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INTERNACIONALES Las nuevas canciones
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Los 28 años del triunfo de la revolución sandinista pudieron haber pasado como un aniversario más. Pero ahora, este sábado 19 de julio, es especial, pues luego de 10 años de ausencia en el poder, Daniel Ortega gobierna de nuevo y con los autores de la revolución cada vez más distanciados de él. Ahora, la celebración lo encuentra con los mismos problemas sociales de siempre, con más detractores y con una mujer que, según dicen todos en Nicaragua, manda más que él.
Daniel Ortega lo dijo bien claro hace unos días: “Las canciones de los Mejía Godoy son del pueblo, no de ellos”. Y los Mejía Godoy, Carlos y Luis Enrique –compositores de la mayoría de canciones pro sandinistas- le respondieron que si escuchaban una sola canción de ellos en la plaza, lo iban a demandar. Ante la amenaza, Ortega hizo como que no había escuchado nada y este sábado, de todos modos, las canciones –del pueblo- se escuchan en la plaza.
En su desafío a dos de los iconos más representativos de la revolución, Daniel no está solo. Rosario Murillo -la Chayo, como se conoce a la esposa del presidente- desde días atrás invitó a las nicaragüenses a la gran fiesta del 19 de julio. “¡Que haya fiesta!”, dijo. Y así fue, hubo fiesta.
El sábado, en las colonias cercanas a la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), por ejemplo, es un barullo de gente. Sólo que la fiesta es amenizada por otro tipo de música, no la revolucionaria, pues la que se baila es otra. Los jóvenes, al ritmo de Daddy Yankee y El General, viven el baile. Los jóvenes.
En las vísperas del 19 de julio, en la mayoría de fiestas en honor al aniversario de la revolución, son los jóvenes quienes abarrotan los parques y bares. Son muy pocos los señores veteranos de la guerra que se asoman. Los jóvenes son los amos y señores de la celebración. Las edades de estos fiesteros están entre los 15 y los 25 años. La revolución cumple 28 años de vida y los muchachos que bailan no la vivieron, pero como es una tradición, “y en Nicaragua las tradiciones se celebran así, con ron y baile”, comenta Briseyda Solórzano -una joven graduada de historia de la UNAN-, pues hay que darle vida a la fiesta.
Y no obstante que hay muchos celebrando, otros parecen no recordar la fecha o prefieren ignorarla en este país tan polarizado, aunque no tanto como El Salvador. En Galerías Santo Domingo –uno de los centros comerciales más grandes y caros de la capital- la gente come, ríe y pasea como cualquiera otro día. Nada saben o nada les importa la bendita revolución. En cambio, afuera, en la colonia Centroamérica, cerca del centro comercial, otro grupo de gente mira a cinco niñas, que en pos de la revolución, muven sus caderas con la canción “Gimme More” de la rubia Spears. Otra vez, los jóvenes gritan consignas y toman ron. En ese barrio popular y en sus calles colindantes las banderas rojinegras y los cohetes se alzan al cielo.
“En Antología –un bar bohemio- también hay fiesta”, menciona Mario Solano, mi acompañante. Y vamos. El ambiente en Antología es otro. Siempre los jóvenes van a la vanguardia, pero mejor vestidos y con más y mejores tragos. Los bailarines, además, con mejores coreografías: son los güegüenses. Este baile es el más tradicional de Nicaragua y no podía faltar en esta fecha. Los bailarines con máscaras, maracas y vestidos de muchos colores muestran teatro-baile que encarna “la lucha pacífica ante las autoridades extranjeras (española) durante la colonia”, mencionaba Solano, estudiante, además, de historia de la UNAN. Además, menciona Solano, el güegüense tiene la característica de ser rebelde y pícaro. “Son características que suelen identificar a muchos nicaragüenses, incluyendo a los sandinistas”.
Al terminar la función en la víspera del aniversario, se regresa al hospedaje cerca de la UNAN. Las calles de Managua, por la noche, no son muy diferentes a las de San Salvador: desde su parecido físico hasta sus night clubs, casinos y ladrones. Pero este día, además, las calles están pintadas de dos colores: rojo y negro.
11 de la noche, y en la casa vecina, las canciones sandinsitas se oyen a todo volumen. A dos cuadras la “Esquina Fiel”, otro bar bohemio, intercala canciones de reguetón con música revolucionaria. Sigue la fiesta.
Al grito de ¡Viva Sandino! y el sonido de guitarras, me despierto. Son las 6 de la mañana, 19 de julio. En la misma casa vecina -y muchas más- ha amanecido con canciones de Carlos Mejía Godoy. “Ya ves que son del pueblo”, me dice Briseyda Solórzano. Le respondo con una sonrisa, como para evitar cualquier comentario.
A media mañana el destino es Metrocentro. Al poco andar en ese centro comercial, observo en el reflejo de una vitrina, un rostro conocido: en las camisetas de unos jóvenes está el rostro de Mauricio Funes. Sí, son salvadoreños. Sí, han venido al aniversario. Sí, son jóvenes. Me dicen que muchos salvadoreños han llegado a Nicaragua, pero se han camuflajeado con camisas y banderas sandinistas.
