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El comandante se queda

El presidente venezolano piensa ya en reformar la Constitución para seguir gobernando después de 2013. En los barrios más populares, la gente celebra.

Texto y fotos: Carlos Dada
Enviado especial. Desde Caracas, Venezuela

cartas@elfaro.net
Publicada el 11 de diciembre - El Faro
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En las calles de Caracas se puede encontrar todo tipo de merchandising alrededor del presidente venezolano.

Caracas.- El 5 de diciembre, apenas dos días después de celebrar su reelección declarando su amor eterno al pueblo venezolano, el presidente Hugo Chávez advirtió a la oposición que se preparara para el año 2021 y anunció la creación de una comisión presidencial para proponer nuevos cambios constitucionales.

La victoria del 3 de diciembre, dijo, marcaba el inicio del “socialismo del Siglo XXI”, un “proceso revolucionario” que no pretende ser ni copia del modelo cubano ni de los sistemas capitalistas occidentales. “El capitalismo es la dictadura de la burguesía. El marxismo es la dictadura del proletariado”, dijo. “Nosotros no queremos dictaduras, sino socialismo con democracia”. ¿Cómo es el socialismo del Siglo XXI? Chávez aún no lo ha explicado, y todos sus funcionarios aguardan nerviosos.

El mandatario venezolano lleva 8 años gobernando este país, que, sólo por las ventas de petróleo, recibe más de $200 millones de dólares diarios. Odiado por una oposición que ha trasgredido leyes y convenciones internacionales para derrocarlo, y amado por un nutrido sector popular que se siente por primera vez protagonista de su Venezuela, el teniente coronel Hugo Chávez Frías ha montado un ambicioso proyecto social y una nutrida burocracia, controla todos los poderes del Estado y es, ahora, el líder indiscutible, único, de este extraño proceso de transición al socialismo. “Una revolución cristiana, indígena y bolivariana”, como la llama él mismo.  El socialismo del Siglo XXI, pues, es lo que diga Chávez.

Su primer paso, para el que no esperó ni siquiera a que terminaran las fiestas por su aplastante triunfo del 3 de diciembre, es la creación de una propuesta de cambios constitucionales que amenaza con regulaciones a la educación, restricciones a la libertad de expresión y el derecho a la reelección eterna del jefe del Ejecutivo.

La Constitución venezolana, que él mismo propuso y fue aprobada por un referéndum en el año 2000, no sólo cambió el nombre, el escudo y la bandera del país, sino que extendió el periodo presidencial a seis años, permitiendo una sola reelección. Las elecciones del 3 de diciembre de 2006 fueron, para Hugo Chávez, su reelección para un último periodo. Si Chávez quiere gobernar después de 2013 (y sí quiere), necesita reformar su propia Constitución. Con una Asamblea totalmente chavista, gracias al retiro voluntario de todos los candidatos opositores en la última elección parlamentaria, el presidente venezolano tiene carta abierta para llevar a cabo todos los cambios que quiera, siempre y cuando sean aprobados en un referéndum nacional.

En la elección del 3 de diciembre, Chávez obtuvo más de 7 millones de votos, que le valieron un 62,8 por ciento.  Más de 20 puntos arriba del candidato de la oposición, Manuel Rosales, que logró el 36,8 por ciento. Según la Constitución bolivariana, el mandatario podría ser revocado a la mitad de su mandato, pero para ello la oposición necesitaría 7 millones 161 mil votos en contra de Chávez.  Algo que por hoy parece imposible.

El “Che” venezolano, uno de los personajes más emblemáticos de larevolución bolivariana, recorre los barrios de Caracas en su motocicleta.

El Che venezolano

Si Hugo Chávez es el símbolo mundial de la revolución bolivariana de Venezuela, Humberto López, “El Che venezolano”, es su rostro en los barrios de Caracas. Tiene 48 años y un parecido físico extraordinario con el héroe de la revolución cubana, que ha llevado al límite entre el homenaje y la caricatura. Recorre las calles de esta ciudad en una moto que también está disfrazada, con un letrero que dice Chávez en el frente y que, vencido por el viento, deja ver otro abajo, que dice Bush, asesino imperialista.

