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Descubren red de espionaje contra el presidente de Guatemala

Un tribunal guatemalteco ordenó el sábado pasado la detención del antiguo jefe de la seguridad presidencial Carlos Quintanilla, acusado de participar en actos de espionaje contra el presidente, Álvaro Colom. El tribunal también ha solicitado el arresto de Gustavo Solano, antiguo titular de la Secretaría de Asuntos Estratégicos.

Edgar Gutiérrez
ElPeriódico de Guatemala

cartas@elfaro.net
Publicada el 09 de septiembre de 2008 - El Faro

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La noche del viernes 29 de agosto,  autoridades guatemaltecas descubrieron una red de micrófonos y cámaras repartidas en el despacho del presidente Álvaro Colom, en las habitaciones de la presidencia y en la sala de reuniones del Gobierno. La semana pasada salió a la luz el escándalo de espionaje que terminó con la huida dos importantes funcionarios. 

El jueves 3, alrededor de las 16:00 horas, ocurrió un hecho inédito. Elementos de la Guardia Presidencial, bajo el mando de un mayor del Ejército, tomaron control de la Casa Presidencial.

O sea, el tercer círculo de seguridad del gobernante capturó al primero y segundo círculos de seguridad a cargo de la SAAS. Cuando CarlosQuintanilla,  ex jefe de la Secretaría de Asuntos Administrativos y de Seguridad (SAAS), subió a la planta alta del caserón buscando a su jefe, cayó en cuenta que el blanco del despliegue militar era él.

El Periódico enumera tres puntos importantes sobre el hecho
1. La crisis seguridad que padece la Nación no dejó indemne al más alto funcionario, el más protegido del Estado.

2. La crisis de seguridad de los cuerpos civiles –destacadamente la Policía arrastró al cuerpo civil de elite más cuidadosamente organizado desde la firma de los Acuerdos de Paz, encargado de preservar la integridad del Presidente y su familia. En consecuencia, a ojos de la ciudadanía lo único que queda en pie (con lealtad y disciplina) es el aparato militar y sus cuerpos especializados.

3. La salida de Quintanilla cierra el círculo del reacomodo de poder en el Gobierno (lo cual acarreará más cambios en el campo de la seguridad) y, a la vez, exhibe la ruina de las instituciones ideadas para civilizar la lógica de la seguridad presidencial, poniendo otra vez en agenda, como hace ocho años, el rescate (o la disolución o militarización) de la SAAS y de la SAE (o SIE).

La seguridad presidencial exhibió extrema vulnerabilidad. Aparatos de escuchas fueron localizados en los despachos del Presidente y la Primera Dama, y era obvio que el hallazgo no era de la SAAS. No se trataba de un ataque físico contra las principales autoridades, pero se declaró una “alerta roja” quizá previendo un acto de insubordinación de Quintanilla, si acaso el jefe de la SAAS se enteraba que una hora más tarde el Presidente iba a denunciar el espionaje y con ello, automáticamente, su separación del cargo.

Durante el periodo democrático algunos presidentes civiles enfrentaron resistencias abiertas a sus decisiones por parte de militares de alto rango. Un mandatario llegó al podio de un cuartel y le aclaró a la tropa: “en efecto, la destitución del Jefe de Estado Mayor es una decisión política que he asumido”. Otro gobernante tuvo que levantarse de su silla para encarar al Ministro de la Defensa a quien había relevado para ordenarle: “usted acata mi orden, se va a su casa”.

Pero nunca, hasta ahora, para asegurar la integridad de un presidente que pondría al descubierto la falla o complicidad de su subalterno civil, se había apelado a un desplazamiento de tropas. Cuando en 1982 una fracción del Ejército conspiró contra el todopoderoso ministro de Gobernación, Donaldo Álvarez, se precipitó un golpe de Estado. Por eso, el jueves en la tarde, al notar que la Guardia Presidencial rodeaba la casa de gobierno inmediatamente se activó la cadena de llamadas telefónicas: ¡golpe!

“El todopoderoso”

El 14 de enero pasado asumió Carlos Quintanilla como secretario de Seguridad Presidencial, concentrando una cuota de poder difícil de comparar. En 2004, Otto Pérez, entonces comisionado de Seguridad del presidente Óscar Berger, aspiraba a un control semejante pero nunca lo logró. En el caso de Quintanilla no hubo nombramiento clave en el campo de la seguridad que no pasara por sus manos. Es más, trató de convencer al Presidente que los puertos y aeropuertos eran parte de ese campo sensible y no podían escapar de su control.

El suyo no era un ejercicio discreto del poder. A las pocas semanas opinaba ante la prensa sobre temas amplios de la seguridad pública, cual ministro de hecho. Pero conforme transcurrían los días, el Presidente mostraba menos apego a su hombre de confianza. En cambio, despachaba muy temprano todos los días, hasta los fines de semana, con su ministro de Gobernación, Vinicio Gómez.

