una pinche grabadora a un indígena de la región de
Nayari o de la región de Colima. A ver, háblale, a ver si
es igual. ¡No! ¡Sí, lo inventé! La verbalización
está inventada, la literatura es invención…, pero
que sea tan invención que tú lo leas y lo creas.
Por eso mi maestro, José Donoso, tiene una frase: “el creador
tiene que hacer y deshacer las cosas para convertir la otra verdad en
el engaño”. Nada existe hasta que no está escrito.
Y cuando ya está escrito ya es otro engaño y lo creo. ¿Por
qué voy al cine y me siento a tragar palomitas y, si tenemos tiempo,
podemos ver la película, y está el gladiador, luchando con
un tigre y hasta nos pellizcamos los testículos por cerrar las
piernas de la emoción, si todo es mentira? Y estoy sufriendo por
mentiras.
Y cuando salimos de la sala del cine, le digo a mi acompañante:
“oye, cómo nos hizo sufrir este cabrón”. Sí,
pero se trata de la convención de la mentira que se convierte en
real. Pues, eso es lo que yo trato de hacer con la literatura, nada más
que ese cabrón que hace el cine tiene millones de dólares
y cientos de empleados, maquetas donde simula el circo romano, y todo
es pura trampa. Pero ahí está la magia de la mentira. Todo
eso lo tiene que hace, el pinche escritor con la pura palabra, para que
cada uno se meta en la historia, para que todo sea sentido con la única
decoración de la palabra.
¿Cómo no voy a ser mentiroso? Sino no fuera mentiroso, no
estaría aquí, viéndoles la cara de gusto que tienen
los dos…
¿Se hizo a migo de algún marero?
¡No! Yo no tuve que hacerle de amigo de un marero. ¿Entonces
voy a escribir como amigo de mareros? No, no, no… Yo no necesito
ser amigo de un marero. Hablé con un marero, desde luego. Yo no
soy escritor de amigos. “¡Ay, la biografía de mi amigo
el marero!”. ¡Chinga a su madre a mi amigo el marero!, ¡Si
lo matan, que lo maten! Me importa madres. A mi lo que me importa es que
me de resultados para efectos de un trabajo literario. ¿Qué
le puedo arrancar al marero? Nada. Pero si veo al marero, veo su forma,
veo sus manos, veo su entorno, y luego salgo a la calle y estudio lo que
vive, lo que trabaja, pues lo puedo describir…
¿Y en sus obras anteriores no ha tenido un acercamiento
personal?
Algunas si, otras no. Por más que quise acercarme a Marilyn Monroe
no pude, llevaba ya 35 años de muerta. Ni los pinches gusanos me
hubieran contestado.
¿De dónde viene esa fascinación por Marilyn?
Porque de una pinche revista española me hablan y me dicen: “oiga,
quiero un reportaje de Marilyn Monroe, que va a cumplir quién sabe
cuántos años de muerta. ¿Y qué tengo qué
hacer? Pues, escribir veinte cuartillas, y conseguir datos de su vida:
con cuántos se metió, con cuántos folló. Venga”.
Y empecé a ver, en un libro que hablaba de su biografía,
que la pinche CIA, comienza a preguntarse por qué Marilyn viaja
hacia México, y luego yo me pregunté “por qué
la pinche CIA pregunta”, y comienzo a investigar y descubro el maravilloso
complot, que dio lugar a la novela. Así se hacen las cosas.
¿Está muy vinculado al cine?
Yo veo las novelas como cine. Yo te la voy a contar. Como alguien dijo,
“puedes decir: hace frío, pero no cualquiera puede hacer
sentirlo. Esa es la diferencia del buen escritor, y de los pinches escritores
pesados que lees lo que escriben, y parece supositorios de plomo lo que
están escribiendo. (Embelesado con esta metáfora, Rafael,
hurga en lo más profundo de su ser, y nos embate con su forma de
ver el mundo. Mientras tanto, nosotros hace rato que estamos callados,
oyendo con atención y tratando de no perdernos en sus críticas
reflexiones).
Cualquier pendejo puede hacer frasecitas interesantes, pero, a ver cuéntame
lo que pasa aquí… (Nuevamente, pecamos de inocentes, y tardamos
en la reacción ante el reto. Al final, solo atinamos a reírnos
de nuestra propia impotencia). Está cabrón, ¿verdad?
En cambio sí puedo decir: “los cuchillos brillan sobre la
tarde plateada. Y hoy, en los cielos azules de El Salvador, dos manos
se extienden caminando por las paredes, la niña toma la fotos desde
el punto de vista del arquetipo”, hazte cuenta. Usa todas las mamadas
que quieras, pero cuéntame qué es lo que pasa. ¿Está
difícil? Sí, eso es contar, lo demás son pendejadas.
¿Cómo se metió en este oficio y dejó
las mamadas de lado?
¡Hace cuarenta años! Ya no me acuerdo, ni me quiero acordar.
Mira, para qué me espanto dos veces.
