El diputado del FMLN, Sigfrido Reyes, fue uno de los observadores internacionales que acudieron a las elecciones Venezolanas.
“A mi Chávez me da miedo”, dijo Julio, un motorista privado de Caracas.
“Pero voy a votar por él”. Su razonamiento tenía fundamentos: “Si Chávez gana, se va a perpetuar en el poder y eso no es sano para la democracia.
Pero Rosales representa a una oposición que sólo quiere tirar a Chávez, no tiene un proyecto serio, representa a demasiada gente que sólo le interesa tomar el poder y que no tienen nada más en común”.
En típicos territorios antichavistas, como el centro de votación de la
Escuela Alamo, la gente hacía largas filas para votar, pero apenas en la
mañana algunos iban ya resignados. “Los que estamos aquí no vamos a decidir nada. En los barrios es otra cosa, y ellos van a decidir la contienda”, dijo Demetrio, un comerciante de 48 años, casado, quien a pesar de augurar una derrota vino a votar “para hacer peso, para que Chávez sepa que no puede seguir dándonos la espalda”.
En los barrios, como se conoce aquí a las comunidades marginales, las
largas filas estaban compuestas por gente vestida de rojo, el color de
campaña de Chávez. En Hornos de Cal, los que salían de votar bailaban y
cantaban “Uh, Ah, Chávez no se va”, el eslogan de campaña del mandatario. Varios soldados, que se encargaban de la seguridad y de organizar los accesos a los centros de votación, intentaban controlar a miles de votantes desesperados que exigían entrar pronto.
Según reportes de los observadores internacionales, una vez adentro de las mesas de votación, los ciudadanos apenas necesitaron en promedio entre un minuto y minuto y medio para ejercer el voto en todo el país.
El Consejo Nacional Electoral abrió 11 mil 187 centros de votación en toda Venezuela, en los que funcionaron más de 32 mil mesas de votación.
Los más de 400 observadores internacionales se distribuyeron en todo el
territorio nacional para atestiguar el desarrollo el proceso. En Caracas,
fueron comandados por miembros del FMLN. La diputada salvadoreña Nidia Díaz organizaba la mayoría de las visitas, y en su ausencia Lorena Peña, también del FMLN, se encargaba de organizar a los observadores.
Además de ellas, el magistrado del TSE, Eugenio Chicas, el miembro de la Comisión Política del partido; Roberto Lorenzana, vicepresidente de la Asamblea Legislativa; el alcalde de Soyapango, Carlos Ruiz; y el vocero del FMLN, Sigfrido Reyes, visitaron varios centros de votación durante todo el día.
Lorenzana confirmó que también estaban en Venezuela, como observadores, el pecenista Antonio Almendáriz y el arenero Enrique Valdés.
“El Diablito” Ruiz, que cambió su gorra cubana por una oficial de
observador del Consejo Nacional Electoral y un chaleco gris de observador, huía de las fotos. “No es que le tenga miedo a los medios, les tengo repulsión”, dijo.
En Chacao, a pocos metros de la Plaza Altamira, los opositores entonaban canciones tradicionales de la izquierda latinoamericana, pero para animar una derrota de Chávez que nunca llegó. “El pueblo, unido, jamás será vencido”, y “se va, se va, este gobierno se va”. Un chavista, ataviado de rojo y alzando los puños, provocó el momento más encendido de la tarde.
Opositores al presidente Chávez celebraron durante la jornada una victoria que nunca llegó.
“Ustedes no tienen coraón”, gritó a la multitud. “Ustedes no conocen la
solidaridad”. “Vete pa Cuba”, le contestó una señora, ante los aplausos y
la rechifla de los cientos de opositores. “Ustedes váyanse pa Miami”,
respondió el chavista. Horas más tarde, cientos de chavistas se tomaron la Plaza Altamira para iniciar los festejos. Era un símbolo clave, una
declaración territorial. Aquí, en esta plaza, varios militares disidentes
y opositores organizaron un plantón de protesta contra Chávez que duró
varios meses, y la convirtió en el lugar de encuentro de la oposición
venezolana. Hasta la noche del domingo pasado, que la plaza fue roja.
A las dos de la tarde, la empresa independiente PLM consultores ofreció a El Faro sus resultados de boca de urna: 60,2 para Chávez y 35,8 para Rosales.
Los conteos de otras empresas, que tenían prohibido publicar sus
resultados, indicaban un margen de ventaja definitivo para el mandatario.
En las calles, los ánimos comenzaron a exacerbarse. En el colegio La
Consolación, del barrio de Las Palmas, decenas de opositores hicieron una cadena humana para evitar el ingreso de dos autobuses llenos de chavistas, que llegaron después de la hora de cierre de urnas exigiendo entrar a votar. El ejército cerró las puertas del centro de votación y los
opositores se mantuvieron afuera, gritando consignas. Hacia las seis de la tarde, decenas de chavistas en motocicleta se detuvieron frente a la
protesta, y ambos grupos comenzaron un intercambio de insultos y arengas que terminó después de que los chavistas arrojaran algunos petardos, la oposición se dispersó y los motociclistas emprendieron la marcha.
En la Escuela José Ángel Álamo, otro centro de votación, Mercedes hacía
fila para votar. “No importa quién gane, aquí continuará la división
social”, dijo. “Eso es muy difícil que cambie”.
Cuando cayó la noche, los opositores se encerraron en sus casas. Los
chavistas, en cambio, se tomaron Caracas para festejar con fuegos
artificiales, con fiestas callejeras improvisadas o con el sonar constante
de sus bocinas. “Venezuela”, dijo uno, “seguirá siendo de todos”.