Lo conocí en diciembre de 2002, durante un multitudinario plantón frente al Palacio de Miraflores en defensa de su líder, Hugo Chávez, asediado aquellos días por una huelga general de la empresa privada que amenazaba con derribarlo pocos meses después de haber sobrevivido a un golpe de Estado. 

Ya entonces el Che venezolano era un reconocido personaje de la peculiar revolución chavista.  Durante el golpe, en abril de ese mismo año, había llegado acompañado de otros miembros de una brigada de defensa civil a los canales privados de televisión, amenazando con incendiarlos si no transmitían las imágenes del retorno triunfal de su presidente. Un día antes, llegó armado al Puente Llaguno con varios miembros de su brigada, “para defender la democracia y a Chávez”. No dice de dónde sacó las armas. “En Venezuela las puedes comprar hasta en una farmacia”.

En diciembre de 2006, el Che comanda una vasta red de brigadistas que ayudan a la organización de las comunidades marginales, conocidas en Venezuela como “barrios”. Son núcleos poblacionales compuestos por estrechas calles y callejones, y casitas de ladrillo y latón construidas una encima de la otra hasta devorarse los cerros que rodean a la gran ciudad.

Quedamos de vernos en una plaza en el centro de la ciudad, en la que ha hecho su sede el comando de Lina Ron, líder de un movimiento político radical que apoya incondicionalmente al presidente Chávez y básicamente no confía en ningún otro funcionario de gobierno.  El Ché es su brazo derecho y, aunque él no lo admite, su principal operador de calle, su organizador de comunidades. En la plaza, la gente se acerca a saludarlo y algunos se detienen a pedirle favores. “Dinero les digo que ni tengo ni puedo conseguir, pero si necesitan medicinas o les han hecho una injusticia, soy capaz de llegar hasta donde el presidente Chávez para ayudarles. Eso es ser revolucionario”, dice. Se ha ofrecido a servirme de guía para visitar el corazón del proceso bolivariano, las misiones de barrio adentro. Pero aún no hemos salido del centro cuando comienzan los gritos de los transeúntes: “¡Hey Ché!” “¡Saludos comandante!. También los policías y la Guardia Nacional que encontramos a nuestro paso, lo saludan.

Hasta los opositores de las colonias más lujosas saben quién es el Ché.  Y muchos sostienen que él está al frente de un grupo de hombres armados que se entrenan para defender la revolución. Él lo niega. Sólo porta un cuchillo, atado a la altura de la pantorrilla a un pantalón verde olivo.  “Si no me lo pongo hasta la policía me pregunta dónde lo dejé”, dice.

Lo acompaña Armando Rodríguez, un policía metropolitano que, dice, le dedica todo su tiempo libre a la revolución. Comanda un grupo de 800 motorizados en todo el país comprometido con el proceso bolivariano, y se adjudica la autoría de los comités de seguridad comunales. “No tenemos armas, sólo radios transmisores que se comunican directamente con la policía”.

Entramos primero al barrio de Monte Piedad, una de las zonas más peligrosas de Caracas. Aquí, María Majano, una abuela de más de 60 años, se encarga de cocinar todos los días para unas 150 personas.  Los ingredientes se los manda el gobierno dos veces a la semana, y además recibe una beca de 180 mil bolívares (unos 75 dólares). “Desde que Chávez estaba preso yo lo ayudaba organizando gente para que saliera libre. Cómo me gustaría, antes de morirme, hablar con él. Ha hecho mucho, pero los medios no le sacan a él lo que ha hecho”, dice. 

Aquí funcionan varias de las misiones que son la base del proyecto social del gobierno. Son programas para apoyar la educación en varios niveles, a los que se puede ingresar independientemente de la edad; son clínicas de atención básica en cada comunidad, atendidas por médicos cubanos y venezolanos; programas de apoyo económico para madres que no pueden trabajar; programas de mejoramiento y organización de las comunidades; programas para aprender oficios técnicos.  Y son, también, la principal carta de presentación de Chávez para demostrar su apoyo a los pobres y lucir los logros de la revolución bolivariana.