Por la tarde, en otra plaza comercial, la Inter, encuentro a otros. A estos les conozco, y mencionan que ellos, además, han venido a un foro, preparado por el FMLN y el FSLN. Después de almorzar, irán a la plaza. En el cuarto piso de la Inter se puede observar la dichosa plaza y parte de Managua vieja: a la vista, dos inmensas banderas, la de Nicaragua y la sandinista, sobresalen junto a dos grandes edificios. Luego, el lago. Abajo, por la calle, se observa la marcha de cientos de simpatizantes de FSLN. Les reconozco porque la mayoría llevan banderas roja y negras. Los que no tienen, las pueden comprar en esta esquina, o en la otra, o en la otra, o en la otra... Si no, las pueden adquirir en los mercados, como en el Oriental o Huembes, en donde venden, también, a mayoreo, camisas, DVDs, Cds y llaveros en conmemoración del 19 de julio, día de la revolución.
Son las 4 de la tarde, y con mis acompañantes nos dirijimos a la plaza, junto a la marcha rojinegra. De las casas semidestruidas por el terremoto del 72 habitadas por mendigos se siguen observando las banderas. Más adelante, frente a la Asamblea Legislativa, está un campo de refugiados, son los afectados del demagón, un veneno que fue rociado en las bananeras del viejo Chinandenga. En las champas tampoco faltan las banderas rojas y negras.
En la plaza de la Fe, lugar de la concentración, son miles de personas. Al consultarles si les habían forzado a venir, responden que no, que han venido como dice la famosa frase del alcalde de San Miguel: de choto. La pregunta se debe a que los detractores de Ortega han dicho por los medios de comunicación que el FSLN les ha dado 5 dólares por venir. Nadie confirma esta leyenda urbana política. Al fondo se escuchan tonadas de Carlos Mejía Godoy. Y con las tonadas de este cantautor, la Chayo da por iniciada la actividad. A la par, Daniel guarda silencio.
Por cada vez que la “presidenta” deja de hablar, los decibeles de los altoparlantes suben para dejar escuchar canciones regue con letras arregladas en honor a Sandino, al 19 de julio y a Daniel Ortega. En consecuencia, las banderas y todas las parejas bailan.
De repente, un viejito se me acerca y pregunta que si por la tarima de prensa se puede acceder al comandante. Y de poder hacerlo, que por favor le haga el favor de entregarle una carta. Al leerla, sobresalen los destinatarios: los nombres de la pareja en el poder. José María Campos, el nombre del anciano, está convencido de que Daniel puede resolver su problema, algo acerca de una expropiación de tierra. Le respondo que no puedo dársela, que no tengo cómo, y le recomiendo que lo espere al final de la actividad. Campos guarda su carta, y confiando en que el presidente le recibiría, se pierde entre el tumulto.
La escena la atestigua Marta Saravia, quien se atreve a hacer un vaticinio: “El comandante se lo va resolver”, me dice. La joven ha estado saltando y gritando y su acompañante, Sheila Vargas, le apoya en la predicción. Ambas han venido de Matagalpa, un municipio al norte de Managua.
Saravia apoya su comentario en que el FSLN puede resolver los problemas de las comunidades, pues en su pueblo este partido construyó una escuela que estaba esperándola desde años atrás.
Pasan dos horas de bla bla de la Chayo -la primera dama- y esta le da el uso de la apalabra a un enviado de Cuba. Sheila ya está aburrida de tanto oír hablar y decide, mejor, ir a bailar al Malecón –los bares cercanos-. En este momento, al micrófono está Fernando Lugo. Pero para la joven nada importa que él salude en quechua, ni que Hugo Chavéz cante una canción de los chilenos Inti Illimani, pues a escasas dos cuadras de ahí, sí hay fiesta y cerveza.
No son pocos los que están en el Malecón, y la mayoría, jóvenes. Bailan canciones de reguetón, merengue, cumbia, punta y una que otra sandinista movida. Todo por la revolución. Luego de algunas canciones, el DJ para la música, pues el comandante entra con su discurso de unos 40 minutos. La respuesta es de silbidos… de desaprobación. Una mujer regordeta de unos 35 años, se atreve a gritar: “¡Que fusilen a ese hijueputa por pendejo! ¡Por culpa de él, Nicaragua está pobre!”
Ortega va agradeciendo uno a uno a los países “socialistas” latinoamericanos. El nombre del país que espero oír no lo menciona. No hay delegados. Quizás por eso, los periodistas de prensa escrita de El Salvador no aparecen en la tarima de prensa. Ortega sigue hablando y me recuerda algo que apenas una semana antes observé en El Salvador, en el estadio Cuscatlán: la gente, por cientos, no espera a que el político en la tarima termine de hablar y comienza a marcharse. El bus los va a dejar, ya es tarde… Al final de la actividad solo unos pocos seguimos en la plaza. Algunos de ellos, salvadoreños también.
Ya en la noche, la Esquina fiel y las casas vecinas siguen la fiesta. En la mañana del domingo despierto con una canción que no me parece rara: “En la placita de la vieja barriada, dicen sale, que sale una brujita…”
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