Cuando Gómez murió trágicamente el 27 de junio, Quintanilla comenzó a preparar a sus candidatos de relevo. Él seguía considerándose el hombre fuerte del régimen y no lo ocultaba. La primera guardia en el Palacio en los funerales de un ministro de Estado corresponde a las cuatro autoridades de más alta jerarquía: junto al Presidente, el Vicepresidente y el ministro de Defensa, ahí estaba el Secretario de Seguridad Presidencial.

El Presidente respondió con otro gesto simbólico: el nuevo ministro de Gobernación, Francisco Jiménez, era ajeno al círculo de influencia de Quintanilla. El 2 de junio, Jose Rubén Zamora había publicado un extenso artículo, El lado oscuro y los ángeles de Charlie, documentando una extensa red que asimiló a “un campo minado criminal” donde Quintanilla aparecía como pieza central de un personaje más sofisticado, el general Ortega. El artículo tuvo un fuerte impacto en las esferas políticas.

Julio tampoco fue un buen mes para Quintanilla: cerró el día 29 con la destitución, entre otros mandos militares cercanos suyos, del jefe de la Guardia Presidencial, Alberto González. El Presidente había llamado al Ministro de la Defensa y tras oír su queja de que él trabajaba con un equipo que no había seleccionado, le dejó mano libre para operar cambios, que llegaron con un mes de retraso respecto de la fecha oficial (30 de junio).

Quintanilla seguía acompañando al mandatario, pero los recientes nombramientos en seguridad indicaban que ya no tenía una segunda oportunidad para recomendar funcionarios. En todo caso, era desconfianza sobre su capacidad para dominar correctamente todo el escenario de la seguridad, no sobre su lealtad. Para el Presidente sólo se trataba de borrar la percepción de “un Carlos todopoderoso”, pues la crítica “nos hizo reflexionar a todos, incluyendo al mismo Carlos” (Prensa Libre, 1 agosto).

Como fuese, al percibir el giro del Presidente, algunos de los asesores informales del Secretario, como el general Ortega, comenzaron a ofrecer sus mejores consejos en los despachos de quienes iban ganando la partida.

De crisis de capacidad a crisis de confianza

La salida de Quintanilla siguió siendo una apuesta segura. Lo que no estaba escrito era cuándo ocurriría y, menos, la forma. A principios de agosto circularon versiones de prensa indicando que el Presidente había vuelto a llamar al pequeño grupo de seguridad operativa que estuvo con él desde su primera campaña electoral en 1999, cuando corrió por el entonces partido de la ex guerrilla, la ANN, y aún Quintanilla no aparecía en escena, ni como financista ni como protector y amigo.

Durante el último mes, el Presidente se refirió en repetidas ocasiones al tema de la seguridad en la Casa Presidencial. “Estoy evaluando seriamente el esquema de la seguridad presidencial… se puede simplificar”, expresó hace dos semanas. Según Prensa Libre (23 agosto), la reestructuración “contemplaría disolver la Guardia Presidencial”.

Pero a la vez que el gobernante dijo sentirse incómodo, pues “a veces veo demasiada gente cuidándome”, se veía vulnerable. El 29 de julio en rueda de prensa manifestó su convicción de que era blanco de espionaje telefónico. “Creo que soy el primer Presidente que no escucha, sino que lo intervienen telefónicamente.” Confesó haber tendido señuelos: asuntos que sólo “Carlos y yo hablábamos… una semana después salían publicadas en los medios” (Prensa Libre, 17 agosto).

Esas sospechas de espionaje se habrían confirmado con el hallazgo publicitado el jueves por el propio mandatario abrigado de su gabinete. Mientras el Presidente explicaba que “hemos encontrado” micrófonos y cámaras ocultas en sus oficinas, oficial y privada, en el despacho de su esposa, en la sala de sesiones del Gobierno y en su residencia, su vocero mostraba algunos de esos aparatos. El mandatario estaba visiblemente alterado.

Habló de un traidor en el equipo y de grupos privados que le espiaban, prometiendo dar con los responsables. No inculpó a Quintanilla, pero el fiscal encargado de investigar el caso señaló que este era el principal sospechoso y de hecho el sábado 6 se giraron órdenes de captura contra él y el ex secretario de la SAE, Gustavo Solano, y las fuerzas policiales efectuaron varios allanamientos.

El viernes, el Presidente había vuelto a hablar del tema. Seguía exculpando a Quintanilla, pero esta vez señaló a las mafias infiltradas en el aparato de Gobierno como las responsables y aseguró que con los cambios que realizó en junio en Gobernación y en julio en Defensa, estas habían perdido influencia y probablemente reaccionarían contra él.

Pero si esos cambios en la seguridad habían servido para desterrar la imagen de un Quintanilla “todopoderoso” y a la vez disminuir la influencia directa de las mafias en el Gobierno, lo que el Presidente estaba diciendo era que la crisis de capacidades se había tornado en crisis de confianza hacia su principal colaborador (al momento de redactar esta nota, declarado prófugo).

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