Entre 2003 y 2006, el estado venezolano invirtió $12 mil 930 millones de dólares en proyectos sociales, según el presidente de la Comisión de Finanzas de la Asamblea, Rodrigo Cabezas.  Pero según fuentes independientes, para el cierre de 2006 el gasto total podría ser mucho mayor.  Si algunos pensaron que el incremento para 2006 se debía a que era un año electoral, el presupuesto para 2007 anuncia aumentos aún mayores: De los $53 mil 500 millones asignados, casi la mitad es para gasto social. 

Para la segunda etapa de las organizaciones comunitarias, que planean comenzar pronto en algunos barrios, se tiene previsto la organización de bancos comunales, un consejo elegido en Asamblea vecinal, un comité de salud, uno de aguas, uno de tierras, pavimentaciones y arreglo de aceras. Y una contraloría social. “Es la estructura del Estado en un barrio”, dice Rodríguez.

En el barrio llamado 23 de enero, al oeste de Caracas, los médicos cubanos y venezolanos atienden un Centro de Diagnóstico Integral y una clínica de odontología.  En medio de casas a punto de caerse, las sillas profesionales de dentista, los taladros y las bombas de agua han sido instaladas en pequeños cuartos.  El Comité de Salud del barrio es dirigido por Brígida de Martínez, una mujer que comenzó a participar en la organización comunitaria, voluntariamente, hace cuatro años.  “Gracias a las misiones me gradué de bachiller el 11 de julio, y en enero empiezo mi carrera de comunicación social”, dice. También tiene nietos. Y también, como la mayoría de los habitantes de los barrios, es “rojo rojito”, chavista total. La única vez que vio al presidente estaba como a cien metros de distancia.  Agradece no haber estado más cerca porque “si ese señor me toca un brazo yo me desmayo. Yo me siento orgullosa, con frenesí, porque esta es una misión de amor. Yo le pido a Dios que todos los venezolanos seamos socialistas”.

En el comité de madres hay una reunión para instalar el nacimiento navideño.  Unas quince mujeres discuten cómo hacerlo, hasta que llega Rodríguez a hablar con ellas. “Les traigo una buena noticia.  Nuestro presidente nos va a consultar si queremos cambiar la Constitución para que él pueda reelegirse una vez más dentro de seis años, y hasta que nosotros queramos”.  “¿Y para qué nos pregunta?” interviene una señora. “Que le dé así nomás, que no hace falta que nos pregunte”.

Los tres principales líderes de la oposición, (de izquierda a derecha) Teodoro Petkoff, Manuel Rosales y Julio Borges, aparecieron rápidamente tras las elecciones para acallar las voces de fraude y asumir su derrota.

La oposición

El 3 de diciembre por la tarde, casi al cierre de las mesas electorales, la diputada salvadoreña Nidia Díaz colgó su teléfono en el microbús en el que recorría las calles de Caracas. Iba al frente de un grupo de observadores internacionales, a los que pidió atención para darles un mensaje: “Acabo de recibir información de unos compañeros en Maracaibo, y dicen que ya están algunos grupos de la oposición distribuyendo unas camisetas negras que dicen fraude.  Hay unos que tienen un circulito rojo, esos son los designados para comenzar las confrontaciones”.  Díaz les pidió redactar lo más pronto posible el informe de la jornada y acordar los puntos en común de lo observado: transparencia, pocas irregularidades y apenas leves retrasos en algunas mesas electorales.  En resumen, acordaron todo, un proceso ejemplar, con algunas irregularidades, sí, pero insignificantes como para alterar los resultados.  Con una extraordinaria participación del 75 por ciento de los votantes, el presidente  Chávez había sido reelecto. Sólo faltaba su confirmación oficial, y la reacción de los perdedores.

No sólo Nidia Díaz y el contingente de observadores internacionales estaban preocupados por evitar señalamientos de fraude que no atestiguaron.  En el comando de campaña del candidato opositor, Manuel Rosales, las cabezas más frías intentaban también adelantarse a los más radicales, que se negaban a admitir la derrota. Teodoro Petkoff, un exguerrillero venezolano, y principal ingeniero político de la oposición a Chávez, apareció en una conferencia de prensa diciendo que confiaban en el trabajo del Consejo Nacional Electoral y que el candidato Rosales pronto daría una conferencia de prensa.  Su mensaje fue clave para aplacar a los más radicales: los resultados oficiales serían respetados.