Una vez iba a torear con un señor llamado Capetillo. Él
era un hombre mayor, la verdad que todos los hombres son mayores, más
grandes que yo. Yo soy un hombre bajo. No puedo ser guardaespaldas, debo
ser guardanalgas.
Entonces, estaba con este señor, que era un torero profesional,
yo era un joven que quería ser torero. Y me le acerqué y
le dije: “oiga, maestro, qué gusto torear con ust…
¡Grrrr!”, me gruñó el cabrón. Y yo intentando
cómo carajos llegarle al torero. Le volví a insistir: “oiga,
maestro” y usted cómo ve la tarde para torear… ¡Grrrr!”,
me volvió a gruñir y yo pensando cómo hacerle. Y
en ese le digo: “Por qué no nos acercamos a los corrales,
para ver a los toros, a los novillos, y usted pueda darnos algunos consejos”,
y en eso se volteó y ya me habló y me dijo: “¡Pendejo!”
Pendejo es imbécil llevado al extremo. Me dijo, “¡Pendejo!,
para qué nos espantamos dos veces: una vez a la hora que los ves
y otra, en el ruedo, a la hora en que estás en el rodeo”.
“¡Hey!, ¡qué sabio es este hijo de la chingada!”,
me dije, “¿Pa´qué me espanto dos veces en la
vida? Lo hago y san-se-acabó”, pensé.
¿Pero cómo se metió a la literatura?
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¿Por qué el escritor descubre que es escritor? Por mil
razones o por una. Esto es lo que yo quiero, y no cualquiera, en el mundo,
hace lo que él quiera o vive como quiere.
Es que, el escritor, un día descubre que es un escritor. A lo mejor
no lo descubre nunca. O a lo mejor cree que lo es y no lo es. Y el que
se empata y dice: “soy y creo que lo soy”, independientemente
que lo seas o no, pero si estás convencido de que lo eres, seguro
que ahí vas…
(En este punto de la conversación, los camareros, que no estaban rondando desde hacía unos diez minutos, al fin nos han cercado. Rafael aprovecha para pedir una sopa de cebolla y una ensalada para “despuesito”. Nosotros decidimos acompañarle con las respectivas tortas-sándwiches del MARTE… Andrés, el camarero en turno, regresa luego de unos minutos con nuestras bebidas y parte de las órdenes culinarias. Mientras, tratamos de retomar el rumbo de la plática.)
Me pregunto… Cómo escritor, ¿se ha llevado
ese tipo de sustos de los que nos hablaba?
Ah, cómo no. En esta novela me llevé muchos sustos, pero
no sustos físicos, esos se pasan. El susto vino cuando me di cuenta
del tema, del fenómeno social que implican las maras y el fenómeno
que se da en la frontera guatemalteca-mexicana. En donde están
reuniéndose personas no solo de estos países, sino de Honduras,
Nicaragua, El Salvador, Bolivia, Ecuador, etc., todos los que quieren
llegar a Estados Unidos.
Ese terror que me dio encontrarme con ese mundo y. para colmo, policías
corruptos, espantosos, brutales policías mexicanos hijos de puta
que oprimen y joden a los centroamericanos, y encontrarme con ellos, disfrazados
de bondadosos funcionarios, que están reflejados en la novela.
Ver la violencia, la prostitución y todo ese entorno. Imagínate
todo el miedo que da para decir: “no tengo la capacidad para escribirlo”.
Poniéndolo en términos taurinos, lo peor que le puede pasar
a un torero es que demuestre el toro que es mal torero, que demuestre
el tema que es mal escritor. Es el peor terror. Porque ese no lo intuyes.
Está ahí pero no se sabe, aunque te pegue una puñalada
por la espalda. Si yo no tengo la capacidad de afrontarlo, tengo que decirme
a mí mismo que no soy escritor.
¿Con “La Mara”, ese ha sido su peor miedo?
Claro. Esta era una novela polifónica. En donde la están
contando quince personajes que tengo que ir anudando, de tal manera que
hay un momento en que el recuerdo de uno de ellos me lleva a otro y otro
sucesivamente, hasta que regreso a la realidad del primer personaje...
Manejo, además, personajes que no son personajes, pero que, a la
vez, lo son, como es el entorno y el lenguaje en que se desarrolla.
Se necesita saber construir un pinche novela. No solo usar las palabras,
sino saber construirla desde el punto de vista arquitectónico,
para que la novela funcione como tal. Y ese es miedo. En todos siempre
hay miedos, pero el miedo es relativo. Lo que pasa es que el tamaño
de la operatividad y el tamaño del tema mismo, me hacía
que tomara una espada y que estuviera dispuesto a pelearme. Porque el
tema no era algo que yo estuviera manejando. Era un tema que yo me iba
construyendo, y me le estaba trepando, con la posibilidad de que este
me quedara grande y que me dijeran: “¡Ah, mira, qué
buen tema, pero qué pendejo eres para escribir!”.