Una hora después del primer informe del CNE, que daba a Chávez más de veinte puntos de ventaja, Rosales se presentó a la conferencia de prensa.  Su discurso era un enigma aún para los miembros de su comando de campaña. Había sido planificado a puerta cerrada, sólo con seis hombres de confianza, entre ellos Petkoff y Julio Borges, el líder del partido Primero Justicia.

“Administrar una derrota es dificilísimo”, dice Petkoff.  “Yo hablé con Manuel (Rosales) dos días antes y le dije que íbamos a perder por un amplio margen y que había que preparar su discurso para aquellos que creían que íbamos a ganar”.

Los opositores más radicales le pedían denunciar un fraude y sacar a la gente a las calles. Rosales, en cambio, admtió su derrota.  Esa misma noche.

Después de un golpe de Estado contra Chávez, de un paro general, de un referéndum revocatorio, cuyos resultados no fueron reconocidos por la oposición, y de la retirada de todos los partidos antichavistas a las elecciones legislativas, por primera vez la oposición admitía ser minoría. Manuel Rosales, al aceptar su derrota, había ganado la confianza de todos los que quieren sacar a Chávez de Miraflores, pero no para sustituirlo por algo peor. Si aquellas acciones sólo habían servido para el fortalecimiento del presidente, esta lo metía en apuros: Chávez se quedaba sin un enemigo al cual acusar.

“La oposición estuvo dirigida del 99 al 2004 por los poderes fácticos, y cometieron muchas estupideces.  Si no lo hubieran hecho, Chávez hubiera llegado boqueando a estas elecciones”, dice Petkoff.

Hace apenas cuatro meses, la oposición ni siquiera tenía un candidato para enfrentar a Chávez.  Los principales protagonistas, Petkoff, Rosales y Borges, comenzaron a hablar de una alianza.  Petkoff declinó su candidatura y pidió a Borges que hiciera lo mismo. Ni siquiera tenían un programa de gobierno.  Tres meses después, Rosales obtenía el 36,8 por ciento de los votos. “Un milagro”, dice Petkoff.

Rosales, gobernador del Estado de Zulia, el más rico de Venezuela, vio una victoria en los resultados. “Cuando empezamos esto estábamos en la lona.  Muchos de los ricos se acomodaron del otro lado (obteniendo jugosos contratos con el Estado).  También la clase media. Y no les dimos banderas a los pobres, que terminaron siendo convencidos por nuestros adversarios. Este es un triunfo político en medio de una derrota electoral”, comenta Rosales.

Pero no todos lo vieron así. Desde la misma oposición, comenzaron a correr rumores de que Rosales se había reunido con militares venezolanos el mismo 3 de diciembre, y habría negociado la derrota a cambio de mantener su gubernatura.  No hay un solo testimonio de una reunión de este tipo, ni movimientos registrados de Rosales hacia ninguna guarnición militar.  Sí hay, en cambio, testigos que estuvieron reunidos con él en un hotel de Caracas, siguiendo el proceso electoral desde ahí. Sin embargo, el rumor se convirtió en la explicación que buscaban los más radicales opositores, aquellos que esperaban volver a cantar fraude y salir a las calles a protestar. “La ultraderecha venezolana es peor que ARENA, peor que D’abuisson”, dice Petkoff, uno de los que estuvieron con Rosales todo ese día. “Creyeron que Rosales se iba a prestar para gritar fraude, porque son unos cobardes”.

El grupo Súmate, que formó parte de la alianza opositora, denunció la semana pasada que tenía registros de irregularidades que afectaron más de 3 millones y medio de votos, pero no presentó pruebas. Y todos los observadores internacionales invitados a la elección, incluyendo la OEA, la Unión Europea y el Centro Carter, avalaron los resultados electorales. El mismo Rosales mostró, en una conferencia de prensa, actas propias que confirmaban que en las mesas escrutadas por su gente no habían encontrado nada irregular.