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Nadie se lo ha dicho…
No, al contrario. Creo que le gané al tema. Porque no puede el
escritor, soberbio y cabrón, enfrentar a un tema solo. No. Aquí
el que se enfrentó al tema fue el lenguaje. Sería un acto
de humildad de autor ausentarse de su obra, para que, en su lugar, se
encontrara el lenguaje. Que era el apropiado.
Usted está muy cerca, en su novelística, de temas
que tienen que ver con los marginados…
Eso dicen mis biógrafos. No me interesa lo que piensen y si lo
piensan, me vela verga. Me gustan los temas marginales y los escribo.
Y yo no soy marginal. Vivo en una casa de puta madre y tengo un coche
muy bonito, pero me interesa el mundo marginal, será porque eso
lo comprendo, y a los ricos no los entiendo. Prefiero una cantina en lugar
de pasar una noche en una fiesta donde se sirve champagne.
¿Su vida nocturna es así de liberal?
No tengo vida nocturna. Lo que pasa es que necesito escribir muchas obras.
La Mara es la primera novela de una trilogía de libros que van
a salir sobre México, el México marginal. Ya tengo escrito
el segundo. Lo escribí en seis meses.
¿Por qué esa urgencia de escribir?
Porque ya me voy a morir…
¿Cómo lo sabe?
Pues, ¿tú no te vas a morir?
Claro. Pero espero que no sea mañana…
Yo también, pero te aseguro que, por lógica, tengo menos
tiempo que tú. Ya no puedo perder el tiempo. Entonces, los tragos
hay que tomárselos, las mujeres hay que bebérselas. Pero
hay que alterar la vida. Antes eran mujeres, tragos y literatura. Ahora
es: literatura, mujeres y tragos.
Yo prefiero escribir como si me regalaras un mes de vida. Porque me queda
muy poco y porque me queda mucho que decir y porque no creo en ninguna
otra cosa que no sea la literatura. Y para no tener problemas, ni siquiera
quiero ser rico, porque así no ando pensando cómo administrar
mi dinero. Simplemente se lo doy a mi mujer, que es española y
cabrona y trae un clavel en la boca y un pinche puñal en la mano.
Así solo me preocupo por escribir.
Usted ha mencionado a Roque Dalton en otras entrevistas, ¿es
tan conocido este escritor salvadoreño en México?
En México se le conoce poco, pero pasa lo mismo en El Salvador.
No lo conocen, menos conocen sus poemas, menos conocen su trabajo político,
menos conocen su talento, generosidad… No lo conocen.
Entonces, yo le recomendaría a los salvadoreños que se dediquen,
no a levantarle una estatua, sino que se le haga el verdadero homenaje
que todo autor, en realidad, quiere: que le publiquen su obra. Un escritor
no escribe para que le levanten estatuas, lo hace, consciente o inconscientemente,
para trascender. El mejor homenaje que se le puede hacer al maestro es
publicar ediciones masivas de sus libros, hasta que trascienda y se convierta
en el gran poeta de Latinoamérica y no en el de Centroamérica.
¿Cree que a ese nivel está Dalton? (En ese instante,
la cuchara resbala de la mano de Rafael, la pregunta lo agarró
en curva, pero luego de pocos segundos de reflexión desenvaino
y habló).
Hombre, carajo, me haces un pregunta difícil, porque te podría
decir que al maestro Dalton lo leo con cariño, y cuando uno lee
con cariño a alguien, no es muy sencillo hacer valoraciones. A
mí me parece bien.
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Pero, poner a Dalton a la altura de Pablo Neruda o de Benedetti,
suena difícil…
No, de Benedetti sí. Él es un efecto más mediático
que real. Y no hablo mal de un amigo. Nos conocemos y hasta hemos dado
clases juntos, pero él no es el “gran” poeta. Es un
buen poeta, pero no es Huidobro, ni Neruda. Roque, en cambio, es un poeta
que debería tener mayor trascendencia de la que ya tiene. Yo creo
que podría formar parte del panteón de poetas latinoamericanos,
sin ser el mejor o el más grande.
Cuando usted se refiere a que hay gente que ocupa el nombre de
Dalton para hacerse de fama, ¿a quién se refiere? (De nuevo,
Rafael, presiente la llegada del compromiso al hablar y en su cara se
dibuja una sonrisa de complicidad, sin embargo se niega a dar nombres).
Mira, yo creo que hay muchos individuos que se precian de ser amigos de
fulano o mengano para subir sus propios votos, y se deshacen en halagos.
Porque la lógica es: “dime con quién andas y te diré
quién eres”. Y si soy amigo de de fulano y mengano, voy a
crear una imagen de mí mismo. Pero la verdad es que se trata de
un pobre mediocre que se trata de agarrar de los cojones de otro mediocre.
No te puedo decir nombres, pero existe ese fenómeno.
(Y, de pronto, la grabadora se tuvo que hacer la sorda. El almuerzo
estaba a medio digerir, pero el escritor debía atender otros asuntos
pendientes. Un cierre abrupto para una charla frenética. Como debe
ser. Tal vez se marchaba para enfrentar más preguntas indiscretas
como las nuestras. Tal vez iba a encontrarse con algún amigo de
Dalton…)
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