“Súmate es el único instrumento que le queda a la ultraderecha para echar vaina. Trabaja con los gringos y ellos querían un candidato opositor que pudieran manejar”, dice Petkoff.

Algunos medios de comunicación impresos dieron rienda suelta a los rumores, y comenzaron a especular con un fraude y una traición de Rosales.

En una fiesta, al este de Caracas, una pareja se acercó a quejarse de los resultados.  “Rosales ganó”, decía ella. “Yo atendí unas mesas y en todas ganó Rosales.  Nos hicieron fraude”.  Le pregunté en dónde estaba la mesa que cuidó. “En Altamira”, el barrio símbolo de los opositores, en cuya plaza mantuvieron un plantón permanente de militares disidentes, y armados, durante seis meses a partir de diciembre de 2002. Le pregunté si había visto los resultados en las mesas de barrios como el Petare, Catia o el 23 de enero. “Bueno, pero es que tampoco es que ellos van a decidir.  Nosotros antes éramos los lindos, y ahora somos unos mamarrachos”. Su esposo, que ahora se dedica a cambiar dólares en el mercado negro, aseguraba que el problema se originó en 2002. “Cuando ya lo tenían preso lo hubieran matado, pero no, estos opositores son unos maricas, lo dejaron ir y mire lo que pasó”. Ella agregó: “Es que ustedes los periodistas no entienden lo que pasa aquí.  Hubieran venido hace diez años y todos los venezolanos los hubiéramos invitado a ir a Los Roques, en nuestros aviones privados.  Hoy ya no se puede.  Antes una llegaba a Madrid y era la reina de España.  Hoy si ven que soy venezolana creen que no les voy a pagar la cuenta”.  Y ellos, los dos, creen que Rosales se vendió, y que no denunció un “evidente” fraude.

La otra oposición, los moderados, tampoco están celebrando.  Reconocen el enorme avance logrado en apenas tres meses y creen tener muchas más posibilidades de incidir en las políticas públicas que en los últimos ocho años.  Pero aún hay diferencias que dirimir, y ahorita, recién pasadas las elecciones, comienzan los movimientos de reacomodo.  Los dos partidos tradicionales, COPEI y AD, que montados en un sistema bipartidista gobernaron Venezuela desde el fin de la dictadura de Pérez Jiménez, terminaron casi desaparecidos tras el primer triunfo de Chávez en 1998. Para la elección del pasado 3 de diciembre, COPEI no llegó ni al 5 por ciento de los votos y AD decidió no participar, argumentando serias diferencias con la alianza opositora.  Los dos grandes partidos políticos opositores ahora son movimientos muy recientes: el centro derechista Primero Justicia, de Julio Borges y el joven alcalde de Chacao, Leopoldo López, y el centroizquieerdista Nuevo Tiempo, de Rosales. A su alrededor, hay otros cuatro partidos políticos importantes, casi todos de izquierda histórica, como el Movimiento al Socialismo que fundó Petkoff (y que abandonó por oponerse a apoyar la primera candidatura de Chávez) o Bandera Roja, Y varios grupos independientes.

En la oposición se aglutinan organizaciones de todo el espectro político, de comunistas ultraderechistas, cuyo único objetivo común, hasta ahora, ha sido sacar a Chávez de Miraflores.

El nuevo liderazgo, el de Rosales y Petkoff, apuesta ahora a librarse de los más radicales y construir un proyecto creíble, con el que puedan también convencer a los más excluidos, que son la gran base del voto chavista. Antes de eso, deberán enfrentar el debate interno, que ya inició con las voces enardecidas de aquellos que no querían admitir la derrota.

Clínica de odontología instalada en un barrio marginal de Caracas, atendida por dos médicos cubanos y dos venezolanos.

El alcalde mayor

Si el Palacio de Miraflores conserva aún las formas protocolarias de toda una casa de gobierno, la alcaldía mayor de Caracas las ha perdido por completo.  Los empleados visten de rojo, con camisetas de campaña electoral, y en el lobby del edificio el alcalde mayor de Caracas, Juan Barreto, ofrece a los visitantes dos exposiciones culturales: una titulada “Ernesto Guevara, Nuestro Ché”, compuesta por cuadros y frases célebres del ídolo revolucionario, y otra titulada “Detengamos el Imperio”, una cronología de las intervenciones de Estados Unidos en América Latina. Barreto es un ex profesor universitario famoso por escupir en público a sus adversarios.

El alcalde no atiende a periodistas, prefiere desfilar por los programas televisivos chavistas que le permiten dar rienda suelta a un discurso improvisado que muchas veces termina siendo frenado, públicamente, por el propio presidente Chávez.

El martes 4 de enero apareció en La Hojilla, un programa de la televisión estatal en el que un conductor, rodeado de efigies de Lenin, Fidel Castro, el Che Guevara, Simón Bolívar y Hugo Chávez entrevista a amigos del régimen. Barreto apareció acompañado de Carlos Escarrá, un diputado del Movimiento Quinta República de Chávez y autodenominado “portavoz” del proceso bolivariano. “Aquí vamos a tener una purga”, dijo Barreto.  “todos somos comunistas y marxistas, y el que no lo entienda tiene que irse”. Escarrá lo secundó: “en la revolución bolivariana no hay espacio para socialdemócratas”. Y retó al conductor: “¿Tú eres comunista?” La respuesta fue afirmativa. Ya antes, los funcionarios le confesaron a sus televidentes: ‘Nosotros no ganamos ni un voto.  Los votos para que yo sea alcalde los ganó todos Chávez.”

Un día después, Chávez aclaraba que el marxismo es una dictadura, y que la revolución bolivariana es democrática y socialista.

Barreto ha impulsado expropiaciones de apartamentos en edificios privados, con el argumento de que están vacíos y que hay familias que los necesitan.  En un edificio de la colonia El Rosal, por ejemplo, metió a familias de bomberos y después le dijo al dueño que negociarían la compra de los inmuebles. Según Héctor Sánchez, director de cooperación internacional de la alcaldía mayor de Caracas, hasta hoy han expropiado 130 edificios. “Las expropiaciones son producto de las emergencias por las lluvias, y al alcalde no le quedó otra opción que ocupar los edificios.  El 80 por ciento de los casos se han solucionado de manera exitosa con los dueños”, asegura.

La semana pasada, tres familias irrumpieron en un edificio de la colonia Las Acacias. Derribaron la chapa con un mazo y se instalaron en dos apartamentos del piso superior, deshabitados y muy descuidados por sus dueños.

Unos quince adultos y varios niños viven ahora ahí. ‘No somos ladrones, ni queremos molestar a nadie”, dice Luis, un joven de 25 años que encabezó la invasión.  “Queremos hablar con el dueño y comprarle los apartamentos”. Asegura que el dinero para comprarlos lo obtendrá de muchos amigos en la universidad que están dispuestos a ayudarle. ¿Por qué no buscó un apartamento que estuviera en venta para comprarlo? “Porque eso es un proceso más complejo”, explica.

Supieron que estaban abandonados “porque hicimos un censo”, y muestra una hoja, con membrete de la alcaldía, en la que figura la dirección del inmueble. Es un edificio pequeño, de dos pisos. En el primero vive un anciano español, y su vecino es un hombre de unos 45 años, con cicatrices de bala en el cuello consecuencia de un asalto, que trabaja en la panadería de la planta baja. Ambos han recibido una llave de manos de los invasores, que pusieron una cadena y un candado para sustituir la chapa que rompieron.  “Tuvimos que poner la cadena y el candado”, dice Luis, el que comandó la invasión. “Es que aquí es muy inseguro”.

Héctor Sánchez, el director de cooperación internacional de la alcaldía, dice que no están apoyando esas medidas unilaterales. Entre los planes de la alcaldía están, en cambio, expropiar los campos de golf de Caracas para hacer algo ahí. “No tenemos el proyecto todavía, pero será para beneficio de las mayorías y no de unos cuantos”¨, dice.  El vicepresidente venezolano, Vicente Rangel, se deslindó inmediatamente del proyecto, y Chávez mismo dijo que no era necesario hacer eso.  Pero Barreto ha solicitado ya medidas cautelares para evitar que los dueños de los campos de golf hagan algo en esos terrenos.

“Yo no estoy de acuerdo con esas expropiaciones’, dice El Che. “Esos edificios no son de la alcaldía”. Y al alcalde chavista, le lanza una advertencia. “Yo le digo a los que hablan de purgas, como Barreto, que no sean hipócritas. El único líder de esta vaina es Chávez. Y esto no es Cuba, ni el 67.  Esto es Venezuela, y en el Siglo XXI.  ¿Dónde estaba Barreto cuando salimos a defender a nuestro presidente el día del golpe? En las calles no andaba, así que mejor que cierre la boca”.

El poder del oro negro

El gobierno chavista se sostiene básicamente por tres pilares: el apoyo de un gran sector de la población, el control de prácticamente todas las instituciones del Estado, incluyendo el Ejército, y el rendimiento del petróleo, que durante su gobierno ha batido marcas históricas de precios. Amigos y enemigos llaman al presidente venezolano “el hombre más rico del mundo” por el control casi exclusivo de las ganancias petroleras. Al cierre de 2006, entre petróleo e impuestos, el gobierno venezolano habrá percibido unos $130 mil millones de dólares en ingresos.

Chávez mantiene una economía en espectacular crecimiento, a un ritmo de 10 por ciento anual. Pero la dependencia en el petróleo es mayúscula.  El 85 por ciento de las exportaciones son de petróleo. El 35 por ciento del PIB proviene de la industria petrolera y, si la historia venezolana tiene algún sentido, la propia popularidad del presidente depende en buena medida de mantener unas arcas tan gordas. Un cambio significativo en el precio, o en la producción petrolera, afectaría el gasto.

“La situación financiera es caótica por que el Banco Central de Reserva ya no es autónomo y por tanto ya no controla las reservas petroleras”, dice un experto en finanzas, que pide el anonimato porque, como muchos, tiene un negocio que depende del contrato con la todopoderosa estatal petrolera, PDVSA. ‘La inflación es del 15 por ciento a pesar del crecimiento, por la pésima administración. Y el problema de Venezuela no es que vayan a bajar los precios del barril, sino que no estamos aumentando las reservas ni la capacidad de producción”.

Un ex funcionario de los primeros años del gobierno de Chávez, que también pide el anonimato “para evitar retaliaciones tan típicas de este gobierno”, dice que la excesiva concentración de poder en Chávez y su círculo de amistades y militares ha propiciado una corrupción brutal, una acusación que comparten opositores y chavistas por igual. El ex funcionario agrega: “No nos podemos dar el lujo de ser incompetentes ahí donde estamos siendo incompetentes, en el petróleo.  En Venezuela estamos viviendo un cambio de élites, y la corrupción está en uno de los peores niveles de su historia”.

El socialismo del siglo XXI que ha lanzado Chávez promete ser también un ataque frontal a la corrupción y a la burocracia, según él mismo anunció.  Sin embargo, estas son promesas que lleva lanzando desde su primer gobierno.

El experto en finanzas cree que, a la larga, no será la oposición la que derribe a Chávez, sino su propia gente. “El día que baje el petróleo y ya no tenga dinero vendrán las protestas del pueblo, ahí se va a terminar”, dice.

Petkoff también cree que la caída de Chávez se dará por sí misma: “A Chávez hay que dejarlo gobernar, porque es un incompetente. En ocho años ha cambiado a más de cien ministros. La gente lo defiende porque le quisieron quitar a balazos a su mesías. Pero el aprendizaje de Chávez nos ha costado mucho a los venezolanos. Ha transformado esto en una autocracia”.

Pero quienes están de su lado no ven ni ese día ni esa posibilidad. A pesar de que rechazan la corrupción gubernamental, y creen que es grande en este gobierno, a Chávez lo eximen de la responsabilidad. Para ellos es casi un redentor, del que depende la utopía de una vida más digna. “Si Chávez se va, se acaba todo. No hay nadie más”, dice el Che.

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